El lado activo del infinito

EL LADO ACTIVO DEL INFINITO

Carlos Castaneda

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Índice

 

Prefacio ...................................................................................................................... 2

«Sintaxis».................................................................................................................... 2

«La otra sintaxis» ........................................................................................................ 3

Introducción ................................................................................................................ 3

 

UN TEMBLOR EN EL AIRE

 

Un viaje de poder ........................................................................................................ 12

El intento del infinito ..................................................................................................... 16

¿Quién era Juan Matus, en realidad? ............................................................................ 23

 

EL FINAL DE UNA ERA

 

Las profundas preocupaciones de la vida cotidiana ...................................................... 26

La vista que no pude soportar ...................................................................................... 30

La cita inevitable .......................................................................................................... 32

El punto de ruptura ...................................................................................................... 34

Las medidas de la cognición ........................................................................................ 38

Agradeciendo .............................................................................................................. 42

 

MÁS ALLÁ DE LA SINTAXIS

 

El acomodador ........................................................................................................... 46

La interacción de energía en el horizonte ....................................................................... 52

Viajes por el oscuro mar de la conciencia ...................................................................... 58

La conciencia inorgánica .............................................................................................. 62

La vista clara................................................................................................................ 66

Sombras de barro ....................................................................................................... 70

 

EMPRENDIENDO EL VIAJE DEFINITIVO

 

El salto al abismo ........................................................................................................ 77

El viaje de regreso ....................................................................................................... 86

 

 

 

Este libro está dedicado a los dos hombres que me dieron el ímpetu y las herramientas para llevar a cabo trabajo de campo antropológico: el profesor Clement Meighan y el profesor Harold Garfinkel. Siguiendo sus sugerencias, me sumergí en una situación de trabajo de campo de la cual nunca salí. Si no logré satisfacer el espíritu de sus enseñanzas, así sea. No pude evitarlo. Una fuerza mayor, que los chamanes llaman el infinito, me tragó antes de que pudiera formular propuestas claras en el campo de las ciencias sociales.

 
PREFACIO

 

SINTAXIS

 

Un hombre mirando fijamente sus ecuaciones dijo que el universo tuvo un comienzo.

Hubo una explosión, dijo.

Un estallido de estallidos, y el universo nació.

Y se expande, dijo.

Había incluso calculado la duración de su vida: diez mil millones de revoluciones de la Tierra alrededor del Sol.

El mundo entero aclamó;

hallaron que sus cálculos eran ciencia.

Ninguno pensó que al proponer que el universo comenzó,

el hombre había meramente reflejado la sintaxis de su lengua madre;

una sintaxis que exige comienzos, como el nacimiento, y desarrollos, como la maduración,

y finales, como la muerte, en tanto declaraciones de hechos.

El universo comenzó,

y está envejeciendo, el hombre nos aseguró,

y morirá, como mueren todas las cosas,

como él mismo murió luego de confirmar matemáticamente

la sintaxis de su lengua madre.

 

LA OTRA SINTAXIS

 

¿El universo, realmente comenzó?

¿Es verdadera la teoría del Gran Estallido?

Éstas no son preguntas, aunque suenen como si lo fueran.

¿Es la sintaxis que requiere comienzos, desarrollos y finales en tanto declaraciones de hechos, la única sintaxis que existe?

Ésa es la verdadera pregunta.

Hay otras sintaxis.

Hay una, por ejemplo, que exige que variedades de intensidad sean tomadas como hechos.

En esa sintaxis, nada comienza y nada termina;

por lo tanto, el nacimiento no es un suceso claro y definido,

sino un tipo específico de intensidad,

y asimismo la maduración, y asimismo la muerte.

Un hombre de esa sintaxis, mirando sus ecuaciones, halla

que ha calculado suficientes variedades de intensidad para decir con autoridad

que el universo nunca comenzó

y nunca terminará,

pero que ha atravesado, atraviesa, y atravesará

infinitas fluctuaciones de intensidad.

Ese hombre bien podría concluir que el universo mismo

es la carroza de la intensidad

y que uno puede abordarla

para viajar a través de cambios sin fin.

Concluirá todo ello y mucho más,

acaso sin nunca darse cuenta

de que está meramente confirmando

la sintaxis de su lengua madre.

 

INTRODUCCIÓN

 

Este libro es una colección de los sucesos memora­bles de mi vida. Los coleccioné siguiendo la recomenda­ción de don Juan Matus, un chamán yaqui de México, el cual como maestro se esforzó durante trece años en ha­cerme accesible el mundo cognitivo de los brujos que vi­vieron en México en tiempos antiguos. La sugerencia de don Juan de que yo reuniera esta colección de sucesos memorables, la hizo casualmente, como si se le hubiera ocurrido en ese momento. Ése era el estilo de enseñanza de don Juan. Encubría la importancia de ciertas manio­bras detrás de lo mundano. Escondía, de esta manera, la punzada de la finalidad, presentándolas como algo que no difería de ninguna de las preocupaciones de la vida cotidiana.

Don Juan me reveló con el paso del tiempo que los chamanes del México antiguo habían concebido esta co­lección de sucesos memorables como una auténtica es­tratagema para remover reservas de energía que existen dentro del ser. Explicaban que estas reservas estaban compuestas de energía que tiene origen en el cuerpo mis­mo y que es desplazada por las circunstancias de nuestra vida cotidiana hasta quedar fuera del alcance. En ese sen­tido, esta colección de sucesos memorables era para don Juan, y para los chamanes de su linaje, el medio para re­distribuir su energía inutilizada.

El requisito previo para esta colección era el acto ge­nuino, llevado a cabo con todo el ser, de reunir la suma total de las emociones y las comprensiones de uno, sin dejar nada omiso. Según don Juan, los chamanes de su linaje estaban convencidos de que la colección de suce­sos memorables era el vehículo para el ajuste emocional y energético necesario para aventurarse, en términos de percepción, a lo desconocido.

Don Juan describió la meta total del conocimiento chamánico que él manejaba como la preparación para enfrentarse al viaje definitivo, el viaje que todo ser hu­mano tiene que emprender al final de su vida. Dijo que a través de su disciplina y resolución, los chamanes eran capaces de retener su conciencia y propósito individua­les después de la muerte. Para ellos, el estado idealista y vago que el hombre moderno llama «la vida después de la muerte» es una región concreta repleta de asuntos prácticos de un orden diferente al de los asuntos prácti­cos de la vida cotidiana, y que sin embargo tienen una practicalidad funcional semejante. Don Juan considera­ba que coleccionar los sucesos memorables en sus vidas era para los chamanes la preparación para entrar en esa región concreta que llamaban el lado activo del infinito.

Estábamos don Juan y yo conversando una tarde bajo su ramada, una estructura abierta construida de va­ras delgadas de bambú. Parecía un pórtico con techo que protegía un poco del sol, pero no de la lluvia. Había unas cajas fuertes y pequeñas, de esas que se utilizan para envíos de carga, que servían de bancas. Sus etique­tas de carga estaban desteñidas y parecían ser más de adorno que de identificación. Yo estaba sentado sobre una de ellas. Estaba reclinado con la espalda contra la pared frontal de la casa. Don Juan permanecía sentado en otra caja, reclinado contra una de las varas que ser­vían de soporte a la ramada. Yo acababa de llegar hacía cinco minutos. Había sido un viaje en coche de todo un día, en un clima húmedo y caluroso. Estaba nervioso, inquieto y sudado.

Don Juan empezó a hablarme en cuanto me encon­tré cómodamente sentado sobre la caja. Con una amplia sonrisa, me comentó que la gente gorda casi nunca sabe combatir la gordura. La sonrisa que jugaba en sus labios me daba la impresión de que no se estaba haciendo el chistoso. Me estaba indicando, de la manera más indi­recta y directa a la vez, que yo estaba gordo.

Me puse tan nervioso que volqué la caja en que es­taba sentado y mi espalda golpeó con fuerza la delga­da pared de la casa. El impacto sacudió la casa hasta sus cimientos. Don Juan me echó una mirada inquisitiva, pero en vez de preguntarme si estaba bien, me aseguró que no había dañado la casa. Entonces, en tono muy comunicativo, me explicó que esa casa era una vivienda provisional, que en realidad él vivía en otra parte. Cuan­do le pregunté dónde vivía, se me quedó mirando. No era una mirada de enojo; era más bien para disuadir pre­guntas inoportunas. No comprendí lo que quería. Esta­ba a punto de volver a hacer la misma pregunta cuando me detuvo.

‑Aquí no se hacen preguntas de esa naturaleza ‑me dijo con firmeza‑. Pregunta lo que quieras de procedimientos o de ideas. Cuando esté listo para decirte dónde vivo, si es que sucede alguna vez, te lo diré sin que me lo preguntes.

Instantáneamente me sentí rechazado. Sin querer, me enrojecí. Estaba completamente ofendido. La risota­da de don Juan empeoró mi disgusto. No sólo me ha­bía rechazado, me había insultado y luego se había reído de mí.

‑Vivo aquí temporalmente ‑prosiguió, sin prestar atención a mi mal humor‑, porque éste es un centro mágico. La verdad es que vivo aquí por ti.

Su declaración me desconcertó. No lo podía creer. Pensé que lo decía para consolarme, para que no siguie­ra yo tan enojado.

‑¿De veras, vive usted aquí por mí? ‑le pregunté finalmente sin poder contener mi curiosidad.

‑Sí ‑me dijo en tono sereno‑. Te tengo que pre­parar. Eres como yo. Voy a repetirte lo que te he dicho anteriormente: la búsqueda de cada nagual o líder de cada generación de chamanes, consiste en encontrar un nuevo hombre o mujer, que, como él mismo, revele una doble estructura energética: yo vi esa característica en ti cuando estábamos en la estación de autobuses de Noga­les. Cuando veo tu energía, veo dos bolas luminosas su­perpuestas, una encima de la otra, y esa característica nos une. No te puedo rechazar y tú no puedes recha­zarme.

Sus palabras me agitaron profundamente. Hacía un instante estaba enojado, y ahora quería llorar.

Continuó, diciendo que quería iniciarme, respalda­do por la fuerza de la región donde vivía, un centro de fuertes reacciones y emociones, en algo que los chama­nes llamaban el camino del guerrero. Gente de guerra había vivido allí durante miles de años, impregnando el territorio con su preocupación por la guerra.

Don Juan vivía en aquel tiempo en el estado de So­nora, al norte de México, a unos ciento veinte kilóme­tros de la ciudad de Guaymas. Yo siempre lo visitaba allí bajo los auspicios de llevar a cabo mi trabajo de campo.

‑¿Necesito entrar en estado de guerra, don Juan? ‑le pregunté, sinceramente preocupado, luego de oírle decir que el preocuparme por la guerra era algo que yo necesitaría algún día. Ya había aprendido a tomar todo lo que me decía con la mayor seriedad.

‑Puedes apostar lo que quieras ‑me contestó con una sonrisa‑. Cuando hayas absorbido todo lo que hay aquí, me iré.

No tenía base para dudar de lo que me decía, pero no podía concebir que don Juan viviera en ninguna otra parte. Formaba un conjunto total con todo lo que lo ro­deaba. Su casa, sin embargo, sí parecía ser provisional. Era una choza típica de los granjeros yaquis, construida de adobe, de techo plano de paja; consistía de una habi­tación grande que servía para comer y dormir, y de una cocina sin techo.

‑Es muy difícil tratar con gente gorda ‑dijo.

Parecía ser una frase incongruente, pero no lo era. Don Juan estaba simplemente volviendo al tema que ha­bía introducido antes de que yo lo interrumpiera con el golpe de mi espalda contra la casa.

‑Hace un momento, golpeaste mi casa como una de esas bolas de demolición ‑me dijo sacudiendo la cabe­za de lado a lado‑. ¡Qué impacto! Un impacto digno de un hombre robusto.

Tenía la inquietud de que me hablaba como alguien que ya no quiere lidiar con uno. Inmediatamente me puse a la defensiva. Me escuchó, con una sonrisita, mientras yo daba frenéticas explicaciones diciendo que mi peso era normal para mi estructura ósea.

‑Claro ‑concedió en tono de broma‑. Tienes huesos grandes. Seguramente te podrías echar otros veinte kilos fácilmente y nadie, te aseguro, nadie lo no­taría. Yo no lo notaría.

Su sonrisa burlona me indicaba que definitivamente yo estaba rechoncho. Me preguntó entonces sobre mi salud en general y yo seguí hablando desesperadamente para desviar otros comentarios sobre mi peso. Él mismo cambió de tema.

‑¿Cómo van tus excentricidades y aberraciones? ‑me preguntó con cara impávida.

Como idiota, le respondí que marchaban bien. «Ex­centricidades y aberraciones» era el nombre que él le ha­bía dado a mi afán de coleccionista. En aquel momen­to, había vuelto con nuevo fervor a hacer algo que había disfrutado toda mi vida: coleccionar lo que fuera. Colec­cionaba revistas, timbres, discos, parafernales de la Segun­da Guerra Mundial como dagas, yelmos, banderas, etc.

‑Lo único que le puedo contar de mis aberraciones, don Juan, es que estoy tratando de vender mis coleccio­nes ‑dije con aire de un mártir a quien obligan a hacer algo odioso.

‑Ser coleccionista no es tan malo ‑dijo como si verdaderamente lo creyera‑. El quid del asunto no es que sea coleccionista, sino lo que uno colecciona. Tú eres coleccionista de porquerías, de cosas sin valor que te aprisionan como lo hace tu perro. No puedes irte cuando quieras si tienes que andar cuidando a tu masco­ta, o si tienes que preocuparte por lo que va a pasar con tus colecciones si no estás allí para cuidarlas.

‑Pero, créamelo, sí ando buscando quien las com­pre ‑protesté.

‑No, no; no pienses que te estoy acusando ‑me contestó‑. Incluso, me gusta tu espíritu de coleccionis­ta. Lo que no me gusta son tus colecciones, eso es todo. Me gustaría, sin embargo, utilizar tu ojo de coleccionis­ta. Quisiera proponerte que hagas una colección que valga la pena.

Don Juan hizo una breve pausa. Parecía que buscaba la palabra adecuada; o era quizás una vacilación dramá­tica, bien calculada. Me clavó con una mirada profunda y penetrante.

‑Cada guerrero, obligatoriamente, colecciona ma­terial para un álbum especial ‑siguió don Juan‑, un álbum que revela la personalidad del guerrero, un ál­bum que es testigo de las circunstancias de su vida.

‑¿Por qué le llama a esto una colección, don Juan? ‑le pregunté en tono alterado‑. ¿O incluso, un ál­bum?

‑Porque es ambas cosas ‑me respondió‑. Pero sobre todo, es como un álbum de retratos hechos de re­cuerdos, retratos que surgen al recordar sucesos memo­rables.

‑¿Son esos sucesos memorables dignos del recuer­do de alguna manera especial?

‑Son memorables porque tienen un significado es­pecial en la vida de uno ‑dijo‑. Lo que te propongo es que hagas tu álbum, incluyendo en él un recuento com­pleto de los sucesos que han tenido un significado pro­fundo para ti.

‑Cada suceso de mi vida ha tenido un significado profundo para mí, don Juan ‑dije agresivamente, y al instante sentí el impacto de mi propia pomposidad.

‑No es cierto ‑me dijo sonriendo, aparentemente gozando inmensamente mi reacción‑. Todo suceso en tu vida no ha tenido un significado profundo. Hay unos cuantos, sin embargo, que considero capaces de haber cambiado algo para ti, de haberte iluminado el camino. Por lo general, los sucesos que cambian nuestro curso son asuntos impersonales, y a la vez extremadamente personales.

‑No quiero ser necio, don Juan, pero créame, todo lo que me ha sucedido cabe en esa definición ‑dije, sa­biendo muy bien que mentía.

En seguida, después de haber pronunciado esa frase, quise disculparme, pero don Juan no me prestó aten­ción. Era como si yo no hubiera dicho nada.

‑No pienses en este álbum en términos de banali­dades, o en términos de un refrito trivial de las experien­cias de tu vida ‑me dijo.

Respiré profundamente, cerré los ojos e intenté cal­mar mi mente. Me estaba hablando frenéticamente a mí mismo acerca de mi dilema: en verdad, no me gustaba nada visitar a don Juan. Ante su presencia me sentía ame­nazado. Me atacaba verbalmente y no dejaba lugar para demostrarle lo que yo valía. Detestaba sentirme humilla­do cada vez que abría la boca; detestaba pasar por imbécil.

Pero había otra voz dentro de mí, una voz que me llegaba desde una mayor profundidad, más distante, más débil. En medio de los ataques de diálogo familiar, me oí decir que era demasiado tarde para regresar. Pero no era en verdad mi voz o mis pensamientos lo que ex­perimentaba; era, mejor dicho, como una voz descono­cida que decía que me había metido ya muy profunda­mente en el mundo de don Juan y que lo necesitaba más que el aire mismo.

‑Di lo que quieras ‑parecía decir‑, pero si no fueras el egomaniático que eres, no estarías tan avergonzado.

‑Ésa es la voz de tu otra mente ‑dijo don Juan, como si estuviera escuchando o leyéndome los pensa­mientos.

Mi cuerpo dio un salto involuntario. Mi susto fue tan intenso que me vinieron lágrimas a los ojos. Le con­fesé a don Juan la confusión de mi estado.

‑Tu conflicto es muy natural ‑dijo‑. Y créeme. No lo exacerbo tanto. No soy así. Tengo algunas histo­rias que contarte de lo que mi maestro, el nagual Julián, me hacía. Lo detestaba desde el fondo de mi ser. Yo era muy joven, y veía cómo lo adoraban las mujeres, se le entregaban como nada, y cuando yo quería saludarlas se volvían hacia mí como leonas, listas para arrancarme la cabeza. Me odiaban y lo amaban. ¿Cómo crees que me sentía?

‑¿Cómo resolvió ese conflicto, don Juan? ‑pre­gunté con algo más que interés.

‑No resolví nada -declaró‑ Eso, el conflicto o lo que fuera, era el resultado de la batalla entre mis dos men­tes. Cada uno de nosotros, como seres humanos, tene­mos dos mentes. Una es totalmente nuestra, y es como una voz débil que siempre nos trae orden, propósito, sencillez. La otra mente es la instalación foránea. Nos trae conflicto, dudas, desesperanza, auto‑afirmación.

Mi fijación sobre mis propias concatenaciones men­tales era tan intensa que se me fue por completo de lo que me decía don Juan. Podía claramente recordar cada una de sus palabras, pero no tenían sentido alguno. Don Juan, muy calmadamente, y con la mirada fija en mis ojos, repitió lo que acababa de decir. Yo todavía era incapaz de aprehender lo que quería decir. No podía enfo­carme en sus palabras.

‑Por alguna extraña razón, don Juan, no puedo en­focarme en lo que me está diciendo ‑le dije.

‑Comprendo perfectamente ‑me dijo sonriendo abiertamente‑ y tú también lo comprenderás, y a la vez resolverás el conflicto de que si me quieres o no, el día en que dejes de ser el yo‑yo centro del mundo.

»Entretanto ‑continuó‑, dejemos el tema de las dos mentes y regresemos a la idea de preparar tu álbum de sucesos memorables. Debo añadir que tal álbum es un ejercicio de disciplina e imparcialidad. Considera este álbum como un acto de guerra.

La afirmación de don Juan ‑que mi conflicto de querer o no querer verlo iba a terminar cuando abando­nara mi egocentrismo‑ no era solución para mí. De he­cho, la afirmación me enfadó más; mi frustración creció. Y cuando le oí decir que el álbum era un acto de guerra, lo ataqué con todo mi veneno.

‑La idea de que ésta es una colección de sucesos es ya bastante difícil de comprender ‑le dije en tono de protesta‑, pero además, el llamarle un álbum y decir que tal álbum es un acto de guerra es demasiado. Es de­masiado oscuro. Eso hace que la metáfora pierda su sig­nificado.

‑¡Qué raro! Para mí es lo opuesto ‑contestó don Juan con mucha calma‑. Que tal álbum sea un acto de guerra tiene todo el significado del mundo para mí. No quisiera que mi álbum de sucesos memorables fuera nin­guna otra cosa que un acto de guerra.

Quería seguir con mi opinión y explicarle que sí comprendía la idea de un álbum de sucesos memorables. A lo que me oponía era a la manera confusa en que me lo describía. En aquellos tiempos, me consideraba un defensor de la claridad y del funcionalismo en el uso del lenguaje.

Don Juan no hizo ningún comentario sobre mi hu­mor bélico. Simplemente asintió como si estuviera to­talmente de acuerdo conmigo. Después de un rato, o se me había acabado toda la energía, o me llegó una tre­menda oleada. De pronto, sin ningún esfuerzo por parte mía, me di cuenta de lo inútil de mis arranques. Me sentí terriblemente avergonzado.

‑¿Qué cosa se apodera de mí para comportarme de tal manera? ‑le pregunté a don Juan muy sinceramen­te. Me encontraba, en aquel instante, totalmente confu­so. Estaba tan aturdido por mi realización que sin nin­guna voluntad por mi parte, empecé a llorar.

‑No te preocupes por detalles absurdos ‑me dijo don Juan para tranquilizarme‑. Cada uno de nosotros, hombre o mujer, es así.

‑¿Quiere usted decir, don Juan, que somos mez­quinos y contradictorios por naturaleza?

‑No, no somos mezquinos y contradictorios por naturaleza ‑contestó‑. Nuestras mezquindades y contradicciones son, más bien, el resultado de un con­flicto trascendental que nos afecta a cada uno de noso­tros, pero del cual sólo los chamanes tienen dolorosa y desesperadamente conciencia; el conflicto entre nues­tras dos mentes.

Don Juan me escudriñó; sus ojos eran negros como dos pedazos de carbón.

‑Me habla y me habla de las dos mentes ‑le dije‑, pero mi cerebro no guarda lo que me está diciendo. ¿Por qué?

‑Ya sabrás el porqué en su debido momento ‑dijo‑. Por ahora, basta que te repita lo que te he dicho anteriormente acerca de nuestras dos mentes. Una es nuestra mente verdadera, el producto de las experien­cias de nuestra vida, la que raras veces habla porque ha sido vencida y sometida a la oscuridad. La otra, la men­te que usamos a diario para todo lo que hacemos, es la instalación foránea.

‑Creo que el quid del asunto es que el concepto de que la mente es una instalación foránea es tan raro que mi mente se rehúsa a tomarlo en serio ‑dije, sintiendo que había descubierto algo nuevo.

Don Juan no hizo ningún comentario a lo que había dicho. Continuó con su explicación sobre las dos men­tes como si no hubiera dicho nada.

‑Resolver el conflicto entre las dos mentes es una cuestión de intentarlo ‑dijo‑. Los chamanes llaman al intento cuando pronuncia la palabra intento en voz fuerte y clara. El intento es una fuerza que existe en el universo. Cuando los chamanes llaman al intento, les llega y les prepara el camino para sus logros, lo cual quiere decir que los chamanes siempre logran lo que se proponen.

‑¿Quiere usted decir, don Juan, que los chamanes siempre consiguen todo lo que quieren, aunque sea algo mezquino y arbitrario? ‑le pregunté.

‑No, no es eso lo que quiero decir. Se puede llamar al intento para cualquier cosa ‑contestó‑, pero los chamanes han descubierto a las duras que el intento sólo viene para algo que es abstracto. Ésa es la válvula de se­guridad de los chamanes; de otra manera, serían inso­portables. En tu caso, llamar al intento para resolver el conflicto entre tus dos mentes, no es una cuestión ni mezquina ni arbitraria. Todo lo contrario; es un asunto etéreo y abstracto, y a la vez es tan vital para ti como te puedas imaginar.

Don Juan hizo una pausa; entonces volvió al tema del álbum.

‑Mi propio álbum, siendo acto de guerra, exigió una selección de muchísimo cuidado ‑dijo‑. Es ahora una colección precisa de los momentos inolvidables de mi vida, y de todo lo que me condujo a ellos. He con­centrado en él, todo lo que fue y lo que será significativo para mí. A mi parecer, el álbum de un guerrero es algo muy concreto, algo tan acertado que acaba con todo.

No tenía yo ninguna idea de lo que don Juan quería, y a la vez, lo comprendía a la perfección. Me aconsejó que me sentara solo y dejara que mis pensamientos, ideas y recuerdos me llegaran libremente. Recomendó que hiciera un esfuerzo por dejar que mi voz interior hablara y me dijera qué seleccionar. Don Juan me dijo entonces que me metiera en la casa y me acostara sobre una cama que había allí. Estaba construida de cajas de madera y docenas de costales que me servían de col­chón. Me dolía todo el cuerpo, pero cuando me acosté sobre aquella cama, me sentí verdaderamente cómodo.

Tomé sus sugerencias a pecho y empecé a pensar acerca de mi pasado, buscando sucesos que me habían marcado. Muy pronto me di cuenta de que mi asevera­ción de que cada suceso de mi vida había tenido signifi­cado era una tontería. Al tratar de recordar, me di cuen­ta de que ni sabía dónde empezar. Cruzaban por mi mente interminables recuerdos y pensamientos disocia­dos acerca de sucesos, pero no podía decidir si habían sido significativos para mí. Mi impresión era que nada había tenido ninguna importancia. Parecía que había pasado la vida como cadáver, con la facultad de caminar y hablar, pero sin poder sentir nada. Sin la menor con­centración para seguir con el tema ni llevarlo más allá de un débil intento, lo dejé y me dormí.

‑¿Tuviste éxito? ‑me preguntó don Juan al des­pertarme algunas horas después.

En vez de estar tranquilo después de haber dormido y descansado, estaba de nuevo bélico y malhumorado.

‑¡No, no tuve ningún éxito! ‑ladré.

‑¿Oíste esa voz desde las profundidades de tu ser? ‑me preguntó.

‑Creo que sí ‑mentí.

‑¿Qué te dijo?

‑No me puedo acordar ‑murmuré

‑Ah, has regresado a tu mente cotidiana ‑me dijo y me dio un golpecito en la espalda‑. Tu mente de to­dos los días se ha apoderado nuevamente de ti. Vamos a relajarla hablando de tu colección de sucesos memora­bles. Debo decirte que la selección de lo que vas a incluir en tu álbum no es cosa fácil. Es por esa razón que dije que hacer este álbum es un acto de guerra. Tienes que re‑hacerte diez veces para saber qué seleccionar.

Comprendí claramente entonces, aunque fuera du­rante sólo un segundo, que tenía dos mentes; sin embar­go, el pensamiento fue tan vago que se me fue instantá­neamente. Lo que quedó era la simple sensación de no poder cumplir con el requisito de don Juan. Pero en vez de elegantemente aceptar mi incapacidad, permití que se convirtiera en algo amenazador. Mi gran impulso en aquel tiempo era el de siempre quedar bien. Ser incom­petente equivalía a ser perdedor, algo que me era total­mente intolerable. Como no sabía cómo responder al desafío de don Juan, hice lo único que sí sabía hacer: me enojé.

‑Tengo que pensar mucho más acerca de esto, don Juan ‑le dije‑. Tengo que darle tiempo a mi mente para que se acostumbre a la idea.

‑Por supuesto, por supuesto ‑me aseguró don Juan‑. Toma el tiempo que quieras, pero apresúrate.

No se dijo nada más del asunto. Ya en casa, me olvi­dé por completo, hasta que un día, de pronto, en medio de una charla a la que asistía, el comando imperioso de buscar los sucesos memorables de mi vida me sobrevino como un golpe corporal, un espasmo nervioso que me sacudió de la cabeza a los pies.

Empecé a trabajar en serio. Me tomó meses revisar experiencias de mi vida que creía significativas para mí. Sin embargo, al examinar mi colección, me di cuenta de que se trataba de ideas sin sentido alguno. Los sucesos que recordaba eran vagos puntos de referencia que re­cordaba de manera abstracta. Otra vez, tuve la sospecha inquietante de que me habían criado para actuar sin ja­más sentir nada.

Uno de los sucesos más vagos que recordé, y que quería hacer memorable a cualquier costo, fue el día en que supe que me habían admitido a la escuela de estu­dios superiores de UCLA. Pero por más que trataba, no me acordaba qué estaba haciendo ese día. No tenía nada fuera de común o interesante aparte de la idea de que quería que fuera memorable. El ingresar en el pro­grama de estudios superiores debería haberme hecho sentir orgulloso o feliz, pero no fue así.

Otra muestra de mi colección fue el día en que casi contraje matrimonio con Kay Condor. Su apellido no era en verdad Condor, pero se lo había cambiado porque quería ser actriz. Su paso a la fama era que se parecía a Carole Lombard. Ese día me era memorable no tanto por los sucesos que se llevaron a cabo, sino porque ella era bella y quería casarse conmigo. Me llevaba una cabe­za de altura, lo cual la hacía de lo más interesante.

Me encantaba la idea de casarme con una mujer alta en una iglesia. Me alquilé un traje de frac, gris. Los pan­talones me quedaban demasiado anchos para mi estatu­ra. No eran de campana; simplemente eran anchos y me molestaban terriblemente. Otra cosa que me molestaba era que las mangas de la camisa color rosa que había comprado para la ceremonia eran demasiado largas, so­brándoles unos diez centímetros; tenía que ajustármelas con unas gomas. Fuera de eso, todo iba perfectamente hasta el momento en que los invitados y yo nos entera­mos de que Kay Condor se había arrepentido y no iba a aparecer.

Como jovencita bien educada, me mandó una carta de disculpa por un mensajero que llegó en motocicleta. Escribió que, como no creía en el divorcio, no se podía comprometer con alguien que no compartía del todo sus perspectivas sobre la vida. Me recordó que siempre me reía cuando pronunciaba el nombre «Condor», lo cual revelaba la falta de respeto que guardaba para su persona. Dijo que había hablado del asunto con su ma­dre. Ambas me querían muchísimo, pero no lo suficien­te para que formara parte de aquella familia. Añadió que, valiente y sagazmente, todos teníamos que enfrentarnos a nuestras pérdidas.

Mi mente estaba paralizada. Cuando traté de recor­dar ese día, no me acordaba si me sentí horriblemente humillado por haberme quedado allí delante de toda esa gente con ese traje de frac gris de pantalones anchos, o si me sentí mal porque Kay Condor no se casó con­migo.

Éstos eran los únicos dos sucesos que era capaz de ver aisladamente y con claridad. Eran ejemplos pobres, pero después de machacar, había logrado adornarlos como cuentos de aceptación filosófica. Me consideré un ser sin verdaderos sentimientos, alguien que solamente tiene una visión intelectual acerca de todo. Tomando las metáforas de don Juan como modelo, hasta construí una propia: un ser que vive su vida de forma indirecta en tér­minos de lo que debería ser.

Creía, por ejemplo, que el día que me admitieron a la escuela de estudios superiores de UCLA, debería haber sido un día memorable. Como no lo fue, hice lo mejor que pude para imbuirlo de una importancia que estaba lejos de sentir. Algo semejante pasó con el día que casi me casé con Kay Condor. Debía haber sido un día de­vastador para mí pero no lo fue. Al momento de recor­darlo, supe que no había nada allí e hice lo que pude para construir lo que debería haber sentido.

En la siguiente visita que hice a la casa de don Juan, le presenté en cuanto llegué mis dos muestras de sucesos memorables.

‑Éstas son puras tonterías ‑declaró‑. Nada de esto sirve. Estas historias están ligadas exclusivamente a ti como persona que piensa, siente, llora o no siente nada. Los sucesos memorables del álbum del chamán son asuntos que aguantan la prueba del tiempo porque no tienen nada que ver con él, y sin embargo, él está en medio de ellos. Siempre estará en medio de ellos, por lo que dure su vida y quizá más allá, aunque no de manera del todo personal.

Sus palabras me desanimaron, me dejaron del todo derrotado. En esos días, yo sinceramente pensaba que don Juan era un viejo intransigente que encontraba un deleite especial en hacerme sentir imbécil. Me recordaba a un maestro artesano que había conocido en la funda­ción de un escultor donde trabajaba mientras estudiaba en una escuela de arte. El maestro criticaba y encontraba fallas en todo lo que hacían sus aprendices avanzados, y exigía que corrigieran su obra según sus recomendacio­nes. Los aprendices se daban vuelta fingiendo hacer las correcciones. Recuerdo el deleite del maestro cuando, al presentarle la misma obra, decía: «Ahora sí tienes algo que vale».

‑No te sientas mal ‑dijo don Juan sacándome de mis recuerdos‑. Durante mis tiempos estaba en las mismas. Durante años, no sólo no sabía qué seleccionar, sino que pensaba que no tenía experiencias de dónde se­leccionar. Parecía que nada me había pasado nunca. Cla­ro que todo me había pasado, pero en mi esfuerzo de defender la idea de mí mismo, no tenía ni el tiempo ni la inclinación para darme cuenta de nada.

‑¿Me puede decir, don Juan, específicamente, qué tienen de malo mis historias? Ya sé que no son nada, pero el resto de mi vida es exactamente igual.

‑Voy a repetirte esto ‑me dijo‑. Las historias del álbum del guerrero no son personales. Tu historia del día en que te admitieron a la escuela no es más que una afir­mación de ti mismo en el centro de todo. Sientes, no sien­tes; te das cuenta, no te das cuenta. ¿Entiendes? Toda la historia tiene que ver contigo.

‑¿Cómo puede ser de otra forma, don Juan? ‑le pregunté.

‑En el otro cuento, casi llegas a lo que quiero, pero lo das vuelta y lo conviertes en algo en extremo personal. Ya sé que puedes añadir más detalles, pero esos de­talles no son nada más que una extensión de tu persona.

‑Sinceramente, no entiendo lo que quiere usted, don Juan ‑protesté‑. Cada historia vista a través de los ojos del testigo, tiene que ser a fuerza, personal.

‑Claro, claro, por supuesto ‑me dijo sonriendo, disfrutando como siempre de mi confusión‑. Pero en ese caso, no son historias para el álbum de un guerrero. Son historias con otros propósitos. Los sucesos memo­rables que buscamos tienen el toque oscuro de lo imper­sonal. Ese toque los impregna. No sé cómo explicártelo de otra forma.

En aquel momento creí tener un momento de inspira­ción y creí que comprendía lo que él quería decir con «el toque oscuro de lo impersonal». Creí que se refería a algo un poco mórbido. Eso es lo que significaba para mí la os­curidad. Le relaté entonces una historia de mi niñez.

Uno de mis primos mayores estaba en la escuela de medicina. Era interno y un día me llevó al depósito de cadáveres. Me aseguró que un joven tenía que ver a los muertos porque formaba parte de la educación de uno; demostraba lo transitorio de la vida. Continuó arengán­dome para convencerme que fuera. Cuanto más hablaba de la poca importancia que teníamos como muertos, más despertaba mi curiosidad. Nunca había visto un ca­dáver. Finalmente, mi curiosidad por presenciar uno me venció y fui con él.

Me mostró varios cadáveres y logró asustarme por completo. No les vi nada de educativo ni esclarecedor. Eran, francamente, la cosa más aterradora que había vis­to jamás. Mientras me hablaba, seguía consultando su reloj como si esperara a alguien en cualquier momento. Obviamente, quería que me quedara en el depósito más tiempo de lo que permitían mis fuerzas. Siendo la cria­tura competitiva que era, creí que estaba poniendo a prueba mi resistencia, mi hombría. Apreté los dientes y decidí aguantarme hasta el final.

El final llegó de maneras que nunca hubiera soñado. Un cadáver que estaba cubierto con una sábana, se mo­vió con un fuerte estertor sobre la mesa de mármol don­de yacían los otros, como si se preparara para levantar­se. Hizo un ruido como de eructo, tan terrible que me pasó por el cuerpo como una ráfaga de fuego, y que quedará en mi recuerdo para siempre. Mi primo, el mé­dico, el científico, me explicó que era el cadáver de un hombre que había muerto de tuberculosis, y que sus pulmones habían sido comidos por bacilos que dejaron enormes agujeros llenos de aire, y que en casos como ése, cuando el aire cambiaba de temperatura, forzaba al cuerpo a sentarse o, por lo menos, a sufrir convulsiones.

‑No, todavía no llegas ‑dijo don Juan sacudiendo la cabeza‑. Ésta es simplemente una historia acerca de tu susto. A mí también me hubiera asustado; sin embar­go, un susto como ése no ilumina el camino. Pero tengo curiosidad de saber qué te pasó.

‑Eché gritos como un loco ‑le dije‑. Mi primo me llamó cobarde, cagueta por esconder mi cara contra su pecho y por enfermarme del estómago y vomitar en­cima de él.

Estaba definitivamente metido en las hileras mórbi­das de mi vida. Recordé otra historia acerca de un chico de dieciséis años que conocí en la preparatoria, que sufría de una enfermedad de las glándulas, y como resultado creció a una altura gigantesca. Su corazón, sin embargo, no creció al mismo paso y un día se murió de un ataque cardíaco. Fui con otro chico a la mortuoria de pura curiosidad mórbida. El empresario de pompas fúnebres, que era quizá más mórbido que nosotros dos juntos, abrió la puerta de atrás y nos dejó pasar. Nos mostró su obra maestra. Había puesto al gigantesco muchacho, que medía más de dos metros y treinta centímetros, en un ataúd de una persona normal, cortándole las piernas. Nos mostró cómo las había dispuesto: el chico llevaba las piernas en sus brazos como dos trofeos.

El susto que experimenté fue semejante al que había experimentado de niño en el depósito de cadáveres, pe­ro este nuevo susto no era una reacción física, sino una reacción de repugnancia psicológica.

‑Casi, casi ‑dijo don Juan‑. Pero tu historia es todavía demasiado personal. Es horrenda. Me enferma, pero veo grandes posibilidades.

Don Juan y yo nos reímos del horror que se encuen­tra en las situaciones de la vida cotidiana. A estas alturas me había perdido sin esperanza alguna en las hileras mórbidas que había atrapado y liberado. Le conté la his­toria de mi mejor amigo, Roy Oríndeoro. En realidad, tenía un apellido polaco, pero sus amigos le llamaban Oríndeoro porque lo que tocaba se volvía oro; era un maravilloso hombre de negocios.

Su don para los negocios lo hizo super‑ambicioso. Quería ser el hombre más rico del mundo. Pero se dio cuenta de que había demasiada competencia. Según él, trabajando solo no podía competir, digamos, con el lí­der de una secta islámica que en aquel tiempo, era remu­nerado con su peso en oro cada año. El líder engordaba todo lo que podía antes de que lo pesaran.

Entonces decidió limitarse a ser el hombre más rico de los Estados Unidos. La competencia en este sector era feroz. Se limitó aún más: quizá podría ser el hombre más rico de California. Era también demasiado tarde para eso. Finalmente, a pesar de sus cadenas de pizzerías y heladerías, perdió la esperanza de poder hacerle com­petencia a las familias establecidas que ya se habían apo­derado de California. Se contentó con ser el hombre más rico de Woodland Hills, un barrio en las afueras de Los Ángeles donde él vivía. Pero desdichadamente, a unos cuantos pasos de su casa vivía el señor Marsh, el dueño de unas fábricas de colchones de primera calidad, que eran de fama nacional, y que era más rico de lo que uno pudiera imaginarse. La frustración de Roy no tenía límites. Su impulso para lograrlo todo era tan intenso que, finalmente, le falló la salud. Un día, se murió de un aneurisma en el cerebro.

Como consecuencia, su muerte me condujo una ter­cera vez a una casa mortuoria. La mujer de Roy me rogó, como era su mejor amigo, que me asegurara que el cadá­ver fuera bien vestido. Llegué al mortuorio y un secre­tario me hizo entrar a las salas interiores. Al momento preciso de mi llegada, el director trabajaba sobre una alta mesa con tapa de mármol; estaba empujando con fuerza los extremos del labio superior del cadáver (que estaba ya en estado de rigidez cadavérica), con sus dedos índice y meñique de la mano derecha, mientras mantenía el dedo mayor contra la palma. Una sonrisa grotesca apareció en la cara muerta de Roy, al tiempo que el director dio media vuelta hacia mí, diciendo en tono servil: «Espero que en­cuentre todo esto satisfactorio, señor».

La mujer de Roy (nunca se sabrá si de veras lo quería o no), decidió enterrarlo con toda la pompa chillona po­sible ya que, según ella, su vida lo merecía. Había com­prado un ataúd muy caro, hecho a la orden, que parecía cabina de teléfono público; la idea la había sacado de una película. Roy iba a ser enterrado sentado, como si estuviera haciendo una llamada telefónica de negocios.

No me quedé a la ceremonia. Salí sintiendo una reac­ción violenta, entre impotencia y furia, ese tipo de furia que no encuentra desahogo.

‑¡Pero qué mórbido estás hoy! ‑comentó don Juan, riéndose‑. Sin embargo, a pesar de eso, o quizás a causa de eso, casi, casi estás por llegar. Lo estás tocando.

Siempre me maravillaba el cambio de humor que ex­perimentaba cada vez que iba a ver a don Juan. Siempre llegaba sombrío y malhumorado, lleno de auto‑afirma­ciones y de dudas. Después de un rato, mi estado de áni­mo cambiaba misteriosamente, y me volvía más abierto, por grados, hasta llegar a estar tan tranquilo como nun­ca. Sin embargo, mi nuevo humor seguía metido en mi antiguo vocabulario. Tenía la costumbre de hablar como una persona totalmente insatisfecha, que se contenía de quejarse en voz alta, pero cuyas interminables quejas es­taban implícitas en cada vuelta de la conversación.

‑¿Puede darme algún ejemplo de un suceso memo­rable de su álbum, don Juan? ‑pregunté con mi acos­tumbrado tono quejumbroso‑. Si supiera qué pautas busca usted, a lo mejor se me viene algo. Como va la cosa, estoy chiflando en la loma.

‑No te expliques tanto ‑dijo don Juan con una mirada dura‑. Los chamanes dicen que en cada expli­cación hay una disculpa escondida. Así es que cuando estás explicando por qué no puedes hacer esto o aquello, lo que estás haciendo en verdad es disculpándote por tus flaquezas, con la esperanza de que el que te escucha tendrá la bondad de comprenderlas.

Mi maniobra más útil al ser atacado era siempre de desactivarme, es decir, no escuchar a mis detractores.

Don Juan, sin embargo, tenía la desagradable habilidad de atrapar cada pizca de mi atención. No importaba cómo me atacara, ni qué dijera, siempre me tenía clava­do a cada una de sus palabras. En esta ocasión, lo que es­taba diciendo de mí no me complacía para nada, porque era la pura verdad.

Le evadí la mirada. Me sentí como siempre, derrota­do, pero era una derrota peculiar esta vez. No me mo­lestaba tanto como si hubiera ocurrido en el mundo de la vida cotidiana, o al momento de haber llegado a su casa.

Después de un largo silencio, me volvió a dirigir la palabra.

‑Voy a hacer algo mejor que simplemente darte un ejemplo de un suceso memorable de mi álbum ‑di­jo‑. Voy a darte un suceso memorable tomado de tu propia vida, uno que de seguro debería estar en tu co­lección. O más bien diría, que si yo fuera tú, créeme­lo que lo incluiría en mi colección de sucesos memo­rables.

Creía que estaba bromeando y me reí como imbécil.

‑Esto no es cuestión de risa ‑dijo en voz tajante­- Esto va en serio. Me contaste una vez una historia que cabe a la perfección.

‑¿Qué historia fue ésa, don Juan?

‑La historia de «figuras frente al espejo» ‑dijo­-. Cuéntamela de nuevo. Pero cuéntamela con todo el de­talle que puedas recordar.

Empecé a contarle la historia de nuevo, superficial­mente. Me detuvo y exigió una narrativa detallada y cuidadosa, empezando desde el principio; pero mi ver­sión no lo satisfizo.

‑Vamos a hacer una caminata ‑me propuso‑. Cuando caminas, eres mucho más acertado que cuando estás sentado. Créeme, no es una idea ociosa el caminar de un lado a otro cuando tratas de relatar algo.

Habíamos estado sentados, como lo hacíamos de costumbre durante el día, debajo de la ramada. Había caído en un hábito: cuando me sentaba allí, siempre lo hacía en el mismo lugar, con la espalda contra la pared. Don Juan se sentaba aquí y allá bajo la ramada, pero nunca en el mismo lugar.

Salimos a caminar a la peor hora, al mediodía. Me puso un sombrero viejísimo de paja, como siempre lo hacía cuando salíamos al rayo del sol. Durante largo tiempo, caminamos en silencio. Hacía todo lo posible para recordar todos los detalles de la historia. Eran las dos o tres de la tarde cuando nos sentamos a la sombra de unos altos arbustos y volví a contar toda la historia.

Años antes, cuando estudiaba escultura en una es­cuela de bellas artes en Italia, tenía un amigo íntimo, un escocés que estudiaba arte para prepararse para ser crítico de arte. Lo que me venía a la mente más vívidamente al recordarlo, y tenía que ver con la historia que contaba, era la idea tan rimbombante que tenía de él mismo; se creía erudito, artesano, lujurioso y libertino: un verda­dero hombre renacentista. Sí era libertino, pero lo luju­rioso era algo que estaba en total contradicción con su persona huesuda, seca y seria. Era un seguidor vicario del filósofo inglés Bertrand Russell y soñaba con aplicar los principios del positivismo lógico a la crítica del arte. El hecho de ser el escolar y artesano más completo era quizá su mayor fantasía porque siempre andaba con di­laciones; su némesis era el trabajo.

Su cuestionable especialización no era la crítica del arte, sino su conocimiento personal de todas las prostitutas de los burdeles locales, que abundaban. Las largas y descriptivas anécdotas que me daba (para tenerme, se­gún él, al tanto de las cosas maravillosas que hacía en el mundo de su especialización) eran un deleite. No me sorprendió entonces para nada, que un día llegara a mi apartamento, todo agitado, casi ahogándose, y me dijera que algo extraordinario le había ocurrido y quería com­partirlo conmigo.

‑Vamos, chico, esto lo tienes que ver por ti mismo ‑me dijo todo emocionado con el acento de Oxford que siempre afectaba cuando hablaba conmigo. Se pa­seaba por la habitación agitadamente‑. Es dificilísimo describirlo, pero vamos, es algo que vas a apreciar por toda tu vida. Caramba, la impresión, vamos, te va a que­dar para siempre. Comprendes, chico, te hago un rega­lo, un regalo maravilloso que te va a durar toda una vi­da. ¿Comprendes?

Lo que yo comprendía era que él era un escocés his­térico. Pero siempre me gustaba llevarle la coba y acom­pañarlo. Nunca lo había lamentado.

‑Cálmate, cálmate, Eddie ‑dije‑. ¿Qué estás di­ciendo?

Me contó que había estado en un burdel donde había encontrado una mujer increíble que hacía algo insólito que ella llamaba: «Figuras ante un espejo». Me aseguró repetidas veces, casi tartamudeando, que no podía per­derme este acontecimiento.

‑Vamos, de la plata no te preocupes ‑dijo, sabiendo bien que yo nunca tenía‑. Ya te pagué la entrada. Sólo tienes que acompañarme. Madame Ludmila te va a mos­trar sus «Figuras ante un espejo». ¡Coño, qué mara­villa!

En un ataque de risa incontrolable, Eddie hasta mostró su mala dentadura, la cual normalmente encubría tras una sonrisa de labios apretados.

‑Te digo: ¡Coño, es increíble!

Mi curiosidad aumentaba minuto por minuto. Esta­ba más que dispuesto a participar en este nuevo deleite. Eddie me llevó en su coche a las afueras de la ciudad. Nos detuvimos delante de un edificio polvoriento y vie­jo; las paredes descascaradas. Tenía el aire de haber sido en algún momento, un hotel, y ahora era un edificio de apartamentos. Podía ver los restos de un anuncio de ho­tel que parecía haber sido arrancado a pedazos. En la fachada del edificio, había filas de sencillos balcones su­cios llenos de macetas o con alfombras puestas a secar, tiradas sobre las rejas.

En la entrada estaban dos hombres morenos, de as­pecto dudoso; llevaban zapatos negros y puntiagudos que parecían quedarles demasiado chicos. Recibieron a Eddie efusivamente. Tenían ojos negros, furtivos y ame­nazadores. Los dos llevaban trajes brillosos azul claro, que les venían demasiado entallados. Uno de ellos le abrió la puerta a Eddie. A mí, ni me miraron.

Subimos dos tramos de escaleras desvencijadas que en un tiempo habrían sido lujosas. Eddie iba adelante caminando a lo largo de un corredor vacío tipo hotel, con puertas en ambos lados. Todas las puertas estaban pintadas del mismo color verde oscuro aceitunado. Ca­da puerta llevaba un número de latón, oscurecido por el tiempo, casi invisible contra la madera pintada.

Eddie se detuvo delante de una de las puertas. Ob­servé el número 112. Tocó repetidas veces. La puerta se abrió y una mujer baja, redonda y de pelo oxigenado nos invitó a entrar sin pronunciar ni una palabra. Lleva­ba una bata roja de seda, con plumas en las anchas mangas y zapatillas adornadas con bolas de piel. Una vez que entramos a un pequeño corredor, y cerró ella la puerta, saludó a Eddie en un inglés de horrendo acento.

Helo, Eddie. Trajo amigo, ¿no?

Eddie le dio la mano, y luego muy galán, se la besó. Se comportaba como si estuviera totalmente tranqui­lo, sin embargo le notaba gestos inconscientes de ner­viosismo.

‑¿Cómo se encuentra hoy, Madame Ludmila? ‑le dijo, intentando hacerse el americano y arruinándolo.

Nunca descubrí por qué se hacía el americano cuan­do estaba haciendo negocios en esas casas de mala vida. Sospechaba que lo hacía porque los americanos corrían la fama de tener dinero, y así podía él establecerse con la fama de un americano rico.

Eddie se volvió hacia mí y dijo en su fingido acento americano:

‑Mira, chico; aquí te dejo en manos de esta mu­chacha.

Me sonó tan falso, tan extraño a mis oídos, que me reí en voz alta. Madame Ludmila no parecía para nada perturbada al oír mi carcajada. Eddie volvió a besarle la mano y se fue.

‑¿Tú parlas englés, mi nene? ‑me gritó como si es­tuviera sordo‑. Te ves ejipto, o torco, quizás.

Le afirmé a Madame Ludmila que ni era ni lo uno ni lo otro y que sí hablaba inglés. Me preguntó luego si es­taba de humor para ver sus «figuras ante un espejo». No sabía qué decir. Moví mi cabeza afirmativamente.

‑Te dar bono spectácolo ‑me aseguró‑. «Figuras ante un espejo» es sólo excitar, preparar. Cuando estés caluroso, díceme que pare.

Desde el corredor donde estábamos, entramos en un cuarto siniestro y oscuro. Las ventanas estaban cubier­tas con pesadas cortinas. Había focos de bajo voltaje en unas lámparas que colgaban de la pared. Los focos te­nían forma de tubos y salían de la pared misma en án­gulo recto. Había un sinnúmero de objetos por todas partes; muebles pequeños con cajones, mesas y sillas an­tiguas; un escritorio de tapa redonda contra la pared, lleno hasta arriba de papeles, lápices, reglas y no menos de una docena de tijeras. Madame Ludmila me hizo sen­tar sobre una butaca vieja.

‑La cama en otra sala, amor ‑dijo apuntando al otro lado del cuarto‑. Ésta es mi antisala. Aquí, dar spectácolo, calor, presto.

Se quitó la bata roja, se quitó las zapatillas con una ligera patada y abrió las puertas dobles de dos armarios que estaban el uno junto al otro contra la pared. En cada puerta interior había un espejo de cuerpo entero.

‑Y alora, la música, nene ‑dijo Madame Ludmila, y le dio cuerda a una Vitrola que parecía nueva de lo bri­llosa que estaba. Puso un disco. La música era una melo­día hechizante que me recordaba a una marcha de circo­-. Y ahora, mi spectácolo ‑dijo, y empezó a dar vueltas al compás de la melodía hechizante.

La piel del cuerpo de Madame Ludmila era tersa en su mayor parte, y extraordinariamente blanca, aunque no era joven. Era una cuarentona de años plenos y bien vivi­dos. Tenía un poco de barriga y le colgaban sus pechos voluminosos. La piel de la cara también le colgaba en una papada. Tenía una nariz pequeña y labios rojos muy pin­tados. Llevaba muchísimo rímel negro. Me recordaba al prototipo de la prostituta envejecida. Sin embargo, tenía un aire de niña, un abandono y una confianza juvenil, una dulzura que me sacudía.

‑Y ahora: «Figuras ante un espejo» ‑anunció Ma­dame Ludmila mientras continuaba la música‑. ¡Pier­na, pierna, pierna! ‑dijo, dando una patada en el aire con una pierna y luego la otra al compás de la música.

Tenía la mano derecha encima de la cabeza como una niña que se siente insegura de hacer bien los movi­mientos.

‑¡Vuelta, vuelta, vuelta! ‑dijo dando de vueltas co­mo un trompo‑. ¡Culo, culo, culo! ‑dijo luego, mos­trándome su trasero desnudo como bailarina de cancán.

Repitió la secuencia una y otra vez hasta que la músi­ca empezó a perderse al acabársele la cuerda a la Vitrola. Tuve la sensación de que Madame Ludmila iba dando vueltas a la distancia, volviéndose más y más pequeña a medida que la música se perdía. Una desesperanza y una soledad cuya existencia no conocía en mí, salió a la super­ficie desde lo más profundo de mi ser y me impulsó a le­vantarme y salir corriendo del cuarto; a bajar las escaleras como un loco, a salir corriendo del edificio, a la calle.

Eddie estaba de pie junto a la puerta, conversando con los dos hombres de trajes azulclaro brillosos. Al verme correr así, empezó a reírse estrepitosamente.

‑Dime, muchacho, ¿no te pareció una bomba? ‑di­jo, todavía aparentando ser americano‑. «Figuras an­te un espejo es sólo excitación, preparar...» ¡Qué cosa! ¡Qué cosa!

La primera vez que le mencioné la historia a don Juan, le había dicho que me había afectado profunda­mente la melodía hechizante y la vieja prostituta dando vueltas torpemente al compás de la música. Y que tam­bién me había afectado darme cuenta de cuán insensible era mi amigo.

Cuando terminé de recontar mi historia a don Juan, sentados allí en las colinas de la cordillera de Sonora, es­taba temblando, misteriosamente afectado por algo indefinido.

‑Esa historia ‑dijo don Juan‑ debe estar en tu ál­bum de sucesos memorables. Tu amigo, sin tener ningu­na idea de lo que estaba haciendo, te dio, como él mismo dijo, algo que te va a durar toda una vida.

‑Yo la veo simplemente como una historia triste, don Juan, pero eso es todo ‑declaré.

‑Cierto, es una historia triste, igual que tus otras historias ‑contestó don Juan-, pero lo que la hace di­ferente y memorable es que nos afecta a cada uno de no­sotros como seres humanos, no sólo a ti, como en tus otros cuentos. ¿No ves? Como Madame Ludmila, cada uno de nosotros, joven o viejo, de una manera u otra, está haciendo figuras ante un espejo. Haz cuenta de lo que sabes de la gente. Piensa en cualquier ser humano sobre esta tierra, y sabrás sin duda alguna, que no im­porta quién sea, o lo que piensen de ellos mismos, o lo que hagan, el resultado de sus acciones es siempre el mismo: insensatas figuras ante un espejo.

 

UN TEMBLOR EN EL AIRE

 

UN VIAJE DE PODER

 

Cuando conocí a don Juan, yo era un estudiante de antropología bastante dedicado, y quería dar principio a mi carrera como antropólogo profesional publicando lo más posible. Estaba decidido a ascender los grados aca­démicos, y según mis cálculos, había determinado que el primer paso era coleccionar material sobre los usos de las plantas medicinales de los indios del suroeste de los Estados Unidos.

Primero, le pedí consejos sobre mi proyecto a un profesor de antropología que había trabajado en ese campo. Era un etnólogo de fama que había publicado extensamente durante los años treinta y cuarenta sobre los indios de California, del suroeste y de Sonora, Méxi­co. Escuchó con paciencia mi exposición. Mi idea era escribir un trabajo, «Datos Etnobotánicos», y publicar­lo en una revista que se enfocaba exclusivamente en te­mas antropológicos del suroeste de los Estados Unidos.

Me proponía coleccionar plantas medicinales, llevar los especímenes al jardín Botánico de UCLA para que fueran identificados y luego describir por qué y cómo los utilizaban los indios del suroeste. Me veía coleccionando miles de especímenes. Hasta me vi publicando una pequeña enciclopedia sobre el tema.

El profesor se sonrió y me miró con una expresión de perdón.

‑No quiero disminuir tu entusiasmo ‑me dijo en una voz cansada‑. Pero no puedo más que hacer un comentario negativo acerca de tu anhelo. El anhelo es bienvenido en el campo de la antropología, pero tiene que estar correctamente canalizado. Estamos todavía en la edad de oro de la antropología. Fue mi suerte estudiar con Alfred Króber y Robert Lowie, dos gigantes de las ciencias sociales. No he traicionado su confianza. La an­tropología es todavía la disciplina madre. Todas las otras disciplinas deben brotar de la antropología. El campo entero de la historia, por ejemplo debería llamarse «An­tropología Histórica», y el campo de la filosofía debería ser «Antropología Filosófica». El hombre debe ser la medida de todo. Como consecuencia, la antropología, el estudio del hombre, debe ser el corazón de cada una de las otras disciplinas. Algún día lo será.

Lo miré, confuso. Él era, pensé, un viejo profesor benévolo, totalmente pasivo, que recientemente había sufrido un ataque cardíaco. Parecía que había yo tocado una fibra de pasión en él.

‑¿No cree que debe prestarle mayor atención a sus estudios formales? ‑continuó‑. En vez de hacer tra­bajo de campo, ¿no sería mejor que estudiara lingüísti­ca? Tenemos en el departamento a uno de los lingüistas más conocidos del mundo. Si yo fuera usted, estaría a sus pies, absorbiendo cualquier cosa que pudiera de él.

‑También tenemos una autoridad de primera en re­ligiones comparativas. Y hay unos antropólogos aquí que han hecho trabajo estupendo sobre sistemas de parentesco en las culturas del mundo, desde el punto de vista de la lingüística y desde el punto de vista de la cognición. Necesita usted mucha preparación. Pensar en hacer trabajo de campo a estas alturas es un insulto. ¡A los libros, joven! Eso es lo que aconsejo.

Tercamente, llevé mi propuesta a otro profesor, uno más joven. Pero no me dio más ayuda que el primero. Se rió de mí abiertamente. Me dijo que el trabajo que que­ría escribir era un trabajo del nivel del Ratón Mickey y que de ninguna manera era antropología.

‑Hoy día ‑dijo afectando un aire profesorial‑, los antropólogos se ocupan de asuntos que son vigentes. Los médicos y farmacéuticos han investigado intermi­nablemente todas las plantas medicinales del mundo. Ya no hay nada que hacer allí. La colección de datos que sugieres pertenece a principios del siglo pasado. Ya van doscientos años. ¿Te das cuenta de que existe algo que se llama progreso?

Continuó, dándome una definición y justificación para el progreso y la perfectibilidad como dos temas de discurso filosófico, que según él, eran muy vigentes en la antropología.

‑La antropología es la única disciplina que existe ‑continuó‑, que claramente puede dar sustancia al concepto del progreso y de la perfectibilidad. A Dios gracias, existe todavía un rayo de esperanza a pesar del cinismo de nuestro tiempo. Sólo la antropología puede demostrar el verdadero desarrollo de la cultura y de la organización social. Sólo los antropólogos pueden de­mostrar a la humanidad, sin dejar duda alguna, el pro­greso del conocimiento humano. La cultura sufre cam­bios y sólo los antropólogos pueden presentar muestras de sociedades que caben dentro de claros cuchitriles en la línea del progreso y la perfectibilidad. ¡Eso es antro­pología! No una babosada de trabajo de campo, que no viene siendo trabajo de campo, sino sencillamente, una masturbación.

Eso fue un golpe a la cabeza para mí. Como último recurso, me fui a Arizona para hablar con antropólogos que estaban realmente haciendo trabajo de campo allí. Para entonces, estaba ya listo a abandonar la idea. Com­prendía lo que los dos profesores querían decirme. Y no podría haber estado yo más de acuerdo. Mis intentos de hacer trabajo de campo eran de lo más burdos. Pero yo quería hacer algo, no simplemente ser rata de biblioteca.

En Arizona, conocí a un antropólogo muy expe­rimentado en el trabajo de campo, que había escrito muchísimo, tanto sobre los yaquis de Arizona como también los de Sonora, México. Era extremadamente simpático. No se burló de mí ni me dio consejos. Sólo hizo el comentario de que las sociedades indígenas del suroeste eran muy aisladas y que aquellos indios des­confiaban de los extranjeros y hasta los aborrecían, so­bre todo aquellos de origen hispano.

Uno de sus colegas de menos edad fue más abierto. Dijo que me valdría más leer los libros de los herbalistas. Era una autoridad en este tema y, según él, lo que había que explorar sobre las plantas medicinales del suroeste ya se había clasificado y presentado en varias publicacio­nes. Hasta llegó a decir que las fuentes de los curanderos indígenas del momento eran precisamente esas publica­ciones, porque había desaparecido el conocimiento tra­dicional. Terminó por decir que si por casualidad existían aún prácticas tradicionales de curación, los indios no se las iban a divulgar a un extranjero.

‑Dedícate a algo que valga la pena ‑me aconsejó‑. Investiga la antropología urbana. Hay mucho dinero en los estudios sobre el alcoholismo entre los indios en las grandes ciudades, por ejemplo. Vaya, eso es algo a lo que se puede dedicar cualquier antropólogo con facili­dad. Ve y emborráchate con algunos indios en un bar. Entonces haces estadísticas de lo que te digan. Convier­te todo en números. Eso, la antropología urbana, ésa sí es una disciplina que vale la pena.

No me quedaba otra opción que aceptar los consejos de estos experimentados y conocidos científicos socia­les. Decidí volar de nuevo a Los Ángeles, pero otro an­tropólogo amigo mío me comentó que iba a viajar en coche por Arizona y Nuevo México, visitando todos los lugares donde había trabajado anteriormente, y así renovando sus relaciones con las personas que le habían servido de informantes antropológicos.

‑Eres más que bienvenido, si quieres acompañarme ‑dijo‑. No voy a trabajar. Voy a visitarlos, tomar unas copas con ellos, hablar barbaridades. Les compré rega­los: mantas, bebidas, chaquetas, munición para sus rifles de calibre veintidós. Mi coche está repleto de maravillas. Por lo general manejo sola cuando voy a verlos, pero siempre corro el riesgo de dormirme. Tú puedes hacer­me compañía, mantenerme despierto, y manejar un po­co si me emborracho.

Me sentía tan desdichado que le dije que no.

‑Lo siento, Bill‑dije‑. Este viaje no tiene sentido para mí. No veo la razón para seguir con la idea de hacer trabajo de campo.

‑No te rindas tan fácilmente ‑me dijo Bill en tono paternal‑. Entrégate a la lucha y, si te vence, entonces déjalo, pero no así tan apaciguadamente. Ven conmigo a ver si te gusta el suroeste.

Rodeó mis hombros con su brazo. No pude menos que notar cuán inmenso y pesado era su brazo. Era alto y fornido, pero en los últimos años su cuerpo se había vuelto rígido. Había perdido su aire de niño grande. Su cara redonda ya no estaba llena, joven como lo había es­tado. Ahora parecía preocupado. Creía que se preocu­paba porque estaba perdiendo el cabello, pero por mo­mentos me parecía algo más. Y no era que estuviera más gordo; su cuerpo tenía una pesadez que era imposible explicar. Lo noté en su manera de andar, de levantarse, de sentarse. Parecía que Bill luchaba contra la gravedad con cada fibra de su ser, en todo lo que hacía.

Sin prestar atención a mis sentimientos de derrota, emprendí el viaje con él. Visitamos cada lugar donde ha­bía indios en Arizona y Nuevo México. Uno de los re­sultados finales de este viaje fue que descubrí que mi amigo antropólogo poseía dos facetas definidas. Me ex­plicó que sus opiniones como antropólogo profesional eran muy mesuradas y congruentes con el pensamiento antropológico del momento, pero en lo personal, su tra­bajo de campo antropológico le había presentado expe­riencias de gran riqueza de las que nunca hablaba. Estas experiencias no eran congruentes con el pensamiento antropológico del momento porque eran sucesos impo­sibles de catalogar.

Durante el curso de nuestro viaje, invariablemente iba a tomar unos tragos con sus exinformantes, luego de lo cual se sentía muy relajado. Entonces yo tomaba el volante y manejaba, mientras él iba de pasajero sorbien­do de su botella de un Ballantine's añejo de treinta años. Era entonces cuando Bill hablaba de los sucesos que eran imposibles de catalogar.

‑Nunca creí en los fantasmas ‑dijo un día abruptameme‑. Nunca me metí en eso de apariciones y esen­cias flotantes, voces en la oscuridad, ya sabes. Mi crian­za fue muy pragmática, muy seria. La ciencia siempre ha sido mi brújula. Pero, trabajando en el campo, toda cla­se de mierda rara empezó a filtrarse hacia mí. Por ejem­plo, una noche acompañé a unos indios en una búsque­da visionaria. Hasta iban a iniciarme penetrando los músculos de mi pecho, algo así de doloroso. Estaban preparando un temascal en el bosque. Me había resigna­do a someterme al dolor. Hasta me eché unos tragos para fortalecerme. Y entonces, el hombre que iba a ser­virme de intercesor con la gente que en realidad estaba encargada del rito, dio un grito de horror y señaló con el dedo a una oscura figura misteriosa que venía hacia no­sotros.

»Cuando esta figura misteriosa se me acercó ‑si­guió Bill‑, vi que era un indio anciano vestido de la manera más estrafalaria que te puedas imaginar. Traía las vestimentas de los chamanes. El hombre que me acom­pañaba esa noche se desmayó desvergonzadamente al ver al anciano. El viejo se me acercó y me apuntó al pe­cho con el dedo. El dedo no era más que pellejo y hueso. Me balbuceó algo incomprensible. Ya a estas alturas, los demás habían visto al anciano y comenzaron a acercar­se. Él se volvió hacia ellos y se quedaron paralizados, es­tupefactos. Los regañó por un momento. Su voz era inol­vidable. Era como si hablara desde un tubo, o como si tuviera algo atado a la boca que le sacaba las palabras. Te juro que vi a aquel hombre hablando desde adentro de su cuerpo, y la boca emitía las palabras como si fuera un aparato mecánico. Después de regañar a los hombres, el anciano continuó caminando delante de mí, delante de ellos y desapareció en una oscuridad que se lo tragó.

Bill explicó que el plan de hacer el rito de iniciación se deshizo, nunca se realizó; y los hombres, incluyendo el chamán que era el líder, se sacudían de terror. Dijo que estaban tan aterrados que el grupo se deshizo y to­dos se fueron.

‑Gente que llevaba años de amistad ‑siguió‑, nunca se volvió a hablar. Juraban que lo que habían vis­to era la aparición de un chamán increíblemente anciano y que les traería mala suerte si lo comentaban entre sí. De hecho, dijeron que el mero acto de mirarse uno al otro les traería mala suerte. La mayoría se fue del lugar.

‑¿Por qué sentían que el hablarse o verse les iba a traer mala suerte? ‑le pregunté.

‑Ésas son sus creencias ‑contestó‑. Una visión de esa naturaleza la interpretan como si la aparición les hubiera hablado a cada uno individualmente. Tener tal visión es para ellos la suerte de toda una vida.

‑¿Y qué es la cosa individual que les dijo la visión? ‑pregunté.

‑Ni idea ‑contestó‑. Nunca me explicaron nada. Cada vez que les preguntaba se quedaban profunda­mente entumecidos. No habían visto nada, no habían escuchado nada. Años después de lo ocurrido, el hom­bre que se desmayó junto a mí, me juró haber fingido el desmayo porque estaba tan asustado que no quería en­frentarse al anciano, y que lo que le había dicho se com­prendía a un nivel distinto al del lenguaje.

Bill dijo que, en su caso, lo que la aparición le había pronunciado él lo entendió como algo que tenía que ver con su salud y sus expectativas en la vida.

‑¿Qué quieres decir con eso? ‑le pregunté.

‑Las cosas no me van del todo bien ‑confesó‑; mi cuerpo no se siente bien.

‑¿Pero sabes lo que realmente tienes? ‑le pre­gunté.

‑Oh, claro ‑dijo con indiferencia‑. Me lo han di­cho los médicos. Pero no me voy a preocupar ni voy a pensar en ello.

Las revelaciones de Bill me dejaron muy inquieto. Ésta era una faceta de su persona que no conocía. Siem­pre lo había considerado fuerte como un roble. Nunca lo había concebido como alguien vulnerable. No me cayó bien la conversación. Era, sin embargo, demasiado tarde para arrepentirme. Nuestro viaje continuó.

En otra ocasión, me dijo en confianza que los cha­manes del suroeste eran capaces de transformarse en distintas entidades y que los esquemas categóricos de «chamán oso» o «chamán gato montés» no debían ser interpretados como eufemismos o metáforas porque no lo eran.

‑¿Puedes creer ‑me dijo en tono de gran admira­ción‑ que de veras hay algunos chamanes que se vuel­ven osos, o gatos monteses o águilas? No exagero y no estoy inventando nada, cuando digo que una vez fui tes­tigo de la transformación de un chamán que se llamaba «Hombre del río» o «Chamán del río» o «Procede del río, Regresa al río». Andaba por las montañas de Nuevo México con este chamán. Le iba yo haciendo de chofer; él me tenía confianza y me dijo que iba en busca de su origen. Caminábamos por la ribera de un río cuando de pronto se agitó. Me dijo que me fuera a unas rocas altas y que me escondiera allí; que me cubriera la cabeza y la espalda con una manta, y que me asomara para no per­derme lo que iba a hacer.

‑¿Qué iba a hacer? ‑pregunté, incapaz de conte­nerme.

‑Yo no sabía ‑me dijo‑. Tus conjeturas hubieran sido tan buenas como las mías. No tenía manera de con­cebir lo que iba a hacer. Se metió al agua completamen­te vestido. Cuando el agua le llegó a media pantorrilla, porque era un río ancho pero poco profundo, el chamán desapareció, se desvaneció. Antes de entrar en el agua, me dijo al oído que debería irme corriente abajo y espe­rarlo allí. Me señaló el lugar exacto. Claro que yo no le creí ni una palabra, así es que al principio ni me acorda­ba dónde debía esperarlo, pero encontré el lugar y lo vi salir del agua. Qué ridículo decir «salir del agua». Vi al chamán volverse agua y luego re‑hacerse del agua. ¿Pue­des creerlo?

No tenía ningún comentario. Era imposible creerle, pero tampoco podía desconfiar de él. Era un hombre muy serio. La única explicación posible era que al con­tinuar con nuestro viaje, bebía más y más. Tenía en la cajuela del coche veinticuatro botellas de whisky esco­cés para él solo. Bebía como una esponja.

‑Siempre he sido parcial a las mutaciones esotéricas de los chamanes ‑me dijo en otra ocasión‑. No es que pueda explicar las mutaciones, o ni siquiera creer que ocurren, pero como ejercicio intelectual, estoy muy in­teresado en considerar que las mutaciones en culebra o gatos monteses no son tan difíciles como lo que hizo el chamán del agua. Es durante tales momentos cuando uso mi intelecto de manera tal que dejo de ser antropólogo, y empiezo a reaccionar como resultado de algo visceral. Mi sensación visceral es que esos chamanes hacen algo que no puede ser medido de manera científica ni discu­tido inteligentemente.

‑Hay, por ejemplo, chamanes de nubes que se vuel­ven nubes, vapor. Nunca he visto que esto ocurra, pero conocí a un chamán de nube. Nunca lo vi desaparecer o volverse vapor delante de mis ojos como vi al otro chamán volverse agua. Pero una vez, corrí detrás del chamán de nube, y simplemente se desvaneció en un lugar en el que no había dónde esconderse. No podía explicar dón­de se había ido. No había ni rocas ni vegetación donde pudiera haber ido. Llegué menos de un minuto después que él, y ya no estaba.

»Anduve tras él por todas partes pidiéndole infor­mación ‑continuó Bill‑. Ni una palabra. Era muy amable, pero nada más.

Bill me contó otras historias acerca de los conflictos y las divisiones políticas entre los indios en las distintas reservas, o historias de vendettas personales, enemista­des, amistades, etc., etc., que no me interesaron para na­da. En cambio, sus historias acerca de las mutaciones y apariciones de los chamanes me habían, en verdad, con­movido mucho. Estaba a la vez fascinado y consterna­do. Pero al tratar de pensar por qué estaba fascinado o consternado, no podía explicarlo. Todo lo que hubiera dicho era que sus historias acerca de los chamanes me dieron un golpe a un nivel desconocido y visceral.

Otra realización que pude verificar durante este viaje fue que el mundo social indígena del suroeste estaba ver­daderamente vedado a los de afuera. Pude aceptar final­mente que necesitaba mucha preparación en la ciencia de la antropología y que eso era más factible que hacer tra­bajo de campo en un área en que no tenía ni conocimien­to ni entrada.

Al terminar el viaje, Bill me llevó a la estación de au­tobuses Greyhound en Nogales, Arizona, para mi viaje de regreso a Los Ángeles. Mientras estábamos sentados en la sala de espera antes de que llegara el autobús, me consoló de manera paternal, recordándome que las de­rrotas eran de esperarse en el campo de la antropología y que nos daban mayor propósito o madurez como an­tropólogos.

De pronto se inclinó y con un ligero gesto de la bar­billa me indicó que mirara hacia el otro lado de la sala.

‑Creo que ese viejo sentado en la banca junto al rincón es el mismo del que te hablé ‑me dijo al oído-. ­No estoy del todo seguro, porque sólo lo vi frente a frente una vez. Cuando te hablaba de los chamanes y de sus transformaciones, te dije que una vez había conoci­do a un chamán de nube.

‑Sí, sí, claro que me acuerdo ‑le dije‑. ¿Es ese hombre el chamán de nube?

‑No ‑dijo enfáticamente‑. Pero creo que es com­pañero o maestro suyo. Los vi a los dos a la distancia hace muchos años.

Sí recordaba que Bill había mencionado muy de paso, pero no en relación al chamán de nube, que sabía de la existencia de un anciano misterioso que era cha­mán jubilado, un indio viejo misántropo de Yuma, que una vez había sido un chamán aterrador. La relación en­tre el chamán de nube y el anciano nunca había sido ex­presada por mi amigo, pero evidentemente, estaba fres­ca en la mente de Bill a tal extremo, que creía habérmela relatado.

Una ansiedad extrema me sobrevino y salté de mi asiento. Como si no tuviera voluntad propia, me acer­qué al anciano, y le solté una perorata sobre mi conoci­miento de las plantas medicinales y del chamanismo en­tre los indios americanos del llano y sus antepasados siberianos. Como tema secundario, le comenté al ancia­no que sabía que era chamán. Terminé asegurándole que sería muy beneficioso para él si hablaba largamente con­migo.

‑Aunque sólo sea ‑dije con petulancia‑, podría­mos hacer intercambios de historias. Usted me cuenta las suyas y yo correspondo con las mías.

El anciano mantuvo la vista baja hasta el último mo­mento. Entonces me escudriñó.

‑Yo soy Juan Matus ‑me dijo mirándome directa­mente a los ojos.

Mi perorata no debería haber terminado allí de nin­guna manera, pero por ninguna razón en la que pudiera pensar, sentí que ya no había nada más que decir. Quería decirle mi nombre. Levantó la mano a la altura de mis labios, como para prevenírmelo.

En ese instante llegó un autobús a la parada. El an­ciano murmuró que era el autobús que esperaba y, muy sinceramente, me dijo que lo buscara para conversar con mayor libertad e intercambiar historias. Había una pe­queña sonrisa irónica en su boca al decir esto. Con una agilidad increíble para un hombre de su edad (le hacía unos ochenta años), cubrió en unos cuantos pasos los cuarenta metros que había entre la banca donde había estado sentado y la puerta del autobús. Como si el auto­bús hubiera parado sólo para recogerlo, partió en cuan­to él saltó al interior y la puerta se había cerrado.

Después de que se fue, regresé a la banca donde Bill permanecía sentado.

‑¿Qué te dijo, qué te dijo?‑me preguntó muy agitado.

‑Me sugirió que lo buscara y que fuera a visitarlo a su casa ‑contesté‑. Hasta me dijo que allí podíamos conversar.

‑Pero, ¿qué le dijiste para conseguir que te invitara a su casa? ‑me exigió.

Le dije a Bill que había utilizado mi mejor arte de vendedor y que le había prometido revelarle todo lo que sabía yo desde el punto de vista de mis lecturas, sobre las plantas medicinales.

Bill, evidentemente, no me creyó. Me acusó de men­tirle.

‑Conozco a la gente del lugar ‑dijo agresivamen­te‑, y ese viejo es un pedo muy estrafalario. No habla con nadie, ni siquiera con los indios. ¿Por qué se dispo­ne a hablar contigo, un total desconocido? ¡Ni siquiera tienes gracia!

Era muy evidente que Bill se había enfadado conmi­go. Yo no entendía por qué. No me atrevía a pedirle una explicación. Me daba la impresión de que estaba un poco celoso. Quizá pensaba que yo había logrado lo que él no había podido. Sin embargo, mi éxito había pasado tan in­advertido para mí que no tenía ningún significado. Apar­te de lo que me había dicho Bill, yo no tenía ningún con­cepto de lo difícil que era acercarse al anciano, y no me importaba un pío. En aquel momento, no le vi nada ex­traordinario a nuestro intercambio de palabras. Me asom­braba que Bill se hubiera enfadado tanto.

‑¿Sabes dónde vive? ‑le pregunté.

‑No tengo la menor idea ‑respondió en tono cor­tante‑. He oído decir que no vive en ninguna parte, que simplemente aparece aquí y allá inesperadamente, cagadas de esa índole. Lo más probable es que viva en una choza por Nogales, México.

‑¿Por qué es el viejo tan importante? ‑le pregun­té‑. Mi pregunta me dio el valor para añadir‑: Pareces estar enfadado porque me habló. ¿Por qué?

Sin más ni más, me admitió que estaba disgustado porque sabía lo inútil que era tratar de hablar con el viejo.

‑Ese viejo es un malcriado sin par ‑añadió‑. Lo mejor que puedes esperar es que se te quede mirando sin decirte una palabra cuando le hablas. Otras veces, ni te mira; es como si no existieras. La única vez que intenté hablar con él, me dejó con la palabra en la boca. ¿Sabes lo que me dijo? «Si yo fuera usted, no gastaría mi energía abriendo la boca. Consérvela. La necesita». Si no fuera un pedo tan viejo, le hubiera dado una en la nariz.

Le indiqué a Bill que eso de «viejo» era más bien una figura retórica que una descripción real. En realidad, no parecía ser tan viejo, aunque definitivamente lo era. Te­nía tremendo vigor y agilidad. Sentí que le habría ido muy mal a Bill si hubiera intentado darle un moquete en la nariz. El viejo indio estaba muy poderoso. De hecho, daba miedo.

No le di voz a mis pensamientos. Dejé que Bill si­guiera relatándome su disgusto con las groserías del vie­jo, y cómo lo hubiera tratado si no fuera que el viejo es­taba tan débil.

‑¿Quién crees que puede informarme dónde vive? ‑le pregunté.

‑A lo mejor alguien en Yuma ‑respondió ya más tranquilo‑. Quizá la gente que te presenté al principio del viaje. No pierdes nada en preguntarles. Diles que te mandé yo.

En seguida cambié mis planes y en vez de regresar a Los Ángeles, me fui directamente a Yuma, Arizona. Busqué a las personas que me había presentado Bill. No sabían dónde vivía el anciano, pero los comentarios que hicieron sobre él me despertaron aún más mi curiosi­dad. Dijeron que no era de Yuma, sino de Sonora, Méxi­co, y que en su juventud había sido un chamán temible que hacía magia y hechizaba a la gente, pero que la edad lo había templado y que se había vuelto un ermitaño as­ceta. Comentaron que aunque era yaqui, en un momen­to andaba con un grupo de mexicanos que según se de­cía, sabían mucho acerca de la práctica del hechizo. Estaban todos de acuerdo en que no habían visto a ese hombre durante muchos años.

Uno de ellos añadió que aunque el viejo era contem­poráneo de su abuelo, mientras que su abuelo estaba senil y guardaba cama, el brujo parecía tener más vigor que nunca. El mismo hombre me refirió con una gente de Hermosillo, la capital de Sonora, que podía conocer al viejo y contarme más acerca de él. La idea de ir a México no me agradaba nada. Sonora estaba demasiado lejos de la región que me interesaba. Además, razoné que sería mejor dedicarme a la antropología urbana, y regresé a Los Ángeles. Pero antes de partir, escudriñé todos los contornos de Yuma, buscando información sobre el vie­jo. Nadie sabía nada de él.

Ya en camino en el autobús, sentí algo extraño. Por un lado, me sentí curado del todo de mi obsesión con la idea del trabajo de campo o mi interés en el viejo. Por otro lado, sentía una rara nostalgia. Era, con toda sinceridad, algo que nunca había experimentado. Su novedad me conmovió profundamente. Era una mezcla de ansiedad y anhelo, como si me estuviera perdiendo algo de tremen­da importancia. Tuve la clara sensación al acercarme a Los Ángeles, de que lo que había actuado sobre mí en Yuma empezaba a desvanecerse con la distancia; pero ese desvanecimiento sólo incrementaba mi injustifica­do anhelo.

 

EL INTENTO DEL INFINITO

 

‑Quiero que pienses muy deliberadamente acerca de cada detalle de lo sucedido entre tú y esos dos hom­bres, Jorge Campos y Lucas Coronado ‑me dijo don Juan-, los que en verdad te entregaron a mí, y que lue­go me cuentes todo.

Encontré su pedido muy difícil de cumplir, y sin em­bargo disfrutaba recordando todo lo que esos dos me habían dicho. Él quería todos los detalles posibles, algo que me forzaba a ejercitar mi memoria hasta el límite.

La historia que don Juan quería que recordara em­pezó en la ciudad de Guaymas, en Sonora, México. En Yuma, Arizona, me habían sido facilitados los nombres y las direcciones de algunas personas que, según me ha­bían dicho, podrían aclarar algo del misterio que rodea­ba al viejo que había conocido en la estación de autobu­ses. La gente que fui a ver no solamente no conocía a ningún chamán jubilado, sino dudaba de que tal hom­bre existiera. Estaban hasta los topes de cuentos aterra­dores de los chamanes yaquis y del ánimo agresivo de los yaquis. Insinuaron que en Vicam, un pueblo de esta­ción de ferrocarril entre las ciudades de Guaymas y Ciudad Obregón, posiblemente encontraría alguien que pudiera señalarme la dirección correcta.

‑¿Hay alguien en particular que debo buscar? ‑pregunté.

‑Lo mejor sería hablar con un inspector de campo del banco oficial del gobierno ‑sugirió uno de los hombres‑. El banco tiene muchos. Conocen bien a to­dos los indios de estos contornos porque el banco es la institución del gobierno que les compra las cosechas, y todos los yaquis son granjeros, propietarios de una par­cela de tierra que pueden reclamar como suya con tal de que la cultiven.

‑¿Conoce a alguno de los inspectores? ‑pregunté.

Se miraron uno al otro y me dieron una sonrisa de disculpa. No conocían a nadie, pero aconsejaban que me acercara a uno de ellos y le explicara lo que andaba buscando.

En la estación de Vicam, mi tentativa de establecer contacto con uno de los inspectores de campo del go­bierno fue un desastre total. Conocí a tres y cuando les dije lo que quería, cada uno de ellos me miró con un aire de desconfianza. De inmediato, sospecharon que era yo un espía enviado por los yanquis para causarles proble­mas que no podían claramente definir, pero acerca de los cuales hicieron alocadas especulaciones, desde la agi­tación política hasta el espionaje industrial. Era la creen­cia de todos, sin base ninguna desde luego, que había depósitos de cobre en las tierras de los yaquis y que los yanquis querían apoderarse de ellos.

Después de esta resonante derrota, me refugié en la ciudad de Guaymas, llegando a un hotel muy cerca de un fabuloso restaurante. Iba allí tres veces al día. La co­mida era estupenda. Me encantó tanto que me quedé en Guaymas por más de una semana. Casi vivía en el res­taurante, y de esa manera llegué a tener mucho trato con el dueño, el señor Reyes.

Una tarde, mientras almorzaba, vino el señor Reyes a mi mesa con otro hombre a quien me presentó como Jorge Campos, yaqui de raza pura, un empresario‑inter­mediario que había vivido en Arizona de joven; me dijo que hablaba inglés perfectamente y que era más ameri­cano que cualquier americano. El señor Reyes lo elogió como un hombre excepcional, un verdadero ejemplo de lo que el trabajo y la dedicación pueden lograr.

El señor Reyes se retiró y Jorge Campos se sentó a mi lado, inmediatamente haciéndose cargo de todo. Fin­gió ser modesto, negando cualquier alabanza, pero era evidente que estaba en el cielo con lo que el señor Reyes había dicho de él.

A primera vista tuve la clara impresión de que Jorge Campos era un hombre de empresa de esos que uno en­cuentra en un bar o en las esquinas concurridas de las calles mayores, tratando de vender una idea o simple­mente tratando de encontrar el medio de convencer a al­guien de que le dé sus ahorros.

El señor Campos era muy bien parecido, medía alre­dedor de un metro ochenta de estatura y era delgado pero con una barriga alta, como la de un bebedor habi­tual de alcohol. Era muy moreno, un tanto verduzco, y llevaba blue jeans caros y botas de vaquero muy brillo­sas, puntiagudas y con talones de ángulo, como si nece­sitara enterrarlos en el suelo para no ser arrastrado por un buey enlazado.

Llevaba una camisa de cuadritos, gris e impecablemente planchada; en el bolsillo derecho tenía un protec­tor de plástico en el que guardaba una fila de bolígrafos. Había visto el mismo protector entre trabajadores de oficina que no querían mancharse la bolsa de la camisa de tinta. Su traje también incluía una chaqueta de gamu­za, color rojizo y de flecos, que parecía ser cara, y un sombrero de vaquero. Su cara redonda era inexpresiva. No tenía arrugas aunque parecía tener unos cincuenta años. Por alguna razón desconocida, sentía que era peli­groso.

‑Encantado de conocerlo, señor Campos ‑le dije en español, dándole la mano.

‑Dejémonos de formalidades ‑me respondió tam­bién en español, apretándome la mano vigorosamente­-. Me gusta tratar a la gente joven como iguales, a pesar de la diferencia en edad. Llámeme Jorge.

Se calló por un momento, indudablemente midiendo mi reacción. Yo no sabía qué decir. Ciertamente no que­ría llevarle la corriente, pero tampoco quería tomarlo en serio.

‑Tengo curiosidad de saber qué hace en Guaymas ‑me dijo como al descuido‑. No parece ser turista, y no creo que le interese la pesca de alta mar.

‑Soy estudiante de antropología ‑le dije‑. Y quie­ro establecer mis credenciales con los indios locales para poder hacer una investigación de campo.

‑Y yo soy hombre de negocios ‑me dijo‑. Mi ne­gocio es facilitar información, ser el intermediario. Usted necesita algo, yo se lo consigo. Cobro por mis servicios. Sin embargo, están garantizados. Si no está satisfecho, no tiene que pagarme.

‑Si su negocio es facilitar información ‑le dije‑, con gusto le pagaré lo que pida.

‑Ah ‑exclamó‑, seguramente necesita un guía, alguien con más educación que la mayoría de los indios de por aquí. ¿Tiene una beca del gobierno norteameri­cano o de alguna otra institución?

‑Sí ‑mentí‑. Tengo una beca de la Fundación Eso­térica de Los Ángeles.

Al decir eso, de veras le vi una ráfaga de codicia en los ojos.

‑¡Ah! ‑volvió a exclamar‑. ¿Qué tan grande es esa institución?

‑Bastante grande ‑dije.

‑¡Bueno! ¿De veras? ‑dijo como si mis palabras fueran la explicación que deseaba oír‑. Y si me permi­te, ¿de cuánto es su beca? ¿Cuánto dinero le otorgaron?

‑Unos cuantos miles de dólares para hacer el traba­jo de campo preliminar ‑mentí de nuevo, para ver lo que decía.

‑¡Ah! Me gusta la gente directa ‑dijo saboreando sus palabras‑. Estoy seguro de que usted y yo vamos a llegar a un acuerdo. Yo le ofrezco mis servicios como guía y como llave que va a abrir muchas puertas secretas entre los yaquis. Como puede ver por mi apariencia, soy un hombre de gusto y de medios.

‑Oh sí, por supuesto, se ve que es usted un hombre de gusto ‑le aseguré.

‑Lo que le estoy diciendo ‑me dijo‑, es que por un precio modesto, que va a encontrar muy razonable, yo voy a llevarlo con la gente debida a quien podrá hacer las preguntas que quiera. Y por un poquito más, le voy a traducir lo que le digan, palabra por palabra, al es­pañol o al inglés. También hablo francés y alemán, pero no creo que esas lenguas le interesen.

‑Tiene mucha razón, muchísima razón ‑dije‑. Esas lenguas no me interesan en lo más mínimo. ¿Pero cuáles son sus honorarios?

‑¡Ah! Mis honorarios ‑dijo, y sacó un cuaderno cubierto de piel del bolsillo del pantalón y lo abrió delan­te de mi cara; hizo unos garabatos rápidos, lo cerró nue­vamente y lo volvió a meter al bolsillo con precisión y ra­pidez. Estaba seguro de que quería darme la impresión de ser eficaz y rápido en la cálculo de cifras‑. Le voy a cobrar cincuenta dólares al día ‑dijo‑, con transporte incluido, pero le cobro mis comidas aparte. Lo que quie­ro decir es que cuando usted come también como yo. ¿Qué dice?

En ese momento, se inclinó sobre mí y casi susu­rrando, dijo que debiéramos cambiar al inglés porque no quería que otros se enteraran de nuestros tratos. Em­pezó a hablarme en algo que para nada era inglés. Yo es­taba perdido. No sabía cómo responder. Empecé a sen­tirme nervioso mientras él farfullaba de la manera más natural. No estaba nada perturbado. Gesticulaba, mo­viendo la manos de manera muy animada y haciendo se­ñas con el dedo como si estuviera dándome instruccio­nes. No tenía la impresión de que me hablaba en lenguas desconocidas; más bien pensé que estaba hablando en yaqui.

Cuando pasaron algunas personas por la mesa y nos miraron, yo asentí con la cabeza y le dije a Jorge Cam­pos: «Sí, sí, claro». En un momento le dije: «Dígalo de nuevo», y me pareció tan ocurrente que me eché una carcajada. Él también se rió como si hubiera dicho lo más ocurrente posible.

Debe de haber notado que yo estaba casi perdiendo los estribos, y antes de que me levantara para decirle que se hiciera humo, empezó de nuevo a hablar en español.

‑No quiero cansarlo con mis ridículas observaciones ‑dijo‑. Pero si voy a servirle de guía, vamos a pasar largas horas charlando. Le estaba haciendo una prueba hace un momento, para tener idea de que tan buen conversador es usted. Si voy a andar con usted en coche, necesito alguien que sea buen iniciador y buen receptor. Veo que usted es ambas cosas.

Entonces se levantó, me dio la mano y se fue. Como por seña convenida, el dueño se acercó a mi mesa, son­riendo y moviendo la cabeza de lado a lado como un pe­queño oso.

‑¿Verdad que es un tipo fabuloso? ‑me preguntó.

No quise comprometerme con una opinión, y el se­ñor Reyes espontáneamente dijo que Jorge Campos an­daba en aquel momento como intermediario en unos trámites muy delicados y de gran provecho. Dijo que unas empresas mineras de los Estados Unidos estaban interesadas en los depósitos de hierro y cobre que perte­necían a los yaquis, y que Jorge Campos estaba involu­crado y en espera de recibir un pago de cinco millones de dólares. Supe entonces que Jorge Campos era un es­tafador. No existían depósitos de cobre o hierro en las tierras yaquis. Si hubiera habido algo, las empresas pri­vadas ya les hubieran quitado las tierras a los yaquis y los hubieran movido a otra parte.

‑Fabuloso ‑dije‑. El tipo más maravilloso que ja­más he conocido. ¿Cómo puedo contactarlo de nuevo?

‑No se preocupe ‑dijo el señor Reyes‑. Jorge quería saber todo acerca de usted. Lo ha estado obser­vando desde que llegó. Lo más probable es que le venga a tocar a la puerta hoy más tarde, o mañana.

El señor Reyes tenía razón. Unas dos horas después, alguien me despertó de mi siesta. Era Jorge Campos. Yo tenía proyectado salir de Guaymas al oscurecer y manejar toda la noche hasta California. Le expliqué que me iba y que regresaba dentro de un mes.

‑¡Ah! Pero tiene que quedarse porque he decidido ser su guía ‑me dijo.

‑Lo siento, pero tendremos que esperar porque mi tiempo es muy limitado ‑le repliqué.

Sabía que Jorge Campos era un embustero, pero a la vez decidí revelarle que ya tenía un informante que esta­ba esperando trabajar conmigo, y que lo había conocido en Arizona. Describí al anciano y dije que se llamaba Juan Matus, y que otras personas lo habían caracteriza­do como chamán. Jorge Campos me miró con una gran sonrisa. Le pregunté si conocía al viejo.

‑Ah, claro que lo conozco ‑dijo jovialmente‑. Se pudiera decir que somos buenos amigos. Sin esperar a que lo invitara, Jorge Campos entró en mi habitación y se sentó a la mesa justo en frente del balcón.

‑¿Vive el viejo por aquí? ‑pregunté.

‑Claro que sí ‑me afirmó.

‑¿Me puede llevar con él?

‑No veo por qué no ‑dijo‑. Necesitaría un par de días para hacer mis indagaciones, es decir, para asegu­rar que anda por aquí, y luego iremos a verlo.

Sabía que me estaba mintiendo, y a la vez no lo que­ría creer. Hasta llegué a pensar que mi desconfianza ini­cial no tenía base. Tan convincente se mostraba.

‑Sin embargo ‑continuó‑, para poder ir a ver este hombre voy a tener que cobrarle un anticipo. Mi honorario va a ser de doscientos dólares.

Era más de lo que tenía a la mano. Le rehusé la ofer­ta cortésmente y le dije que no llevaba bastante dinero.

‑No quiero que piense que mi interés es puramente material ‑dijo con su sonrisa ganadora‑, ¿pero cuánto puede gastar? Tiene que tomar en consideración qué voy a tener que pagar algunas mordidas. Los yaquis son muy guardados, pero siempre hay maneras; hay puertas que siempre se abren con una llave mágica: el dinero.

A pesar de mi recelo, estaba convencido de que Jorge Campos era no sólo mi vía de entrada al mundo yaqui, sino el medio de encontrar al viejo que me tenía tan in­trigado. No quería regatear. Hasta me dio pena ofrecer­le los cincuenta dólares que llevaba en el bolsillo.

‑Estoy al final de mi estancia ‑le dije como discul­pa‑, así es que casi se me ha acabado el dinero. Sólo traigo cincuenta dólares.

Jorge Campos extendió sus largas piernas debajo de la mesa y cruzó los brazos detrás de la cabeza, inclinan­do el sombrero sobre la cara.

‑Le acepto los cincuenta dólares y su reloj ‑me dijo desvergonzadamente‑. Pero por ese dinero, lo lle­vo a conocer a un chamán menor. No se impaciente ‑me advirtió como si fuera yo a protestar‑. Tenemos que subir grados por la escalera desde los de menor ran­go hasta el hombre mismo, que le aseguro está en la mera cima.

‑¿Y cuándo podré conocer a este chamán menor? ‑pregunté, dándole el dinero y mi reloj.

‑¡Ahora mismo! ‑contestó, sentándose y ávida­mente tomando el dinero y el reloj‑. ¡Vámonos, no hay tiempo que perder!

Nos subimos a mi coche y me dijo que me fuera ha­cia el pueblo de Potam, uno de los pueblos tradicionales yaquis que quedan por el Río Yaqui. En el camino, me reveló que íbamos a conocer a Lucas Coronado, un hombre conocido por sus hazañas chamánicas, sus trances chamanes y por las magníficas máscaras que hacía para los festivales de Pascua Florida yaqui.

Luego desvió la conversación al viejo y lo que dijo contradecía del todo lo que los otros me habían dicho. Mientras otros lo habían descrito como ermitaño y cha­mán jubilado, Jorge Campos lo describió como el cu­randero y brujo más famoso de la región, un hombre cuya fama lo había vuelto casi inaccesible. Hizo una pausa como un actor, y luego lanzó su golpe: me dijo que hablarle a este hombre en forma continua como lo desean los antropólogos iba a costarme por lo menos dos mil dólares.

Iba a protestar el enorme aumento de precio, pero se me adelantó.

‑Por doscientos dólares, lo puedo llevar con él ‑dijo‑. De esos doscientos dólares, gano yo unos treinta. Lo demás se va en mordidas. Pero le va a costar más hablar con él largamente. Usted mismo haga la cuenta. Tiene guardaespaldas, gente que lo protege. Tengo que ganármelos, y aparecer con el dinero necesa­rio para ellos.

»Al terminar ‑continuó‑, le entregaré un total con recibos y todo para sus impuestos. Y verá usted que la co­misión que cobro para hacer los arreglos es mínima.

Sentí profunda admiración por él. Tenía conciencia de todo, hasta de los recibos para los impuestos. Se que­dó callado por un rato como si estuviera haciendo cál­culos de su ganancia mínima. Yo no tenía nada que de­cir. Estaba haciendo mis propios cálculos, tratando de pensar de dónde iba a sacar dos mil dólares. Hasta pensé en solicitar una beca.

‑¿Pero está seguro de que este anciano me va a reci­bir? ‑pregunté.

‑Claro ‑me aseguró‑. No sólo lo va a recibir, va a practicar brujería para usted por lo que le está pagando. Entonces, usted mismo hará sus arreglos con él sobre el costo de futuras lecciones.

Jorge Campos se calló de nuevo durante un rato, es­cudriñándome.

‑¿Cree que me pueda pagar los dos mil dólares? ‑me dijo con un tono de indiferencia tan marcado que de inmediato supe que era un embuste.

‑Oh, claro, eso está dentro de mis posibilidades ‑le mentí para apaciguarlo.

No podía disimular su alegría.

‑¡Vaya, qué chavo! ‑aclamó‑. ¡Vamos a divertir­nos de lo lindo!

Traté de inquirir más acerca del viejo; me paró abrup­tamente.

‑Guarda las preguntas para el viejo mismo. Va a es­tar en tus manos ‑me dijo sonriendo.

Empezó a contarme de su vida en los Estados Uni­dos y de sus ambiciones de hacer negocios y para mi to­tal asombro, ya que lo había clasificado como un farsan­te que no hablaba ni gota de inglés, cambió al inglés.

‑¡Pero si habla inglés! ‑exclamé, sin pensar en di­simular mi asombro.

‑Claro, joven ‑dijo, afectando un acento tejano que mantuvo durante toda la conversación‑. Le dije que lo estaba poniendo a prueba, para ver si era listo. Lo es. De hecho, es bastante listo, a mi parecer.

Su dominio del inglés era magnífico y estaba yo encan­tado con sus chistes y cuentos. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en Potam. Me dirigió a una casa en las afueras del pueblo. Nos bajamos del coche. Él caminó delante, lla­mando a Lucas Coronado en voz alta, en español.

Oímos una voz que venía desde el fondo de la casa, que decía, también en español: «Vengan por acá”.

Había un hombre detrás de una choza, sentado en el suelo sobre la piel de una cabra. Tenía entre los pies un pedazo de madera que estaba labrando con cincel y mazo. Al sostener el pedazo de madera rígido con la presión de los pies, había creado, por así decir, un estu­pendo torno de alfarero. Con los pies daba vueltas a la pieza mientras que con las manos trabajaba el cincel. Nunca había visto algo parecido. Estaba haciendo una máscara, ahuecándola con un cincel curvado. El domi­nio de sus pies al sostener la madera y dar la vuelta era notable.

El hombre era muy delgado; tenía una cara angular, con pómulos altos y una tez morena color cobre. La piel de la cara y del cuello parecían haberse estirado al máxi­mo. Su bigote lacio le daba a esa cara angular una mirada malévola. Tenía una nariz aguileña de puente muy fino y unos ojos negros feroces. Sus cejas negrísimas parecían pintadas, como también su pelo negro peinado desde la frente hacia atrás. Nunca había visto una cara más hos­til. La imagen que me vino a la mente al mirarlo era la de un envenenador italiano de la edad de los Médicis. Las palabras «truculento» y «saturnino» parecían ser las descripciones más acertadas al enfocar mi atención so­bre la cara de Lucas Coronado.

Noté que al estar sentado sobre el suelo sosteniendo el pedazo de madera entre los pies, los huesos de sus piernas eran tan largos que las rodillas estaban a la par con los hombros. Cuando nos acercamos, dejó de traba­jar y se puso de pie. Era más alto que Jorge Campos y flaquísimo. Como gesto de consideración a nosotros, supongo, se puso los guaraches.

‑Pasen, pasen ‑dijo sin sonreír.

Tuve el pensamiento de que Lucas Coronado no sa­bía sonreír.

‑¿A qué debo el placer de esta visita? ‑le preguntó a Jorge Campos.

‑Traigo a este joven porque quiere hacerle pregun­tas acerca de su arte ‑dijo Jorge Campos en un tono bastante condescendiente‑. Le aseguré que le contesta­ría usted verídicamente a todas sus preguntas.

‑Oh, eso no es ningún problema, ningún problema ‑afirmó Lucas Coronado, mirándome de arriba abajo con su mirada fría.

Cambió de idioma a lo que supuse era yaqui. Los dos, él y Jorge Campos se lanzaron a conversar anima­damente por un rato. Los dos me ignoraron por com­pleto. Luego Jorge Campos se volvió hacia mí.

‑Tenemos un pequeño problema ‑me dijo‑. Lu­cas acaba de informarme que está bastante ocupado por­que se le vienen encima las fiestas, así es que no va a po­der responder a todas sus preguntas, pero lo hará en otro momento.

‑Desde luego, claro ‑me dijo Lucas Coronado en español‑. En otro momento, por supuesto; en otro momento.

‑Tenemos que acortar la visita ‑dijo Jorge Cam­pos‑, pero lo vuelvo a traer.

Al salir, me sentí con ganas de expresarle a Lucas Coronado mi admiración por su estupenda técnica de utilizar las manos y los pies. Me miró como si estuviera loco, abriendo los ojos con sorpresa.

‑¿Nunca ha visto a alguien hacer una máscara? ‑me siseó entre dientes‑. ¿De dónde viene? ¿De Marte?

Me sentí un imbécil. Traté de explicarle que su técnica de trabajo me era nueva. Parecía a punto de darme un golpe en la cabeza. Jorge Campos me dijo en inglés que había ofendido a Lucas Coronado con mis comentarios. Había entendido mi adulación como una burla velada a su pobreza; mis palabras eran para él un pronuncia­miento irónico sobre su pobreza y su desamparo.

‑¡Pero es lo opuesto! ‑dije‑. Me parece magní­fico.

‑No intente decirle nada parecido ‑me contestó bruscamente Jorge Campos‑. Esta gente está prepara­da a recibir y dar insultos de la manera más velada. A él le parece extraño que usted lo desprecie sin conocerlo y que se burle del hecho de que no tiene dinero para com­prar un tornillo de banco para sostener su escultura.

Me sentía totalmente perdido. Lo menos que quería hacer era fastidiar mi único contacto posible. Jorge Cam­pos parecía ser perfectamente consciente de mi con­fusión.

‑Cómprele una de sus máscaras ‑me aconsejó.

Le dije que pensaba irme a Los Ángeles sin parar y que tenía justo el dinero para comprar gasolina y comida.

‑Bueno, déle su chaqueta de piel ‑me dijo como si nada, y a la vez en tono confidencial, de ayuda‑. De otra manera lo va a enojar, y todo lo que va a recordar de usted son sus insultos. Pero no le diga que sus máscaras son hermosas. Simplemente compre una.

Cuando le dije a Lucas Coronado que quería cam­biarle una chaqueta de piel por una de sus máscaras, me correspondió con una sonrisa de satisfacción. Tomó la chaqueta y se la puso. Caminó hacia su casa, pero antes de entrar hizo unos giros extraños. Se arrodilló ante al­go así como un altar religioso y movió sus brazos, como estrechándolos, y frotó sus manos sobre los lados de la chaqueta.

Entró en la casa, y volvió con un bulto envuelto en periódicos, que me entregó. Quise hacerle unas pregun­tas. Se disculpó, diciendo que tenía que trabajar, pero añadió que podía regresar cuando quisiera.

De vuelta hacia la ciudad de Guaymas, Jorge Cam­pos me pidió que abriera el bulto. Quería asegurarse de que Lucas Coronado no me hubiera estafado. No me interesaba abrirlo, lo que me importaba era la posibili­dad de regresar por mi cuenta para hablar con Lucas Coronado. Estaba feliz.

‑Tengo que ver lo que tiene ‑insistió Jorge Cam­pos‑. Deténgase por favor. Bajo ninguna condición ni por razón alguna, quiero poner en peligro a mis clientes. Usted me pagó para que le rindiera servicios. Este hom­bre es un chamán genuino, y como resultado, peligroso. Como lo ofendió, puede haberle dado un bulto de he­chizo. Si ése es el caso, tenemos que enterrarlo cuanto antes en esta región.

Sentí una ola de náusea y paré el coche. Con muchí­simo cuidado, saqué el bulto. Jorge Campos me lo arre­bató de las manos y lo abrió. Contenía tres máscaras tradicionales yaquis de hermosísima hechura. Jorge Campos mencionó de paso, desinteresadamente, que sería justo que le diera una. Yo pensé que, como toda­vía no me había llevado con el viejo, debía mantener mi contacto con él. Le regalé una de las máscaras con gusto.

‑Si me deja escoger, preferiría esa otra ‑me dijo, señalando.

Le dije que cómo no. Las máscaras no tenían ninguna importancia para mí; ya había conseguido lo que quería.

Hasta le hubiera regalado las otras dos, pero quería mos­trárselas a mis amigos antropólogos.

‑Estas máscaras no son nada extraordinario ‑de­claró Jorge Campos‑. Se pueden comprar en cualquier tienda del pueblo. Se las venden a los turistas.

Yo había visto las máscaras yaquis que se vendían en el pueblo. Eran muy rudimentarias en comparación con las que tenía, y Jorge Campos había en verdad escogido la mejor.

Lo dejé en la ciudad y me dirigí hacia Los Ángeles. Antes de despedirme, me recordó que casi le debía dos mil dólares porque iba a empezar con sus mordidas y con el plan de llevarme a conocer al gran hombre.

‑¿Cree que puede darme mis dos mil dólares a su regreso? ‑me preguntó atrevidamente.

La pregunta me puso en una situación terrible. Creía que si le decía la verdad, que lo dudaba, él me volvería la espalda. Estaba convencido de que, a pesar de su paten­te codicia, él era mi acomodador.

‑Haré lo posible para traerle el dinero ‑dije en un tono evasivo.

‑Eso no es suficiente, muchacho ‑me contestó enérgicamente, casi enfadado‑. Voy a andar gastando mi propio dinero, haciendo arreglos para el encuentro, y necesito seguridad de su parte. Yo sé que es un joven serio. ¿Qué valor tiene su coche? ¿Tiene en sus manos los documentos de propiedad?

Le dije el valor de mi coche y que sí poseía los docu­mentos de propiedad, pero solamente pareció estar sa­tisfecho cuando le di mi palabra de que le iba a traer el dinero en efectivo en mi próxima visita.

Cinco meses después regresé a Guaymas para ver a Jorge Campos. En aquel tiempo, dos mil dólares era mu­chísimo dinero, sobre todo para un estudiante. Pensé que quizá podría aceptar el pago en plazos, en cuyo caso yo estaría más que dispuesto a pagar.

No lo encontré por ninguna parte. Le pregunté al dueño del restaurante. Estaba tan desconcertado como yo por su desaparición.

‑Simplemente se desvaneció ‑dijo-. Seguramen­te regresó a Arizona o a Texas donde tiene negocios.

Me tomé el atrevimiento de ir a ver a Lucas Corona­do yo mismo. Llegué a su casa como al mediodía. Tam­poco lo encontré. Les pregunté a sus vecinos si sabían dónde pudiera estar. Me miraron hostilmente y ni si­quiera me contestaron. Me fui, pero regresé a su casa otra vez ya entrada la tarde. No esperaba nada. De he­cho, estaba preparado para regresarme inmediatamente a Los Ángeles. Para mi gran sorpresa, Lucas Coronado no sólo estaba allí, sino que me recibió muy amablemen­te. De manera franca, me expresó su aprobación al ver que había venido sin Jorge Campos, quien según él era un verdadero culo. Se quejó de que Jorge Campos, a quien se refirió como un yaqui renegado que gozaba de explotar a sus compañeros yaqui.

Le entregué a Lucas Coronado unos regalos que le había traído y le compré tres máscaras, un bastón exqui­sitamente labrado, y un par de polainas de cascabel he­chas de los capullos de unos insectos del desierto, polai­nas que utilizaban los yaquis en sus danzas tradicionales. Luego lo llevé a Guaymas a cenar.

Lo vi todos los días durante los cinco días que per­manecí en el área, y me facilitó infinita información so­bre los yaquis: su historia, su organización social y el sentido y la naturaleza de sus festividades. Estaba go­zando tanto haciendo mi trabajo de campo que hasta me sentí cohibido de preguntarle sobre el viejo chamán. So­breponiéndome a mis dudas, finalmente le pregunté a Lucas Coronado si conocía al viejo que Jorge Campos me había asegurado era un conocido chamán. Lucas Coronado parecía estar perplejo. Me afirmó que hasta donde él sabía tal hombre no existía en esa región, y que Jorge Campos era un estafador que sólo quería robarme mi dinero.

Al oír a Lucas Coronado negar la existencia de ese viejo, se me vino encima algo terrible. En un instante, se me hizo evidente que no me importaba un pepino el tra­bajo de campo. Lo único que me importaba era encon­trar a ese viejo. Supe entonces que el conocer al viejo chamán había sido indudablemente la culminación de algo que nada tenía que ver con mis deseos, mis ambi­ciones o hasta mis pensamientos como antropólogo.

Me inquietaba más que nunca saber quién diablos era ese viejo. Sin ninguna inhibición, empecé a desvariar y a gritar de frustración. Di de patadas sobre el piso. Lu­cas Coronado se asombró al verme. Primero me miró, confuso, y luego empezó a reír. Me disculpé con él por mi arranque de enojo y frustración. No podía explicar por qué estaba tan enfadado. Lucas Coronado aparente­mente comprendía mi situación.

‑Pasan cosas así por acá ‑dijo.

No tenía idea a qué se refería, ni le quería preguntar. Estaba mortalmente aterrado de la facilidad con que se ofendía. Una peculiaridad de los yaqui era la facilidad que poseían para sentirse ofendidos. Parecían siempre estar alertas, buscando insultos que fueran demasiado sutiles para ser percibidos por otros.

‑Hay seres mágicos que viven en las montañas en los alrededores ‑continuó‑, y actúan sobre la gente. Hacen que se vuelvan verdaderamente locos. Desvarían y divagan bajo su influencia, y cuando finalmente se tranquilizan, ya exhaustos, ni tienen idea de por qué se alocaron.

‑¿Cree usted que eso es lo que me pasó? ‑pregunté.

‑Claro ‑me dijo totalmente convencido‑. Usted está predispuesto a alocarse de lo que fuera, pero tam­bién es usted muy contenido. Hoy se le fue la cuerda. Se alocó por nada.

‑No es por nada ‑le afirmé‑. No lo supe hasta ahora, pero para mí ese viejo es el impulso de todos mis esfuerzos.

Lucas Coronado se quedó callado, como si pensara profundamente. Entonces empezó a caminar de un lado a otro.

‑¿Sabe de algún viejo que vive por aquí, pero que no es en realidad de aquí? ‑le pregunté.

No entendió mi pregunta. Tuve que explicarle que el viejo que había conocido era posiblemente, como Jorge Campos, un yaqui que vivía en otra parte. Lucas Coro­nado me explicó que el apellido «Matus» era bastante común en la región, pero que no conocía a ningún Ma­tus con nombre de pila «Juan». Parecía desanimado. De pronto, le vino un momento de iluminación y dijo que al ser un hombre viejo, podría tener otro nombre, y que era muy probable que me hubiera dado un nombre de trabajo y no su verdadero nombre.

‑El único viejo que conozco ‑siguió‑ es el padre de Ignacio Flores. Viene a ver a su hijo de cuando en cuando, pero viene de la Ciudad de México. Y se me ocurre que aunque es el padre de Ignacio, no parece estar tan viejo. Pero es viejo. Ignacio también es viejo. Pero el padre parece más joven.

Se rió al percatarse de lo que había dicho. Aparente­mente, nunca había pensado que el viejo era joven hasta ese momento. Seguía moviendo la cabeza como si no lo creyera. Yo, por otra parte, estaba eufórico.

‑¡Es él! ‑grité, sin saber por qué.

Lucas Coronado no sabía dónde vivía Ignacio Flores, pero muy amablemente me dirigió a que manejara hasta un pueblo yaqui cercano, donde encontró al hombre.

Ignacio Flores era un hombre grande, corpulento, de unos sesenta y tantos años. Lucas Coronado me advir­tió que el hombrazo había hecho la carrera de soldado durante su juventud, y aún tenía el porte de un militar. Ignacio Flores tenía un enorme bigote; eso y la feroci­dad de sus ojos lo transformaba, para mí, en la personi­ficación de un soldado feroz. Era de tez oscura. El pelo todavía lo tenía negro azabache a pesar de sus años. Su voz ronca y fuerte parecía haber sido entrenada exclusi­vamente para dar órdenes. Tuve la impresión de que ha­bía sido soldado de caballería. Caminaba como si toda­vía trajera espuelas, y por alguna razón, imposible de comprender, oía espuelas cuando caminaba.

Lucas Coronado me presentó y le dijo que había ve­nido de Arizona a ver a su padre, a quien yo había cono­cido en Nogales. Ignacio Flores no se sorprendió para nada.

‑Oh, sí ‑dijo‑. Mi padre viaja muchísimo. Sin mayores preliminares, nos explicó dónde podríamos encontrar a su padre. No nos acompañó, yo pensé que por cortesía. Se disculpó y se alejó, marchando como si estuviera en un desfile.

Me preparé para ir a la casa del viejo con Lucas Coronado, pero declinó la invitación; quería que lo llevara de vuelta a su casa.

‑Creo que usted ya encontró al hombre que busca­ba, y siento que debe usted estar solo ‑dijo.

Me maravillé de lo extraordinariamente correctos que eran estos yaquis y a la vez, tan feroces. Me habían con­tado que los yaquis eran salvajes, que no tenían ningún escrúpulo en matar a alguien; pero en lo que a mí con­cernía, sus características más notables eran su cortesía y su consideración.

Manejé hasta la casa del padre de Ignacio Flores, y allí encontré al hombre que buscaba.

‑Me pregunto por qué mintió Jorge Campos, di­ciéndome que lo conocía ‑dije al final de mi relato.

‑No te mintió ‑dijo don Juan con la firmeza de al­guien que aprobaba la conducta de Jorge Campos‑. Ni siquiera falseó sus palabras. Te consideró un tonto y te iba a estafar. Sin embargo, no pudo llevar a cabo su plan porque el infinito lo venció. ¿Sabes que desapareció poco después de conocerte, y que nunca lo encontraron? Jorge Campos fue un personaje de mucho significado para ti ‑continuó‑. Encontrarás en lo que sucedió entre uste­des una especie de esquema que te servirá de guía, porque él es la representación de tu vida.

‑¿Porqué? ¡Yo no soy un estafador! ‑protesté.

Se rió como si supiera algo que yo no sabía. Al ins­tante, me encontré en medio de una extensa explicación acerca de mis acciones, mis ideales, mis expectativas. Sin embargo, un extraño pensamiento me exhortó a consi­derar, con el mismo fervor con el que me estaba justifi­cando, el hecho de que bajo ciertas circunstancias yo podría llegar a ser como Jorge Campos. Encontré ese pensamiento inadmisible, y utilicé toda mi energía dis­ponible para refutarlo. Sin embargo, en lo profundo de mí, no me interesaba disculparme si era como Jorge Campos.

Cuando di voz a mi dilema, don Juan se rió con tan­tas ganas que casi se ahogó varias veces.

‑Si yo fuera tú ‑me comentó‑, escucharía lo que me dice esa voz interior. ¡Qué importaría si fueras, como Jorge Campos, un estafador barato! Sí, era un es­tafador barato. Tú eres más complicado. Ése es el poder del recuento. Por eso lo utilizan los chamanes. Te pone en contacto con algo que ni siquiera sospechabas que existía en ti.

Quería marcharme al momento. Don Juan sabía exactamente lo que estaba sintiendo.

‑No escuches a esa voz superficial que te hace sen­tir rabia ‑me dijo con voz imponente‑. Escucha a esa voz más profunda que desde ahora en adelante te va a guiar, la voz qué se está riendo. ¡Escúchala! ¡Ríete! ¡Ríete!

Sus palabras fueron como una orden hipnótica para mí. Contra mi voluntad, empecé a reír. Nunca había es­tado tan feliz. Me sentí libre, desenmascarado.

‑Cuéntate la historia de Jorge Campos una y otra vez ‑dijo don Juan‑. Vas a encontrar incontables ri­quezas en ella. Cada detalle es parte de un mapa. Es par­te de la naturaleza del infinito, una vez que cruzamos cierto umbral, el poner delante de nosotros un esquema.

Me escudriñó un largo rato. No sólo me miró, sino que fijó la vista intensamente en mí.

‑Un hecho que Jorge Campos no pudo evitar ‑di­jo finalmente‑, fue el ponerte en contacto con el otro hombre, Lucas Coronado, que es tan significativo para ti como el mismo Jorge Campos, quizás aún más.

En el curso de recontar la historia de esos dos hom­bres, me había dado cuenta de que había pasado más tiempo con Lucas Coronado que con Jorge Campos; sin embargo, nuestros intercambios no habían sido tan in­tensos y habían estado marcados por enormes lagunas de silencio. Lucas Coronado no era por naturaleza un hombre locuaz y, por alguna extraña maniobra, cuando estaba silencioso lograba arrastrarme con él a ese estado.

‑Lucas Coronado es la otra parte de tu mapa‑dijo don Juan‑. ¿No encuentras raro que sea escultor, como tú, un artista super-sensible que, como tú en cierto mo­mento, buscaba alguien que patrocinara su arte? Busca­ba un benefactor, tal como tú buscabas una mujer aman­te de las artes que patrocinara tu creatividad.

Entré en otro estado de lucha aterradora. Esta vez mi lucha era entre la absoluta certeza de que nunca le había hablado de ese aspecto de mi vida, el hecho de que era verdad, y el hecho de que no podía dar con la expli­cación de cómo había obtenido esa información. Otra vez quise marcharme. Pero nuevamente el impulso fue vencido por una voz que venía de un lugar profundo. Sin ninguna ayuda de don Juan, empecé a reírme. A una parte de mí, a un nivel muy profundo, le importaba un pepino saber cómo don Juan había conseguido esa in­formación. El hecho que la poseía, y que la había utili­zado de manera tan delicada y a la vez tan confabulante, era una maniobra que daba gusto ver. No era de ninguna consecuencia que la parte superficial en mí se enojara y quisiera marcharse.

‑Muy bien -dijo don Juan dándome una palmadi­ta fuerte en la espalda‑, muy bien.

Se quedó pensativo por un momento como si acaso estuviera viendo cosas invisibles al ojo ordinario.

-Jorge Campos y Lucas Coronado son los dos ex­tremos de un eje ‑dijo‑. Ese eje eres tú: en un extremo, un mercenario despiadado, desvergonzado y burdo que se encarga sólo de sí mismo; horrendo pero indestructi­ble. En el otro extremo, un artista super‑sensible, ator­mentado, débil y vulnerable. Éste debería haber sido el mapa de tu vida, si no fuera por la aparición de otra posi­bilidad, la que se abrió cuando cruzaste el umbral del in­finito. Me buscaste y me encontraste; y entonces, cruzas­te el umbral. El intento del infinito me dijo que buscara a alguien como tú. Te encontré, cruzando también así el umbral.

Con eso terminó la conversación. Don Juan entró entonces en uno de sus largos períodos de silencio total que eran su costumbre. Fue sólo al final del día, cuando habíamos regresado a su casa y mientras estábamos sen­tados bajo la ramada, refrescándonos de la larga camina­ta que habíamos hecho, que rompió el silencio.

‑Al contar lo que pasó entre tú y Jorge Campos, y tú y Lucas Coronado ‑siguió don Juan‑ hallé, y espe­ro que tú también, un factor muy perturbador. Para mí es un augurio. Señala el final de una era, lo que signifi­ca que lo que está allí no puede quedarse. Elementos muy frágiles te trajeron hasta mí. Ninguno de ellos po­dría mantenerse por sí mismo. Eso es lo que saqué de tu cuento.

Recordé que don Juan me había revelado un día que Lucas Coronado estaba mortalmente enfermo. Tenía un estado de salud que lentamente lo consumía.

‑Le he mandado a decir a través de mi hijo, Igna­cio, lo que tiene que hacer para curarse ‑siguió don Juan‑, pero él cree que es una tontería y no quiere sa­ber nada. No es culpa de Lucas. La raza humana entera no quiere saber nada. Oyen solamente lo que quie­ren oír.

Me acordé que le había insistido a don Juan que me dijera qué podía decirle a Lucas Coronado para ayudar­lo a aliviar el dolor y la angustia mental. No sólo don Juan me lo dijo, sino que me advirtió que si Lucas Co­ronado lo quería, fácilmente podría sanarse él mismo. Sin embargo, cuando fui con el recado de don Juan, Lu­cas Coronado me miró como si estuviera loco. Luego pasó a hacer una brillante (y si hubiera sido yo yaqui horriblemente ofensiva) descripción de un hombre abu­rridísimo por la infundada insistencia de alguien. Pensé que sólo un yaqui podía ser tan sutil.

‑Esas cosas no me ayudan ‑dijo finalmente en tono desafiante, enojado por mi falta de sensatez‑. En verdad, no importa. Todos tenemos que morir. Pero no vayas a creer que he perdido toda esperanza. Voy a con­seguir dinero del banco del gobierno. Me van a dar di­nero por avanzado sobre mi cosecha y voy a conseguir suficiente para comprar algo que me va a sanar, ipso fac­to. Se llama Vi‑ta‑mi‑nol.

‑¿Qué es Vitaminol? ‑le había preguntado.

‑Es algo que anuncian por la radio ‑dijo con la inocencia de un niño‑. Cura todo. Se recomienda para personas que no comen diariamente carne, pescado o carne de ave. Se recomienda para personas como yo, que apenas podemos mantener juntos el cuerpo y el alma.

En mi avidez por ayudar a Lucas Coronado, cometí uno de los errores más graves imaginables en una socie­dad de gente tan hipersensible como los yaquis. Ofrecí darle el dinero para comprar su Vitaminol. Su fría mira­da me reveló a qué grado lo había herido. Mi error fue imperdonable. Muy calladamente, Lucas Coronado me dijo que tenía los recursos económicos para comprarse su propio Vitaminol.

Regresé a la casa de don Juan. Quería llorar. Mi avi­dez me había traicionado.

‑No gastes tu energía preocupándote por tales cosas ‑dijo don Juan fríamente‑. Lucas Coronado está preso dentro de un ciclo vicioso, pero también lo estás tú. Y lo están todos. Él tiene su Vitaminol, que confianzudamen­te cree que le va a sanar todo y resolver todos sus proble­mas. En este momento, no tiene con qué comprarlo, pero con el tiempo, tiene grandes esperanzas de poder hacer­lo. ‑Don Juan me escudriñó con sus ojos brillantes-. ­Te dije que los actos de Lucas Coronado eran el mapa de tu vida -dijo‑ Créemelo que lo son. Lucas Coronado te señaló el Vitaminol y lo hizo tan poderosa y dolorosa­mente, que te hirió y te hizo llorar.

Don Juan dejó de hablar. Fue una larga y muy eficaz pausa.

‑Y no me digas que no entiendes lo que te estoy di­ciendo ‑me dijo‑. De una manera u otra, todos tene­mos nuestra propia versión de Vitaminol.

 

¿QUIÉN ERA JUAN MATUS, EN REALIDAD?

 

El segmento de la historia de mi encuentro con don Juan que él no quería oír, tenía que ver con los senti­mientos e impresiones que sentí al entrar, ese día fatal, a su casa; el contradictorio choque entre mis expectativas y la realidad de la situación, y el efecto que un racimo de las ideas más extravagantes que jamás he tenido causó en mí.

‑Eso es más bien una confesión que una narración de sucesos ‑me dijo una vez, cuando intenté contár­selo.

‑No puede estar más errado, don Juan ‑empecé, pero me detuve. Algo en su mirada me dijo que él tenía razón. Lo que yo dijera parecería halago, adulación. Lo que pasó durante nuestro primer verdadero encuentro, sin embargo, fue de una importancia trascendental para mí, un suceso de consecuencias finales.

Durante mi primer encuentro con don Juan, en la es­tación de autobuses de Nogales, Arizona, algo de una naturaleza extraordinaria me sucedió, pero estaba ca­muflado por mis preocupaciones con la presentación del yo. Quería causarle una fuerte impresión a don Juan, y al intentarlo, había enfocado toda mi atención en el acto de venderme, por decirlo así. Sólo después de me­ses sucedió que un residuo extraño de sucesos olvidados empezó a aparecer.

Un día, de la nada y sin que yo lo provocara o lo diri­giera, me acordé de algo con una claridad extraordinaria, algo que me había pasado completamente por alto du­rante mi encuentro mismo entre don Juan y yo. Cuando me frenó al querer decirle mi nombre, me había escudri­ñado y su mirada había penetrado en mis ojos, dejándo­me paralizado. Había infinitamente más que yo le podía decir acerca de mí. Podría haber expuesto durante horas y con gran detalle mi conocimiento y valor, si no hubiera sido que su mirada me dejó seco.

En vista de esta nueva realización, me puse a consi­derar de nuevo todo lo que me había ocurrido en aque­lla ocasión. Mi conclusión inevitable fue que había ex­perimentado la interrupción de cierto flujo misterioso que me mantenía, un flujo que jamás antes había sido interrumpido, por lo menos no en la manera en que lo hizo don Juan. Cuando intenté describir a mis amigos lo que había experimentado físicamente, un extraño sudor empezó a cubrirme el cuerpo entero; el mismo sudor que había sentido cuando don Juan me dio esa mirada; en ese momento, no solamente había sido incapaz de pro­nunciar una sola palabra, sino también de tener un solo pensamiento.

Por algún tiempo después, me quedé enfocado sobre la sensación física de la interrupción, para la cual no en­contraba yo ninguna explicación racional. Argumenté, durante un tiempo, que don Juan me había hipnotizado, pero mi memoria me decía que él no me había dado ninguna orden hipnótica ni había hecho ningún movimien­to que pudiera haber atrapado mi atención. De hecho, simplemente me había mirado. Era la intensidad de aquella mirada lo que la hizo aparecer como si me hu­biera escudriñado durante largo rato. Su mirada me ha­bía obsesionado y me había dejado descompuesto físi­camente a un nivel profundo.

Cuando finalmente tuve a don Juan de nuevo delan­te de mí, lo primero que percibí era que no se parecía para nada a lo que me había imaginado durante todo el tiempo que traté de encontrarlo. Había fabricado una imagen del hombre que había conocido en la estación de autobuses, imagen que perfeccionaba todos los días al aparentemente recordar más y más detalles. En mi men­te, era un viejo todavía fuerte y ágil, pero casi delicado. El hombre delante de mí era muscular y decisivo. Cami­naba con agilidad, pero no era de paso fino. Sus pasos era firmes aunque ligeros. Irradiaba vitalidad y propósi­to. El recuerdo que compuse no estaba en armonía con la cosa real. Creí que tenía pelo corto y blanco y una tez bastante morena. El pelo lo tenía más largo y no tan blanco como me lo imaginaba. La tez tampoco la tenía tan oscura. Podría haber jurado que sus facciones eran agudas como las de un ave, a causa de su edad. Pero no era así. Tenía la cara llena, casi redonda. De un vistazo, la característica más sobresaliente del hombre que me estaba mirando eran sus ojos oscuros, que brillaban con una luz peculiar, danzante.

Algo se me había pasado completamente por alto en mi primera evaluación de él, y era que su apariencia entera era la de un atleta. Tenía espaldas anchas, el es­tómago plano; su postura estaba firmemente planta­da sobre el suelo. No había debilidad en sus rodillas ni temblores en sus brazos. Había imaginado un ligero temblor en la cabeza y los brazos, como si estuviera ner­vioso o inestable. También imaginé que medía alrededor de un metro setenta, diez centímetros menos que su es­tatura real.

Don Juan no manifestó ninguna sorpresa al verme. Quería decirle cuán difícil había sido encontrarlo. Que­ría que me felicitara por mis esfuerzos titánicos, pero simplemente se rió de mí en tono de broma.

‑Tus esfuerzos no me importan ‑dijo‑. Lo que me importa es que encontraste dónde vivo. Siéntate, siéntate -dijo atrayéndome, señalando una de las cajas de carga que estaban bajo su ramada y dándome una palmada en la espalda; pero no era una palmada amis­tosa.

Era como si me hubiera golpeado en la espalda, aun­que nunca me tocó. Su cuasi‑palmada creó una sensa­ción extraña e inestable que apareció de pronto y desa­pareció antes de que pudiera captar lo que era. Lo que quedó en mí fue un extraña tranquilidad. Sentí bienes­tar. Mi mente estaba clara. No tenía ni expectativas ni deseos. Mi acostumbrada nerviosidad y mis manos su­dadas, las señales de mi existencia, desaparecieron de pronto.

‑Ahora vas a comprender todo lo que te voy a decir ‑me dijo don Juan mirándome a los ojos como lo había hecho en la estación de autobuses.

Usualmente hubiera hallado su pronunciamiento su­perficial, quizá retórico, pero cuando lo dijo no pude sino asegurarle repetida y sinceramente que iba a com­prender todo lo que me dijera. Me miró de nuevo a los ojos con una intensidad feroz.

‑Soy Juan Matus ‑dijo, sentándose en otra caja a unos metros de mí‑. Ése es mi nombre y lo articulo porque con él estoy haciendo un puente para que cruces adonde yo estoy.

Se me quedó mirando un instante antes de volver a hablar.

‑Soy chamán ‑siguió‑. Pertenezco a un linaje de chamanes que ha durado veintisiete generaciones. Soy el nagual de mi generación.

Me explicó que el líder de un grupo de chamanes como él se llamaba «nagual», y que éste era un término genérico que se aplicaba a un chamán de cada genera­ción que tenía una configuración energética específica que lo apartaba de los demás. No en términos de supe­rioridad o inferioridad, o nada por el estilo, sino en tér­minos de la capacidad de ser responsable.

‑Sólo el nagual ‑dijo‑ tiene la capacidad energé­tica de ser responsable del destino de sus cohortes. Cada uno de sus cohortes sabe esto y accede. El nagual puede ser hombre o mujer. En el tiempo de los chamanes que fueron los fundadores de mi linaje, las mujeres eran, por regla, las naguales. Su pragmatismo natural, producto de su feminidad, condujo a mi linaje hacia pozos de practicalidades de los que casi no pudieron salir. Enton­ces, los hombres asumieron la dirección y condujeron a mi linaje hacia pozos de imbecilidades de los cuales ape­nas estamos saliendo ahora.

»Desde el tiempo del nagual Luján, que vivió hace unos doscientos años ‑siguió‑, ha habido un nexo conjunto de esfuerzo, compartido por un hombre y una mujer. El hombre nagual trae sobriedad; la mujer nagual trae innovación.

Quería preguntarle en ese momento si había una mujer en su vida que fuera la mujer nagual, pero la profundidad de mi concentración no me permitió formular la pregunta. En cambio, él la formuló por mí.

‑¿Hay una mujer nagual en mi vida? ‑preguntó­-. No, no la hay. Soy un brujo solitario. Sin embargo, tengo mis cohortes. En este momento, no andan por aquí.

Un pensamiento emergió en mi mente con un vigor incontenible. En aquel instante me acordé de lo que al­gunas personas en Yuma me habían dicho, que don Juan andaba con un grupo de mexicanos que parecían estar muy bien entrenados en maniobras de brujería.

‑Ser chamán ‑continuó don Juan‑ no significa practicar hechizos, o tratar de afectar a la gente, o ser poseído por los demonios. El ser chamán significa al­canzar un nivel de consciencia que da acceso a cosas in­concebibles. El término «brujería» no tiene la capacidad de expresar lo que hacen los chamanes, ni tampoco el término «chamanismo». Las acciones de los chamanes existen exclusivamente en el reino de lo abstracto, de lo impersonal. Los chamanes luchan para alcanzar una meta que nada tiene que ver con la búsqueda del hom­bre común. Los chamanes aspiran a llegar al infinito, y a ser conscientes de ello.

Don Juan continuó, diciendo que la tarea de los cha­manes era enfrentarse al infinito, y que se sumergen en él diariamente, tal como un pescador se sumerge en el mar. Era una tarea tan enorme que los chamanes tenían que pronunciar sus nombres antes de entrar en ello. Me recordó que en Nogales había pronunciado su nombre antes de que se llevara a cabo interacción alguna entre nosotros. Había afirmado, de esa manera, su individua­lidad ante el infinito.

Comprendí con una claridad sin igual lo que me explicaba. Ni siquiera tenía que pedir aclaraciones. La agudeza de pensamiento debería haberme sorprendido, pero no fue así. Supe en aquel momento que siempre había sido claro de pensamiento, que sólo me hacía el tonto para el beneficio de otro.

‑Sin que supieras nada ‑continuó‑, te inicié en una búsqueda tradicional. Tú eres el hombre a quien buscaba. Mi búsqueda terminó cuando te encontré, y la tuya cuando me encontraste ahora.

Don Juan me explicó que como nagual de su genera­ción estaba buscando a un individuo que tuviera una configuración energética específica, adecuada para ase­gurar la continuidad de su linaje. Dijo que, en cierto mo­mento, el nagual de cada generación durante veintisiete generaciones sucesivas, había entrado en la experiencia más desgarradora de su vida; la búsqueda de sucesión.

Mirándome directamente a los ojos, dijo que lo que hacía que seres humanos se convirtieran en chamanes era su capacidad de percibir la energía tal como fluye en el universo, y que cuando los chamanes perciben a un ser humano de esta manera, ven una bola luminosa, o una figura luminosa en forma de huevo. Su postura era que los seres humanos no sólo son capaces de ver ener­gía directamente como fluye en el universo, sino que en verdad la ven, pero no están deliberadamente concien­tes de verla.

Hizo inmediatamente la distinción más crucial para los chamanes, la que hay entre el estado general de ser consciente y el estado particular de ser deliberadamente consciente de algo. Categorizó a todos los seres huma­nos como poseedores de conciencia de manera general, que les permite ver energía directamente, y categorizó a los chamanes como los únicos seres humanos que son deliberadamente conscientes de ver energía directamen­te. En seguida, definió «conciencia» como energía y «energía» como un flujo constante, una vibración lumi­nosa que nunca está quieta sino siempre en movimiento por impulso propio. Afirmó que cuando se ve a un ser humano se percibe como una aglomeración de campos energéticos unidos por la fuerza más misteriosa del uni­verso: una fuerza vibratoria aglutinante y unificadora que mantiene juntos a los campos energéticos en una unidad cohesiva. Explicó además que el nagual era un chamán específico de cada generación, a quien los otros chamanes podían ver, no como una sola bola luminosa, sino como una unidad de dos esferas de luminosidad fundidas la una sobre la otra.

‑Esta característica de ser doble ‑continuó‑, le permite al nagual llevar a cabo maniobras que son bas­tante difíciles para un chamán ordinario. Por ejemplo, el nagual es conocedor de la fuerza que nos mantiene co­mo una unidad cohesiva. El nagual puede fijar su aten­ción total por una fracción de un segundo sobre esa fuer­za y paralizar a otra persona. Te hice eso en la estación de autobuses porque quería detener tu bombardeo de yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo. Quería que me encontraras y te de­jaras de mierdas.

»Mantenían los chamanes de mi linaje ‑continuó don Juan‑, que la presencia de un ser doble, un nagual, basta para aclararnos las cosas. Lo que es raro es que la presencia del nagual aclara las cosas de manera velada. Me ocurrió a mí cuando conocí al nagual Julián, mi maestro. Su presencia me confundió durante años, por­que cada vez que estaba cerca de él pensaba claramente, pero cuando él se alejaba, volvía yo a ser el mismo idio­ta que siempre había sido.

»Tuve el privilegio ‑siguió don Juan‑ de conocer y tratar con dos naguales. Por seis años, a pedido del na­gual Elías, el maestro del nagual Julián, fui a vivir con él. Él es el que me crió, por decirlo así. Un privilegio de lo más inusual. Tenía un lugar en la primera fila para obser­var lo que es realmente un nagual. El nagual Elías y el nagual Julián eran dos hombres de temperamentos tre­mendamente diferentes. El nagual Elías era más callado y estaba perdido en la oscuridad de su silencio. El na­gual Julián era rimbombante, un hablador compulsivo. Parecía que vivía para apantallar a las mujeres. Había más mujeres en su vida que lo que uno quisiera pensar. A la vez, los dos se parecían asombrosamente en que no tenían nada adentro. Estaban vacíos. El nagual Elías era una colección de asombrosos cuentos hechizantes de re­giones desconocidas. El nagual Julián era una colección de historias que tenía a todos muertos de carcajadas. Cuando trataba de dar con el hombre en ellos, el verda­dero hombre, como podía con mi padre; con el hombre en toda la gente que conocía, no encontraba nada. En vez de tener a una persona real dentro de ellos, había un montón de cuentos acerca de gentes desconocidas. Cada hombre tenía su gracia, pero el resultado final era igual: el vacío, un vacío que no reflejaba el mundo, sino el in­finito.

Don Juan siguió explicando que en el momento en que uno cruza el peculiar umbral del infinito, sea delibe­radamente o como en mi caso, inconscientemente, todo lo que le pasa a uno desde ese momento, ya no está ex­clusivamente en el dominio de uno, sino que entra en el reino del infinito.

‑Cuando nos conocimos en Arizona, los dos cru­zamos un peculiar umbral ‑continuó‑. Y ese umbral no fue decidido ni por ti ni por mí; sino por el infinito mis­mo. El infinito es todo lo que nos rodea. ‑Dijo esto ha­ciendo un gesto amplio con los brazos‑. Los chamanes de mi linaje lo llaman el infinito, el espíritu, el oscuro mar de la conciencia, y dicen que es algo que existe allí afuera y que rige sobre nuestras vidas.

Podía realmente comprender todo lo que me estaba diciendo, y sin embargo, no sabía de qué demonios esta­ba hablando. Le pregunté si cruzar el umbral había sido un suceso accidental, resultado de circunstancias impredecibles regidas por el azar. Contestó que sus pasos y los míos fueron guiados por el infinito, y que circuns­tancias que parecían ser regidas por el azar fueron en esencia guiadas por el lado activo del infinito. Lo llamó intento.

‑Lo que nos reunió a ti y a mí ‑siguió‑, fue el in­tento del infinito. Es imposible determinar lo que es este intento del infinito, sin embargo está allí, tan palpable como tú y yo. Los chamanes dicen que es un temblor en el aire. La ventaja de los chamanes es el saber que existe el temblor en el aire y asentir a él sin más. Para los cha­manes no hay cavilaciones, preguntas, especulaciones. Saben que todo lo que tienen es la posibilidad de unirse con el intento del infinito, y lo hacen.

Nada podría haber sido más claro que esos pronun­ciamientos. En cuanto a mí, la verdad de lo que me decía era tan auto‑evidente que no me permitía pensar cómo tales aseveraciones absurdas podían parecer tan raciona­les. Sabía que todo lo que decía don Juan no sólo era una perogrullada, sino que podía comprobarlo al referirme a mi propio ser. Yo sabía acerca de todo lo que hablaba. Tenía la sensación de haber vivido cada vuelta de su des­cripción.

Allí terminó nuestra conversación. Algo pareció des­inflarse dentro de mí. Fue en aquel instante cuando se me ocurrió que estaba perdiendo la cabeza. Había sido cega­do por pronunciamientos estrafalarios y había perdido todo sentido concebible de la objetividad. A consecuen­cia, me fui de la casa de don Juan muy apresuradamente, sintiéndome amenazado hasta el corazón por un enemi­go invisible. Don Juan me acompañó a mi coche, total­mente a sabiendas de lo que pasaba dentro de mí.

‑No te preocupes ‑me dijo, poniéndome la mano sobre el hombro‑. No te estás volviendo loco. Lo que sentiste fue un ligero toque del infinito.

Con el paso del tiempo, pude comprobar lo que don Juan había dicho de sus dos maestros. Don Juan Matus era exactamente como esos dos hombres a los que había descrito. Hasta diría que era una unión extraordinaria de los dos; por un lado, extremadamente callado e intros­pectivo; por otro, extremadamente abierto y ocurrente. El pronunciamiento más acertado de lo que es un nagual, y que articuló ese día en que lo encontré, es que el nagual está vacío, y que ese vacío no refleja el mundo sino que refleja el infinito.

Nada puede haber sido más acertado que esto con referencia a don Juan Matus. Su vacío reflejaba el infini­to. No existía alboroto en él, ni aseveraciones sobre el yo. No había ni una pizca de necesidad de enojos o re­mordimientos. Era suyo el vacío del guerrero‑viajero, avezado al punto que no da nada por supuesto. Un gue­rrero‑viajero que nunca subestima o sobreestima nada. Un luchador callado y disciplinado, cuya elegancia es tan extrema que nadie, no importa cuánto se esfuerce por ver, encontrará la costura donde se une toda esa complejidad.

 

EL FINAL DE UNA ERA

 

LAS PROFUNDAS PREOCUPACIONES DE LA VIDA COTIDIANA

 

Fui a Sonora a ver a don Juan. Tenía que hablar con él acerca de un acontecimiento de enorme gravedad que me acosaba en aquel momento. Necesitaba su consejo. Cuando llegué a su casa, apenas lo saludé. Me senté y comencé a decirle de buenas a primeras lo que me pa­saba.

‑Cálmate, cálmate ‑dijo don Juan‑. Nada puede ser tan grave.

‑¿Qué es lo que me está pasando, don Juan? ‑le pregunté. Era una pregunta retórica de mi parte.

‑Son los efectos del infinito ‑contestó‑. Algo le pasó a la forma en que percibes, el día que me conocis­te. Tu sensación de nerviosismo se debe a la realización subliminal de que se te ha acabado el tiempo. Tienes conciencia de ello, pero no estás deliberadamente cons­ciente. Sientes la ausencia de tiempo y es lo que te hace impaciente. Lo sé porque me pasó a mí y a todos los cha­manes de mi linaje. En un momento dado, una era ente­ra de mi vida, o de sus vidas, terminó. Ahora te toca a ti. Simplemente se te ha acabado el tiempo.

Exigió entonces un recuento total de todo lo que me había pasado. Me dijo que tenía que ser completo, sin omisión de ningún detalle. No buscaba bosquejos. Que­ría que le presentara el impacto total de lo que me estaba molestando.

‑Vamos a hacer esta conversación, como dicen en tu mundo, al pie de la letra ‑me dijo‑. Vamos a entrar en el reino de las conversaciones formales.

Don Juan explicó que los chamanes del México anti­guo habían concebido la idea de conversaciones formales versus conversaciones informales, y utilizaban ambas como medios para enseñar y guiar a sus discípulos. Las conversaciones formales consistían para ellos, en resú­menes que hacían de vez en cuando de todo lo que les habían enseñado o dicho a sus discípulos. Las conversa­ciones informales eran elucidaciones diarias en las cuales las cosas se explicaban con referencia sólo al fenómeno que se examinaba en ese momento.

‑Los chamanes no se guardan nada para sí ‑conti­nuó‑. El vaciarse de esta manera es una maniobra cha­manística. Los conduce a abandonar la fortaleza del yo.

Empecé mi recuento, diciéndole a don Juan que las circunstancias de mi vida jamás me habían permitido ser introspectivo. Cuanto más me remontaba en mi pasado, más recordaba que mi vida cotidiana había estado llena de problemas pragmáticos que exigían una resolución inmediata. Recuerdo que mi tío predilecto me dijo que estaba horrorizado de darse cuenta de que nunca había yo recibido un regalo de Navidad o de cumpleaños. Yo había ido a vivir a casa de la familia de mi padre poco antes de que mi tío me dijera eso. Me habló en tono compasivo de lo injusto de mi situación. Hasta se dis­culpó, aunque él no tenía nada que ver con el asunto.

‑Es horripilante, chico ‑dijo moviendo la cabe­za‑. Quiero que sepas que te apoyo cien por ciento cuando llegue el momento de las reparaciones.

Insistió una y otra vez que tenía que perdonar a los que me habían hecho esos desagravios. Por lo que él me decía, supuse que quería que me enfrentara a mi padre con el hallazgo, y que lo acusara de indolencia y descui­do, y luego, claro, que lo perdonara. Lo que él no había notado era que yo no me sentía para nada agraviado. Lo que él me pedía exigía una naturaleza introspectiva que me hiciera responder a los malestares provenientes del abuso psicológico, una vez que me los hubieran señala­do. Le aseguré a mi tío que iba a pensarlo, pero no en ese momento, porque en ese instante mi novia estaba en la sala esperándome y haciéndome señas desesperadas de que me apresurara.

Nunca tuve oportunidad de pensarlo, pero mi tío debe de haber hablado con mi padre, porque recibí un regalo de él, un paquete bien envuelto, con listón y todo, y una tarjetita que decía: «Lo siento”. Con gran curiosidad, rompí ávidamente la envoltura. Había una caja de cartón, y adentro un juguete precioso, un bar­quecito con una llave de cuerda atada al tubo de vapor. Era un juguete para jugar en la tina a la hora del baño. Mi padre había olvidado por completo que yo ya tenía quince años y que era un hombre hecho y derecho.

Como había llegado a la edad de la madurez todavía incapaz de verdadera introspección, me era novedoso, años después, encontrarme en medio de una agitación emotiva muy extraña que parecía incrementar con el paso del tiempo. Lo dejé a un lado, atribuyéndolo a los procesos naturales de la mente o del cuerpo, que entran en acción de vez en cuando sin ninguna razón aparente, o quizá como resultado de los procesos bioquímicos del cuerpo mismo. No le di importancia. Sin embargo, la agitación seguía creciendo y la presión fue tal que me forzó a creer que había llegado a un momento de mi vida en la que necesitaba un cambio drástico. Había algo en mí que exigía un nuevo arreglo. Esta urgencia de ha­cer cambios era conocida. La había experimentado an­tes, pero había estado pasiva durante mucho tiempo.

Estaba comprometido con el estudio de la antropo­logía, y este compromiso era tan fuerte que la idea de no estudiar antropología nunca formó parte de los cambios drásticos que me proponía. Lo primero que me vino a la cabeza era que necesitaba cambiar de universidades, ir­me lejos de Los Ángeles.

Antes de hacer un cambio de esa magnitud, quería ponerlo a prueba. Me inscribí en un programa de verano de una universidad en otra ciudad. El curso de mayor importancia para mí, era uno de antropología dictado por la máxima autoridad sobre los indios de la región andina. Estaba yo con la idea de que si enfocaba mis es­tudios sobre un área que me fuera accesible emocional­mente, tendría mejor oportunidad de hacer mi trabajo de campo antropológico al momento debido. Concebí que mi conocimiento de la América del Sur iba a otor­garme mayor acceso a cualquier sociedad indígena de esas regiones.

Al inscribirme, conseguí simultáneamente un traba­jo como asistente de investigación con un psiquiatra, el hermano mayor de uno de mis amigos. Él quería hacer un análisis de contenido basado en extractos de algunas grabaciones inocuas con jóvenes, preguntas y respuestas sobre problemas de exceso de estudio, expectativas no logradas, falta de comprensión en el ambiente del hogar, amores frustrados, etc. Las grabaciones tenían más de cinco años y se iban a destruir, pero antes, se les asignaron a cada carrete de cintas cifras al azar, y siguiendo una tabla, el psiquiatra y sus asistentes recogían carretes y examinaban los extractos que podían ser analizados.

Durante el primer día de clase en la nueva universi­dad, el profesor de antropología habló sobre sus cre­denciales y preparación académica, y deslumbró a los estudiantes con el ámbito de su conocimiento y sus pu­blicaciones. Era un hombre alto, delgado, de unos cua­renta años de edad, de furtivos ojos azules. Lo que más me llamó la atención de su apariencia era que sus ojos se veían enormes detrás de los lentes de aumento para el astigmatismo, y que cada uno de sus ojos daba la impre­sión de ir en dirección opuesta del otro al mover la cabe­za y al hablar. Sabía que no podía ser verdad; sin embar­go, era una visión bastante desconcertante. Iba muy bien vestido, sobre todo para un antropólogo, que en aquel tiempo eran conocidos por su forma de vestir informal. Los estudiantes describían a los arqueólogos, por ejem­plo, como criaturas perdidas en fechado de carbono‑14 que nunca se bañaban.

Sin embargo, por razones que ignoraba, lo que en verdad lo hacía diferente no era su apariencia física ni su erudición, sino su modo de hablar. Pronunciaba cada palabra con una claridad sin par, haciendo énfasis en ciertas palabras al alargarlas. Tenía una entonación mar­cadamente extranjera, pero sabía yo que era una afecta­ción. Pronunciaba ciertas frases como un inglés, y otras como un predicador fundamentalista.

A pesar de su tremenda pomposidad, me fascinó des­de un principio. Su importancia personal era tan obvia, que dejaba de ser problema pasados los primeros cinco minutos de clase, las cuales siempre eran muestras rim­bombantes de conocimiento, basadas en las aserciones más descaradas de sí mismo. Su dominio sobre el foro era estupendo. Todos los estudiantes con los que hablé le tenían la más grande admiración a este extraordinario hombre. Sinceramente, pensé que todo iba muy bien y que el cambio a otra universidad y a otra ciudad iba ser fácil e inocuo, pero totalmente positivo. Me gustó mi nuevo ambiente.

En el trabajo, me entregué totalmente a escuchar las grabaciones; a tal extremo, que me metía a escondidas en la oficina para escuchar, no los extractos, sino las gra­baciones enteras. Lo que al principio me fascinó sin me­dida, era el hecho de que me oía a mí mismo en cada gra­bación. Al correr de las semanas y al haber escuchado más grabaciones, mi fascinación se convirtió en horror. Cada oración que se decía, incluso las preguntas del psi­quiatra, era mía. Esas personas hablaban desde mis en­trañas. La repugnancia que experimentaba era algo nue­vo para mí. Nunca había imaginado que yo podía ser repetido interminablemente en cada hombre o mujer que oía hablar en esas grabaciones. El sentido de indivi­dualidad que se me había inculcado desde el momento de nacer, se desmoronó sin esperanza alguna bajo el im­pacto de este descubrimiento colosal.

Empecé entonces el proceso odioso de tratar de res­taurarme a mí mismo. Inconscientemente, hice un torpe intento de introspección; traté de salir de mi estado ha­blando a solas interminablemente. Repasé mentalmente todas las racionalizaciones posibles que apoyaran mi sentimiento de unicidad, y luego me hablé en voz alta acerca de ellas. Hasta experimenté algo bastante revolu­cionario; me despertaba a mí mismo hablando en voz alta en mis sueños, discutiendo mi valor y mi unicidad. Luego, un día horripilante, sufrí otro golpe mortal. Durante la madrugada, me despertó un insistente golpe en la puerta. No era un toque tímido, gentil, sino lo que mis amigos llamaban un «golpe Gestapo». La puerta es­taba por caerse. Salté de la cama y espié por la ranura. La persona que tocaba era mi jefe, el psiquiatra. Como yo era amigo de su hermano menor, se había creado una vía de comunicación con él. Se había vuelto mi amigo sin más ni más, y allí estaba, en mi umbral. Encendí las luces y abrí la puerta.

‑Por favor, pase ‑dije‑. ¿Qué pasó?

Eran las tres de la mañana y, por su aspecto lívido y sus ojos hundidos, sabía que algo andaba mal. Entró y se sentó. Su orgullo y deleite, la cabellera de largo pelo negro, le caía sobre la cara. No hizo ningún esfuerzo por peinarse, como siempre lo hacía. Me gustaba mucho porque era la versión mayor de mi amigo en Los Ánge­les, con sus cejas negras y gruesas, sus ojos penetrantes color castaño, su mandíbula cuadrada y sus labios grue­sos. Su labio superior parecía tener un pliegue doble por dentro y a veces, cuando sonreía, parecía tener un doble labio superior. Siempre hablaba de la forma de su nariz, que describía como nariz impertinente y agresiva. Yo lo veía como alguien que tenía muchísima confianza en sí mismo. Según él, esas cualidades eran lo importante en su profesión.

‑¡Qué pasó! ‑repitió en tono de burla, el doble la­bio superior temblándole incontrolablemente‑. Cual­quiera puede ver que esta noche me pasó todo.

Se sentó en una silla. Parecía estar mareado, desorien­tado, buscando palabras. Se levantó y se fue al sofá, casi cayendo sobre él.

‑No sólo me cargo la responsabilidad de mis pa­cientes ‑siguió‑, la de mi beca de investigación, la de mi mujer y mis hijos, sino que ahora se me viene encima otro maldito problema, y lo que me jode es que es por mi propia culpa, por mi estupidez en poner mi confian­za en una puta de mierda.

»Escúchame bien, Carlos ‑continuó‑, no hay na­da más horrendo, repugnante, asqueroso, carajo, que la insensibilidad de las mujeres. ¡Yo no odio a las mujeres, tú bien lo sabes! Pero en este momento, me parece que todos los coños son eso, simplemente coños. Hipócritas y viles.

No sabía qué decir. Lo que me estaba diciendo no se podía ni afirmar ni contradecir. De cualquier manera, no me hubiera atrevido a contradecirlo. No tenía las ar­mas. Estaba muy cansado. Quería volverme a dormir, pero él seguía hablando como si de ello le dependiera la vida.

‑Conoces a Teresa Manning, ¿no? ‑me preguntó de una manera agresiva y acusatoria.

Por un instante, creí que me acusaba de andar en líos con su hermosa y joven estudiante‑secretaria. Sin darme tiempo para responder, siguió hablando.

‑Teresa Manning es un culo. ¡Es una babosa! Una idiota desconsiderada que no tiene otra meta en la vida que cogerse a alguien que tenga un poco de fama o no­toriedad. Yo la creía inteligente y sensible. Yo creía que tenía algo, alguna comprensión, alguna empatía, algo que uno quisiera compartir o mantener como algo pre­cioso sólo para sí. No sé, pero ésa es la imagen que ella creó para mí, cuando en realidad es obscena y degenera­da, y hasta pudiera añadir, irremediablemente grosera.

Mientras continuaba hablando, una extraña visión empezó a formarse. Evidentemente el psiquiatra acaba­ba de sufrir una mala experiencia con su secretaria.

‑Desde el día que vino a trabajar conmigo ‑si­guió‑, sabía que tenía una fuerte atracción sexual por mí, pero nunca se atrevió a decir nada. Se quedaba todo en insinuaciones y miradas. ¡Pero carajo! Esta tarde me cansé de todas las indirectas y las insinuaciones y me fui al grano. Me acerqué a su escritorio y le dije: «Yo sé lo que quieres y tú sabes lo que quiero”.

Se enredó en un recuento elaborado de cuán agresiva­mente le había dicho que lo esperara en su apartamento frente a la universidad a las 11.30 p.m., y que él no cam­biaba sus rutinas para nadie, que leía y trabajaba y bebía su vino hasta la una, y a esa hora se retiraba a su alcoba. Tenía un apartamento en la ciudad además de su casa en las afueras, en la cual vivía con su mujer y sus hijos.

‑Tenía yo tal confianza en que este asunto iba a sa­lir de maravilla, ser algo verdaderamente memorable ‑dijo con un hondo suspiro. Su voz adquirió el tono de alguien que está relatando algo íntimo‑. Hasta le di la llave del apartamento ‑siguió y se le quebró la voz.

»Muy sumisamente, llegó a las once y media ‑con­tinuó‑. Entró sola, con su propia llave, y como sombrita se metió a la alcoba. Eso me excitó terriblemente. Sabía que no me iba a dar nada de lata. Ella sabía el papel que le correspondía. A lo mejor se durmió sobre la cama. O se quedó mirando la tele. Yo me metí en mi trabajo y no me importó un pedo lo que hacía. Sabía que la tenía presa.

»Pero al momento que entré en la alcoba ‑conti­nuó, la voz tensa y contraída como si estuviera mortal­mente ofendido‑, Teresa saltó sobre mí como un ani­mal y trató de agarrarme el pincho. Ni me dio tiempo de dejar a un lado la botella y las dos copas que llevaba.

Tuve suficiente cordura de dejar mis dos copas de cristal Baccarat sobre el piso sin romperlas. La botella saltó por el cuarto al agarrarme ella los cojones como si fue­ran piedras. Quería golpearla. Hasta lancé un grito de dolor, pero eso no la detuvo. Empezó a reír insensata­mente porque creyó que yo me hacía el sexy y el gracio­so. Lo dijo como para calmarme.

Moviendo la cabeza con rabia contenida, dijo que la mujer estaba tan endemoniadamente ávida y era tan egoísta que ni siquiera tomó en cuenta que un hombre necesita un momento de reposo, necesita sentirse a gus­to, en casa, en un ambiente agradable. En vez de demos­trar la consideración y comprensión que su papel exigía, Teresa Manning le sacó los órganos sexuales del panta­lón con la mano experta de alguien que lo ha hecho cientos de veces.

‑El resultado de toda esta mierda ‑dijo‑ fue que mi sensualidad huyó horrorizada. Me castró emotiva­mente. Mi cuerpo aborreció a esa puta mujer instantá­neamente. Sin embargo, mi lujuria impidió que la echara a la calle.

Dijo que entonces decidió que en vez de perder la partida a causa de su impotencia miserablemente, como sabía que le iba a pasar, tendría sexo oral con ella y la ha­ría tener un orgasmo, estaría a su merced; pero su cuer­po había rechazado a esa vieja tan completamente que no pudo hacerlo.

‑Esa mujer para mí ya no tiene nada de hermosa ‑dijo‑, es más bien fea. Cuando está vestida, la ropa le esconde la gordura de las caderas. Hasta se ve bien. Pero cuando está desnuda es un costal de carne fláccida blan­ca. Lo esbelto que presenta cuando está vestida es una mentira. No existe.

El veneno le salía al psiquiatra de formas que nunca me hubiera imaginado. Temblaba de rabia. Quería deses­peradamente aparentar que tenía dominio sobre sí, pero fumaba un cigarrillo tras otro.

Dijo que el sexo oral fue aún más horrendo y repug­nante, y que estaba a punto de vomitar, cuando la puta mujer le dio una patada en la panza, lo echó de su propia cama, y luego lo llamó puto impotente.

A estas alturas de la narración, los ojos del psiquiatra ardían de odio. Le temblaba la boca. Estaba pálido.

‑Tengo que usar tu baño ‑dijo‑. Quiero bañar­me. Estoy pestífero. Créeme, traigo sabor a puta.

Estaba hecho un mar de llanto y yo hubiera dado todo por no estar allí. Quizás por mi fatiga, o por el tono mesmérico de su voz, o por la insensatez de la si­tuación, pero todo creaba la ilusión de que lo que escu­chaba no era la voz del psiquiatra, sino la de uno de los machos suplicantes de sus grabaciones, quejándose de problemas menores que se vuelven asuntos gigantescos al hablar obsesivamente de ellos. Mi martirio terminó como a las nueve de la mañana. Era hora de que me fue­ra a mi clase y hora para que él se fuera a ver a su propio psiquiatra.

Me fui a clase lleno de una ardiente ansiedad y una enorme sensación de inutilidad e incomodidad. Allí, me dieron el golpe final, el golpe que causó el desmorona­miento de mi intento de llevar a cabo un cambio drástico. Ninguna parte de mi volición tuvo que ver con el desmo­ronamiento, que ocurrió no sólo como si hubiera sido proyectado, sino como si su progresión hubiera sido ace­lerada por una mano desconocida.

El profesor de antropología empezó su discurso so­bre un grupo de indios de la altiplanicie del Perú y de Bolivia, los aymará. Los llamaba los «ey‑MEH‑ra», alargando el nombre como si su pronunciación fuera la única acertada que existiera. Dijo que la elaboración de la chicha, que él pronunciaba «CHAI‑cha», una bebida alcohólica elaborada de maíz fermentado, ocurría en el reino de una secta de sacerdotizas que eran consideradas semidiosas por los aymará. Dijo en tono de revelación, que aquellas mujeres tenían a su cargo el transformar el maíz cocinado en una pasta lista para la fermentación masticando y escupiéndolo, añadiendo de esta manera una enzima que se encuentra en la saliva humana. La clase entera gritó de horror contenido al oír la referencia a la saliva humana.

El profesor parecía estar encantado. Daba risitas de alegría. Era la risa de un niño malicioso. Continuó di­ciendo que las mujeres eran masticadoras expertas y se refirió a ellas como las «masticadoras de chai‑cha». Miró a la primera fila del aula donde se encontraba la mayoría de las jóvenes, y dio su golpe de gracia.

‑Tuve el pr‑r‑r‑r‑rivilegio ‑dijo con esa entonación extraña, casi extranjera‑ de que me invitaran a dormir con una de las masticadoras de chai‑cha. El arte de masti­car la pasta de chai‑cha les desarrolla los músculos de la garganta y de las mejillas a tal extremo que pueden hacer maravillas.

Miró al asombrado foro, haciendo una larga pausa, con interjecciones de risitas.

‑Estoy seguro de que comprenden a lo que me re­fiero ‑dijo‑, y se puso histérico de risa.

La clase se enloqueció con las insinuaciones del pro­fesor. La charla fue interrumpida por no menos de cinco minutos de risa y un bombardeo de preguntas que el profesor se negó a contestar, causando más risas.

Me sentí tan comprimido por la presión de las gra­baciones, el relato del psiquiatra y las masticadoras de chai‑cha del profesor, que de un solo arrebato dejé mi trabajo, dejé la universidad y me regresé a Los Ángeles.

‑Lo que me pasó con el psiquiatra y con el profesor de antropología ‑le dije a don Juan‑, me ha hundido en un estado emotivo desconocido. Lo único que se me ocurre es llamarlo introspección. Me he estado hablan­do a mí mismo sin parar.

‑Tu enfermedad es de algo muy sencillo ‑dijo don Juan sacudiéndose de risa.

Aparentemente, mi situación le encantaba. Era un gusto que yo no compartía, porque no le veía la gracia.

‑Tu mundo se termina ‑dijo‑. Es el final de una era para ti. ¿Crees que el mundo que has conocido toda tu vida te va a dejar, pacíficamente, sin más? ¡No! Va a estar revolcándose debajo de ti y dándote de golpazos con la cola.

 

LA VISTA QUE NO PUDE SOPORTAR

 

Los Ángeles siempre había sido mi hogar. Mi elec­ción de Los Ángeles no había sido cuestión de mi vo­luntad. Para mí, el quedarme en Los Ángeles ha sido el equivalente de haber nacido allí, quizás aún algo más profundo. Mi vínculo de afecto siempre ha sido total. Mi cariño por la ciudad de Los Ángeles siempre ha sido tan intenso, a tal grado una parte de mi ser, que nunca he tenido que darle voz. Nunca he tenido que revisarlo o renovarlo, nunca.

Tenía en Los Ángeles mi familia de amigos. Eran para mí parte de mi medio inmediato, es decir, los había aceptado totalmente tal como había aceptado la ciudad misma. Uno de mis amigos hizo la declaración una vez, un poco bromeando, de que todos nos odiábamos cor­dialmente. Indudablemente podían darse el lujo de tales sentimientos porque tenían otros arreglos emotivos a su disposición, como padres y esposas y maridos. Yo sólo tenía mis amigos en Los Ángeles.

Por la razón que fuera, yo era el confidente de cada uno. Cada uno de ellos me contaba todos sus problemas y vicisitudes. Mis amigos eran de una intimidad tal que nunca reconocí sus problemas o tribulaciones como algo menos que normal. Podía hablar con ellos durante horas de las mismas cosas que me habían horrorizado de las grabaciones y del psiquiatra.

Además, no me daba cuenta de que cada uno de mis amigos era increíblemente parecido al psiquiatra y al profesor de antropología. Nunca me fijé en lo tensos que estaban. Todos fumaban de manera compulsiva tal co­mo el psiquiatra, pero nunca me había sido obvio, por­que yo fumaba igual y estaba igual de tenso. La afecta­ción de su habla era otra cosa que nunca había notado, aunque existía. Siempre afectaban el gangueo del oeste de los Estados Unidos, pero estaban muy conscientes de lo que hacían. Ni me había fijado en sus directas insi­nuaciones acerca de una sensualidad que eran incapaces de sentir, que conocían sólo a nivel intelectual.

La verdadera confrontación conmigo mismo empezó al enfrentarme con el dilema de Pete. Vino a verme, todo golpeado. Tenía la boca hinchada y un ojo rojizo e infla­mado que evidentemente había sufrido un golpe y ya se es­taban poniendo morado. Antes de que pudiera preguntar­le lo que le había pasado, soltó de buenas a primeras que su mujer, Patricia, había ido durante el fin de semana a un en­cuentro de agentes de bienes raíces relacionado con su empleo, y que algo terrible le había sucedido. Al ver el as­pecto de Pete, pensé que Patricia había estado en un acci­dente, estaba herida o hasta muerta.

‑Pero, ¿se encuentra bien? ‑le pregunté, sincera­mente afligido.

‑Claro que está bien ‑ladró‑. Es una puta y una bestia y nada les pasa a las putas‑bestias más que se las cogen y les gusta.

Pete estaba lleno de rabia. Temblaba casi convulsivamente. Su abundante cabello rizado se le paraba por to­das partes. Por lo general se lo peinaba con esmero, alisándose los rizos naturales. Ahora tenía un aspecto más loco que un demonio de tasmania.

‑Todo estaba normal hasta hoy ‑continuó mi ami­go‑. Entonces, esta mañana, al salir de la ducha, me chasqueó el culo con una toalla y eso es lo que me hizo ver que andaba cogiendo con alguien.

Su razonamiento me tenía desconcertado. Lo inte­rrogué un poco más. Le pregunté cómo el acto de chas­quearlo con una toalla podía revelar tal cosa.

‑Si eres un culo, no te revela nada ‑dijo con vene­no en la voz‑. Pero yo conozco a Patricia, y el jueves antes de que fuera al encuentro de agentes, ¡no podía chasquear una toalla! De hecho, nunca ha podido chas­quear una toalla durante todo el tiempo que llevamos de casados. ¡Alguien tiene que habérselo enseñado cuando andaban desnudos! ¡Así es que la agarré del cuello y la ahorqué para que me dijera la verdad! ¡Sí! ¡Se está co­giendo a su jefe!

Pete dijo que había ido a la oficina de Patricia para agarrarse con su jefe, pero que el hombre estaba bien protegido por sus guardaespaldas. Lo echaron al esta­cionamiento. Quería romper las ventanas, tirarles pie­dras, pero las guardaespaldas le dijeron que si lo hacía terminaría en la cárcel, o aún peor, con una bala en la cabeza.

‑¿Son los que te golpearon, Pete? ‑le pregunté.

‑No ‑dijo, abatido‑. Anduve por la calle y entré en la oficina de ventas de una agencia de coches usados. Le di un golpazo al primer vendedor que vino a hablar­me. El hombre estaba aturdido, pero no se enojó. Me dijo: «¡Cálmese, señor, cálmese! Aún se puede negociar”.

Cuando lo volví a golpear en la boca, se puso fúrico. Era un tipo grande y me dio en la boca y en el ojo y me dejó tirado en el suelo. Cuando desperté ‑continuó Pete‑, estaba acostado en el sofá de su oficina. Oí que llegaba una ambulancia, así es que me levanté y salí corriendo. Entonces vine a verte.

Empezó a sollozar sin contenerse. Vomitó. Estaba hecho un desperdicio. Llamé a su mujer y en menos de diez minutos llegó al apartamento. Se puso de rodillas delante de Pete y le juró que lo amaba sólo a él, que todo lo demás que ella hacía eran imbecilidades y que el de ellos era un amor de vida o muerte. Los otros no eran nada. Ni siquiera los recordaba. Los dos se desahogaron en llantos, y desde luego se perdonaron. Patricia llevaba gafas oscuras para esconder el hematoma del ojo dere­cho que le había puesto Pete (Pete era zurdo). Los dos ni sabían ya que estaba yo allí, y se marcharon. Salieron abrazados, dejando la puerta abierta.

La vida parecía continuar como siempre. Mis amigos se portaban conmigo como siempre lo habían hecho. Es­tábamos como de costumbre, involucrados en ir a fiestas, al cine o simplemente a chismear; o buscando restauran­tes donde ofrecieran «todo lo que puedas comer» por el precio de una comida. Sin embargo, a pesar de este estado seudo‑normal, un extraño y nuevo factor parecía haber penetrado en mi vida. Como el sujeto que lo experimen­taba, se me hizo aparente que de pronto yo me había vuelto muy intolerante. Había empezado a juzgar a mis amigos de la misma manera en que había juzgado al psi­quiatra y al profesor de antropología. ¿Quién era yo para ponerme a juzgar a los demás?

Me sentí inmensamente culpable. Juzgar a mis ami­gos había creado un estado de ánimo desconocido. Pero lo que consideraba peor, era que no sólo los juzgaba, sino que encontraba sus problemas y tribulaciones asombrosamente banales. Yo era el mismo; ellos eran mis mismos amigos. Había escuchado sus quejas y relatos de sus situaciones cientos de veces, y nunca había senti­do nada más que un profundo sentido de identificación con lo que oía. Mi horror al descubrir este nuevo ánimo me abrumaba.

El aforismo de que las desgracias nunca vienen solas, no podría haber sido más cierto en aquel momento de mi vida. La desintegración total de mi vida vino cuando mi amigo, Rodrigo Cummings, me pidió que lo llevara al aeropuerto de Burbank; de allí saldría para Nueva York. Era una maniobra de gran drama y desesperación por su parte. Consideraba su maldición estar atrapado en Los Ángeles. Para el resto de sus amigos, era una gran broma el hecho de que había intentado varias veces atravesar en coche todo el país para ir a Nueva York, y cada vez que lo hacía, el coche se le descomponía. Una vez había llegado hasta Salt Lake City antes de que le fa­llara; necesitaba un motor nuevo. Tuvo que dejarlo allí. La mayoría de las veces le sucedía en las afueras de Los Ángeles.

‑¿Qué le pasa a tus coches, Rodrigo? ‑le pregunté una vez, con sincera curiosidad.

‑No sé ‑respondió con un velado sentido de cul­pabilidad. Y entonces con una voz igual a la del profesor de antropología en su papel de predicador fundamenta­lista, dijo‑: Quizás es que cuando salgo a la carretera acelero el coche a toda velocidad porque me siento libre. Usualmente abro todas las ventanillas. Quiero sentir el viento en la cara. Me siento como chico en busca de algo nuevo.

Me resultaba obvio que sus coches, que siempre eran carcachas, ya no tenían la capacidad de viajar a toda ve­locidad, y que sencillamente les quemaba el motor.

De Salt Lake City, Rodrigo había regresado a Los Ángeles haciendo autostop. Claro que podría haber he­cho autostop hasta Nueva York, pero nunca se le ocu­rrió. Rodrigo parecía padecer de la misma condición que también me afectaba: una pasión inconsciente por Los Ángeles que él quería rechazar a toda costa.

En otra ocasión, su coche estaba en excelente condi­ción mecánica. Podría haber hecho el viaje fácilmente, pero Rodrigo aparentemente no estaba en condiciones de dejar Los Ángeles. Llegó hasta San Bernardino, donde se metió a un cine a ver una película: Los Diez Manda­mientos. Esa película, por razones que sólo Rodrigo co­nocía, le produjo una nostalgia insuperable por Los Án­geles. Regresó y lloró, diciéndome que la pinche ciudad de Los Ángeles le había construido una barrera a su alre­dedor y no lo dejaba salir. Su esposa estaba feliz de que no se hubiera ido, y su novia, Melissa, estaba aún más con­tenta, aunque un poco desilusionada porque tuvo que devolverle los diccionarios que él le había regalado.

Su último intento desesperado de llegar a Nueva York por avión, fue aún más dramático, porque sus amigos le prestaron el dinero para el boleto. Dijo que de este modo, como no tenía la menor intención de devolverles el prés­tamo, se estaba asegurando de que no regresaría. Metí sus maletas en la cajuela de mi coche y salimos para el aero­puerto de Burbank. Comentó que el avión no salía hasta las siete. Era temprano por la tarde y teníamos tiempo suficiente para meternos a un cine. Además, él quería darle un último vistazo a Hollywood Boulevard, el cen­tro de nuestras vidas y actividades.

Fuimos a ver una película épica en technicolor y ci­nerama. Era una de esas películas insoportables y largas que parecía atraer toda la atención de Rodrigo. Cuando salimos del cine, ya estaba oscureciendo. Me fui a toda velocidad a Burbank en medio de un tránsito pesadísi­mo. Me exigió que tomáramos las calles en vez de la au­topista, que a esas horas estaba congestionada. El avión despegó al llegar nosotros al aeropuerto. Fue la última gota. Sumiso y derrotado, Rodrigo fue a la caja y pre­sentó su boleto para que se lo rembolsaran. La cajera es­cribió su nombre, le dio un recibo y le dijo que el dinero le llegaría dentro de seis a doce semanas desde Tennes­see, donde se encontraban las oficinas de contaduría de la aerolínea.

Regresamos al edificio donde los dos vivíamos. Como no se había despedido de nadie esta vez, por te­mor a la vergüenza, nadie ni siquiera se había dado cuenta de que había intentado irse una vez más. El único inconveniente era que había vendido su coche. Me pidió que lo llevara a la casa de sus padres, porque su papá iba a darle el dinero que había gastado en su boleto. Su pa­dre siempre había sido, durante todo el tiempo que yo lo había conocido, el hombre que sacaba de apuros a Rodrigo en cada situación problemática que se metía. El eslogan del padre era: «¡No temas, Rodrigo padre te espera! » Después de oír la petición de Rodrigo de un préstamo para pagar su otro préstamo, el padre miró a mi amigo con la expresión más triste que jamás había visto yo. Él mismo estaba con terribles problemas eco­nómicos.

Abrazándolo, le dijo: «No puedo ayudarte esta vez, muchacho. Ahora sí tienes que temer, porque Rodrigo padre ya se fue”.

Quise desesperadamente sentirme uno con mi ami­go, sentir su drama como siempre lo había hecho, pero no pude. Sólo me enfoqué en la declaración del padre. Parecía de una finalidad que me galvanizó.

Busqué ávidamente la compañía de don Juan. Dejé todo pendiente en Los Ángeles para hacer el viaje a So­nora. Le conté del humor extraño en que me encontraba con mis amigos. Llorando de remordimiento, le dije que había empezado a juzgarlos.

‑No te aloques por nada ‑me dijo don Juan cal­madamente‑. Ya sabes que una era entera de tu vida está por terminar, pero la era no termina hasta que mue­ra el rey.

‑¿Qué quiere decir con eso, don Juan?

-Tú eres el rey y tú eres exactamente como tus ami­gos. Ésa es la verdad que te tiene sacudiéndote en tus pantalones. Una cosa que puedes hacer es aceptar las co­sas como son, que claro, no lo puedes hacer. La otra, es decir: «Yo no soy así, yo no soy así», y repetir que tú no eres así. Pero te prometo que va a llegar el momento en que te vas a dar cuenta de que sí eres así.

 

LA CITA INEVITABLE

 

Había algo que me molestaba en lo más recóndito del pensamiento: tenía que contestar una carta importantísi­ma que me había llegado y tenía que hacerlo a toda costa. Lo que me frenaba era una mezcla de indolencia y un de­seo profundo de complacer. Mi amigo antropólogo, el responsable de que conociera a don Juan Matus, me había escrito una carta hacía dos meses. Quería saber cómo me iba en mis estudios antropológicos, y me animaba a que lo visitara. Compuse tres largas cartas. Al volver a leer cada una las rompí, pues me parecieron obsequiosas y trivia­les. No podía expresar en ellas la profundidad de mi agra­decimiento, la profundidad del sentimiento que tenía para él. Racionalicé mi tardanza en contestar con la resolu­ción genuina de ir a verlo y decirle personalmente lo que estaba haciendo con don Juan Matus, pero seguí atrasan­do mi inminente viaje porque no estaba seguro de qué es­taba haciendo con don Juan. Quería mostrarle algún día a mi amigo verdaderos resultados. Tal como iban las co­sas, tenía apenas vagos bosquejos de posibilidades, que a sus ojos exigentes no hubieran podido considerarse de todas maneras trabajo de campo antropológico.

Un día me enteré de que había muerto. Su muerte me trajo uno de esas peligrosas depresiones silenciosas. No había manera de expresar lo que sentía porque lo que sentía no estaba del todo formulado en mi mente. Era una mezcla de abatimiento, desaliento y odio por mí mismo por no haberle contestado la carta, por no ha­berlo visitado.

Al poco tiempo de lo sucedido, le hice una visita a don Juan. Al llegar a su casa, me senté sobre una de las cajas bajo su ramada, buscando palabras que no sonaran banales para expresar mi sentimiento de abatimiento por la muerte de mi amigo. Por razones incomprensi­bles para mí, don Juan sabía el origen de mi confusión y la velada razón de mi visita.

‑Sí ‑dijo don Juan secamente‑. Sé que tu amigo, el antropólogo que te sirvió de guía para que me cono­cieras, ha muerto. Por la razón que fuera, supe exacta­mente el momento en que murió. Lo vi.

Sus declaraciones me sacudieron hasta los cimientos.

‑Lo veía venir desde hacía mucho tiempo. Hasta te lo dije. Pero tú no prestaste atención. Estoy seguro de que ni siquiera te acuerdas.

Me acordaba de cada palabra que me había dicho, pero no tenía ninguna importancia para mí en el mo­mento en que las había dicho. Don Juan había declarado que un suceso profundamente relacionado con nuestro encuentro, pero que no formaba parte de ello, era el he­cho de que había visto a mi amigo antropólogo mori­bundo.

‑Vi la muerte como fuerza externa ya abriendo a tu amigo ‑me había dicho‑. Cada uno de nosotros tiene una apertura energética, una grieta energética debajo del ombligo. Esa grieta que los chamanes llaman el boquete, está cerrada cuando un hombre está en perfecto estado.

Dijo que normalmente, lo único discernible al ojo del chamán es un descolorido tenue en el brillo blancuz­co de la esfera luminosa. Pero cuando un hombre está por morirse, el boquete está totalmente abierto.

‑¿Qué significa todo esto, don Juan? ‑le había preguntado mecánicamente.

‑La significancia es mortal ‑había contestado-. ­El espíritu me estaba dando un augurio de que algo llega­ba a su fin. Pensé que era mi vida la que llegaba a su fin y lo acepté tan elegantemente como pude. Me di cuenta, mucho, mucho más tarde, que no era mi vida la que ter­minaba, sino mi linaje entero.

No sabía de lo que hablaba. ¿Pero cómo hubiera po­dido tomarlo en serio? En cuanto a mí, en el momento en que lo dijo era, como todo lo demás en mi vida, pura palabrería.

‑Tu amigo mismo te dijo, en cierto modo, que se estaba muriendo ‑dijo don Juan‑. Tú reconociste lo que te dijo lo mismo que reconociste lo que te decía yo, pero en ambos casos, elegiste pasarlo por alto.

No podía hacer ningún comentario. Estaba agobia­do por lo que me decía. Quería hundirme en la caja don­de estaba sentado, desaparecer, que me tragara la tierra.

‑No es tu culpa que pases ciertas cosas por alto ‑siguió‑. Es la juventud. Tienes tanto que hacer, tanta gente a tus alrededores. No estás alerta. De todos mo­dos, nunca has aprendido a estar alerta.

En la vena de defender el último baluarte de mi ser, mi idea de que sí era vigilante, le hice notar a don Juan que había estado en situaciones de vida o muerte en que se requerían mi ingenio y vigilancia. No es que no tuvie­ra la capacidad de ser vigilante, sino que me faltaba la orientación para crear la lista apropiada de prioridades; en consecuencia, todo me era o importante o no impor­tante.

‑Estar alerta no significa ser vigilante ‑dijo don Juan‑. Para los chamanes, el estar alerta es estar cons­ciente de la tela del mundo cotidiano que parece extraña a la interacción del momento. En el viaje que hiciste con tu amigo antes de conocerme, te fijaste solamente en los detalles que eran obvios. No te fijaste cómo su muerte lo absorbía, y a la vez, algo en ti lo sabía.

Empecé a protestar, a decirle que eso no era verdad.

‑No te escondas detrás de banalidades ‑dijo en tono acusador‑. Levántate. Aunque sea sólo durante el momento en que estás conmigo, asume responsabilidad por lo que sabes. No te pierdas en la tela externa del mundo que te rodea, extraño a lo que pasa. Si no hubie­ras andado tan preocupado contigo y tus problemas, hubieras sabido que era su último viaje. Hubieras nota­do que estaba cerrando sus cuentas, viendo a la gente que lo había ayudado, despidiéndose de ellos.

»Tu amigo antropólogo me habló una vez ‑siguió don Juan‑. Lo recordaba tan claramente que no me sorprendió para nada cuando te trajo a mí en la estación de autobuses. No pude ayudarlo cuando me habló. No era el hombre que buscaba. Pero le deseé lo mejor desde mi vacío de chamán, desde mi silencio de chamán. Por esa razón, supe que en ese último viaje estaba expresan­do su agradecimiento a todos aquellos que habían teni­do relevancia en su vida.

Le admití a don Juan que tenía toda la razón, que ha­bían tantos detalles de que estaba consciente, pero que no tenían ningún significado para mí en aquel momento, como por ejemplo el éxtasis de mi amigo en contemplar el paisaje alrededor de nosotros. Detenía el coche para contemplar durante horas las montañas a la distancia, o el cauce del río, o el desierto. Descarté esto como la senti­mentalidad idiota de un hombre de mediana edad. Hasta le hice vagas insinuaciones de que bebía demasiado. Me dijo que en casos extremos una copa le permitía a un hombre un momento de paz y de desapego, un momento para saborear algo irrepetible.

‑Era, de hecho, un viaje para sus ojos solamente ‑dijo don Juan‑. Los chamanes hacen tales viajes, y en ellos nada importa, excepto lo que puedan absorber sus ojos. Tu amigo estaba desprendiéndose de todo lo superfluo.

Le confesé a don Juan que había pasado por alto lo que me había dicho de mi amigo moribundo, porque a un nivel desconocido había sabido que era verdad.

‑Los chamanes nunca dicen las cosas por decirlas ‑dijo‑. Tengo muchísimo cuidado de lo que te digo a ti o a cualquier otra persona. La diferencia entre tú y yo, es que yo no tengo nada de tiempo, y me comporto confor­me a eso. Tú, por otro lado, crees que tienes todo el tiem­po del mundo y también te comportas conforme a eso. El resultado final de nuestras dos formas de comportamien­to es que yo mido todo lo que digo y hago, y tú no.

Tuve que admitir que tenía razón, pero le aseguré que lo que me decía no me aliviaba mi confusión o mi tristeza. Solté entonces, sin dominio alguno, cada matiz de mis confusos sentimientos. Le dije que no venía en busca de consejos. Quería que me recetara una manera chamanística para terminar con mi angustia. Creí estar verdaderamente interesado en obtener de él algún rela­jante natural, un Valium orgánico, y se lo dije. Don Juan movió la cabeza, desconcertado.

‑Eres demasiado ‑dijo‑. En seguida me vas a pe­dir un medicamento chamanístico para quitarte todo lo que molesta, sin esfuerzo ninguno por tu parte; sólo el esfuerzo de tragar lo que se te dé. Entre peor el sabor, mejor el resultado. Ése es tu lema, el del hombre occi­dental. Quieres resultados: una pócima y te curas.

»Los chamanes se enfrentan a las cosas de manera distinta ‑continuó don Juan‑. Como no tienen tiem­po que perder, se entregan totalmente a lo que está en­frente de ellos. Tu confusión es el resultado de tu falta de sobriedad. No tuviste la sobriedad de agradecerle de­bidamente a tu amigo. Eso nos pasa a todos. Nunca ex­presamos lo que sentimos, y cuando queremos hacerlo es demasiado tarde porque se nos ha acabado el tiempo. No es sólo a tu amigo al que se le acabó el tiempo. A ti también se te acabó. Le deberías haber dado las gracias profusamente en Arizona. El se tomó la molestia de lle­varte a todas partes, y lo comprendas o no, en la esta­ción de autobuses te dio lo mejor que tenía. Pero en el momento en que deberías haberle dado las gracias, esta­bas enojado con él, lo estabas juzgando, se había porta­do mal contigo, lo que fuera. Y entonces aplazaste verlo. En realidad, lo que aplazaste fue el darle las gracias. Ahora estás atorado con un fantasma en la cola. Nunca vas a poder pagarle lo que le debes.

Comprendí la inmensidad de lo que me decía. Nun­ca me había enfrentado a mis acciones de tal manera. De hecho, jamás le había dado las gracias a nadie, nunca. Don Juan metió su dardo aún más adentro.

‑Tu amigo sabía que se moría ‑dijo‑. Te escribió una última carta para saber qué hacías. Quizás, sin que lo supiera él o tú, fuiste su último pensamiento.

El peso de las palabras de don Juan fue demasiado para mis hombros. Me derrumbé. Sentía que necesitaba acostarme. Me daba vueltas la cabeza. Quizás era el am­biente. Había cometido el terrible error de llegar a la casa de don Juan ya entrada la tarde. El poniente parecía asombrosamente dorado, y los reflejos en las montañas peladas al este de la casa de don Juan eran de oro y púrpu­ra. En el cielo no había ni pizca de nube. Nada parecía moverse. Era como si el mundo entero estuviera escon­diéndose, pero su presencia era abrumadora. La quietud del desierto de Sonora era como una daga. Me penetró hasta la médula. Quería irme, subir a mi coche y fugarme. Quería estar en la ciudad, perderme en su ruido.

‑Estás saboreando algo del infinito ‑dijo don Juan en un tono de grave finalidad‑. Lo sé porque he estado en tu lugar. Quieres irte, meterte en algo humano, cálido, contradictorio, estúpido, no importa. Quieres olvidar la muerte de tu amigo. Pero el infinito no te dejará. ‑Su voz se suavizó‑. Te tiene metidas las garras despiadada­mente.

‑¿Qué puedo hacer ahora, don Juan? ‑le pre­gunté.

‑Lo único que puedes hacer es guardar fresca la memoria de tu amigo, mantenerla viva por el resto de tu vida y, quizás, más allá. Los chamanes expresan de esa manera el agradecimiento al que ya no pueden dar voz. Puedes creer que es una tontería, pero es lo mejor que los chamanes pueden hacer.

Era indudablemente mi propia tristeza, la que me hizo creer que el exuberante don Juan estaba tan triste como yo. En seguida abandoné la idea. No podría haber sido posible.

‑La tristeza para los chamanes no es personal ‑di­jo don Juan, de nuevo entrando en mis pensamientos‑. No es en realidad tristeza. Es una ola de energía que lle­ga desde lo profundo del cosmos y golpea a los chama­nes cuando están receptivos, cuando son como radios, capaces de atraer las ondas.

»Los chamanes de tiempos antiguos, los que nos die­ron el formato entero del chamanismo, creían que hay tristeza en el universo, como una fuerza, una condición como la luz, como el intento, y que esa fuerza perenne actúa, sobre todo en los chamanes porque ya no tienen escudos de defensa. Ya no pueden esconderse detrás de sus amigos o de sus estudios. Ya no pueden esconderse detrás del amor o del odio, o la felicidad, o la desgracia. No pueden esconderse detrás de nada.

»La condición de los chamanes ‑siguió don Juan‑, es que la tristeza para ellos es abstracta. No viene de co­diciar o de necesitar algo o de la importancia personal. No viene del yo. Viene del infinito. La tristeza que sien­tes por no haberle dado las gracias a tu amigo ya tiende hacia esa dirección.

»Mi maestro, el nagual Julián ‑siguió‑, era un ac­tor fabuloso. Había trabajado profesionalmente en el teatro. Tenía un cuento predilecto que le gustaba contar en sus sesiones de teatro. Me empujaba a estados de te­rrible angustia con él. Decía que era un cuento para aquellos guerreros que lo tenían todo, y que sin embar­go sentían el dardo de la tristeza universal. Yo siempre creía que me lo estaba contando a mí, personalmente.

Don Juan entonces hizo paráfrasis de su maestro, di­ciéndome que el cuento se refería a un hombre que su­fría de una profunda melancolía. Acudió a los mejores médicos de su tiempo y cada uno de ellos fracasó al que­rer aliviarlo. Al fin llegó al despacho de un médico pro­minente, un curandero del alma. Le sugirió a su paciente, que a lo mejor encontraba consuelo y un fin a su me­lancolía, en el amor. El hombre respondió que el amor no era ningún problema para él, era amado como nadie más en el mundo. A continuación, el médico sugirió que quizás el paciente debería emprender un viaje y ver otras partes del mundo. El hombre respondió que, sin exage­rar, había estado en todos los rincones del mundo. El médico recomendó pasatiempos como las artes, los de­portes, etc. El hombre respondió a cada una de sus re­comendaciones de igual manera: había hecho eso y no encontraba alivio. El médico sospechó que el hombre era, posiblemente, un mentiroso sin remedio. No podría ha­ber hecho todas estas cosas, como mantenía. Pero como buen curandero, el médico tuvo una última inspiración.

‑¡Ah! ‑exclamó‑. Le tengo la perfecta solución. Tiene usted que asistir a la función del mejor cómico de la época. Le va a encantar a tal extremo, que se va a olvi­dar de todos los vericuetos de su melancolía. ¡Tiene que asistir a la función del Gran Garrick!

Don Juan dijo que el hombre contempló al médico con la mirada más triste imaginable y dijo:

‑Doctor, si eso es lo que me recomienda, estoy per­dido. No tengo remedio. Yo soy el Gran Garrick.

 

EL PUNTO DE RUPTURA

 

Don Juan definió el silencio interno como un estado peculiar de ser en que los pensamientos se cancelan y uno puede funcionar a un nivel distinto al de la concien­cia cotidiana. Hizo hincapié en que el silencio interno consistía en suspender el diálogo interno ‑el compañe­ro perenne del pensamiento‑ y debido a eso, era un es­tado de profunda quietud.

‑Los antiguos chamanes ‑dijo don Juan‑ le lla­maron silencio interno porque es un estado en el cual la percepción no depende de los sentidos. Lo que funciona durante el silencio interno es otra facultad que posee el hombre, una facultad que hace de él un ser mágico, la misma facultad que ha sido restringida, no por el hom­bre mismo, sino por una influencia extranjera.

‑¿Cuál es esa influencia extranjera que restringe la facultad mágica del hombre? ‑pregunté.

-Ése es tema para una próxima explicación ‑con­testó don Juan‑, no el tema de discusión actual, aunque es, indudablemente, el aspecto más serio de la brujería de los chamanes del México antiguo.

»El silencio interno ‑continuó‑ es la postura de donde proviene todo en el chamanismo. En otras pala­bras, todo lo que hacemos conduce a esa postura, que como todo lo demás en el mundo de los chamanes no se revela hasta que algo gigantesco nos sacude.

Don Juan dijo que los chamanes del México antiguo concibieron interminables modos de sacudirse a ellos mismos, o a otros practicantes del chamanismo, hasta los cimientos para llegar a ese estado codiciado del silen­cio interno. Consideraban los actos más estrafalarios, que parecen estar de lo más aislados de la búsqueda del silencio interno, como el saltar a una caída de agua, o pa­sar la noche colgado cabeza abajo de una rama de un ár­bol, como factores claves que lo hacían aparecer.

Siguiendo los racionalismos de los chamanes del México antiguo, don Juan declaró categóricamente que el silencio interno se amontonaba, se acumulaba. En mi caso, luchaba para guiarme a construir un núcleo de si­lencio interno dentro de mí, y luego añadir a él, segundo a segundo, cada vez que lo practicara. Me explicó que los chamanes del México antiguo descubrieron que cada individuo tenía un umbral diferente de silencio interno en cuanto a tiempo, es decir, que el silencio interno debe ser mantenido por cada uno de nosotros durante el pe­ríodo de tiempo de nuestro umbral específico antes de que funcione.

‑¿Qué consideraban los chamanes, como la señal de que el silencio interno estaba funcionando, don Juan? ‑pregunté.

‑El silencio interno funciona desde el momento en ­que empiezas a acumularlo ‑contestó‑. Los chamanes andaban detrás del dramático resultado final, el de al­canzar ese umbral individual de silencio. Algunos prac­ticantes muy talentosos necesitan sólo unos cuantos minutos de silencio para llegar a esa codiciada meta. Otros, menos talentosos, necesitan largos períodos de silencio, quizás más de una hora de quietud completa, antes de llegar al resultado tan deseado. El resultado deseado es lo que los antiguos chamanes llamaban detener el mun­do, el momento en que todo lo que nos rodea cesa de ser lo que siempre ha sido.

»Ése es el momento en que los chamanes regresan a la verdadera naturaleza del hombre ‑siguió don Juan-. ­Los antiguos chamanes también le llamaban libertad to­tal. Es el momento en que el hombre esclavo se convierte en el hombre, el ser libre, capaz de proezas de percepción que son un desafío a nuestra imaginación linear.

Don Juan me aseguró que el silencio interno es una avenida que conduce a la verdadera suspensión del jui­cio, a un momento en que los datos sensoriales que ema­nan del universo dejan de ser interpretados por los sen­tidos; el momento en que la cognición deja de ser la fuerza que, a través de uso y repetición, decide la naturaleza del mundo.

‑Los chamanes necesitan un punto de ruptura para que el funcionamiento del silencio interno empiece ‑di­jo don Juan‑. El punto de ruptura es como el mortero que mete el albañil entre los ladrillos. Es sólo cuando se endurece el mortero que los ladrillos sueltos se vuelven una estructura.

Desde el principio de nuestra asociación, don Juan me había inculcado el valor, la necesidad, de acumular el silencio interno segundo a segundo. Yo no tenía los me­dios para medir el efecto de esta acumulación, ni tam­poco tenía ningún medio de juzgar si había llegado a al­gún umbral. Aspiraba obstinadamente a acumularlo, no simplemente para complacer a don Juan, sino porque el acto de acumularlo se había convertido en sí en un de­safío.

Un día, don Juan y yo nos estábamos paseando en la plaza mayor de Hermosillo. Era temprano por la tarde de un día nublado. Hacía un calor seco y cómodo. Ha­bía mucha gente. Había tiendas alrededor de la plaza. A pesar de las muchísimas veces que había estado en Her­mosillo, nunca me había fijado en aquellas tiendas. Sabía que estaban allí, pero su presencia no era algo de lo cual estaba consciente. No hubiera podido hacer un plano de esa plaza aunque de ello dependiera mi vida. Ese día, al pasear con don Juan, traté de identificar y localizar las tiendas. Buscaba algo que podría utilizar como medio mnemónico que suscitara luego mi recuerdo.

‑Como te he dicho anteriormente y repetidas veces ‑dijo don Juan sacudiéndome de mi concentración‑, cada chamán que conozco, hombre o mujer, en un mo­mento u otro llega al punto de ruptura de su vida.

‑¿Quiere usted decir que sufren algo así como una crisis mental? ‑pregunté.

‑No, no ‑dijo, riéndose‑. Las crisis mentales son para aquellas personas que se entregan a sí mismas. Los chamanes no son personas. Lo que quiero decir es que, en un momento dado, la continuidad de sus vidas tiene que romperse para que se establezca el silencio interno y se haga una parte activa de sus estructuras.

»Es muy, muy, importante ‑siguió don Juan‑, que tú mismo deliberadamente llegues a ese punto de ruptura, o que lo crees, artificiosamente, inteligente­mente.

‑¿Qué quiere decir con eso, don Juan? ‑le pre­gunté, atrapado por su intrigante razonamiento.

‑Tu punto de ruptura ‑dijo‑, es descontinuar tu vida tal como la conoces. Has hecho todo lo que te he dicho, acertada y obedientemente. Si tienes talento, nunca lo demuestras. Ése parece ser tu estilo. No eres lento, pero te comportas como si lo fueras. Estás muy seguro de ti mismo, pero te comportas como si fueras inseguro. No eres tímido y sin embargo, te comportas como si le tuvieras miedo a la gente. Todo apunta a un solo lugar: tu necesidad de romper con todo eso, despia­dadamente.

‑Pero, ¿cómo, don Juan? ¿Qué propone usted? ‑pregunté genuinamente frenético.

‑Creo que todo se reduce a un acto ‑dijo-. Tie­nes que dejar a tus amigos. Tienes que despedirte de ellos para siempre. No es posible que continúes en el ca­mino del guerrero, cargando contigo tu historia perso­nal, y a menos que descontinúes tu manera de vida, no voy a poder seguir con mi instrucción.

‑Momento, momento, momento, don Juan ‑di­je‑. Tengo que frenarlo. Me pide usted que haga algo demasiado difícil. Para serle muy sincero, no creo que pueda hacerlo. Mis amigos son mi familia, mis puntos de referencia.

‑Precisamente, precisamente ‑comentó‑. Son tus puntos de referencia. Por consecuencia, tienen que irse. Los chamanes tienen un solo punto de referencia; el in­finito.

‑¿Pero cómo quiere que proceda, don Juan? ‑pre­gunté en voz plañidera. Su petición me estaba volviendo loco.

‑Simplemente tienes que marcharte‑dijo, como si nada‑. Márchate de la manera que puedas.

‑Pero, ¿adónde me voy? ‑pregunté.

-Mi recomendación es que alquiles una habitación en uno de esos hoteles baratos que conoces ‑dijo‑. Cuan­to más feo el lugar, mejor. Si tiene alfombras pardas verduscas con cortinas del mismo color, y paredes de un verde pardo tanto mejor: un hotel comparable al que te mostré aquella vez en Los Ángeles.

Me reí nerviosamente al recordar la vez que iba en coche con don Juan por el barrio industrial de Los Án­geles, donde sólo había bodegas y hoteles desvencija­dos para transeúntes. Uno sobre todo atrajo la atención de don Juan por su nombre rimbombante, «Eduardo Séptimo». Nos detuvimos en frente para verlo un mo­mento.

‑Ese hotel ‑dijo don Juan, señalándolo con el de­do‑, es para mí la verdadera representación de la vida en esta tierra para la persona común y corriente. Si tie­nes suerte o eres despiadado, conseguirás un cuarto con vista a la calle, donde podrás ver este desfile intermina­ble de la miseria humana. Si no tienes tanta suerte o no eres tan despiadado, tendrás un cuarto adentro, con ventanas que dan a la muralla del edificio contiguo. Piensa en pasar toda una vida entre esas dos vistas, en­vidiando la vista a la calle si estás adentro, y envidiando la vista a la muralla si estás afuera, cansado de mirar la calle.

La metáfora de don Juan me molestó terriblemente, porque la comprendía perfectamente.

Ahora, enfrentando la posibilidad de tener que al­quilar un cuarto en un hotel comparable al «Eduardo Sép­timo», no sabía qué decir o por dónde continuar.

‑¿Qué quiere que haga allí, don Juan?‑pregunté.

‑Un chamán utiliza un lugar de ésos para morir ‑me dijo, mirándome sin pestañear.

»Nunca has estado solo en tu vida. Éste es el momento de hacerlo. Te quedarás en ese cuarto hasta que te mueras.

Su petición me asustó, pero a la vez me hizo reír.

‑No es que lo vaya a hacer, don Juan ‑dijo‑, pero ¿cuál sería el criterio para saber que estoy muerto (a me­nos que quiera que me muera físicamente)?

‑No ‑dijo‑, no quiero que tu cuerpo muera físi­camente. Quiero que muera tu persona. Son dos asuntos muy distintos. En esencia, tu persona tiene muy poco que ver con tu cuerpo. Tu persona es tu mente, y créeme, tu mente no es tuya.

‑¿Qué tontería es esta, don Juan, de que mi men­te no es mía? ‑oí que decía con un gangueo nervioso en la voz.

‑Algún día te lo diré ‑dijo‑, pero no mientras es­tés protegido por tus amigos.

‑El criterio que indica que un chamán ha muerto ‑siguió‑ es cuando no le importa si tiene compañía o si está solo. El día que ya no busques la compañía de tus amigos que usas como escudo, ése es el día en que tu persona ha muerto. ¿Qué dices? ¿Juegas o no juegas?

‑No puedo hacerlo, don Juan ‑dije‑. Es inútil que le mienta. No puedo dejar a mis amigos.

‑Está bien, no te preocupes ‑dijo sin perturbarse. Mi declaración parecía no haberle afectado en lo míni­mo‑. Ya no podré hablarte, pero no podemos negar que durante nuestro tiempo juntos has aprendido mu­chísimo. Has aprendido cosas que te van a fortalecer, no importa si regresas o si te vas para siempre.

Me dio una palmadita en la espalda y se despidió. Dio la vuelta y simplemente desapareció entre la gente de la plaza como si se hubiera convertido en uno con ellos. Por un instante tuve la extraña sensación de que la gente de la plaza era como un telón que él había abier­to para desaparecer detrás. El final había llegado como todo lo demás en el mundo de don Juan: imprevisible y velozmente. De pronto estaba sobre mí, yo estaba en medio de él, y ni siquiera sabía cómo había llegado allí.

Debería haber estado deshecho. Pero no. No sé por qué, pero estaba feliz. Me maravillé de la facilidad con que todo había terminado. Don Juan era en verdad un ser elegante. No hubo enojos ni reproches ni nada por el estilo. Me subí a mi coche y conduje, más alegre que unas pascuas. Estaba exuberante. Qué extraordina­rio que todo terminó tan velozmente, pensé, sin angus­tias.

Mi viaje de regreso fue sin novedad. En Los Ángeles, ya en mi ambiente familiar, me fijé en que había deriva­do una enorme cantidad de energía de mi último en­cuentro con don Juan. Estaba muy contento, muy rela­jado, y retomé lo que consideraba mi vida normal con mayor ánimo. Todas mis tribulaciones con mis amigos y mis comprensiones acerca de ellos, todo lo que le había dicho a don Juan con referencia a esto, había sido olvi­dado por completo. Era como si algo hubiera borrado todo eso de mi mente. Me maravillé unas cuantas veces de la facilidad con que había olvidado algo tan significa­tivo, y de haberlo olvidado tan completamente.

Todo era como se esperaba. Había un sola inconsis­tencia en lo que era por lo demás un ordenado paradig­ma de mi nueva vieja vida: recordaba claramente que don Juan me había dicho que mi partida del mundo de los chamanes era puramente académica y que regresaría. Había recordado y había escrito cada palabra de ese in­tercambio. Según mi razonamiento y memoria lineal normal, don Juan nunca había hecho esa declaración.

¿Cómo era posible que recordara algo que nunca había sucedido? Cavilé inútilmente. Mi seudo‑recuerdo era lo suficientemente extraño como para moverme a hacer algo, pero luego decidí que no tenía caso. En lo que a mí concernía, estaba fuera del ambiente de don Juan.

Siguiendo las sugerencias de don Juan en relación a mi comportamiento con aquellos que me habían hecho favores, había llegado a una decisión de proporciones gigantescas para mí: la de honrar y dar gracias a mis ami­gos antes de que fuera demasiado tarde. Un caso era el de mi amigo Rodrigo Cummings. Un acontecimiento con mi amigo Rodrigo, sin embargo, tumbó mi nuevo para­digma, conduciéndolo a su destrucción total.

Mi actitud hacia él sufrió un cambio radical al vencer mi competitividad con él. Encontré que era lo más fácil del mundo proyectarme cien por ciento en lo que hicie­ra Rodrigo. De hecho, yo era exactamente como él, pero no lo supe hasta que dejé de hacerle competencia. Fue cuando surgió la verdad con una intensidad horrenda. Uno de los mayores deseos de Rodrigo era terminar la carrera universitaria. Cada semestre, se inscribía y to­maba cuantos cursos podía. Luego, al progresar el se­mestre los iba dejando. A veces dejaba por completo la universidad. En otras ocasiones, seguía en un solo curso de tres unidades hasta el final.

Durante su último semestre, se mantuvo en un curso de sociología porque le gustaba. Se acercaba el examen final. Me dijo que tenía tres semanas para estudiar, para leer el texto del curso. Pensaba que era una cantidad de tiempo exorbitante para leer solamente seiscientas pági­nas. Se consideraba un lector veloz, con un alto nivel de retención; a su parecer, tenía una memoria fotográfica de casi cien por ciento.

Pensaba que tenía muchísimo tiempo antes del exa­men, así es que me pidió que le ayudara a arreglar su co­che que usaba para su trabajo de entregar periódicos. Quería quitarle la puerta de la derecha para poder tirar el periódico directamente sin hacer la maniobra de tirar­lo sobre el techo desde la ventanilla izquierda. Le hice notar que era zurdo, y me respondió que entre sus mu­chas dotes, de las cuales sus amigos no se daban cuenta, estaba la de ser ambidiestro. Tenía razón; nunca lo había yo notado. Después de que lo ayudé a quitar la puerta, decidió quitarle el forro al techo, ya que estaba muy roto. Dijo que su coche estaba en óptimas condiciones mecánicas y que lo llevaría a Tijuana, México (que como buen Angelino de aquel tiempo llamaba TJ), para que le volvieran a poner el forro por unos cuantos pesos.

‑Podríamos disfrutar un buen viaje ‑dijo con gus­to. Hasta eligió los amigos que iban a acompañarlo­-. En TJ, ya sé que vas a andar buscando libros de segunda porque eres un culo. Los demás vamos a ir a un burdel. Conozco unos cuantos.

Nos tomó una semana para quitar el forro y lijar la superficie de metal para prepararla para el nuevo forro. A Rodrigo le quedaban dos semanas más para estudiar, y todavía lo consideraba demasiado tiempo. Me involu­cró en ayudarle a pintar su apartamento y barnizar los pisos. Nos tomó más de una semana para pintarlo y lijar los pisos de madera. No quería cubrir el papel tapiz con pintura en una habitación. Tuvimos que alquilar una máquina de vapor para quitar el papel tapiz. Claro que ni Rodrigo ni yo sabíamos cómo usar la máquina, así es que terminamos haciendo una macana de trabajo. Terminamos usando Topping, una mezcla finísima de yeso y otros materiales que le dan una superficie plana a una pared.

Después de todas estas faenas, Rodrigo tenía sola­mente dos días para empollar seiscientas páginas en su cabeza. Se metió en un maratón de lectura de día y noche, con la ayuda de anfetaminas. Rodrigo sí fue a la universi­dad el día del examen y sí se sentó en su pupitre y sí reci­bió la hoja para el examen de respuestas múltiples.

Lo que no hizo fue mantenerse despierto para tomar el examen. Su cuerpo cayó hacia delante y se dio contra la tapa del pupitre con la cabeza, con un fuerte golpe. Se tuvo que suspender el examen durante un rato. El maes­tro de sociología se puso histérico como también los alumnos que rodeaban a Rodrigo. Tenía el cuerpo tieso y helado. La clase entera sospechaba lo peor; creían que se había muerto de un ataque cardíaco. Vinieron los pa­ramédicos a llevárselo. Después de un examen prelimi­nar, declararon que Rodrigo estaba profundamente dor­mido y se lo llevaron al hospital para que se le pasaran los efectos de las anfetaminas.

Mi proyección dentro de Rodrigo Cummings fue tan total que me espantó. Yo era exactamente igual. La seme­janza se volvió insostenible para mí. En un acto que yo consideré como total, nihilista y suicida, me alquilé un cuarto en un hotel desvencijado en Hollywood.

Las alfombras era verdes y tenían horrendas quema­duras de cigarros que evidentemente se habían apagado antes de volverse incendios. Tenía cortinas verdes y par­das paredes verdes. La luz intermitente del anuncio del hotel brillaba toda la noche por la ventana.

Terminé haciendo exactamente lo que me había pe­dido don Juan, pero de manera indirecta. No lo hice por cumplir con los requisitos de don Juan o con la inten­ción de hacer las paces. Sí me quedé en ese cuarto de ho­tel durante meses, hasta que mi persona, como don Juan me había propuesto, murió, hasta que no me importaba si estaba solo o acompañado.

Después de dejar el hotel me fui a vivir solo, más cer­ca a la universidad. Continué con mis estudios antropo­lógicos, los que nunca había interrumpido, y empecé un negocio muy provechoso con una socia. Todo estaba en orden hasta un día cuando me llegó la realización de que iba a pasar el resto de mi vida preocupado por mi nego­cio, o preocupado por la fantasmagórica opción entre ser académico o negociante, o preocupado por las ex­centricidades y andanzas de mi socia; y esa realización fue como una patada a la cabeza. Una verdadera deses­peración atravesó las profundidades de mi ser. Por pri­mera vez en mi vida, a pesar de lo que había hecho y vis­to, no tenía salida. Estaba totalmente perdido. Empecé seriamente a jugar con la idea de buscar la forma menos dolorosa y más pragmática para acabar conmigo mismo.

Una mañana, unos golpes fuertes e insistentes a la puerta me despertaron. Creí que era la propietaria, y es­taba seguro de que si no contestaba entraría con la llave maestra. Abrí la puerta y ¡allí estaba don Juan! Me sor­prendí tanto que me quedé yerto. Tartamudeé, balbuceé sin poder decir palabra. Quería besarle la mano, poner­me de rodillas delante de él. Don Juan entró y se sentó con gran soltura a la orilla de mi cama.

‑Hice el viaje a Los Ángeles ‑dijo‑ sólo para verte.

Quise llevarlo a desayunar, pero me dijo que tenía otras cosas que atender y que tenía no más que un mi­nuto para hablar conmigo. Rápidamente le conté de mi experiencia en el hotel. Su presencia me había creado tal estado de caos que ni me dio por preguntarle cómo ha­bía dado con mi lugar. Le dije a don Juan cuán intensa­mente había lamentado lo que le había dicho en Hermo­sillo.

‑No tienes que disculparte ‑me aseguró‑. Cada uno de nosotros hacemos lo mismo. Una vez, salí co­rriendo del mundo de los chamanes y llegué al punto de morirme antes de darme cuenta de mi estupidez. Lo im­portante es llegar al punto de ruptura, de la manera que sea, y es exactamente lo que has hecho. El silencio inter­no se está volviendo real para ti. Es por esa razón que estoy aquí delante de ti hablándote. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?

Creí que comprendía lo que quería decirme. Pensé que él había intuido o leído, como leía cosas en el aire, que estaba yo en las últimas y que había venido a resca­tarme.

‑No tienes tiempo que perder ‑me dijo‑. Tienes que disolver tu negocio dentro de una hora, porque una hora es todo lo que puedo esperar; no porque no quiera esperar, sino porque el infinito me está apremiando des­piadadamente. Digamos que el infinito te da una hora para que te canceles a ti mismo. Para el infinito, la única empresa que vale para el guerrero es la libertad. Cual­quier otra empresa es fraudulenta. ¿Puedes disolver to­do en una hora?

No tenía que asegurarle que lo haría. Sabía que tenía que hacerlo. Don Juan me dijo entonces, que una vez que hubiera logrado disolver todo, iba a esperarme en un mercado en un pueblo de México. En mi esfuerzo por pensar en la disolución de mi negocio, pasé por alto lo que me estaba diciendo. Lo repitió, y claro, pensé que estaba bromeando.

‑¿Cómo puedo llegar a ese pueblo, don Juan? ¿Quiere que vaya en coche, que tome un avión? ‑le pregunté.

‑Disuelve primero tu negocio ‑ordenó‑. Enton­ces vendrá la solución. Pero recuerda, te espero sólo una hora.

Salió del apartamento, y apasionada y febrilmente, emprendí la disolución de todo lo que tenía. Desde lue­go, me tomó más de una hora, pero no me detuve para considerar esto, porque una vez que había puesto a an­dar la disolución del negocio, el envión me llevó. Fue sólo al terminar que me enfrenté con el verdadero dile­ma. Supe entonces que había fracasado. Me quedaba sin negocio y sin posibilidad de llegar a don Juan.

Me fui a la cama y busqué el único consuelo en que podía pensar: la quietud, el silencio. Para facilitar el ad­venimiento del silencio interno, don Juan me había ense­ñado una manera de sentarme en la cama, con las ro­dillas dobladas y las suelas de los pies tocándose, las manos sobre los tobillos, empujando para tener juntos los pies. Me había regalado un palo grueso y redondo, que siempre tenía a la mano no importaba dónde fuera. Era de unos cuarenta y tres centímetros de largo para soportar el peso de mi cabeza al inclinarme sobre él y poner el palo en el suelo entre mis pies y el otro extre­mo, que estaba acolchonado, en medio de mi frente. Cada vez que adoptaba esta postura, me dormía profun­damente en unos instantes.

Debí haberme dormido con mi acostumbrada facili­dad, porque soñé que estaba en el pueblo mexicano donde don Juan me había dicho que iba a encontrarme. Siempre me había intrigado ese pueblo. Había mercado una vez por semana y los agricultores que vivían en esa región traían sus productos para venderlos. Lo que me fascinaba más de ese pueblo era el camino pavimentado que conducía a él, que pasaba por una colina empinada a la misma entrada del pueblo. Muchas veces me había sentado en una banca junto a un puesto de quesos y ha­bía mirado hacia esa colina. Veía a la gente que llegaba al pueblo con sus burros y sus cargas, pero veía primero sus cabezas; al ir acercándose, veía más de sus cuerpos hasta el momento cuando estaban en la cima de la coli­na y les veía el cuerpo entero. Siempre me parecía que emergían de la tierra, lentamente o muy rápidamente, según su velocidad. En mi sueño, don Juan me esperaba junto al puesto de quesos. Me le acerqué.

‑Lo lograste desde tu silencio interior ‑dijo, dán­dome una palmadita‑. Pudiste llegar a tu punto de rup­tura. Por un momento, empecé a perder esperanza. Pero me quedé, sabiendo que ibas a llegar.

En ese sueño, fuimos a dar un paseo. Estaba más fe­liz de lo que jamás había estado. El sueño era tan vivo, tan terriblemente real que me dejó sin ninguna duda de que había resuelto el problema, aunque el resolverlo ha­bía sido un sueño‑fantasía.

Don Juan se rió, moviendo la cabeza. Definitiva­mente me había leído el pensamiento.

‑No estás en un simple sueño ‑dijo‑, pero ¿quién soy yo para decírtelo? Tú lo sabrás algún día, que no hay sueños desde el silencio interno, porque elegirás sa­berlo.

 

LAS MEDIDAS DE LA COGNICIÓN

 

«El final de una era» era, para don Juan, una descrip­ción precisa de un proceso por el cual pasan los chama­nes al desmontar la estructura del mundo que conocen, y reemplazarla con otra forma de comprender el mundo que los rodea. Como maestro, don Juan procuró, desde el instante inicial de nuestro encuentro, introducirme al mundo cognitivo de los chamanes del México antiguo. El término «cognición» era para mí, en aquel tiempo, la manzana de la discordia. Lo entendía como un proceso por el cual reconocemos el mundo que nos rodea. Ciertas cosas caen dentro del reino de ese proceso y son fácil­mente reconocidas por nosotros. No ocurre con otras cosas, que permanecen consecuentemente, como rarezas, cosas de las cuales no tenemos suficiente comprensión.

Don Juan mantuvo desde el principio de nuestra re­lación que el mundo de los chamanes del México anti­guo difería del nuestro, no de manera superficial, sino en la manera en que se arreglaba el proceso de cognición. Mantenía que en nuestro mundo, nuestra cognición re­quiere la interpretación de datos sensoriales. Dijo que el universo está compuesto de un número infinito de campos de energía, que existen en el universo en general como filamentos luminosos. Esos filamentos luminosos actúan sobre el hombre como organismo. La respuesta de ese organismo es convertir esos campos de energía en datos sensoriales. Los datos sensoriales se interpre­tan, y esa interpretación se convierte en nuestro sistema cognitivo. Mi comprensión de la cognición forzosamen­te me hacía creer que es un proceso universal, tal como el lenguaje es proceso universal. Hay una sintaxis dife­rente para cada lenguaje, como debe haber una mínima diferencia de arreglo para cada sistema de interpretación del mundo.

La afirmación de don Juan, sin embargo, que los chamanes del México antiguo tenían un sistema cognitivo diferente, era para mí equivalente a decir que tenían una manera diferente de comunicación que nada tenía que ver con el lenguaje. Lo que quería desesperadamen­te que dijera, era que su sistema cognitivo diferente era equivalente a tener un lenguaje diferente, pero que era, sin embargo, un lenguaje. El «final de una era» signifi­caba para don Juan que las unidades de una cognición extranjera se estaban apoderando. Las unidades de mi cognición normal, no importara lo agradables y prove­chosas, empezaban a disolverse. ¡Momento grave en la vida de un hombre!

Quizá mi unidad más codiciada era la vida académi­ca. Cualquier cosa que la amenazaba era una amenaza al centro de mi ser, sobre todo si el ataque era velado, inad­vertido. Pasó con un profesor a quien le había dado toda mi confianza, el profesor Lorca.

Me había inscrito en el curso que dictaba el profesor Lorca sobre cognición, porque me había sido recomen­dado como uno de los académicos más brillantes que había. El profesor Lorca era bastante guapo, con pelo rubio peinado a un lado. Tenía la frente limpia, sin arru­gas, dando la impresión de alguien que jamás ha tenido una preocupación en la vida. Su ropa mostraba el toque de un buen sastre. No llevaba corbata, lo cual le daba un aire juvenil. Se la ponía solamente al encontrarse con gente importante.

En la ocasión de aquella memorable primera clase con el profesor Lorca, yo estaba confuso y nervioso viendo cómo caminaba de un lado al otro por minutos que fueron una eternidad para mí. El profesor Lorca movía continuamente sus finos labios apretados de arri­ba abajo, añadiendo inmensidades a la tensión que había generado en esa aula pesada, de ventanas cerradas. De pronto, se detuvo. Se paró en medio del aula, a poca dis­tancia de donde me encontraba sentado y golpeando el podio con un periódico enrollado, empezó a hablar.

‑Nunca se sabrá .... ‑empezó.

Todos los que estaban en el aula inmediatamente em­pezaron ansiosamente a tomar apuntes.

‑Nunca se sabrá ‑repitió‑ lo que siente un sapo cuando se sienta en el fondo del estanque e interpreta el mundo de sapo que le rodea. ‑Su voz conllevaba una tremenda fuerza y finalidad‑. Entonces, ¿qué creen que es esto? ‑agitó el periódico por encima de su cabeza.

Continuó leyéndole a la clase un artículo del perió­dico en que se reportaba el trabajo de un biólogo.

‑Este artículo demuestra la negligencia del perio­dista, que obviamente citó mal al científico ‑afirmó el profesor Lorca con la autoridad de un catedrático-. ­Un científico, no importa lo descuidado que sea, nunca se permitiría antropomorfizar los resultados de su in­vestigación, a no ser que sea un baboso.

Con esto como introducción, presentó una confe­rencia brillantísima sobre la calidad insular de nuestro sistema cognitivo, o del sistema cognitivo de cualquier otro organismo. Me introdujo, en aquella conferencia inicial, a una andanada de nuevas ideas, y las hizo ex­traordinariamente fáciles de utilizar. La idea más nove­dosa para mí era que cada individuo de cada especie so­bre la Tierra interpreta el mundo que lo rodea usando datos que le llegan a través de sus sentidos especializa­dos. Afirmó que los seres humanos no pueden ni siquie­ra imaginarse, por ejemplo, lo que debe ser estar en un mundo regido por la eco‑locación, como el mundo del murciélago, donde cualquier punto de referencia infe­rido, es imposible de concebir para la mente humana. Dejó muy claro, que desde ese punto de vista no exis­tían dos sistemas cognitivos que pudieran asemejarse en­tre especies.

Al salir del salón al final de la conferencia de hora y media, sentía que la brillantez de la mente del profe­sor Lorca me había tumbado. Desde ese momento, era su más devoto admirador. Encontraba sus conferencias más que estimulantes y provocativas al pensamiento. Las suyas eran las únicas conferencias que esperaba an­siosamente. Todas sus excentricidades no me importa­ban para nada en comparación con su excelencia como maestro y como pensador innovador en el campo de la psicología.

Cuando primero asistí a la clases del profesor Lorca, llevaba casi dos años trabajando con don Juan Matus. Era ya un patrón de comportamiento bien establecido, acostumbrado como estaba a las rutinas, de contarle a don Juan todo lo que me pasaba en mi mundo cotidia­no. En la primera oportunidad que se presentó, le relaté lo que estaba sucediendo con el profesor Lorca. Puse al profesor Lorca por las nubes y le dije a don Juan sin ver­güenza alguna que el profesor Lorca era mi modelo. Don Juan se mostró aparentemente muy impresionado por mi despliegue de admiración, sin embargo me hizo una extraña advertencia.

‑No admires a la gente desde la distancia ‑dijo­-. Ésa es la manera más segura de crear seres mitológicos. Acércate a tu profesor, habla con él, ve cómo es como hombre. Ponlo a prueba. Si el comportamiento de tu profesor es resultado de su convicción de que es un ser que se va a morir, entonces todo lo que haga, no impor­ta cuán extraño, debe ser premeditado y final. Si lo que dice termina siendo palabras, no vale nada.

Me sentí terriblemente insultado por lo que conside­raba ser la insensibilidad de don Juan. Pensé que a lo mejor estaba un poco celoso de los sentimientos de ad­miración que tenía yo por el profesor Lorca. Una vez que ese pensamiento se formuló en mi mente, me sentí aliviado; lo comprendí todo.

‑Dígame, don Juan ‑dije para terminar la conver­sación por otras vías‑, ¿qué es un ser que va a morir, en verdad? Lo he oído hablar de eso tantas veces, pero no me lo ha definido nunca realmente.

‑Los seres humanos son seres que van a morir ‑dijo‑. Los chamanes firmemente mantienen que la sola manera de agarrarnos del mundo y de lo que en él hacemos, es aceptando totalmente que somos seres que vamos camino a la muerte. Sin esta aceptación básica, nuestras vidas, nuestros quehaceres y el mundo en que vivimos son asuntos inmanejables.

‑¿Pero es la mera aceptación de esto de tal alcance? ‑pregunté en tono casi de protesta.

‑¡Créemelo! ‑dijo don Juan sonriendo‑. Pero no es en la mera aceptación donde está el truco. Tenemos que encarnar esa aceptación y vivirla plenamente. Los chamanes a través de los años han dicho que la vista de nuestra muerte es la vista que produce más sobriedad. Lo que está mal con nosotros los seres humanos, y que ha estado mal desde tiempo inmemorial, es que sin de­clararlo en tantas palabras, creemos que hemos entrado en el reino de la inmortalidad. Nos comportamos como si nunca fuéramos a morirnos, una arrogancia infantil. Pero aún más injuriante que ese sentimiento de inmor­talidad es lo que lo acompaña; la sensación de que pode­mos absorber todo este inconcebible universo con la mente.

Una yuxtaposición fatal de ideas me tenía atado des­piadadamente; la sabiduría de don Juan y el conoci­miento del profesor Lorca. Ambas eran difíciles, oscu­ras, seductoras y lo abarcaban todo. No había nada que hacer más que seguir el curso donde me llevara.

Seguí al pie de la letra la sugerencia de don Juan de acercarme al profesor Lorca. Intenté todo el semestre acercarme a él, hablar con él. Iba religiosamente a su ofi­cina durante las horas en que estaba allí, pero nunca pa­recía tener tiempo para mí. Sin embargo, aunque no po­día hablar con él, lo admiraba imparcialmente. Hasta llegué a aceptar que nunca iba a hablar conmigo. No me importaba; lo que importaba eran las ideas que recolec­taba de sus magníficas clases.

Le hice un reporte a don Juan acerca de todos mis hallazgos intelectuales. Había leído extensamente sobre la cognición. Don Juan me animó, más que nunca, a es­tablecer contacto directo con la fuente de mi revolución intelectual.

‑Es imprescindible que hables con él ‑me dijo en una voz un tanto urgente‑. Los chamanes no admiran a la gente en el vacío. Les hablan; los conocen. Estable­cen puntos de referencia. Comparan. Lo que estás ha­ciendo es un poco infantil. Admiras a lo lejos. Es como lo que pasa con un hombre que le tiene miedo a las mujeres. Finalmente, sus gónadas dominan su miedo y le exigen que adore a la primera mujer que le dice «hola».

Hice un doble esfuerzo por acercarme al profesor Lorca, pero era como una fortaleza impenetrable. Cuan­do le comenté a don Juan mis dificultades, me explicó que los chamanes veían cualquier actividad con la gen­te, no importa cuán diminuta o insignificante, como un campo de batalla. En ese campo de batalla, los chamanes hacían su mejor magia, ponían su mejor esfuerzo. Me aseguró que el truco para tener soltura en tales situacio­nes, algo que nunca había sido mi fuerte, era enfrentarse al adversario abiertamente. Expresó su aborrecimiento por esas almas tímidas que se esconden de la interacción a tal extremo que, cuando interactúan, simplemente infie­ren o deducen en términos de sus propios estados psico­lógicos lo que pasa sin verdaderamente percibir lo que en realidad está pasando. Interactúan sin jamás haber sido parte de la interacción.

‑Siempre mira al hombre con quien estás jugando el tira y afloja con la cuerda ‑continuó‑ No tires sim­plemente de la cuerda; levanta la vista a sus ojos. Sabrás que es un hombre, igual a ti. No importa lo que diga, no importa lo que haga, se está sacudiendo en sus pantalo­nes, tal como tú. Una mirada de esa naturaleza vuelve incapaz a tu adversario, aunque sea por solo un instante; entonces das el golpe.

Un día la suerte estaba conmigo. Abordé al profesor Lorca en el corredor en frente de su oficina.

‑Profesor Lorca ‑dije‑, ¿tiene un momento libre para hablar?

‑¿Quién demonios es usted? ‑dijo con la mayor naturalidad, como si fuera su mejor amigo y me estaba preguntando cómo me sentía.

El profesor Lorca era tan grosero como se puede ser, pero sus palabras no tuvieron en mí el efecto de una grosería. Me sonrió con los labios apretados, como si me animara a irme o a decir algo significativo.

‑Soy estudiante de antropología, profesor Lorca ‑le dije‑. Estoy involucrado en una situación de tra­bajo de campo donde tengo la oportunidad de aprender algo acerca del sistema cognitivo de los chamanes.

El profesor Lorca me contempló con sospecha y enojo. Sus ojos parecían dos puntos azules llenos de ma­licia. Se hizo el cabello hacia atrás como si se le hubiera caído sobre la frente.

‑Trabajo con un verdadero chamán en México ‑continué tratando de provocar una respuesta‑. Es un verdadero chamán, créamelo. Me ha llevado más de un año animarlo a que considerara hablar conmigo.

La cara del profesor Lorca se relajó; abrió la boca y, agitando una mano finísima delante de mis ojos como si estuviera dándole vueltas a una pizza, me habló. No po­día dejar de ver sus gemelos de esmalte que eran del co­lor exacto de su saco verdusco.

‑¿Y qué quiere usted de mí? ‑dijo.

‑Quiero que me escuche por un momento ‑dije‑, para ver si lo que estoy haciendo le interesa.

Hizo un gesto de desgano y resignación con los hombros, abrió la puerta de su oficina y me invitó a pasar. Sabía que no tenía yo tiempo que perder y le presen­té una descripción muy directa de mi situación de traba­jo de campo. Le dije que me estaban enseñando proce­dimientos que no tenían nada que ver con lo que había encontrado en la literatura antropológica sobre el cha­manismo.

Hizo un gesto con los labios por un momento sin decir una palabra. Cuando habló, señaló que una de las fallas de los antropólogos en general, es que nunca se dan el tiempo suficiente para llegar a saber, totalmente, todos los grados del sistema cognitivo particular utiliza­dos por la gente que estudian. Definió «cognición» co­mo un sistema de interpretación, que a través del uso hace posible que los individuos utilicen con la mayor proeza todos los grados de connotación que forman el ambiente particular y social bajo consideración.

Las palabras del profesor Lorca iluminaron el ámbi­to total de mi trabajo de campo. Sin poder dominar to­dos los grados del sistema cognitivo de los chamanes del México antiguo, hubiera sido totalmente superfluo que formulara una idea de ese mundo. Si el profesor Lorca nunca me hubiera dicho otra palabra más, lo que acaba­ba de declarar hubiera sido más que suficiente. Lo que siguió fue un maravilloso discurso sobre la cognición.

‑Su problema ‑dijo el profesor Lorca‑ es que el sistema cognitivo de nuestro mundo cotidiano, con el cual estamos familiarizados, en verdad, desde el día en que nacimos, no es igual al sistema cognitivo del mundo de los chamanes.

»Lo que le he dicho, claro, es conocimiento general ‑me dijo al conducirme hacia fuera‑. Cualquier lector está consciente de lo que le he estado diciendo.

Nos despedimos, casi amigos. El recuento a don Juan de mi éxito en acercarme al profesor Lorca se topó con una reacción extraña. Por un lado, don Juan parecía estar encantado, y por otro, preocupado.

‑Me da que tu profesor no es en verdad lo que pa­rece ser -dijo‑. Claro, eso es desde el punto de vista de un chamán. Quizá fuera mejor dejarlo ahora, antes que todo esto se vuelva muy bochornoso, muy compli­cado. Una de las artes más elevadas de los chamanes es saber cuándo detenerse. Me parece que has conseguido todo lo que se puede de tu profesor.

De inmediato, reaccioné con un tiroteo de defensas a favor del profesor Lorca. Don Juan me tranquilizó. Me dijo que no era su intención criticar o juzgar a nadie, pero que en su conocimiento muy poca gente sabe cuán­do retirarse, y aún menos sabe cómo utilizar su conoci­miento.

A pesar de las advertencias de don Juan, no me detu­ve; por el contrario, me convertí en el estudiante, el se­guidor, el admirador más fiel del profesor Lorca. Su in­terés en mi trabajo parecía ser genuino, aunque se sentía infinitamente frustrado por mi apatía e incapacidad para formular conceptos bien definidos acerca del sistema cognitivo del mundo de los chamanes.

Un día, el profesor Lorca me formuló el concepto del visitante‑científico a otro mundo cognitivo. Recono­ció que estaba dispuesto a ser imparcial y darle vueltas, como científico social, a la posibilidad de un sistema cognitivo diferente. Se imaginó una investigación en que los protocolos serían reunidos y analizados. Los pro­blemas de la cognición serían concebidos y dados a cha­manes a quienes yo conocía, para medir, por ejemplo, su capacidad de enfocar su cognición sobre dos aspectos diversos de comportamiento.

Pensaba que la prueba empezaría con un sencillo pa­radigma en el que intentaran comprender y retener un texto escrito que iban a estar leyendo mientras jugaban al póquer. La prueba iba a intensificarse, para medir, por ejemplo, su capacidad de enfocar su cognición sobre co­sas complejas que se les dirían mientras dormían, etc. El profesor Lorca quería que se llevara a cabo un análisis lingüístico de lo que emitían. Quería una medida real de sus respuestas en términos de su velocidad y precisión, y otras variables que se hicieran manifiestas al progresar el proyecto.

Don Juan verdaderamente se partió de risa cuando le conté de las propuestas del profesor Lorca de medir la cognición de los chamanes.

‑Ahora sí que me gusta tu profesor ‑dijo‑. Pero no puedes hablar en serio de esta idea de medir nuestra cognición. ¿Qué sacaría tu profesor de medir nuestras respuestas? Llegará a la conclusión de que somos un montón de idiotas, porque es lo que somos. No podemos ser más inteligentes, más veloces que el hombre ordina­rio. No es culpa de él, sin embargo, pensar que puede ha­cer medidas de cognición de un mundo al otro. La culpa es tuya. Has fallado al no expresarle a tu profesor que cuando los chamanes hablan del mundo cognitivo de los chamanes del México antiguo, están hablando de cosas que no tienen un equivalente en el mundo cotidiano.

»Por ejemplo, percibir la energía directamente como fluye en el universo es una unidad de cognición por la cual los chamanes viven. Ven cómo fluye la energía y si­guen su flujo. Si su flujo se encuentra con obstáculos, se alejan o hacen algo totalmente diferente. Los chamanes ven líneas en el universo. Su arte, o su tarea, es escoger la línea que los va a conducir, en términos de percepción, a regiones sin nombre. Podrías decir que los chamanes reac­cionan inmediatamente a las líneas del universo. Ven a los seres humanos como bolas luminosas, y buscan en ellos su flujo de energía. Desde luego, reaccionan al ins­tante al ver esto. Es parte de su cognición.

Le dije a don Juan que para nada podía hablarle al profesor Lorca de esto, porque no había hecho ninguna de las cosas que él estaba describiendo. Mi cognición se­guía igual.

‑¡Ah! ‑exclamó‑. Es que simplemente no has te­nido tiempo todavía para incorporar las unidades de cognición del mundo de los chamanes.

Salí de la casa de don Juan más confuso que nunca. Había una voz dentro de mí que verdaderamente me exigía terminar mis tratos con el profesor Lorca. Com­prendí cuánta razón tenía don Juan al decirme que las practicalidades en que se interesaban los científicos eran conducentes a construir máquinas cada vez más com­plejas. No eran las practicalidades que cambian el curso de la vida de un individuo desde adentro. No estaban hechas para alcanzar la vastedad del universo como un asunto personal, experimental. Las estupendas máqui­nas que existen o las que están en proceso, eran asuntos culturales, y los logros tenían que disfrutarse indirecta­mente, aun por los creadores de las máquinas mismas. Su única ganancia era económica.

Al señalarme todo esto, don Juan había logrado co­locarme en un estado de ánimo de mayor curiosidad. Empecé realmente a cuestionar las ideas del profesor Lorca, algo que no había hecho hasta entonces. A la vez, el profesor Lorca emitía verdades asombrosas sobre la cognición. Cada declaración era más severa que la que la precedía y, como resultado, más penetrante.

Al final de mi segundo semestre con el profesor Lor­ca, había llegado a un callejón sin salida. No había ma­nera en el mundo que creara un puente entre dos líneas de pensamiento; la de don Juan y la del profesor Lorca. Iban por senderos paralelos. Comprendí el objetivo del profesor Lorca de querer cualificar y cuantificar el es­tudio de la cognición. La Cibernética se asomaba como nueva disciplina y el aspecto práctico de los estudios de la cognición era una realidad. Pero también lo era el mundo de don Juan, que no podía medirse con las he­rramientas normales de la cognición. Había tenido el privilegio de atestiguarlo en las acciones de don Juan, pero no lo había experimentado yo mismo. Sentía que esto era el obstáculo que hacía que el puente entre estos dos mundos fuera imposible.

Le comenté todo esto a don Juan durante una de mis visitas. Dijo que lo que yo consideraba como obstáculo, y por consecuencia, el factor que hacía imposible el puente entre estos dos mundos, no era acertado. A su manera de ver, la falla era algo que abarcaba mucho más que las circunstancias individuales de un solo hombre.

‑Quizá puedas acordarte de lo que te dije acerca de una de las mayores fallas que tenemos como seres hu­manos ordinarios ‑dijo.

No podía recordar nada en particular. Me había se­ñalado tantas fallas que nos afectaban como seres huma­nos ordinarios que la mente me daba vueltas.

‑Usted está exigiendo algo muy específico ‑dije‑, y no puedo dar con ello.

‑La gran falla a la que me refiero ‑dijo‑, es algo que tienes que recordar en cada segundo de tu existencia. Para mí, es la cuestión de las cuestiones, que te voy a re­petir una y otra vez, hasta que se te salga por las orejas.

Después de un largo minuto, me di por vencido.

‑Somos seres que vamos camino a la muerte ‑di­jo‑. No somos inmortales, pero nos comportamos co­mo si lo fuéramos. Ésta es la falla que nos tumba como in­dividuos y nos va a tumbar como especie algún día.

Don Juan declaró que la ventaja que tienen los cha­manes sobre sus congéneres comunes es que los chama­nes saben que son seres que van camino a la muerte y no se permiten desviarse de ese conocimiento. Enfatizó que un esfuerzo enorme tiene que emplearse para obtener y mantener ese conocimiento como certeza total.

‑Pero, ¿por qué es tan difícil admitir algo que es tan verdadero? ‑pregunté, confundido por la magnitud de nuestra contradicción interna.

‑No es en realidad la culpa del hombre ‑dijo en tono conciliatorio‑. Algún día te contaré más acerca de las fuerzas que llevan al hombre a comportarse como buey.

No había nada más que decir. El silencio que siguió fue siniestro. Ni siquiera quería saber a qué fuerzas se refería don Juan.

‑No es una proeza maravillosa evaluar a tu profe­sor a la distancia ‑siguió don Juan.

»Es un científico inmortal. Nunca va a morirse. Y cuando se trata de las preocupaciones de la muerte, es­toy seguro de que ya se ocupó de todo. Tiene su parcela en el cementerio, y una fuerte póliza de seguros para su familia. Habiendo cumplido con esos dos mandatos, ya no tiene que pensar en la muerte. Sólo piensa en su tra­bajo.

»El profesor Lorca es sensato cuando habla ‑conti­nuó don Juan‑, porque tiene la preparación para usar las palabras acertadamente. Pero no está preparado para tomarse en serio como un hombre que va a morir. Co­mo es inmortal, no sabría hacerlo. No hace ninguna di­ferencia que los científicos construyan máquinas com­plejas. Las máquinas no pueden de ninguna manera ayudarle a nadie a enfrentarse a la cita inevitable: la cita con el infinito.

»El nagual Julián me contaba ‑siguió‑, de los ge­nerales conquistadores de la Roma antigua. Cuando re­gresaban victoriosos, se organizaban desfiles gigantes­cos para rendirles honores. Mostrando los tesoros que habían ganado, y los pueblos derrotados que habían convertido en esclavos, los conquistadores desfilaban llevados en sus carrozas de guerra. Acompañándolos, había siempre un esclavo, cuya faena era susurrarles al oído que toda fama y toda gloria es simplemente transi­toria.

»Si somos victoriosos de alguna manera ‑conti­nuó‑, no tenemos a nadie que nos vaya susurrando que nuestras victorias son fugaces. Los chamanes sin embar­go tienen una ventaja: como seres camino a la muerte, tienen a alguien susurrándoles en el oído que todo es efímero. El susurrador es la muerte, la consejera infali­ble, la única que nunca te va a mentir.

 

AGRADECIENDO

 

‑Los guerreros‑viajeros no dejan cuentas pendien­tes ‑dijo don Juan.

‑¿A qué se refiere usted, don Juan? ‑pregunté.

‑Es hora de que arregles algunas deudas que has contraído durante tu vida ‑dijo‑. No es que vayas a poder pagarlas por completo, no, pero tienes que hacer un gesto. Tienes que hacer un pago de muestra para re­parar, para apaciguar al infinito. Me contaste de tus dos amigas que tanto estimabas, Patricia Turner y Sandra Flanagan. Es hora de que vayas a encontrarlas y que les hagas, a cada una, un regalo en el que gastes todo lo que tengas. Tienes que hacer dos regalos que van a dejarte sin un céntimo. Ése es el gesto.

‑No tengo idea dónde están, don Juan ‑dije, casi con humor de protesta.

‑Ése es tu desafío, encontrarlas. En tu búsqueda, no vas a dejar piedra sobre piedra. Lo que vas a intentar es algo muy sencillo, y a la vez, casi imposible. Quieres cru­zar el umbral de la deuda y en una barrida, ponerte en li­bertad para continuar. Si no puedes cruzar el umbral, no hay motivo para tratar de continuar conmigo.

‑Pero, ¿de dónde le vino la idea de esta faena para mí? ‑pregunté‑. ¿La inventó usted mismo porque lo cree apropiado?

‑Yo no invento nada ‑dijo, como si nada‑. Con­seguí esta tarea del infinito mismo. No es fácil decirte todo esto. Si crees que me estoy divirtiendo de maravilla con tus tribulaciones, estás en un error. El éxito de tu misión me vale más a mí que a ti: Si fracasas, pierdes muy poco. ¿Qué? Tus visitas conmigo. Vaya cosa. Pero yo te perdería a ti, y eso significa para mí o perder la continuidad de mi linaje o la posibilidad de que tú lo cierres con broche de oro.

Don Juan dejó de hablar. Siempre sabía cuándo tenía yo la cabeza acalorada de pensamientos.

‑Te he dicho una y otra vez que los guerreros‑viaje­ros son pragmáticos ‑siguió‑. No están involucrados en sentimentalismo o nostalgia o melancolía. Para los guerreros‑viajeros, sólo existe la lucha, y es una lucha sin fin. Si crees que has venido aquí a encontrar paz, o que éste es un momento de calma en tu vida, estás equivoca­do. Esta faena de pagar tus deudas no está guiada por nin­guna sensación que tú conozcas. Está guiada por el senti­miento más puro, el sentimiento del guerrero‑viajero que está a punto de sumergirse en el infinito, y que justo antes de hacerlo, se vuelve para dar las gracias a aquellos que lo favorecieron.

‑Te tienes que enfrentar a esta tarea con toda la gra­vedad que merece ‑continuó‑. Es tu última parada an­tes de que te trague el infinito. De hecho, si el guerrero-viajero no está en un estado sublime de ser, el infinito no lo toca por nada del mundo. Así es, no te restrinjas, no te ahorres ningún esfuerzo. Empuja, despiadada pero ele­gantemente, hasta el final.

Había conocido a las dos personas a quienes don Juan se refería como las amigas que tanto estimaba, cuando asistía al colegio. Vivía en un apartamento sobre el garaje de la casa que les pertenecía a los padres de Pa­tricia Turner. A cambio de cama y comida, les limpiaba la piscina, las hojas del jardín, sacaba la basura y hacía el desayuno para Patricia y yo. También hacía de «handy­man» y de chófer. Llevaba a la señora Turner a hacer las compras y compraba licor para el señor Turner, licor que tenía que meter en la casa a escondidas y luego en su estudio.

Era un ejecutivo de aseguranzas, un bebedor solita­rio. Le había prometido a su familia que jamás iba a vol­ver a tocar una botella después de algunos altercados se­rios a causa de su excesivo consumo. Me confesó que ya no tomaba tanto, pero que de vez en cuando necesitaba una copa. Su estudio, desde luego, le estaba vedado a to­dos, menos a mí. Mi obligación era entrar allí para hacer la limpieza, pero lo que hacía en realidad era esconder sus botellas dentro de una viga que parecía servir de apoyo a un arco del techo del estudio, pero que estaba hueca. Tenía que meter las botellas a escondidas y sacar las vacías también a escondidas y deshacerme de ellas en el mercado.

Patricia estudiaba teatro y música en el colegio y era una cantante fabulosa. Su meta era llegar a cantar en las comedias musicales de Broadway. Ni vale la pena decir­lo, me enamoré locamente de Patricia Turner. Era muy delgada, buena atleta, de pelo oscuro con facciones an­gulares y finas y me llevaba una cabeza de estatura, mi máximo requisito para que una mujer me alocara.

Parecía yo cumplir con una profunda necesidad en ella, la necesidad de cuidar de alguien, sobre todo cuando se dio cuenta de que su papá me tenía completa con­fianza. Se convirtió en mi mami. No podía ni abrir la boca sin su consentimiento. Me vigilaba como un águi­la. Hasta me escribía mis ensayos para el colegio, leía los libros de texto y me hacía resúmenes de las lecturas. Y me encantaba, no porque quería que me cuidara; no creo que esa necesidad alguna vez haya formado parte de mi cognición. Me deleitaba el hecho que ella lo hicie­ra. Me deleitaba su compañía.

A diario me llevaba al cine. Tenía entradas gratis a todos los teatros de Los Ángeles, pues se las regalaban a su padre algunos de los ejecutivos de la industria cine­matográfica. El señor Turner nunca las utilizaba; sentía que no le correspondía a un hombre tan digno, tan im­portante, utilizar pases gratis. Los dependientes del cine siempre hacían que los poseedores de tales pases firma­ran un recibo. A Patricia le importaba un pepino firmar cosa alguna, pero algunas veces los maliciosos depen­dientes querían que firmara el señor Turner y cuando yo lo hacía, no se satisfacían simplemente con la firma. Exi­gían ver identificación. Uno de ellos, un joven descara­do, hizo un comentario que nos tendió de risa a él y a mí, pero que puso fúrica a Patricia.

‑Creo que usted es el señor Truhán ‑me dijo con una de las sonrisas más maliciosas que se pudiera uno imaginar‑, no el señor Turner.

Yo hubiera podido pasarlo por alto, pero luego nos sometió a la profunda humillación de negarnos la entra­da para Hércules, con Steve Reeves.

Generalmente íbamos a todas partes acompañados por Sandra Flanagan, la amiga íntima de Patricia que vi­vía al lado, con sus padres. Sandra era totalmente lo opuesto de Patricia. Era igual de alta, pero de cara redonda, de mejillas encarnadas y boca sensual; era más sana que un mapoche. No se interesaba para nada en el canto. Lo que le interesaban eran los placeres sensuales del cuerpo. Podía comer y beber lo que fuera y digerir­lo, y (la característica que acabó conmigo) después de dejar limpio su plato hacía lo mismo con el mío, cosa que siendo yo mañoso para comer, nunca había podido hacer en toda mi vida. También era excelente atlética, pero de una manera sana y fuerte. Daba golpes como un hombre y patadas como una mula.

Como acto de cortesía a Patricia, hacía los mismos quehaceres para los padres de Sandra que los que hacía para los padres de ella: limpiar la piscina, barrer las ho­jas, sacar la basura, y quemar los papeles y la basura in­flamable. Era la época cuando la contaminación del aire incrementó en Los Ángeles a causa del uso de los inci­neradores.

Quizás fue por la proximidad, o por la gracia de esas dos jóvenes, que terminé locamente enamorado de las dos.

Fui a pedirle consejos a un joven amigo mío extraor­dinariamente extraño, Nicholas van Hooten. Tenía dos novias y vivía con las dos, aparentemente muy feliz. Em­pezó dándome, me dijo, el consejo más sencillo: cómo comportarse en un cine cuando tienes dos novias. Dijo que cuando iba al cine con las dos, siempre enfocaba su atención sobre la que estaba a su izquierda. Después de un rato, las dos se levantaban y se iban al baño y a su re­greso, cambiaban de asiento. Anna se sentaba donde Betty había estado y nadie de los que los rodeaban se en­teraban. Me aseguró que éste era el primer paso en un lar­go proceso de entrenamiento para que las chicas acep­taran prosaicamente la situación de tres. Nicholas era un poco cursi y usó la gastada expresión francesa: ménage á trois.

Seguí sus consejos y fui a un cine de películas mudas en la avenida Fairfax, con Patricia y Sandy. Senté a Pa­tricia a mi izquierda y le entregué toda mi atención. Fueron al baño y a su regreso les dije que cambiaran de lugar. Empecé a hacer lo que me había aconsejado Ni­cholas van Hooten, pero Patricia no iba a aguantar tal cosa. Se levantó y se salió del teatro, ofendida, humilla­da y furiosa. Quería correr detrás de ella y disculparme, pero Sandra me detuvo.

‑Deja que se vaya ‑dijo con una sonrisa veneno­sa‑. Ya está grande. Tiene dinero para tomar un taxi.

Caí en la trampa y me quedé en el teatro, besuquean­do a Sandra un poco nervioso y lleno de culpabilidad. Estaba besándola apasionadamente cuando alguien me tiró hacia atrás por el cabello. La fila de asientos estaba suelta y se volcó hacia atrás. Patricia la atleta saltó antes de que los asientos donde nos encontrábamos sentados se cayeran sobre la fila de atrás. Oí los gritos aterrados de dos personas que estaban sentadas al final de la fila, junto al pasillo.

El consejo de Nicholas van Hooten no había valido una pizca. Patricia, Sandra y yo regresamos a casa guar­dando absoluto silencio. Emparchamos nuestras dife­rencias en medio de extrañísimas promesas, llantos, todo. El resultado de nuestra relación a tres fue que al final casi nos destruimos. No estábamos preparados para tal maniobra. No sabíamos resolver los problemas de afecto, moralidad, obligación y de costumbres so­ciales. No podía abandonar a una por la otra, y ellas no podían dejarme. Un día, al final de un tremendo alboroto y de pura desesperación, los tres huimos en distintas direcciones, para nunca jamás volvernos a ver. Me sentí devastado. Nada de lo que hacía podía borrar el impacto que habían dejado en mi vida. Me fui de Los Ángeles y me involucré en incontables cosas en un esfuerzo de apaciguar mi anhelo. Sin exagerar en lo mí­nimo, puedo decir con toda sinceridad que caí en la boca del infierno, creyendo que nunca volvería a salir. Si no hubiera sido por la influencia que don Juan tuvo so­bre mi vida y mi persona, nunca hubiera sobrevivido mis demonios personales. Le dije a don Juan que sabía que lo que había hecho estaba mal, que no tenía por qué haber involucrado a dos personas tan maravillosas en tan sórdidos y estúpidos engaños con los que yo mismo no podía lidiar.

‑Lo que había de malo ‑dijo don Juan‑ era que los tres eran unos egomaniáticos perdidos. Tu impor­tancia personal casi te destruyó. Si no tienes importan­cia personal, sólo tienes sentimientos.

»Compláceme ‑siguió‑, y haz el siguiente sencillo y directo ejercicio que puede valerte el mundo: borra de tu memoria de esas dos chicas cualquier declaración que te haces a ti mismo, como «Ella me dijo tal o cual cosa, y gritó, ¡y la otra me gritó a MÍ!» y manténte al nivel de tus sentimientos. Si no hubieras tenido tanta importan­cia personal, ¿qué te hubiera quedado como residuo irreductible?

‑Mi amor incondicional por ellas ‑dije, casi aho­gándome.

‑¿Y es menos hoy de lo que era entonces? ‑pre­guntó don Juan.

‑No, don Juan, no lo es ‑dije con toda sinceridad, y sentí la misma punzada de angustia que me había per­seguido durante años.

‑Esta vez, abrázalas desde tu silencio ‑dijo‑. No seas un pinche culo. Abrázalas totalmente por la última vez. Pero intenta que ésta sea la última vez sobre la Tie­rra. Inténtalo desde tu oscuridad. Si vales lo que pesas ‑siguió‑, cuando les presentes tu regalo, harás un re­sumen de tu vida entera dos veces. Actos de esta natura­leza hacen que los guerreros vuelen, los convierte casi en vapor.

Siguiendo los dictámenes de don Juan, tomé la tarea a pecho. Me di cuenta de que si no salía victorioso, don Juan no era el único que iba a perder. Yo también perde­ría algo, y lo que perdería me era tan importante como lo que don Juan había descrito como importante para él. Perdería mi oportunidad de enfrentarme al infinito y ser consciente de ello.

El recuerdo de Patricia Turner y Sandra Flanagan me puso en un terrible estado de ánimo. El sentimiento de­vastador de pérdida irreparable que me había persegui­do todos esos años estaba tan fresco como siempre. Cuando don Juan exacerbó esos sentimientos, supe de hecho que hay ciertas cosas que se quedan en uno, se­gún él, por toda una vida y, quizás, más allá. Tenía que encontrar a Patricia Turner y a Sandra Flanagan. La últi­ma recomendación de don Juan fue que si las encontra­ba no podía quedarme con ellas. Tendría tiempo sola­mente para expiarme, envolver a cada una con el afecto que le tenía, sin la colérica voz de la recriminación, de la autocompasión o de la egomanía.

Me embarqué en la colosal faena de averiguar qué les había pasado, dónde estaban. Empecé por interrogar a las personas que habían conocido a sus padres. Sus padres se habían ido de Los Ángeles y nadie podía darme una idea de dónde encontrarlos. No había nadie con quién hablar. Pensé en poner un anuncio personal en el pe­riódico. Pero luego, pensé que a lo mejor ya no vivían en California. Finalmente tuve que acudir a un detective. A través de sus contactos con oficinas oficiales de documen­tos y quién sabe qué, las localizó en un par de semanas.

Vivían en Nueva York, a poca distancia una de otra, eran tan amigas como siempre. Fui a Nueva York y me enfrenté primero con Patricia Turner. No había llegado a la categoría de estrella de Broadway, como había soña­do, pero formaba parte de una producción. No quise sa­ber si era como actriz o administradora. La visité en su oficina. No me dijo qué hacía. La sobresaltó verme. Lo que hicimos fue sentarnos muy cerca, tomarnos de las manos y llorar. Tampoco yo le dije qué hacía. Le dije que había venido a verla porque quería darle un regalo que expresara mi agradecimiento, y que me embarcaría en un viaje del cual no pensaba regresar.

‑¿Por qué estas palabras siniestras? ‑me dijo apa­rentemente muy preocupada‑. ¿Qué piensas hacer? ¿Es­tás enfermo? No lo pareces.

‑Fue una frase metafórica ‑le aseguré‑. Regreso a Sudamérica con la intención de hacer allí mi fortuna. La competencia es feroz y las circunstancias duras, eso es todo. Si quiero lograrlo, voy a tener que darle todo lo que tengo.

Pareció sentirse aliviada y me abrazó. Se veía igual, sólo mucho más grande, mucho más poderosa, más madu­ra, muy elegante. Le besé las manos y me sobrevino un afecto abrumador. Don Juan tenía razón. Limpio de recri­minaciones, lo que me quedaba eran sólo sentimientos.

‑Quiero hacerte un regalo, Patricia Turner -dije­-. Pídeme lo que quieras y si tengo los medios, te lo compro.

‑¿Te ganaste la lotería? ‑dijo y se rió‑. Lo maravilloso de ti es que nunca tuviste nada y nunca lo ten­drás. Sandra y yo hablamos de ti casi todos los días. Te imaginamos estacionando coches, viviendo de las muje­res, etc., etc. Lo siento, no nos podemos contener, pero todavía te amamos.

Insistí que me dijera lo que quería. Empezó a llorar y reír a la vez.

‑¿Me vas a comprar un abrigo de visón? ‑me pre­guntó entre sollozos.

Le acaricié el cabello y dije que lo haría.

Se rió y me dio un golpecito de puño como siempre lo hacía. Tenía que regresar al trabajo y nos despedimos después de prometerle que regresaría a verla, pero que si no lo hacía, quería que comprendiera que la fuerza de mi vida me llevaba por aquí y por allá; sin embargo, guardaría su memoria en mí por el resto de mi vida y quizás más allá.

Sí regresé, pero fue solamente para ver, desde la dis­tancia, cómo le entregaban el abrigo de visón. Oí sus gritos de alegría.

Había acabado con esa parte de mi tarea. Me fui, pero no me sentía ligero, vaporoso como había dicho don Juan. Había abierto una llaga de antaño y había co­menzado a sangrar. No llovía del todo afuera; había una bruma que me llegaba hasta la médula.

En seguida fui a ver a Sandra Flanagan. Vivía en las afueras de Nueva York, donde se llega por tren. Toqué a su puerta. Sandra la abrió y me miró como si fuera un fantasma. Se le fue todo el color de la cara. Estaba más hermosa que nunca, quizás porque estaba más llena y parecía del tamaño de una casa.

‑¡Pero tú, tú, tú! ‑balbuceó, no pudiendo articular mi nombre.

Sollozó y pareció estar indignada, reprochándome por un momento. No le di oportunidad de continuar: Mi silencio fue total. Terminó afectándola. Me invitó a entrar y nos sentamos en su sala.

‑¿Qué estás haciendo aquí? ‑dijo, ya más calma­da‑. ¡No puedes quedarte! ¡Soy una mujer casada! ¡Tengo tres hijos! Y soy feliz en mi matrimonio.

Disparando las palabras como si salieran de una ame­tralladora, me dijo que su marido era muy confiable, no de mucha imaginación, pero un hombre bueno; que no era sensual, que ella debía tener mucho cuidado porque se fatigaba fácilmente cuando hacían el amor, que él se enfermaba fácilmente y que a veces por ese motivo falta­ba al trabajo, pero que había logrado darle tres hijos her­mosos, y que después de haber nacido el tercero, su marido, cuyo nombre parecía ser Herbert, había renunciado por completo. Ya no funcionaba, pero a ella no le importaba.

Traté de tranquilizarla, asegurándole repetidas veces que había ido a visitarla por un momento, que no era mi intención alterarle la vida o molestarla de ninguna ma­nera. Le describí lo difícil que había sido dar con ella.

‑He venido a despedirme de ti ‑dije‑ y a decirte que eres el amor de mi vida. Quiero hacerte un regalo, como símbolo de mi agradecimiento y de mi afecto eterno.

Parecía haberla afectado profundamente. Me dio esa sonrisa abierta como antes lo hacía. La separación de los dientes le daba un aire de niña. Le dije que estaba más hermosa que nunca, lo cual para mí era la verdad.

Se rió y dijo que se iba a poner a dieta y que si hubiera sabido que venía a verla, lo hubiera hecho desde hacía tiempo. Pero que empezaría ahora, y que la próxima vez que la viera la encontraría tan esbelta como siempre había sido. Reiteró el horror de nuestra vida juntos y cuánto le había afectado. Hasta había pensado, a pesar de ser ca­tólica devota, en suicidarse, pero en sus hijos había en­contrado el consuelo que necesitaba; lo que habíamos hecho habían sido locuras de la juventud, que nunca pue­den borrarse, pero que pueden barrerse debajo de la al­fombra.

Cuando le pregunté si había algún regalo que pudie­ra hacerle como muestra de mi afecto y agradecimiento, se rió y dijo exactamente lo que había dicho Patricia Turner: que ni tenía en qué orinar, ni nunca lo tendría, porque así me habían hecho. Insistí en que me nombra­ra algo.

‑¿Me puedes comprar una camioneta en donde que­pan todos mis hijos? ‑me dijo, riéndose‑. Quiero un Pontiac o un Oldsmobile con todo los extras.

Lo dijo a sabiendas, porque en su corazón sabía que por nada del mundo podía yo hacerle tal regalo. Pero lo hice.

Manejé el coche del vendedor, siguiéndolo cuando le entregó la camioneta al día siguiente, y desde el coche estacionado donde estaba yo escondido escuché su sor­presa; pero congruente con su ser sensual, su sorpresa no fue una expresión de alegría. Fue una reacción cor­poral, un sollozo de angustia, de confusión. Lloró, pero sabía que no lloraba por el regalo. Expresaba un anhelo que tenía eco dentro de mí. Me caí en pedazos en el asiento del coche.

A mi regreso por tren a Nueva York y en mi vuelo a Los Ángeles, persistía el sentimiento de que se me esta­ba acabando la vida; se me iba como la arena que trata uno de retener en la mano inútilmente, y no me sentía ni cambiado ni liberado por haber dado las gracias y ha­berme despedido. Al contrario, sentía el peso de ese extraño afecto más profundamente que nunca. Quería po­nerme a llorar. Lo que se me vino a la mente una y otra vez fueron los títulos que mi amigo, Rodrigo Cum­mings, había inventado para los libros que nunca fueron escritos. Se especializaba en escribir títulos. Su predilec­to era «Todos moriremos en Hollywood»; otro era «Nunca vamos a cambiar»; y mi favorito, por el cual pa­gué diez dólares, era «De la vida y pecados de Rodrigo Cummings». Todos esos títulos pasaron por mi mente. Yo era Rodrigo Cummings y estaba atorado en el tiempo y el espacio y sí, amaba a dos mujeres más que la vida misma, y eso nunca cambiaría. Y como mis amigos, mo­riría en Hollywood.

Le conté todo esto a don Juan en mi informe de lo que yo consideraba mi seudo‑éxito. Lo descartó desver­gonzadamente. Me dijo que lo que sentía era simple­mente el resultado de darle rienda suelta a mis senti­mientos y mi autocompasión, y que para despedirse y dar las gracias, y que para que valga y se sostenga, los chamanes debían re‑hacerse a sí mismos.

‑Vence tu autocompasión ahora mismo ‑me or­denó‑. Vence la idea de que estás herido, y ¿qué te que­da como residuo irreductible?

Lo que me quedaba como residuo irreductible era el sentimiento de que les había hecho mi máximo regalo a las dos. No con el ánimo de renovar nada, ni de hacerle daño a nadie, incluyendo a mí mismo, pero en el verda­dero espíritu del guerrero‑viajero cuya única virtud, me había dicho don Juan, es mantener viva la memoria de lo que le haya afectado; cuya sola manera de dar las gracias y despedirse era a través de este acto de magia: de guar­dar en su silencio todo lo que ha amado.

 

MÁS ALLÁ DE LA SINTAXIS

 

EL ACOMODADOR

 

Estaba en Sonora, en casa de don Juan, profundamente dormido sobre mi cama, cuando me despertó. Me había quedado despierto casi toda la noche reflexionando sobre algunos conceptos que me había estado explicando.

‑Ya has descansado bastante ‑me dijo con firme­za, casi bruscamente sacudiéndome por los hombros­-. No le des rienda suelta al cansancio. Tu cansancio, más que cansancio, es el deseo de no fastidiarte. Hay algo en ti que se ofende al sentirse fastidiado. Pero es sumamen­te importante que exacerbes esa parte de ti hasta que se desmorone. Vamos a hacer una caminata.

Don Juan tenía razón. Había algo en mí que se ofendía inmensamente al sentirse fastidiado. Quería dormir du­rante días y no pensar más en los conceptos chamánicos de don Juan. Totalmente contra mi voluntad, me levanté y lo seguí. Don Juan había preparado un almuerzo que me tragué como si no hubiera comido durante días y enton­ces salimos de la casa con dirección hacia el este, hacia las montañas. Había andado tan aturdido que no me había fi­jado que era muy de mañana hasta que vi el sol, que daba justo sobre la cordillera al este. Quería decirle a don Juan que había dormido toda la noche sin moverme, pero me calló. Me dijo que íbamos a hacer una expedición a las montañas en busca de unas plantas específicas.

‑¿Qué va a hacer con las plantas que va a juntar, don Juan? ‑le pregunté en cuanto nos dispusimos a ca­minar.

‑No son para mí ‑me dijo con una sonrisa‑. Son para un amigo mío, un botánico y farmacéutico. Hace pociones con ellas.

‑¿Es yaqui, don Juan? ¿Vive aquí en Sonora? ‑le pregunté.

‑No, no es yaqui y no vive aquí en Sonora. Ya lo conocerás uno de estos días.

‑¿Es brujo, don Juan?

‑Sí, es brujo ‑me respondió con tono guasón.

Le pregunté si podía llevar algunas de las plantas a los jardines botánicos de UCLA, para identificarlas,

‑¡Por supuesto, claro! ‑me contestó.

Ya me había dado cuenta de que cuando me decía «por supuesto», me quería decir todo lo contrario. Era evidente que no tenía la menor intención de darme nin­guno de los especímenes para identificarlos. Sentí mu­cha curiosidad acerca de su amigo brujo y le pedí que me contara más, que me lo describiera, que me dijera dónde vivía y cómo lo conoció.

‑¡So, so, so! ‑me dijo don Juan como si fuera ca­ballo‑. ¡Espera, espera! ¿Quién eres, el profesor Lor­ca? ¿Quieres estudiar su sistema cognitivo?

Íbamos penetrando en las áridas calinas cercanas. Don Juan caminaba sin parar durante horas. Pensé que la tarea de ese día iba ser simplemente caminar. Final­mente paró y se sentó al costado de la colina donde daba sombra.

‑Ya es tiempo que empieces uno de los proyectos mayores de la brujería ‑dijo don Juan.

‑¿A qué proyecto de la brujería se refiere usted, don Juan? ‑le pregunté.

‑Se llama la recapitulación ‑me dijo‑. Los antiguos chamanes lo llamaban hacer el recuento de los sucesos de tu vida y para ellos empezó como una técnica sencilla, una estratagema para ayudarles a recordar lo que estaban ha­ciendo y diciendo a sus discípulos. Para sus discípulos, la técnica tuvo el mismo valor; les ayudaba a recordar lo que les habían dicho y hecho sus maestros. Tuvieron que pasar por terribles trastornos sociales, como ser conquistados y vencidos varias veces, antes de que los antiguos chamanes se dieran cuenta de que su técnica tenía mayor alcance.

‑¿Se refiere usted, don Juan, a la conquista españo­la? ‑le pregunté.

‑No ‑me dijo‑. Eso fue sólo el golpe de gracia. Antes hubo trastornos más devastadores. Cuando llega­ron los españoles, los antiguos chamanes ya no existían. Ya para entonces, los discípulos de aquellos que habían sobrevivido otros trastornos, se habían vuelto muy cau­telosos. Sabían cuidarse. Fue ese nuevo grupo de cha­manes el que le dio el nombre nuevo de recapitulación a la técnica de los antiguos chamanes.

»El tiempo tiene un enorme valor ‑continuó-. ­Para los chamanes en general, el tiempo es esencial. El desafío que tengo ante mí, es que dentro de una unidad muy compacta de tiempo tengo que atestarte con todo lo que hay que saber de la brujería como una proposi­ción abstracta, pero para hacer eso tengo que construir en ti el espacio debido.

‑¿Qué espacio? ¿De qué me habla usted, don Juan?

‑La premisa de los chamanes es que para llenar algo, hay que crear un espacio donde ubicarlo ‑me di­jo‑. Si estás repleto de todos los detalles de la vida coti­diana, no hay espacio para nada nuevo. Ese espacio hay que construirlo. ¿Comprendes? Los antiguos chamanes creían que la recapitulación de tu vida creaba ese espa­cio. Lo crea y mucho más, por supuesto.

»Los chamanes llevan a cabo la recapitulación de una manera muy formal ‑continuó‑. Consiste en escribir una lista de todas las personas que han conocido, desde el presente hasta el mismo principio de la vida. Una vez que hicieron esa lista, toman a la primera persona que aparece y recuerdan todo lo que pueden acerca de esa persona. Y quiero decir todo; cada detalle. Es mejor re­capitular desde el presente hacia el pasado porque los recuerdos del presente están vivos, y de esa manera, la habilidad para recordar se afila. Lo que hacen los practi­cantes es recordar y respirar. Inhalan lenta y delibera­damente, abanicando la cabeza de derecha a izquierda, en un vaivén casi imperceptible, y exhalan de la misma manera.

Dijo que las inhalaciones y las exhalaciones deben ser naturales; si son demasiado rápidas, uno podría en­trar en algo que se llama respiraciones fatigantes: respi­raciones que requerirían respiraciones más lentas des­pués, para calmar los músculos.

‑¿Y qué quiere que haga con todo esto, don Juan? ‑le pregunté.

‑Empiezas a hacer tu lista ahora mismo ‑dijo‑. Divídela por años, por trabajos, arréglala en el orden que quieras, pero hazla secuencial, con la persona más recien­te al principio, y termina con Mami y Papi. Y luego, re­cuerda todo acerca de ellos. Sin más ni más. Al practicar, te vas a dar cuenta de lo que estás haciendo.

Durante mi siguiente visita a su casa, le dije a don Juan que había estado repasando todos los sucesos de mi vida meticulosamente, y que era muy difícil adherir­me a su formato estricto y seguir mi lista de personas una por una. Generalmente, mi recapitulación me llevaba por uno y otro camino. Dejaba que los sucesos decidie­ran la vertiente de mi recuerdo. Lo que hacía, que era volitivo, era adherirme a una unidad general del tiempo. Por ejemplo, había empezado con la gente del departa­mento de antropología, pero dejaba que mis recuerdos me llevaran a cualquier momento, empezando con el presente y retrocediendo en el tiempo hasta el día en que empecé a asistir a UCLA.

Le dije a don Juan que había descubierto algo muy cu­rioso que había olvidado por completo, y era que no tenía yo idea alguna de que existía UCLA, hasta que una noche vino a Los Ángeles la que había sido compañera de cuarto de mi novia en la universidad y fuimos al aeropuerto por ella. Iba a estudiar musicología en UCLA. Su avión llegó ya entrada la tarde y me pidió que la llevara a la ciudad universitaria para poder echarle un vistazo al lugar donde iba pasar los próximos cuatro años de su vida. Yo sabía dónde estaba porque había pasado delante de la entrada en el Boulevard de Sunset interminables veces camino de la playa. Sin embargo, nunca había entrado.

Estaban entre semestres. La poca gente que encon­tramos nos dirigió al departamento de música. El campo universitario estaba vacío, pero lo que atestigüé subjeti­vamente fue la cosa más exquisita que jamás he visto. Fue un deleite para mis ojos. Los edificios parecían estar vivos de su propia energía. Lo que iba ser una visita su­perficial al departamento de música, se convirtió en un recorrido gigantesco por toda la universidad. Me enamoré de UCLA. Le comenté a don Juan que la única cosa que me aguó la fiesta fue el enojo de mi novia cuan­do insistí que camináramos alrededor de toda la ciudad universitaria.

‑¿Qué demonios puede haber aquí? ‑me gritó en tono de protesta‑. Es como si nunca hubieras visto una ciudad universitaria en tu vida. Si has visto una, las has visto todas. ¡Lo que pasa es que estás tratando de impre­sionar a mi amiga con tu sensibilidad!

Pero no era el caso, y con vehemencia les dije que es­taba genuinamente impresionado por la belleza que me rodeaba. Sentía tanta esperanza en esos edificios, tanta promesa, y sin embargo no podía expresar mi estado subjetivo.

‑¡He asistido a la escuela casi toda mi vida! ‑dijo mi novia entre dientes‑. ¡Y estoy harta y cansada! ¡Nadie va a encontrar ni mierda aquí! No son más que cuentos y ni siquiera te preparan para enfrentarte a las responsabi­lidades de la vida.

Cuando dije que quería estudiar allí, se puso aún más fúrica.

‑¡Ponte a trabajar! ‑me gritó‑. ¡Ve y enfréntate a la vida de ocho a cinco y déjate de mierdas! ¡Eso es lo que es la vida: trabajar de ocho a cinco, cuarenta horas por semana! ¡Mira el resultado! Mírame a mí: estoy su­per‑educada y no estoy preparada para un empleo.

Lo único que yo sabía es que nunca había visto un lugar tan bello. Hice la promesa que iría a estudiar a UCLA, no importaba cómo, pasara lo que pasara, con­tra viento y marea. Mi deseo tenía todo que ver conmi­go y a la vez, no estaba impulsado por una necesidad de gratificación inmediata. Era más bien una cuestión en el reino del asombro.

Le dije a don Juan que el enojo de mi novia me había sacudido tanto que empecé a verla de manera distinta, y que según mi recuerdo, fue la primera vez que un co­mentario había suscitado en mí tan fuerte reacción. Vi facetas de carácter en mi novia que no había visto ante­riormente, facetas que me llenaron de un miedo espan­toso.

‑Creo que la juzgué muy mal ‑le dije a don Juan‑. Después de nuestra visita a la universidad, nos fuimos distanciando. Era como si UCLA nos hubiera dividido. Yo sé que es absurdo pensar así.

‑No es absurdo ‑dijo don Juan‑. Es una reacción totalmente válida. Mientras caminabas por la universi­dad, estoy seguro de que tuviste un encuentro con el intento. Hiciste el intento de estar allí, y tenías que soltar­te de cualquier cosa que se te opusiera.

»Pero no exageres ‑prosiguió‑. El toque del gue­rrero‑viajero es muy ligero, aunque muy cultivado. La mano del guerrero‑viajero empieza como una mano de hierro, pesada y apretada, pero se convierte en la mano de un duende, una mano de telaraña. Los guerreros‑via­jeros no dejan señas ni huellas. Ése es el desafío del gue­rrero‑viajero.

Los comentarios de don Juan me hicieron caer en un profundo estado taciturno de recriminaciones contra mí mismo. Sabía, a través de lo poco que había recordado, que yo era de mano pesada en extremo, obsesivo y do­minante. Le comenté mis reflexiones a don Juan.

‑El poder de la recapitulación ‑dijo don Juan‑ es que revuelve todo el desperdicio de nuestras vidas y lo hace salir a la superficie.

Entonces don Juan delineó las complejidades de la conciencia y de la percepción, que eran la base de la recapitulación. Empezó por decir que iba a presentar un arreglo de conceptos que bajo ninguna condición debía tomar como teorías chamánicas, porque era un arreglo formulado por los chamanes del México antiguo como resultado de ver energía directamente como fluye en el universo. Me advirtió que me iba a presentar las unida­des de este arreglo sin ninguna tentativa de clasificarlas o de colocarlas según una norma predeterminada.

‑No estoy interesado en clasificaciones ‑prosi­guió‑. Has estado clasificando todo a lo largo de tu vida. Ahora, por fuerza, vas a alejarte de las clasificaciones. El otro día, cuando te pregunté si sabías algo acerca de las nubes, me diste los nombres de todas las nubes y el por­centaje de humedad que se debe esperar de cada una de ellas. Eras un verdadero meteorólogo. Pero cuando te pregunté si sabías qué podías hacer personalmente con las nubes, no tenías idea de lo que estaba hablando.

»Las clasificaciones tienen su mundo propio ‑con­tinuó‑. Después de que empiezas a clasificar cualquier cosa, la clasificación adquiere vida propia y te domina. Pero como las clasificaciones nunca empezaron como asuntos que dan energía, siempre se quedan como tron­cos muertos. No son árboles; son sencillamente troncos.

Me explicó que los chamanes del México antiguo vieron que el universo en general está compuesto de campos de energía bajo la forma de filamentos luminosos. Vieron billones por donde fuera que vieran. Tam­bién vieron que estos campos de energía se configuran en corrientes de fibras luminosas, torrentes que son fuerzas constantes, perennes en el universo; y la co­rriente o torrente de filamentos que se relaciona con la recapitulación, fue nombrada por aquellos chamanes el oscuro mar de la conciencia, y también el Águila.

Declaró que los chamanes también descubrieron que cada criatura del universo está atada al oscuro mar de la conciencia por un punto redondo de luminosidad que era aparente cuando esas criaturas eran percibidas como energía. Don Juan dijo que sobre ese punto de lumino­sidad, que los chamanes del México antiguo llamaron el punto de encaje, la percepción se encaja a través de un aspecto misterioso del oscuro mar de la conciencia.

Sostuvo que bajo la forma de filamentos luminosos, billones de campos energéticos del universo en general convergen y atraviesan el punto de encaje de los seres humanos. Estos campos energéticos se convierten en data sensorial, y esta data sensorial se interpreta y es percibida como el mundo que conocemos. Don Juan si­guió explicando que lo que convierte las fibras lumino­sas en data sensorial es el oscuro mar de la conciencia. Los chamanes ven esta transformación y la llaman el resplandor de la conciencia, un brillo que se extiende como nimbo alrededor del punto de encaje. Me advirtió que iba a hacer una declaración que, según los chama­nes, era central para comprender el alcance de la recapi­tulación.

Dando enorme énfasis a sus palabras, dijo que lo que en los organismos llamamos sentidos no son más que grados de conciencia. Mantuvo que si aceptamos que los sentidos son el oscuro mar de la conciencia, tenemos que admitir que la interpretación que los sentidos hacen de la data sensorial es también el oscuro mar de la concien­cia. Me explicó con gran detalle, que el enfrentar el mundo que nos rodea bajo las condiciones que lo hace­mos es el resultado del sistema de interpretación de la humanidad, con el cual todo ser humano está provisto. También dijo que todo organismo que existe debe tener un sistema de interpretación que le permita funcionar en su medio.

‑Los chamanes que vinieron después de las agita­ciones apocalípticas que te contaba ‑continuó‑, vie­ron que al momento de la muerte el oscuro mar de la conciencia tragaba, por decirlo así, la conciencia de las criaturas vivas a través del punto de encaje. También vie­ron que el oscuro mar de la conciencia tenía un momento de, digamos, vacilación al enfrentarse con chamanes que habían hecho un recuento de sus vidas. Sin saberlo, al­gunos habían hecho ese recuento tan minuciosamente, que el oscuro mar de la conciencia tomaba la conciencia de sus experiencias de vida; pero no tocaba su fuerza vi­tal. Los chamanes habían descubierto una verdad gigan­tesca acerca de las fuerzas del universo: El oscuro mar de la conciencia sólo quiere nuestras experiencias de vida, no nuestra fuerza vital.

Las premisas de la declaración de don Juan me eran incomprensibles. O quizá sería más acertado decir que reconocía vagamente y a la vez profundamente, cuán fun­cionales eran las premisas de su explicación.

‑Los chamanes creen ‑prosiguió don Juan‑ que al recapitular nuestras vidas toda la basura, como te dije, sale a superficie. Nos damos cuenta de nuestras contradicciones, nuestras repeticiones, pero algo en no­sotros se resiste tremendamente a la recapitulación. Los chamanes dicen que el camino queda libre sólo después de una agitación gigantesca, después de que aparece en la pantalla el recuerdo de un suceso que nos sacude has­ta los cimientos con una claridad de detalles terrorífi­ca. Es el suceso que nos arrastra hasta el momento real en que lo vivimos. Los chamanes llaman a ese suceso el acomodador, porque desde ese momento cada suceso que tocamos, no sólo se recuerda sino que se vuelve a vivir.

‑Caminar precipita los recuerdos ‑dijo don Juan‑. Los chamanes del México antiguo creían que todo lo que vivimos queda guardado como sensación en la parte tra­sera de las piernas. Consideraban la parte trasera de las piernas como el almacén de la historia personal del hom­bre. Así es que vamos a hacer una caminata en las colinas.

Caminamos casi hasta que oscureció.

‑Creo ‑dijo don Juan cuando ya estábamos en la casa‑ que te he hecho caminar lo suficiente para prepa­rarte para esa maniobra de chamanes de encontrar un acomodador, un suceso en tu vida que recordarás con tanta claridad que va a servir de faro para iluminar todo lo demás en tu recapitulación con igual o similar clari­dad. Haz lo que los chamanes llaman recapitular las pie­zas de un rompecabezas. Algo que te va a conducir a re­cordar el suceso que te servirá de acomodador.

Me dejó solo, dándome una última advertencia.

‑Dale lo mejor que tienes -dijo‑ Dale lo máximo.

Me quedé profundamente callado por un momento, quizá debido al silencio que me rodeaba. Entonces ex­perimenté una vibración, un especie de sacudida en el pecho. Tuve dificultad para respirar, y de pronto algo se me abrió en el pecho que me permitió respirar profun­damente, y una vista total de un suceso olvidado de mi niñez estalló en mi memoria, como si hubiera estado cautivo y de pronto quedara libre.

Estaba en el estudio de mi abuelo donde él tenía una mesa de billar, y estaba jugando al billar con él. Apenas iba a cumplir nueve años. Mi abuelo era un jugador hábil que me había enseñado compulsivamente todas las jugadas que sabía, para que yo pudiera dominar el juego y le hiciera partidas en serio. Pasábamos interminables horas jugando al billar. Me volví tan bueno que un día le gané. Desde ese día, no me pudo ganar más. Muchísimas veces le daba el juego deliberadamente para complacer­lo, pero él lo sabía y se ponía furioso conmigo. Una vez se disgustó tanto que me dio en la cabeza con el taco.

Para su desconcierto y deleite, a los nueve años yo ha­cía carambola tras carambola sin parar. Una vez, en un juego, se frustró tanto y se puso tan impaciente conmigo que tiró el taco y me dijo que jugara yo solo. Mi naturale­za compulsiva facilitó que compitiera conmigo mismo y que hiciera la misma jugada repetidas veces hasta perfec­cionarla.

Un día, un hombre célebre en el pueblo por sus con­tactos con el mundo del juego y dueño de un casa de bi­llares, vino a visitar a mi abuelo. Mientras conversaban y jugaban al billar, entré por casualidad en el cuarto. Al instante traté de escapar, pero mi abuelo me agarró y me hizo entrar.

‑Éste es mi nieto ‑le dijo al hombre.

‑Encantado de conocerte ‑dijo el hombre. Me mi­ró con dureza y luego me extendió la mano, que era del tamaño de la cabeza de una persona normal.

Yo estaba horrorizado. Su carcajada descomunal me anunció que era consciente de mi incomodidad. Me di­jo que se llamaba Falelo Quiroga y yo mascullé mi nombre.

Era muy alto y estaba muy bien vestido. Llevaba un traje azul de rayas de doble solapa con un pantalón tubo. Debía haber tenido unos cincuenta años en aquel entonces, y estaba en buen estado, mostrando sólo una ligera panza. No estaba gordo; parecía cultivar la apa­riencia de un hombre bien nutrido que no carece de nada. La mayoría de la gente de mi pueblo era flaca. Era gente que trabajaba mucho para ganarse la vida y no te­nía tiempo para lujos. Falelo Quiroga daba la impresión opuesta. Su porte era el de un hombre que sólo tenía tiempo para lujos.

Tenía un aspecto agradable. Una cara afable, bien afeitada, de ojos azules y de mirada simpática. Poseía el aire y la confianza de un médico. La gente de mi pueblo decía que tenía la capacidad de tranquilizar a cualquiera, y que debería haber sido cura, abogado o médico en vez de jugador. También decían que ganaba más dinero en el juego que todos los médicos y abogados del pueblo pues­tos juntos.

Tenía pelo negro, cuidadosamente peinado. Era ob­vio que ya se estaba poniendo calvo. Trataba de escon­derlo peinándose el pelo sobre la frente. Tenía una man­díbula cuadrada y una sonrisa totalmente ganadora. Sus dientes eran grandes, blancos y bien cuidados, algo to­talmente novedoso en un lugar donde las caries abunda­ban. Dos rasgos más de Falelo Quiroga que me eran no­tables eran sus enormes pies y sus zapatos negros de charol, hechos a mano. Me fascinaba que al caminar de un lado al otro del cuarto, no le crujieran los zapatos. Estaba acostumbrado a oír acercarse a mi abuelo por el crujido de la suelas de sus zapatos.

‑Mi nieto juega muy bien al billar ‑le dijo mi abuelo tranquilamente a Falelo Quiroga‑. ¿Por qué no le doy mi taco para dejarlo jugar contigo mientras yo miro?

‑¿Este niño juega al billar? ‑le preguntó el enorme hombre a mi abuelo, riéndose.

‑Desde luego ‑le aseguró mi abuelo‑. Claro que no tan bien como tú, Falelo. ¿Por qué no lo pones a prue­ba? Y para hacerlo más interesante para ti, para que no estés tratando a mi nieto condescendientemente, vamos a apostar un poco de dinero. ¿Qué dices si apostamos tanto como esto?

Puso un manojo grueso de billetes arrugados sobre la mesa y le sonrió, moviendo la cabeza de un lado al otro como desafiando al grandote a tomar la apuesta.

‑Oh, oh, tanto, ¿eh? ‑dijo Falelo Quiroga mirán­dome con un aire de interrogación. Abrió la cartera y sacó unos billetes bien doblados. Esto, para mí, era otro detalle sorprendente. Mi abuelo tenía la costumbre de llevar los billetes arrugados en todos los bolsillos. Cuan­do necesitaba pagar algo, siempre tenía que estirar los bi­lletes para contarlos.

Falelo Quiroga no dijo nada, pero yo sabía que se sintió un bandido. Le sonrió a mi abuelo, y obviamente por no faltarle el respeto, puso su dinero sobre la mesa. Mi abuelo, haciendo de árbitro, fijó el juego en un cierto número de carambolas y tiró una moneda para ver quién iba a empezar. Ganó Falelo Quiroga.

‑Dale todo lo que tienes, no te contengas ‑le insis­tió mi abuelo‑. ¡No tengas ninguna pena en acabar con este imbécil y ganarte mi dinero!

Falelo Quiroga, siguiendo los consejos de mi abuelo, jugó tan bien como pudo, pero en una instancia, perdió una carambola por un pelo. Tomé el taco. Sentí que me iba a desmayar, pero viendo el júbilo de mi abuelo (daba saltos de un lado a otro) me tranquilicé; y además, me irritaba ver a Falelo Quiroga casi desplomándose de risa al ver cómo yo tomaba el taco. A causa de mi estatura, no podía inclinarme sobre la mesa, como se juega al billar normalmente. Pero mi abuelo, con una paciencia y determinación esmerada, me había enseñado una mane­ra alternativa para jugar. Extendiendo mi brazo total­mente hacia atrás, tomaba el taco levantándolo casi más allá de los hombros, hacia el costado.

‑¿Qué hace cuando tiene que alcanzar la mitad de la mesa? ‑preguntó Falelo Quiroga muerto de risa.

‑Se cuelga de la orilla de la mesa ‑dijo mi abuelo como si nada‑. Sabes que está permitido.

Mi abuelo se me acercó y me susurró entre dientes que si me hacía el correcto y perdía me iba a romper to­dos los tacos sobre la cabeza. Yo sabía que no hablaba en serio; era su manera de demostrar la confianza que me tenía.

Gané fácilmente. Mi abuelo estaba rebosante de ale­gría pero, cosa rara, también lo estaba Falelo Quiroga. Soltaba carcajadas dando vueltas alrededor de la mesa de billar, y dando de palmaditas en las orillas. Mi abuelo me puso por los cielos. Le reveló a Falelo Quiroga mi mejor marca y, en tono burlón, dijo que sobresalía por­que había encontrado la manera de hacerme practicar: café con pasteles daneses.

‑¡No me digas, no me digas! ‑repetía Falelo Qui­roga. Se despidió; mi abuelo recogió las ganancias y el asunto se olvidó.

Mi abuelo me prometió llevarme a un restaurante y agasajarme con la mejor comida del pueblo, pero jamás lo hizo. Era muy tacaño; todo el mundo sabía que sólo gastaba dinero en mujeres.

Dos días después, dos hombres enormes, socios de Falelo Quiroga, se me acercaron a la hora en que salía del colegio.

‑Falelo Quiroga quiere verte ‑me dijo uno en voz hosca‑. Quiere que vayas a su casa para tomar café y pasteles daneses con él.

Si no hubiera dicho lo del café y los pasteles daneses, lo más probable es que me hubiera escapado. Me acordé en aquel momento que mi abuelo le había dicho a Falelo Qui­roga que yo daría mi alma por café y pasteles daneses. Con gusto los acompañé. Sin embargo, no podía caminar a la par de ellos, así es que uno de los dos, el que se llamaba Guillermo Falcón, me levantó y me acurrucó en sus enar­enes brazos. Soltó una risa entre sus dientes chuecos.

‑Más vale que te guste el paseo, joven ‑me dijo. Su aliento apestaba horrendamente‑. ¿Te han llevado así alguna vez? ¡Viendo como te meneas, diría que nunca! ‑Se echaba grotescas carcajadas.

Afortunadamente, la casa de Falelo Quiroga no que­daba muy lejos de la escuela. El señor Falcón me deposi­tó sobre un sofá en una oficina. Allí estaba Falelo Quiro­ga, sentado detrás de un enorme escritorio. Se levantó y me dio la mano. En seguida, mandó pedir que me trajeran café y pasteles daneses y los dos nos sentamos a charlar amablemente de la granja de pollos que tenía mi abuelo. Me preguntó si gustaba más pasteles y le dije que no esta­ría mal. Se rió y él mismo trajo una bandeja de pasteles in­creíblemente deliciosos del cuarto contiguo.

Después de tragar yo a más no poder, me preguntó muy cortésmente si pensaría en la posibilidad de venir a su casa de billar a las altas horas de la noche a jugar unos cuantos partidos amistosos con alguna gente que él se­leccionaría. Sin hacer mucho alarde, dijo que se trataba de bastante dinero. Manifestó abiertamente la confianza que me guardaba, y añadió que iba a pagarme, por mi tiempo y mi esfuerzo, un porcentaje de las ganancias. También indicó que sabía cómo era mi familia; iban a tomarlo a mal si me daba dinero, aunque fuera como pago. Así es que prometía abrir una cuenta especial a mi nombre, o para mayor facilidad, se encargaría de cual­quier compra que hiciera en las tiendas del pueblo, o de la comida que pidiera en cualquier restaurante.

No le creí ni un pelo de lo que me decía. Sabía que Falelo Quiroga era un estafador. Pero la idea de jugar al billar con desconocidos me gustaba y entonces hice un trato con él.

‑¿Me va a dar café y pasteles daneses como los de hoy? ‑le dije.

‑¡Claro que sí, niño! ‑me respondió‑. Si vienes a jugar para mí, hasta te compro la pastelería. Voy a pedir­le al pastelero que los haga exclusivamente para ti. Te doy mi palabra.

Le advertí a Falelo Quiroga que el único inconve­niente era mi incapacidad de salirme de la casa; tenía de­masiadas tías que me vigilaban como halcones y además, mi alcoba estaba en el primer piso.

‑Eso no es problema ‑me aseguró Falelo Quiro­ga‑. Eres bastante pequeño. El señor Falcón te va a aga­rrar si tú saltas por la ventana a sus brazos. ¡Es tan grande como una casa! Te recomiendo que te acuestes temprano esta noche. El señor Falcón va a despertarte con un silbi­do y tirando piedritas a tu ventana. ¡Pero tienes que estar alerta! Él es muy impaciente.

Me fui a casa sacudido por una gran excitación. No podía dormir. Me encontraba bien despierto cuando oí que el señor Falcón silbaba y tiraba piedritas contra los vidrios de la ventana. La abrí. El señor Falcón estaba jus­tamente debajo de mí, en la calle.

-Salta a mis brazos, chico ‑me dijo con voz conte­nida que trataba de modular en un fuerte susurro‑. Si no apuntas hacia mis brazos, te voy a dejar caer y te vas a matar. Acuérdate; no me hagas correr en círculos. Apunta a mis brazos. ¡Salta! ¡Salta!

Salté y me agarró con la facilidad de alguien que aga­rra un saco de algodón. Me puso en el suelo y me dijo que echara a correr. Dijo que era un niño que acababa de despertar de un sueño profundo y que tenía que hacer­me correr para que estuviera totalmente despierto al lle­gar a la casa de billar.

Jugué esa noche contra dos hombres y gané las dos partidas. Me dieron el café y los pasteles más deliciosos que se pudiera uno imaginar. Estaba en el cielo. Eran co­mo las siete de la mañana cuando llegué a casa. Nadie me había extrañado. Era hora de irme al colegio. Todo fun­cionaba normalmente, sólo que estaba tan cansado que los ojos se me cerraban solos durante todo el día.

Desde ese día, Falelo Quiroga mandaba al señor Fal­cón por mí dos o tres veces por semana, y gané cada par­tida que me hacía jugar. Y fiel a su promesa, él me pagaba todo lo que compraba, incluso las comidas en el restau­rante chino que más me gustaba y donde iba a diario. A veces hasta invitaba a mis amigos, y los mortificaba, por­que salía corriendo y gritando del restaurant cuando el mesero me traía la cuenta. Se asombraban de que nunca los llevaba la policía por comer y no pagar la cuenta.

Una prueba dura para mí fue que nunca había conce­bido el hecho de que tendría que contender con las es­peranzas y las expectativas de toda la gente que apostaba a mi favor. La prueba de pruebas, sin embargo, se llevó a cabo cuando un jugador de primera de una ciudad veci­na desafió a Falelo Quiroga apostando una gran canti­dad. La noche de la partida era de malos auspicios. Mi abuelo se enfermó y no podía dormir. La familia entera estaba alborotada. Parecía que nadie iba a acostarse. Dudaba poder escaparme de mi alcoba, pero los silbidos y las piedritas del señor Falcón eran tan insistentes que corrí el riesgo y salté de la ventana a sus brazos.

Parecía que todos los hombres del pueblo se habían reunido en la casa de billar. Caras angustiadas me roga­ban que no perdiera. Algunos de los hombres me asegu­raron abiertamente que habían apostado sus casas y to­das sus pertenencias. Uno, medio bromeando, me dijo que había apostado a su mujer; si esa noche no ganaba, resultaría cornudo o asesino. No me dijo específicamen­te si iba a matar a su mujer para no ser cornudo, o iba a matarme a mí por perder la partida.

Falelo Quiroga iba de un lado a otro. Había manda­do traer a un masajista para darme masaje. Quería que estuviera relajado. El masajista me puso toallas calientes en los brazos y en las muñecas y toallas frías sobre mi frente. Me puso los zapatos más cómodos y suavecitos que jamás había usado. Tenían tacones duros, tipo mili­tar y soportes para el arco del pie. Falelo Quiroga me vistió con una boina para que no se me cayera el pelo a la cara y también me puso unos overoles con cinturón.

La mitad de los que rodeaban la mesa de billar eran gente de otro pueblo. Me echaban miradas feroces. Sen­tía que me querían muerto.

Falelo Quiroga tiró una moneda para decidir quién iba primero. Mi adversario era brasileño de descenden­cia china, joven, de cara redonda, muy elegantón y lleno de confianza. Dio principio a la partida e hizo un núme­ro inconcebible de carambolas. Podía ver por el mal as­pecto de la cara de Falelo Quiroga, que estaba a punto de sufrir un ataque cardíaco, al igual que los otros que habían apostado todo por mí.

Jugué muy bien esa noche y al aproximar el número de carambolas que había hecho el otro, la agitación de los que me apoyaban llegó a su apogeo. Falelo Quiroga era el más histérico. Le gritaba a todo el mundo, dando órdenes que abrieran las ventanas porque el humo de los cigarros no me dejaba respirar. Quería que el masa­jista me relajara los brazos y los hombros. Finalmente, les dije a todos que se callaran y, con gran prisa, hice las ocho carambolas que me faltaban para ganar. La euforia de los que habían apostado a mi favor era indescriptible. Yo era inconsciente de todo, pues ya era de mañana y te­nían que llevarme a casa cuanto antes.

Mi cansancio aquel día no tenía límites. Muy aten­tamente, Falelo Quiroga no me mandó llamar durante toda una semana. Sin embargo, una tarde, el señor Fal­cón me recogió del colegio y me llevó a la casa de billar. Falelo Quiroga me recibió con gran seriedad. Ni siquie­ra me ofreció café o pasteles daneses. Ordenó que nos dejaran solos y fue directamente al grano. Acercó su si­lla junto a mí.

‑He depositado mucho dinero en el banco a tu nom­bre ‑me dijo con solemnidad‑. Soy fiel a mi promesa. Te doy mi palabra: siempre te cuidaré. ¡Tú lo sabes! Aho­ra, si haces lo que yo te digo, vas a hacer tanto dinero que no vas a trabajar un solo día de tu vida. Quiero que pier­das tu próxima partida por una carambola. Sé que lo pue­des hacer. Pero quiero que pierdas por sólo un pelo. Cuanto más dramático, mejor.

Estaba estupefacto. Todo esto me era incomprensi­ble. Falelo Quiroga repitió su solicitud y me explicó, además, que iba a apostar de manera anónima todo lo que tenía contra mí, y que éste era el tino de nuestro nuevo trato.

‑El señor Falcón te ha estado vigilando durante me­ses ‑me dijo‑. Lo único que debo decirte es que el señor Falcón usa toda su fuerza para protegerte, pero po­dría hacer lo contrario con la misma fuerza.

La amenaza de Falelo Quiroga no pudo haber sido más evidente. Debió haber visto en mi cara el horror que sentí, porque se tranquilizó y se puso a reír.

‑Oh, pero no te preocupes por esas cosas ‑me dijo tratando de tranquilizarme‑, porque nosotros somos hermanos.

Era la primera vez en mi vida que me encontraba en una situación insostenible. Quería escapar de Falelo Quiroga, del miedo que me había evocado. Pero a la vez y con la misma fuerza, quería quedarme; quería la facili­dad de comprar todo lo que quería en cualquier tienda, y sobre todo, la facilidad de poder comer en cualquier restaurante de mi gusto, sin pagar. Pero nunca tuve que tomar una decisión.

Inesperadamente (al menos para mí), mi abuelo se mudó a otro lugar muy lejos. Pareciera como si él sabía lo que pasaba, y entonces me mandaba allí antes que a los demás. Yo dudaba que él supiera lo que verdadera­mente pasaba. Al parecer, el alejarme fue uno de sus usuales actos intuitivos.

 

El regreso de don Juan me sacó de mis recuerdos. Había perdido la noción del tiempo. Tendría que haber estado muerto de hambre, pero no. Estaba lleno de una energía nerviosa. Don Juan encendió una lámpara de petróleo y la colgó de un clavo sobre la pared. La tenue luz creaba extrañas sombras danzantes en el cuarto. Tu­ve que esperar a que mis ojos se ajustaran a la penumbra.

Entré en un estado de profunda tristeza. Era un sen­timiento extraño, indiferente, un anhelo que se extendía y que venía de esa penumbra, o quizá de la sensación de sentirme atrapado. Estaba tan cansado que quería irme, pero a la vez y con la misma fuerza, quería que­darme.

La voz de don Juan me trajo cierta mesura. Parece que él sabía la causa y la profundidad de mi confusión, y adaptó su voz a la ocasión. La seriedad de su tono me ayudó a recobrar el dominio sobre algo que fácilmente podría haberse convertido en una reacción histérica a la fatiga y al estímulo mental.

‑El recontar sucesos es mágico para los chamanes ‑dijo‑. No se trata simplemente de contar un cuento. Es ver la tela sobre la que se basan los sucesos. Es por eso que el recuento es tan vasto y tan importante.

Al pedírmelo, le conté a don Juan el suceso que ha­bía recordado.

‑Qué apropiado ‑dijo con una risita de deleite­-. Lo único que puedo comentar es que los guerreros‑via­jeros se tienen que dejar llevar. Van a donde los lleva el impulso. El poder de los guerreros‑viajeros es estar aler­ta para conseguir el máximo efecto con el mínimo im­pulso. Y sobre todo, su poder está en no interferir. Los sucesos tienen una fuerza, una gravedad propia, y los viajeros son simplemente viajeros. Todo lo que los ro­dea es sólo para sus ojos. De esta manera, los viajeros construyen el significado de cada situación, sin pregun­tar nunca cómo fue que pasó así o asá.

»Hoy recordaste un suceso que resume tu vida entera ‑continuó‑. Te enfrentas siempre con una situación que es la misma que nunca resolviste. Nunca tuviste que decidir si aceptabas o rechazabas el trato embustero de Falelo Quiroga. El infinito siempre nos pone en la terri­ble posición de tener que escoger ‑siguió‑. Queremos el infinito, pero a la vez queremos huir de él. Tú quieres decirme que me vaya al carajo, pero a la vez te sientes obligado a quedarte. Sería infinitamente más fácil para ti si simplemente estuvieses obligado a quedarte.

 

LA INTERACCIÓN DE ENERGÍA EN EL HORIZONTE

 

La claridad del acomodador trajo un nuevo ímpetu a mi recapitulación. Un nuevo humor reemplazó el ante­rior. Desde ese momento, empecé a recordar sucesos de mi vida con una claridad enloquecedora. Era exactamen­te como si una barrera hubiera sido construida dentro de mí, que me mantenía rígidamente atado a recuerdos ma­gros y borrosos, y el acomodador la había derribado. Mi facultad para recordar, antes de ese suceso, había sido una vaga manera de referirme a cosas que habían pasado, pero que casi siempre quería olvidar. Básicamente, no tenía interés alguno en recordar nada de mi vida. En ver­dad, no veía ningún valor en este ejercicio inútil de la re­capitulación que don Juan casi me había impuesto. Para mí, era una tarea que instantáneamente me cansaba, y lo único que ganaba era darme cuenta de mi incapacidad para concentrarme.

No obstante, yo había escrito obedientemente la listas de personas y me había involucrado en un esfuerzo for­tuito de cuasi‑recordar mis interacciones con ellas. Mi falta de claridad en poder enfocarme en esas personas no me disuadió. Cumplí lo que consideraba mi deber, a pesar de mis verdaderos sentimientos. Con la práctica, la claridad de mis recuerdos mejoró muchísimo a mi pa­recer. Podía, por así decirlo, descender sobre ciertos su­cesos claves con cierta agudeza a la vez pavorosa y gra­tificante. Sin embargo, después de que don Juan me presentó con la idea del acomodador, el poder de mis re­cuerdos se convirtió en algo que no tenía nombre.

El seguir mi lista de personas hizo que la recapitu­lación fuera muy formal y exigente, tal como lo quería don Juan. Pero de vez en cuando, algo en mí se soltaba, algo exigía que me enfocara en sucesos que no tenían nada que ver con mi lista, sucesos cuya claridad era tan enloquecedora que terminaba atrapado y sumergido en ellos, quizá más intensamente que durante la experien­cia misma. Cada vez que recapitulaba de esa manera, te­nía un grado de desapego que me permitía ver cosas que había descuidado cuando realmente había estado de lle­no en ellas.

La primera vez que el recuerdo de un suceso me sa­cudió hasta los cimientos fue después de haber dado una conferencia en una universidad de Oregón. Los estu­diantes encargados de organizar la conferencia, me lle­varon a mí y a otro antropólogo amigo mío a una casa a pasar la noche. Iba a hospedarme en un motel, pero insistieron en llevarnos a la casa para nuestra mayor comodidad. Dijeron que estaba en el campo y que no había ruidos, el lugar más tranquilo del mundo, sin teléfonos y sin posibilidad de contactos con el mundo exterior. Yo, como el tonto que era, acepté ir con ellos. Don Juan no sólo me había advertido ser siempre un ave solitaria, sino que había exigido que observara su reco­mendación, algo que yo hacía la mayoría de las veces, aunque en ocasiones la criatura gregaria que había en mí me dominaba.

El comité nos llevó a la casa de un profesor que esta­ba en sabático, y que quedaba bastante lejos de la ciudad de Portland. Muy rápidamente, encendieron las luces por dentro y por fuera de la casa, que de hecho estaba sobre una colina rodeada de faros. Encendidas las luces, la casa debe haber sido visible a una distancia de diez ki­lómetros.

El comité se fue tan rápido como pudo, algo que me sorprendió porque pensaba que se quedarían a conver­sar. La casa era de madera, en forma de «A», pequeña, pero muy bien construida. Tenía una sala enorme y un entrepiso encima donde estaba el dormitorio. Justamen­te en el ángulo del marco en forma de «A» había un cru­cifijo de tamaño natural que colgaba de una extraña bi­sagra rotatoria, perforado en la cabeza. Era una vista bastante impresionante, especialmente cuando el cruci­fijo rotaba, chirriando como si necesitara aceite.

El baño de la casa era todo un espectáculo. Tenía azu­lejos de espejo en el techo, sobre las paredes y sobre el piso y estaba iluminado con una luz rojiza. No había ma­nera de ir al baño sin verse desde todos los ángulos posi­bles. Disfruté todas estas características de la casa; me pa­recían estupendas.

Cuando llegó la hora de dormirme, sin embargo, me encontré con un serio problema, pues había una sola cama angosta, dura, monástica, y mi amigo antropólogo estaba a punto de caer enfermo de pulmonía, resollando y escupiendo flemas cada vez que tosía. Se fue directa­mente a la cama y se quedó seco. Busqué un rincón para dormirme. No encontraba ninguno. Esa casa carecía to­talmente de comodidades. Además hacía frío. El comité había encendido las luces, pero no la calefacción. La busqué. Mi búsqueda fue inútil, como lo fue también el tratar de encontrar el contacto para apagar los faros o si­quiera las luces de la casa. Los contactos estaban allí so­bre las paredes, pero parecían regidos por un contacto central. Las luces estaban encendidas y no había manera de apagarlas.

El único rincón que encontré para dormir fue sobre un tapete delgado, y la única cobija que había era la piel curtida de un gigantesco perro lanudo francés. Evidente­mente, había sido la mascota de la casa y lo habían preser­vado. Tenía brillantes ojos negros y le colgaba la lengua del hocico abierto. Puse la cabeza del perro sobre mis piernas. Me tenía que tapar con la parte trasera, que me daba al cuello. La cabeza embalsamada era como un duro objeto entre mis rodillas, lo que resultaba algo incó­modo. Si hubiera estado oscuro, podría haber aguanta­do. Recogí un montón de toallas de mano y las usé como almohada. Usé la mayor cantidad posible de la mejor ma­nera que pude para cubrir la piel del animal. No pude pe­gar un ojo en toda la noche.

Fue entonces, recostado allí, mientras me maldecía por haber sido tan bestia y no haber seguido las re­comendaciones de don Juan, cuando experimenté el primer recuerdo enloquecedoramente claro de toda mi vida. Me había acordado del suceso que don Juan llamó el acomodador con la misma claridad, pero mi tendencia siempre había sido de semi‑dejar de lado lo que me pa­saba cuando estaba con don Juan, porque a mi parecer en su presencia todo era posible. Sin embargo, esta vez estaba solo.

Años antes de haber conocido a don Juan, había tra­bajado pintando anuncios para edificios. Mi jefe se llamaba Luigi Palma. Un día, Luigi consiguió un contrato para pintar un anuncio en la pared trasera de un edificio viejo, de venta y alquiler de fracs y trajes de novias. El dueño del edificio quería atraer toda la clientela posible con un gran anuncio. Luigi iba a pintar a la novia y al novio y yo iba a pintar el letrero. Fuimos al techo plano del edificio y pusimos los andamios.

Sin razón aparente, yo me sentía bastante inquieto. Había pintado docenas de anuncios en edificios altos. Luigi pensó que había empezado a tener miedo a las altu­ras, pero que se me iba a pasar. Cuando llegó el momento de empezar a trabajar, él bajó el andamio unos cuantos pies del techo, y saltó sobre las tablas planas. Él se fue a un lado mientras yo me quedé al otro para no vedarle el paso. Él era el artista.

Luigi comenzó a hacer alarde de su talento. Al pintar, sus movimientos se volvieron tan irregulares y tan agita­dos que el andamio comenzó a moverse de lado a lado. Me mareé. Quise regresar al techo con el pretexto que necesitaba más pintura y otros trastos. Me agarré de la orilla de la pared que bordeaba el techo y traté de levan­tarme, pero las puntas de los pies se me metieron entre las tablas del andamio. Intenté liberar mis pies y a la vez atraer el andamio hacia la pared; pero entre más tiraba, más alejaba el andamio de la pared. En vez de ayudarme a des­enredar los pies, Luigi se sentó y se abrazó a las cuerdas que ataban el andamio al techo. Hizo la señal de la cruz mientras me miraba horrorizado. Desde esa posición se arrodilló y, sollozando, empezó a recitar el Padre Nuestro.

Me agarré de la orilla de la pared con todo lo que te­nía; lo que me dio la fuerza desesperada para aguantar fue la certeza de que si yo me controlaba, podría evitar que el andamio se alejara más y más. No iba soltar mi agarre y caer trece pisos a mi muerte. Luigi, compulsivo y dominante hasta el final, me gritó en medio de sus lá­grimas que debía rezar. Juró que los dos íbamos a caer y a morir y lo único que nos quedaba era rezar por la sal­vación de nuestras almas. Por un momento, reflexioné acerca de si valía la pena rezar. Decidí gritar en vez. La gente en el edificio debe haber oído mis gritos, pues lla­maron a los bomberos. Con toda sinceridad, pensé que habían pasado apenas dos o tres segundos desde que em­pecé a gritar, hasta que los bomberos subieron al techo, agarraron a Luigi y a mí y aseguraron el andamio.

En realidad, yo había pasado veinte minutos colgado del costado del edifico. Cuando los bomberos finalmen­te me subieron al techo, perdí todo vestigio de control. Vomité sobre el piso duro del techo, mi estómago re­vuelto de terror y del fétido olor de la brea derretida. Hacía mucho calor; la brea entre las grietas de las hojas rasposas que cubrían el techo se derretía con el calor. La experiencia había sido tan penosa que no quería recor­darla y terminé alucinando que los bomberos me ha­bían metido en un cuarto amarillo y acogedor; me habían acostado en una cama sumamente cómoda y me había dormido plácidamente, en mis pijamas, libre de todo peligro.

El segundo recuerdo fue otra explosión de fuerza in­conmensurable. Estaba en amena conversación con un grupo de amigos, cuando de repente, y sin razón alguna, se me fue el aliento bajo el impacto de un pensamiento, un recuerdo vago por un instante y que se convirtió lue­go en una experiencia que me absorbió por completo. Su fuerza fue tan intensa que tuve que excusarme para retirarme un momento y estar a solas. Mis amigos pare­cieron comprender mi reacción; se retiraron sin hacer comentario. Me estaba acordando de un incidente que me había ocurrido el último año de la escuela prepara­toria.

Mi compañero y yo, al caminar al colegio, solíamos pasar delante de un enorme caserón con rejas de hierro negras de unos cinco metros de altura que terminaban en afiladas puntas. Detrás de la reja había un enorme jar­dín, verde y bien cuidado, y un perro, un gigantesco y feroz pastor alemán. Todos los días fastidiábamos al pe­rro y dejábamos que se nos abalanzara. Frenaba física­mente al llegar a la reja de hierro, pero su furia parecía cruzarla y llegar hasta nosotros. A mi amigo le encanta­ba entretener al perro diariamente en una competencia de mente sobre materia. Se paraba a unos centímetros del hocico del perro, el cual salía por las barras de la reja hasta extenderse unos ocho centímetros a la calle, y le enseñaba los dientes, igual que el perro.

‑¡Entrégate! ¡Entrégate! ‑gritaba mi amigo‑. ¡Obe­dece! ¡Obedece! ¡Yo soy más poderoso que tú!

Sus muestras diarias de proeza mental que duraban por lo menos cinco minutos, nunca tuvieron efecto so­bre el perro, fuera de dejarlo más fúrico que nunca. Mi amigo me aseguraba a diario, como parte de su rito, que el perro o le iba a obedecer, o iba a morirse delante de nosotros de un ataque cardíaco como resultado de su furia. Su convicción era tal, que yo creía que el perro iba a morir en cualquier momento.

Una mañana, al llegar a la casa, el perro no estaba. Esperamos un momento, pero no apareció; cuando lo vimos, estaba al final del enorme jardín. Parecía estar muy ocupado, así es que empezamos a alejarnos. Por el rabillo del ojo, vi que el perro venía hacia nosotros a toda velocidad. A una distancia de cuatro o cinco metros de la reja, dio un salto. Estaba segurísimo de que se iba a desgarrar la panza con las puntas de la reja. Pero las evitó apenas y cayó en la calle como un costal de papas.

Por un momento, pensé que estaba muerto, pero sólo estaba atontado. De pronto se levantó, y en vez de correr detrás del que lo había enfurecido, vino tras de mí. Salté al techo de un auto, pero el auto no era nada para ese perro. Saltó y casi se abalanzó encima de mí. Bajé y me trepé al primer árbol que estaba a mi alcance, un arbolito tierno que apenas soportaba mi peso. Estaba seguro de que lo iba a quebrar, de que caería y moriría descuartizado en los dientes del perro.

Estaba casi fuera de su alcance en el árbol. Pero sal­tó otra vez, agarrándome del pantalón y rasgándola. Hasta llegó a sacarme sangre en las nalgas con los dien­tes. Pero al ver que estaba yo fuera de su alcance encima del árbol, se fue. Corrió calle arriba, quizás en busca de mi amigo.

En el colegio, la enfermera me dijo que tenía que pe­dirle un certificado de vacuna contra la rabia al dueño del perro.

‑Tienes que investigar esto ‑me dijo en tono seve­ro‑. A lo mejor ya te contagiaste. Si el dueño se niega a mostrarte el certificado de vacuna, tienes derecho a acu­dir a la policía.

Hablé con el mayordomo de la casa donde vivía el perro. Me acusó de haber atraído al perro a la calle, un perro de raza de gran valor.

‑¡Ten cuidado, muchacho! ‑me dijo enojado‑. El perro se extravió. El dueño te va meter a la cárcel si nos sigues dando lata.

‑Pero a lo mejor tengo rabia ‑le dije en una voz sinceramente aterrada.

‑¡Me vale mierda que te haya dado plaga bubónica! ‑me gritó‑. ¡Vete al carajo!

‑Llamo a la policía ‑le dije.

‑Llama a quien quieras ‑me contestó‑. Si llamas a la policía, los volvemos contra ti. En esta casa pode­mos hacer lo que nos dé la gana.

Le creí y le mentí a la enfermera diciéndole que el perro andaba perdido y que no tenía dueño.

‑¡Ay, Dios mío! ‑exclamó‑. Prepárate para lo peor. Lo más probable es que tenga que mandarte con el médico.

Me dio una larga lista de síntomas que podían mani­festarse. Me dijo además que las inyecciones contra la rabia eran extremadamente dolorosas y que se adminis­traban subcutáneamente en la región abdominal.

‑No se lo desearía a mi peor enemigo ‑dijo, hun­diéndome en una horrible pesadilla.

Lo que siguió fue mi primera depresión verdadera. Me quedé en cama, sintiendo cada uno de los síntomas que me había enumerado la enfermera. Terminé por ir a la enfermería para rogarle a esa mujer que me hiciera el tratamiento, por muy doloroso que fuera. Hice un es­cándalo. Me puse histérico. No tenía rabia, pero había perdido todo dominio sobre mí mismo.

Le conté a don Juan mis dos recuerdos con todos los detalles, sin omitir nada. No hizo ningún comentario. Inclinó la cabeza afirmativamente un par de veces.

‑En ambos recuerdos, don Juan ‑dije, sintiendo en mí mismo la urgencia con la que hablaba‑, estaba totalmente histérico. Me temblaba el cuerpo. Tenía náu­sea. No quiero decir que era como si estuviera viviendo la experiencia, porque no es verdad. Estaba dentro de las experiencias mismas, las dos veces. Y cuando ya no pude soportarlo, salté a mi vida de ahora. Para mí, ése fue un salto hacia el futuro. Tuve el poder de pasar sobre el tiempo. Mi salto hacia el pasado no fue súbito; el su­ceso se desenvolvió lentamente tal como sucede con los recuerdos. Fue al final que sí salté de pronto hacia el fu­turo: mi vida de ahora.

‑Algo en ti ha empezado a desmoronarse, no cabe duda ‑dijo finalmente‑. Se ha estado desmoronando todo este tiempo, pero se reponía muy pronto cada vez que le fallaban las bases que lo sostenían. Mi sensación es que ya se está desmoronando totalmente.

Después de otro largo silencio, don Juan explicó que los chamanes del México antiguo creían, como ya me había dicho, que tenemos dos mentes y que sólo una de ellas es la nuestra. Yo siempre había comprendido que nuestras mentes tenían dos partes, y que una de ellas se mantenía en silencio porque la fuerza de la otra parte le negaba poder expresarse. Fuera lo que dijera don Juan, siempre lo había tomado como un medio meta­fórico para quizás explicar el dominio aparente del he­misferio izquierdo del cerebro sobre el derecho, o algo por el estilo.

‑La recapitulación contiene una opción secreta‑di­jo don Juan‑. Tal como te dije que la muerte contiene una opción secreta, una opción que sólo los chamanes utilizan. En el caso de la muerte, la opción secreta es que los seres humanos pueden retener su fuerza vital y re­nunciar solamente a su consciencia, el resultado de sus vidas. En el caso de la recapitulación, la opción secreta que sólo los chamanes eligen es la de acrecentar sus ver­daderas mentes.

»La inquietante memoria de tus recuerdos ‑prosi­guió‑ sólo puede venir de tu mente verdadera. La otra mente que todos tenemos y compartimos es, diría yo, un modelo barato; económico, de igual tamaño para to­dos. Pero éste es un tema para más tarde. Lo que ahora tenemos delante es el principio de una fuerza desinte­grante. Pero no es una fuerza que te está desintegrando, no quiero decir eso. Está desintegrando lo que los cha­manes llaman la instalación foránea que existe en ti y en cada ser humano. El efecto de la fuerza que se te viene encima, que está desintegrando la instalación foránea, es que saca a los chamanes de su sintaxis.

Había estado atento a lo que me decía don Juan, pero no podía decir que lo hubiera comprendido. Por alguna extraña razón, para mí tan desconocida como la causa de mis vivas memorias, no pude hacerle ninguna pregunta.

‑Comprendo lo difícil que es para ti ‑dijo don Juan de pronto‑ el tener que lidiar con esta faceta de tu vida. Todos los chamanes que conozco han pasado por esto. Al experimentarlo, los machos sufren infinita­mente más daño que las hembras. Supongo porque la mujer es por naturaleza más duradera. Los chamanes del México antiguo, actuando en grupo, hicieron lo po­sible por sostener el impacto de esta fuerza desintegran­te. Hoy día, no tenemos los medios para actuar en gru­po, así es que tenemos que fortalecernos para enfrentar a solas la fuerza que nos va a llevar más allá del lenguaje, porque no hay otra manera adecuada para describir lo que está pasando.

Don Juan tenía razón porque en verdad no podía ex­plicar o no encontraba manera de describir los efectos de esos recuerdos sobre mí. Don Juan me había dicho que los chamanes se enfrentan a lo desconocido a través de los incidentes más banales que se pueda uno imaginar. Cuando se enfrentan a ello y no pueden interpretar lo que están percibiendo, tienen que apoyarse en un re­curso exterior para saber por dónde ir. Don Juan llama­ba a ese recurso el infinito, o la voz del espíritu, y había dicho que si los chamanes no se esfuerzan por ser racio­nales con algo que no puede ser racionalizado, el espíri­tu les dice lo que ocurre, sin falla.

Don Juan me guió a aceptar la idea de que el infinito era una fuerza que tenía voz y que estaba consciente de sí misma. A consecuencia, me había preparado para estar atento a esa voz y siempre actuar con eficacia, pero sin an­tecedentes, usando cuanto menos posible el apoyo del «a priori». Esperé impacientemente a que la voz del espíritu me dijera el sentido de mis memorias, pero no pasó nada.

Estaba en una librería un día cuando una joven me reconoció y se acercó para hablar conmigo. Era alta y delgada y tenía la voz insegura de una nena. Estaba tra­tando de hacerla sentir cómoda cuando de pronto me acosó un cambio energético instantáneo. Era como si una alarma se hubiera encendido dentro de mí, y sin ninguna volición de mi parte, tal como había sucedido antes, recordé otro suceso de mi vida que había olvida­do por completo. La memoria de la casa de mis abuelos me inundó. Era una avalancha intensa y devastadora, y otra vez tuve que meterme en un rincón. Me sacudía el cuerpo como si me hubiera resfriado.

Debo de haber tenido ocho años. Mi abuelo me esta­ba hablando. Había comenzado por decir que era su mayor obligación decirme las cosas tal como eran. Tenía dos primos de mi misma edad: Alfredo y Luis. Mi abue­lo insistió, despiadadamente, que le admitiera que mi primo Alfredo era verdaderamente bello. En mi visión, oía la voz rasposa y contenida de mi abuelo.

‑Alfredo no necesita ninguna presentación ‑me había dicho en aquella ocasión‑. Con sólo estar presen­te, se le abren las puertas porque todos practican el culto de la belleza. A todos les gusta la gente bella. Los envi­dian, pero siempre los buscan. Créemelo. Yo soy guapo, ¿no te parece?

Estaba totalmente de acuerdo con mi abuelo. Era ciertamente un hombre guapo, de huesos finos, de ale­gres ojos azules, de facciones exquisitas y de pómulos elegantes. Todo en su semblante estaba en perfecto equi­librio: su nariz, su boca, sus ojos, su mentón puntiagudo. Tenía pelo rubio que le salía por las orejas, característica que le daba un aire de duende. Sabía todo acerca de sí mismo y explotaba sus dotes al máximo. Las mujeres lo adoraban; primero, según él, por su belleza, y segundo, porque no lo veían como una amenaza. Desde luego, él se aprovechaba de todo esto al máximo.

‑Tu primo Alfredo es un campeón ‑siguió mi abuelo‑; nunca va a tener que entrar en una fiesta a la fuerza porque siempre será el primero en la lista de invi­tados. ¿Te has fijado cómo se para la gente en la calle a contemplarlo y cómo lo quieren tocar? Es tan bello que temo que va a salir un idiota, pero eso es otra historia. Diremos que es el idiota más bienvenido que has co­nocido.

Mi abuelo comparó a mi primo Luis con Alfredo. Dijo que Luis era feíto y un poco tonto, pero que tenía un corazón de oro. Y luego empezó conmigo.

‑Si vamos a seguir con nuestra explicación ‑conti­nuó‑, tienes que admitir con toda sinceridad que Al­fredo es bello y Luis es bueno. Ahora, a lo que viene a ti, tú no eres ni bello ni bueno. Eres un verdadero hijo de puta. Nadie te va a invitar a la fiesta, vas a tener que meterte a la fuerza. Tienes que acostumbrarte a la idea de que si quieres estar en la fiesta, tiene que ser a la fuerza. Las puertas nunca se te van a abrir como se le abren a Alfredo por ser bello y a Luis por ser bueno, así es que vas a tener que entrar por la ventana.

Su análisis de sus tres nietos era tan acertado que me hizo llorar por la finalidad de lo que había dicho. Cuan­to más lloraba, más contento estaba él. Terminó el caso con una advertencia de lo más perjudicial.

‑No hay por qué sentirse mal ‑dijo‑ porque no hay nada más excitante que entrar por la ventana. Para hacerlo, tienes que ser listo y atento. Tienes que vigilar por todos lados y estar preparado para pasar por humi­llaciones interminables.

»Si tienes que entrar por la ventana ‑siguió‑, es porque de seguro no estás en la lista de invitados; tu pre­sencia no es bienvenida, así es que tienes que trabajar como una bestia para quedarte. La única manera que co­nozco es poseyendo a todos. ¡Grita! ¡Exige! ¡Aconseja! ¡Déjales saber que eres tú el que manda! ¿Cómo te pue­den echar si eres tú el que manda?

El recuerdo de esta escena me conmovió profunda­mente. Había enterrado este incidente tan a fondo que lo había olvidado por completo. Lo que sí recordaba siempre sin embargo, era su advertencia de siempre ser el que manda, que me debe haber repetido año tras año una y otra vez.

No tuve oportunidad de examinar este suceso o re­flexionar sobre el asunto, porque otro recuerdo olvida­do salió a la superficie. En él, estaba con la chica con la que me iba a casar. En aquel entonces, los dos estábamos ahorrando para casarnos y tener nuestra propia casa. Me oí exigiéndole que teníamos que tener una cuenta bancaria juntos; no podía ser de otra manera. Sentía la nece­sidad de echarle un discurso sobre la frugalidad. Me oí diciéndole dónde debía hacer sus compras de ropa, y cuánto debía pagar como máximo.

Luego me vi dándole lecciones de conducir a su her­mana menor y alocándome cuando me dijo que pensaba salirse de la casa de sus padres. La amenacé con acabar con las lecciones. Empezó a llorar, confesando que tenía un amorío con su jefe. Salté del auto y empecé a dar de patadas contra la puerta.

Pero no era todo. Me oí diciéndole al padre de mi novia que no se mudara a Oregón, donde pensaba irse. A grito pelado le dije que era una estupidez. De veras creía que mis razonamientos eran certeros. Le presenté cifras para demostrar las pérdidas que iba a sufrir y que había calculado yo meticulosamente. Al no hacer­me caso, golpeé la puerta y me salí, temblando de ra­bia. Encontré a mi novia en la sala, tocando la guitarra. La agarré de las manos, gritándole que abrazaba la gui­tarra en vez de tocarla como si fuera más que un simple objeto.

El afán de imponer mi voluntad se extendía sobre todo. No hacía yo distinciones; no importaba quién es­tuviera cerca de mí, estaban allí para que los poseyera y amoldara según mis caprichos.

Ya no tuve que sopesar el significado de mis visiones tan vivas. Porque una incontrovertible certeza me inva­dió como si viniera de afuera. Me dijo que mi flaqueza era la idea de tener que ocupar la mesa del director en todo momento. El concepto de que era yo el que man­daba, y que además debía dominar cualquier situación, estaba arraigadísimo en mí. La forma en que me habían criado sólo sirvió para reforzar este impulso, que al principio debe haber sido arbitrario, pero que ya en mi madurez se convirtió en necesidad.

Era consciente sin duda alguna de que lo que se juga­ba era el infinito. Don Juan lo había descrito como una fuerza consciente que deliberadamente interviene en la vida de un chamán. Y ahora estaba interviniendo en la mía. Supe que el infinito me estaba señalando, a través de las memorias vivas de esas experiencias olvidadas, la in­tensidad y la profundidad de mi impulso de dominación, y de esa manera estaba preparándome para algo trascen­dental. Supe además, con una certeza aterrorizadora, que algo me iba a vedar la posibilidad de tener domino so­bre eso, y que necesitaba más que nada la sobriedad, la fluidez y el abandono para poder enfrentarme a lo que venía.

Desde luego, le dije todo esto a don Juan, amplián­dolo gustosamente con mi inspirada perspicacia y mis especulaciones sobre el posible significado de mis re­cuerdos.

Don Juan se rió, demostrando su buen humor.

‑Todo esto es exageración psicológica de tu parte, puras ilusiones -dijo‑ Como siempre, estás buscando explicaciones bajo las premisas lineales de causa y efecto. Cada uno de tus recuerdos se vuelve más y más vivo, y más y más enloquecedor para ti, porque como ya te dije, has entrado en un proceso irreversible. Está emergiendo tu mente verdadera, despertando de un estado letárgico de toda una vida.

‑El infinito te está reclamando como propio ‑con­tinuó‑. No importe lo que utilice para señalarte eso, no tiene otra razón, otra causa, otro valor que eso. Lo que debes hacer, sin embargo, es prepararte para el ata­que violento del infinito. Debes estar en un estado de continuo desvelo, afirmado para recibir un golpe de enorme magnitud. Ésa es la manera sobria y cuerda en que los chamanes se enfrentan al infinito.

Las palabras de don Juan me dejaron con un sabor amargo en la boca. En verdad, sentía que esa fuerza venía sobre mí y me llenaba de temor. Como había pasado mi vida entera escondido detrás de alguna actividad superflua, me hundí en mi trabajo. Presenté conferencias en los cursos que dictaban mis amigos en varias universidades por el sur de California. Escribí prolíficamente. Puedo afirmar que tiré docenas de manuscritos a la basura porque no cum­plían con un requisito indispensable que me había descrito don Juan, que lo hacía aceptable para el infinito.

Me había dicho que todo lo que hacía tenía que ser un acto de brujería. Un acto libre de expectativas intru­sas, temores al rechazo, ilusiones de éxito. Libre del cul­to del yo; todo lo que hacía tenía que ser al momento, un acto de magia en que me abría libremente a los impulsos del infinito.

Una noche, me encontraba sentado en mi escritorio preparándome para escribir, como lo hacía a diario. Sen­tí de pronto un vahído. Pensé que acaso me sentía ma­reado porque me había levantado demasiado pronto del colchón donde hacía mis ejercicios. Se me nubló la vista. Vi puntitos amarillos. Creí que me iba a desmayar. Em­peoré. Había una enorme mancha roja delante de mí. Empecé a respirar profundamente, tratando de tranqui­lizar la agitación que causaba la distorsión visual. Entré en un silencio extraordinario a tal extremo, que me sen­tí rodeado de un negrura impenetrable. Me vino la idea de que me había desmayado. Pero podía sentir la silla, el escritorio; tenía conciencia de todo a mi alrededor, des­de la negrura que me rodeaba.

Don Juan había dicho que los chamanes de su lina­je consideraban que uno de los resultados más codicia­dos del silencio interno era una interacción específica de energía que siempre se anuncia con una profunda emo­ción. Él sentía que mis recuerdos eran medios para agi­tarme al extremo de poder experimentar esa interacción. Tal interacción se manifestaba a través de matices que se proyectaban en el horizonte del mundo de la vida coti­diana, fuera una montaña, el cielo, una muralla, o sim­plemente la palma de la mano. Me había explicado que esta interacción empieza con la apariencia de una tenue pincelada color lavanda, sobre el horizonte. Con el tiempo, la pincelada lavanda se expande hasta que cubre el horizonte visible, como las nubes de una tormenta que avanza.

Me aseguró que se ve un punto rojizo, de un peculiar y rico color granate, como si hiciera explosión dentro de las nubes color lavanda. Afirmó que al adquirir mayor disciplina y experiencia los chamanes, el punto color granate se expande y finalmente estalla en pensamientos o visiones, o en el caso de un hombre de letras, en pala­bras escritas; los chamanes o bien ven visiones engen­dradas por la energía, oyen pensamientos a través de pa­labras habladas, o leen palabras escritas.

Esa noche allí delante de mi escritorio, no vi ninguna pincelada lavanda ni vi nubes que avanzaban. Estaba se­guro de no tener la disciplina que requieren los chama­nes para tal interacción de energía, pero sí tenía una enorme mancha color granate delante de mí. Esta enor­me mancha, sin ningún preámbulo, estalló en palabras desasociadas que leí como si salieran de una máquina de escribir sobre una hoja de papel. Se movían con una ra­pidez tan exagerada delante de mí que me era imposible leer nada. Entonces oí que una voz me explicaba algo. Otra vez, el ritmo de la voz no cuadraba con mi oído. Las palabras se confundían, haciendo imposible el escu­char algo sensato.

Como si no bastara, empecé a ver escenas de ésas provocadas por el hígado, como las que se sueñan des­pués de haber comido muy pesado. Eran barrocas, os­curas, siniestras. Empecé a girar hasta que me dio náu­sea. Allí terminó todo. Sentía el efecto de todo lo que me había pasado en cada músculo de mi cuerpo. Esta­ba rendido. Esta intervención violenta me había dejado frustrado y colérico.

Fui corriendo a casa de don Juan para contarle lo su­cedido. Sentía que necesitaba de su ayuda más que nunca.

‑La brujería y los chamanes no son gentiles ‑co­mentó don Juan después de oír mi relato‑. Ésta es la primera vez que desciende el infinito sobre ti de tal ma­nera. Fue como un asalto. Fue una toma de posesión to­tal de tus facultades. Con respecto a la velocidad de tus visiones, tú mismo tendrás que ajustarla. Para algunos chamanes, es trabajo de toda una vida. Desde ahora en adelante, la energía va a aparecer delante de ti, como si estuviera proyectada sobre una pantalla de cine.

»Que entiendas o no la proyección ‑siguió‑, es otra cosa. Para interpretarla con precisión, necesitarás experiencia. Mi recomendación es que no seas tímido y que empieces ahora mismo. ¡Lee la energía sobre la pa­red! Está emergiendo tu verdadera mente y no tiene nada que ver con la mente que es una instalación forá­nea. Deja que tu mente verdadera se ajuste a la velo­cidad. Manténte en silencio y no te preocupes, pase lo que pase.

‑Pero, don Juan, ¿es posible todo esto? ¿Puede uno leer la energía como si fuera texto? ‑le pregunté, abru­mado por la idea.

‑¡Claro que es posible! ‑me contestó‑. En tu caso, no sólo es posible, sino que te está ocurriendo, ¿no?

‑Pero, ¿por qué leerla como si fuera texto? ‑insis­tí, aunque era una insistencia retórica.

‑Es afectación de tu parte ‑me dijo‑. Si leyeras el texto, lo podrías repetir a la letra. Pero, si trataras de ser un espectador del infinito en vez de un lector del infinito, te darías cuenta de que no podrías describir lo que estás mirando, y terminarías diciendo babosadas, incapaz de verbalizar lo que atestiguas. Lo mismo si trataras de oír­lo. Esto, desde luego, es específicamente para ti. De to­dos modos, el infinito escoge. El guerrero‑viajero sim­plemente cede a su selección.

»Pero ante todo ‑añadió después de una pausa pre­meditada‑, no te abrumes por el suceso porque no puedes describirlo. Es un suceso más allá de la sintaxis de nuestro lenguaje.

 

VIAJES POR EL OSCURO MAR DE LA CONCIENCIA

 

‑Ya podemos hablar más claramente acerca del si­lencio interno ‑dijo don Juan.

Su declaración era tan incongruente que me sorpren­dió. Me había estado hablando toda la tarde de las vi­cisitudes que sufrieron los indios yaqui después de las guerras yaqui de los años veinte, cuando el gobierno mexicano los deportó de sus tierras natales del estado de Sonora en el norte de México, y los puso a trabajar en los plantíos de caña de azúcar en el centro y sur de México. El gobierno mexicano había tenido problemas con las gue­rras endémicas con los yaquis durante años. Don Juan me contó asombrosas historias conmovedoras de los yaqui sobre intriga política, traición, hambre y miseria humana.

Tuve la sensación de que don Juan me estaba prepa­rando un truco, porque bien sabía que esas historias eran mi gusto y mi placer. En aquel tiempo, tenía un profundo sentido de compasión por el mundo, por la justicia social y la igualdad.

‑Las circunstancias que te rodean han hecho posi­ble que tengas más energía ‑prosiguió‑. Has empezado la recapitulación de tu vida; has visto a tus amigos, por primera vez, como si estuvieran expuestos en una vitrina; llegaste al punto de romper con todo, solo, impul­sado por tus propias necesidades; cancelaste tu negocio; y sobre todo, has acumulado bastante silencio interno. Todo esto hace posible que hagas un viaje por el oscuro mar de la conciencia.

‑El encuentro que tuvimos en aquel pueblo que se­leccionamos fue tal viaje ‑continuó‑. Sé que una pre­gunta crucial casi salió a la superficie, y por un instante, dudaste que de veras había ido yo a tu casa. Mi visita no fue para ti un sueño. Yo era real, de carne y hueso, ¿no?

‑Tan real como se puede ser ‑le dije.

Me había olvidado casi por completo de aquellos su­cesos, pero recordaba que me pareció extraño que hu­biera encontrado mi apartamento. Sin embargo, lo había pasado por alto al simplemente deducir que le había pe­dido a alguien mi nueva dirección, aunque si me lo hu­bieran preguntado no hubiera podido dar con nadie que supiera dónde yo vivía.

‑Vamos a aclarar esto ‑continuó‑. Bajo mis con­diciones, que son las condiciones de los chamanes del México antiguo, yo era tan real como es posible serlo, y en tal estado, fui a tu casa desde mi silencio interno para hablarte acerca del requisito del infinito y para advertir­te que estaba a punto de acabarse tu tiempo. Y tú a tu vez, desde tu silencio interno, verdaderamente fuiste a ese pueblo de nuestra elección para decirme que habías logrado cumplir con el requisito del infinito.

»Bajo tus condiciones, que son las condiciones del hombre común, era un sueño‑fantasía en ambos casos. Experimentaste un sueño‑fantasía que había llegado a tu casa sin saber la dirección, y luego tuviste un sueño‑fantasía que fuiste a verme. A lo que da a mí, como chamán, lo que tú consideras ser tu sueño‑fantasía de encontrar­me en ese pueblo fue tan real como lo es que los dos conversamos aquí y ahora.

Le confesé a don Juan que no había posibilidad nin­guna para mí de enmarcar esos sucesos en un formula­rio de pensamiento propio del hombre occidental. Le dije que las condiciones de sueño‑fantasía creaban una falsa categoría que no podía sostenerse bajo ningún es­crutinio y que la única cuasi‑explicación vagamente po­sible era otro aspecto del conocimiento de don Juan: el ensoñar.

‑No, no es el ensoñar ‑me dijo enfáticamente­-. Esto es algo más directo y más misterioso. A propósito, hoy tengo una nueva definición del ensoñar para ti, más de acuerdo con tu estado de ser. El ensoñar es el acto de cambiar el punto de fijación con el oscuro mar de la con­ciencia. Si lo ves así, es un concepto fácil y una maniobra sencilla. Necesitas todo de ti para darte cuenta, pero no es una imposibilidad, ni es algo rodeado de nubes mís­ticas.

»El ensoñar es un término que siempre me pareció una pendejada ‑continuó‑, porque disminuye un acto muy poderoso. Hace que parezca arbitrario; le da un significado de fantasía, y eso es lo único que no es. Hice por cambiar el término, pero está demasiado arraigado. Quizás puedas tú, algún día, cambiarlo por tu cuenta, aunque como todo lo demás relacionado con la brujería, temo que para entonces no te va a importar una pizca, porque lo que lo llames no va a tener ningún significado para ti.

Don Juan me había explicado largamente, durante todo el tiempo que lo había conocido, que el ensoñar era un arte descubierto por los chamanes del México anti­guo, por medio del cual los sueños comunes y corrien­tes se trasformaban en auténticas entradas a otros mun­dos de la percepción. Abogaba de cualquier manera posible el advenimiento de algo que él llamaba la aten­ción de ensueño, que consistía en la capacidad de prestar una atención específica, o de enfocar un tipo de con­ciencia especial sobre los elementos de un sueño común.

Había seguido meticulosamente todas sus recomen­daciones y había logrado que mi conciencia se quedara fija sobre los elementos de un sueño. La idea que propo­nía don Juan no era la de deliberadamente llegar a un sueño deseado, sino de fijar la atención sobre los ele­mentos componentes de cualquier sueño que viniera al caso.

Luego, don Juan me había mostrado energéticamen­te lo que los chamanes del México antiguo consideraban ser el origen del ensoñar: el desplazamiento del punto de encaje. Dijo que el punto de encaje se desplazaba de mo­do natural al dormir, pero que el ver el desplazamiento era algo difícil porque requería un modalidad agresiva y que tal modalidad agresiva había sido la predilección de los chamanes del México antiguo. Estos chamanes, se­gún don Juan, habían encontrado todas las premisas de su brujería por medio de esa modalidad.

‑Es una modalidad muy depredadora ‑siguió don Juan‑. No es nada difícil entrar en ella, porque el hom­bre es depredador por naturaleza. Podrías ver, agresi­vamente, a cualquier persona en este pueblito o quizás alguien a la distancia, mientras duermen; cualquiera serviría para el propósito. Lo importante es llegar a un nivel total de indiferencia. Vas en busca de algo y lo consigues como puedas. Vas a salir a buscar a una persona, como felino, como rapiña, para descender sobre al­guien.

Don Juan me había dicho, riéndose de mi aparente incomodidad, que la dificultad con esta técnica era el temperamento, y que no podía ser pasivo durante el acto de ver, porque la vista no era algo que se usara para mirar, sino para actuar sobre lo visto. Acaso haya sido su poder de sugestión, pero ese día, después de haberme dicho eso, me sentí sumamente agresivo. Cada músculo de mi cuerpo estaba lleno de energía y en mi práctica de ensoñar, fui detrás de alguien. No me interesaba quién fuera. Necesitaba a alguien que estuviera dormido, y una fuerza de la cual estaba consciente, sin estar total­mente consciente de ella, me guió a encontrar a alguien.

Nunca supe quién era, pero al ver esa persona, sentí la presencia de don Juan. Era una sensación extraña saber que alguien estaba conmigo a través de una sensación in­determinada de proximidad que ocurría a un nivel de conciencia que no formaba parte de ninguna experiencia previa. Sólo podía enfocar mi atención sobre el individuo que descansaba. Sabía que era macho, pero no sé cómo lo sabía. Sabía que estaba dormido porque la bola de ener­gía que es comúnmente un ser humano estaba un poco plana; se había expandido lateralmente.

Y entonces vi el punto de encaje en una posición di­ferente a la habitual, que es directamente detrás de los omóplatos. En este caso, se había desplazado a la dere­cha de donde debería haber estado, y un poco más aba­jo. Calculé que, en este caso, se encontraba al lado de las costillas. Otra cosa que noté era su inestabilidad. Fluc­tuaba excéntricamente y de pronto regresaba a su posi­ción normal. Tenía la clara sensación de que mi presen­cia, y obviamente la de don Juan, habían despertado al individuo. Experimenté una profusión de imágenes bo­rrosas inmediatamente, y luego me desperté en el lugar donde había empezado.

A lo largo de mi aprendizaje, don Juan también me había dicho que los chamanes se dividían en dos gru­pos: un grupo consistía en ensoñadores; el otro en ace­chadores. Los ensoñadores eran los que desplazaban el punto de encaje con gran facilidad. Los acechadores eran aquellos con gran facilidad para mantener el punto de encaje fijo en esa nueva posición. Los ensoñadores y los acechadores se complementaban y trabajaban en parejas, afectando uno al otro con sus proclividades in­natas.

Don Juan me había asegurado que el desplazamiento y la fijación del punto de encaje podía llevarse a cabo por voluntad propia por medio de la disciplina de mano de hierro de los chamanes. Dijo que los chamanes de su lina­je creían que había por lo menos seiscientos puntos den­tro de la esfera luminosa que somas en realidad, y que al alcanzarlos volitivamente por el punto de encaje, pueden otorgarnos un mundo totalmente inclusivo; lo cual quie­re decir, que si nuestro punto de encaje se desplaza a uno de esos puntos y se queda fijo en él, percibimos un mun­do tan inclusivo y tan total como el mundo cotidiano, pero no obstante, un mundo diferente.

Además, me explicó don Juan que el arte de la bruje­ría consiste en manipular el punto de encaje y hacerlo cambiar de posiciones a voluntad sobre las esferas lumi­nosas que son los seres humanos. El resultado de esta manipulación es el cambio en el punto de contacto con el oscuro mar de la conciencia, que nos trae como su concomitante, un fardo diferente de billones de campos de energía bajo la forma de filamentos luminosos que convergen sobre el punto de encaje. La consecuencia de estos nuevos campos de energía que convergen sobre el punto de encaje, es que una conciencia diferente a la ne­cesaria para percibir el mundo cotidiano entra en ac­ción, transformando esos nuevos campos de energía en datos sensoriales, datos sensoriales que se interpretan y se perciben como un mundo diferente porque los cam­pos de energía que lo engendran son diferentes a los co­nocidos.

Don Juan había afirmado que una definición acerta­da de la brujería como práctica consistía en que la bruje­ría es la manipulación del punto de encaje, con el fin de cambiar el enfoque con el que éste se fija en el oscuro mar de la conciencia, y así hacer posible la percepción de otros mundos.

Había dicho que el arte de los acechadores empieza después de que se haya desplazado el punto de encaje. El mantener el punto de encaje fijo en su nueva posición ase­gura que el chamán perciba totalmente el nuevo mundo en que entre no importe cual sea, tal como lo hacemos con el mundo cotidiano. Para los chamanes del linaje de don Juan, el mundo cotidiano no era más que una pliegue de un mundo total que consiste de por lo menos seiscien­tos pliegues.

Don Juan regresó al tema bajo discusión: mis viajes por el oscuro mar de la conciencia, y dijo que lo que había hecho desde mi silencio interno era muy parecido a lo que se hace en el ensueño cuando uno está dormido. Sin em­bargo, cuando se viaja por el oscuro mar de la conciencia no hay interrupción del tipo que ocurre cuando uno se va a dormir, ni hay ningún esfuerzo de controlar la atención de uno mientras se sueña. El viaje por el oscuro mar de la conciencia implicaba una respuesta inmediata. Había una sensación irresistible del aquí y el ahora. Don Juan la­mentaba el hecho de que algunos chamanes idiotas le ha­bían llamado a este acto de llegar directamente al oscuro mar de la conciencia, soñar‑despierto, haciendo aún más ridículo el término ensoñar.

‑Cuando pensaste que estabas en el sueño-fantasía de ir a ese pueblo de nuestra selección ‑continuó‑, habías en realidad fijado tu punto de encaje directamen­te sobre la posición específica del oscuro mar de la con­ciencia que te permite ese viaje. Entonces el oscuro mar de la conciencia te preparó con todo lo necesario para hacer el viaje. No hay ninguna manera de elegir ese lu­gar por voluntad propia. Dicen los chamanes que el silencio interno lo selecciona sin falla. Fácil, ¿no?

Me explicó entonces las complejidades de la elec­ción. Dijo que la elección para el guerrero‑viajero no es en verdad un acto de elección, sino el acto de asentir ele­gantemente a las solicitudes del infinito.

‑El infinito escoge ‑dijo‑. El arte del guerrero­-viajero es tener la habilidad de moverse con la más tenue insinuación, el arte de asentir a todo mando del infinito. Para hacer esto, el guerrero‑viajero necesita destreza, fuerza, y sobre todo, sobriedad. Estos tres puestos jun­tos, dan como resultado... ¡la elegancia!

Después de un momento de pausa, regresé al tema que más me intrigaba.

‑Pero es increíble que en verdad fui a aquel pueblo en carne y hueso, don Juan ‑le dije.

‑Es increíble pero no es invivible ‑dijo‑. El uni­verso no tiene límites, y las posibilidades que se dan en el universo son en verdad inconmensurables. Así es que no caigas preso del axioma de «sólo creo lo que veo», porque es la postura más tonta que se puede tomar.

La aclaración de don Juan había sido cristalina. Tenía sentido, pero yo no sabía cómo tenía sentido; de seguro no en mi mundo cotidiano. Me aseguró entonces don Juan, turbándome instantáneamente, que había una sola manera en que los chamanes podían con toda esta infor­mación: probándola a través de la experiencia, porque la mente es incapaz de aceptar todo ese estímulo.

‑¿Qué quiere usted que haga, don Juan? ‑pregunté.

‑Tienes que viajar deliberadamente por el oscuro mar de la conciencia ‑contestó‑, pero nunca sabrás cómo se hace. Vamos a decir que lo hace el silencio interno, si­guiendo caminos inexplicables, caminos que no pueden ser comprendidos, sino sólo practicados.

Don Juan hizo que me sentara en la cama y adoptara la postura que traía el silencio interno. El tomar esa pos­tura siempre aseguraba que me durmiera en seguida. Sin embargo, cuando estaba don Juan, su presencia me im­posibilitaba dormir; por el contrario, entraba en un esta­do de completa quietud. Esta vez, después de un instante de silencio, me encontré caminando. Don Juan me guia­ba, llevándome del brazo mientras caminábamos.

Ya no estábamos en su casa; caminábamos por un pueblo yaqui donde nunca había estado. Sabía que exis­tía el pueblo; había estado en sus alrededores muchísi­mas veces, pero había tenido que alejarme por la hosti­lidad tan aparente de la gente que lo rodeaba. Era un pueblo donde resultaba imposible que entrara un extra­ño. Los únicos que tenían acceso libre a este pueblo y que no eran yaquis eran los supervisores del banco fede­ral, simplemente porque eran los que les compraban las cosechas a los agricultores yaquis. Las negociaciones in­terminables de los agricultores yaquis giraban alrededor de conseguir dinero por adelantado de los bancos sobre la base de futuras cosechas, un proceso de cuasi‑especu­lación.

Reconocí instantáneamente el pueblo a través de las descripciones de la gente que allí había estado. Como para acrecentar mi asombro, don Juan me dijo al oído que estábamos en ese pueblo yaqui. Quería preguntarle cómo habíamos llegado allí, pero no podía articular mis palabras. Había un gran número de indios hablando en voces alteradas; el enojo se acrecentaba. No entendía ni pizca de lo que estaban diciendo, pero al momento que concebía yo un pensamiento algo se aclaraba. Era como si se esparciera más luz sobre la escena. Las cosas se de­finieron y se ordenaron, y comprendí lo que decía la gente aunque no sabía cómo; no hablaba su idioma. Las palabras me eran comprensibles sin ninguna duda, no una por una, sino en unidades, como si mi mente pudie­ra recoger esquemas totales de pensamiento.

Podría decir con toda sinceridad que tuve el susto de mi vida, no tanto porque comprendiera lo que decían, sino por lo que estaban diciendo. Esta gente era de veras belicosa. De ninguna manera podían considerarse hom­bres occidentales. Sus propósitos eran conflictivos, de tácticas de guerra, de estrategia. Estaban midiendo su fuerza, sus recursos de ataque, y lamentando que no te­nían la potencia de atacar. Sentí en mi cuerpo la angustia de su impotencia. Contaban sólo con piedras y palos para luchar contra armas de alta tecnología. Lamenta­ban el hecho de carecer de líderes. Codiciaban más de lo que pudiera uno imaginar la presencia de un luchador carismático que pudiera unirlos.

Oí entonces la voz del cinismo; uno de ellos expresó una idea que devastó a todos de igual manera, a mí tam­bién porque parecía yo ser parte indivisible de ellos. Dijo que estaban vencidos sin salvación alguna, porque si en un momento debido cualquiera de ellos tuviera el carisma de levantarse y unirlos, sería traicionado a causa de la envidia, los celos y los malos sentimientos.

Quería hacerle un comentario a don Juan sobre lo que me sucedía, pero no podía articular una sola pala­bra. Don Juan era el único que podía hablar.

‑El ser mezquino no se limita a los yaquis ‑me dijo al oído‑. Es una condición en que está atrapado el ser humano, una condición que ni siquiera es humana, sino que se impone desde afuera.

Sentía que la boca se me abría y cerraba involunta­riamente al esforzarme, desesperadamente, a hacer una pregunta que ni siquiera podía concebir. Mi mente esta­ba vacía, sin pensamiento alguno. Don Juan y yo estába­mos en medio de una rueda de gente, pero ninguno de ellos se había percatado de nosotros. No noté ningún movimiento, reacción o mirada furtiva que indicara que estaban conscientes de nosotros.

Un instante después, me encontré en un pueblo me­xicano construido alrededor de una estación de ferro­carril, un pueblo que quedaba aproximadamente a dos kilómetros de donde vivía don Juan. Estábamos don Juan y yo en medio de la calle junto al banco del gobier­no. Inmediatamente después, vi una de las cosas más extrañas que atestigüé en el mundo de don Juan. Veía energía tal como fluye en el universo, pero no veía a los seres humanos como gotas de energía esféricas o alarga­das. La gente que me rodeaba eran, por un instante, se­res normales de la vida cotidiana, y un instante después, eran criaturas extrañas. Era como si la bola de energía que somos fuera transparente; un halo rodeando un nú­cleo como de insecto. Este núcleo no tenía forma de primate. No había esqueleto, no estaba viendo a la gente como si tuviera visión de rayos equis que penetra el nú­cleo hasta el hueso. En el corazón‑núcleo de esta gente, había más bien formas geométricas de lo que parecían ser vibraciones duras de materia. Ese núcleo era como las letras del alfabeto; una T mayúscula parecía ser el so­porte principal. Una gruesa letra L invertida, estaba sus­pendida delante de la T; la letra griega, delta, llegaba casi hasta el piso, y estaba al final de la barra vertical de la T, y parecía ser el soporte para la estructura entera. Encima de la letra T, vi una hebra como de cuerda, de unos tres centímetros de grosor; pasaba por encima de la esfera luminosa, como si lo que estaba viendo fuera una cuen­ta gigantesca que colgaba desde arriba como un colgan­te de piedras preciosas.

Una vez, don Juan me había presentado una metáfo­ra para describir la unión energética entre hebras de se­res humanos. Dijo que los chamanes del México anti­guo describían estas hebras como una cortina hecha de cuentas ensartadas en un hilo. Había tomado esta des­cripción literalmente, y pensaba que el hilo pasaba por la conglomeración de campos energéticos que es lo que somos, de pies a cabeza. El hilo atado que estaba viendo hacía que la forma redonda de los campos energéticos de los seres humanos más bien pareciera un colgante. No vi, sin embargo, a otra criatura atada a ese mismo hilo. Cada criatura que vi era un ser de un patrón geo­métrico que tenía una especie de hilo en la parte supe­rior de su aureola esférica. El hilo me recordó inmen­samente a esas formas como gusanos segmentados que algunos de nosotros vemos al sol cuando medio cerra­mos los párpados.

Don Juan y yo caminamos por el pueblo de un extremo al otro, y vi literalmente montones de criaturas de patrón geométrico. Mi aptitud de verlos era inestable al extremo. Los veía por un instante, y luego los perdía de vista y me enfrentaba con gente normal.

Pronto me fatigué y sólo podía ver gente normal. Don Juan dijo que era tiempo de regresar a casa, y otra vez algo en mí perdió su sentido normal de continuidad. Me encontré de nuevo en casa de don Juan sin la menor noción de cómo había cruzado la distancia desde el pue­blo a la casa. Me acosté en mi cama y desesperadamente traté de recordar, de evocar a mi memoria, de llegar has­ta el fondo de mi propio ser para encontrar la clave de cómo fui al pueblo yaqui y al pueblo de la estación del ferrocarril. No creía que fueran sueños‑fantasías, por­que las escenas tenían demasiados detalles para no ser reales, y a la vez, no era posible que lo fueran.

‑Estás perdiendo el tiempo ‑me dijo riendo, don Juan‑. Te puedo garantizar que nunca vas a saber cómo llegamos de la casa al pueblo yaqui y desde el pueblo ya­qui a la estación de ferrocarril y de la estación de ferro­carril a la casa. Hay una ruptura en la continuidad del tiempo. Es lo que hace el silencio interno.

Me explicó con gran paciencia que la brujería es la interrupción de ese fluir de continuidad que hace el mundo comprensible para nosotros. Comentó que ha­bía viajado ese día por el oscuro mar de la conciencia, y que había visto la gente como es, involucrada en sus asuntos. Y que entonces había visto la cuerda de energía que ata a ciertos seres humanos entre sí, y que había se­leccionado esos aspectos por el acto de haberlo intenta­do. Hizo hincapié en el hecho de que este intento por mi parte no era algo consciente o de mi propia voluntad; el intento había sucedido a un nivel profundo y había sido regido por la necesidad. Necesitaba conocer algunas de las posibilidades del viaje por el oscuro mar de la con­ciencia, y mi silencio interno había servido de guía al in­tento, una fuerza perenne del universo, para cumplir con esa necesidad.

 

LA CONCIENCIA INORGÁNICA

 

En un momento dado de mi aprendizaje, don Juan me reveló la complejidad de su situación vital. Había siem­pre mantenido, para mi mortificación y descorazona­miento, que vivía en una choza en el estado de Sonora, México, porque esa choza representaba el estado de mi conciencia. No estaba yo totalmente dispuesto a creer que de veras quisiera decir que yo era tan mezquino, ni creía yo que él viviera en otros lugares como sostenía.

Resulta que tenía razón en ambos casos. El estado de mi conciencia sí era mezquino y él sí vivía en otros luga­res, infinitamente más cómodos que la choza donde lo conocí por primera vez. Tampoco era el chamán solita­rio que yo lo creía, sino el líder de un grupo de otros quince guerreros‑viajeros: diez mujeres y cinco hom­bres. Mi asombro fue enorme cuando me llevó a su casa en el centro de México donde vivían él y sus compañe­ros chamanes.

‑¿Vivía en Sonora sólo por mí, don Juan? ‑le pre­gunté sin poder soportar la responsabilidad que me lle­naba de un sentido de culpa y remordimiento y una sen­sación de no valer nada.

‑Bueno, en verdad no vivía allí ‑me dijo, riéndo­se‑. Es que te conocí allí.

‑P‑p‑pero nunca sabía usted cuándo iba a visitarlo, don Juan ‑le dije‑. No tenía yo medios de poder avi­sarle.

‑Bueno, si bien recuerdas ‑me dijo‑, hubo mu­chísimas veces en que no diste conmigo. Tuviste que sen­tarte a esperarme durante días algunas veces.

‑¿Tomaba un avión de aquí a Guaymas, don Juan? ‑le pregunté con toda seriedad‑. Creía que lo más rá­pido hubiera sido llegar por avión.

‑No, no volaba a Guaymas ‑me dijo con una gran sonrisa‑. Volaba directamente a la choza donde me es­perabas.

Sabía que me estaba diciendo algo muy significativo que mi mente lineal ni podía comprender ni aceptar, al­go que seguía confundiéndome interminablemente. Es­taba yo en un estado de conciencia en esos días, en que incesantemente me repetía una pregunta fatal: ¿Y si todo lo que me dice don Juan es verdad?

 

No quería hacerle más preguntas, porque estaba irremediablemente perdido, tratando de crear un puente entre dos líneas de pensamiento y de acción.

En su nuevo ambiente, don Juan empezó, con gran­des esfuerzos, a instruirme en una faceta más compleja de su conocimiento, una faceta que exigía toda mi atención, una faceta en la que no bastaba simplemente reservar la opinión. Éste era el momento en que tenía que sumergir­me plenamente en las profundidades de su conocimien­to. Tenía que cesar de ser objetivo y a la vez, desistir de ser subjetivo.

Un día estaba ayudándole a don Juan a limpiar unas estacas de bambú que estaban detrás de su casa. Me dijo que me pusiera unos guantes, porque las astillas del bam­bú eran muy afiladas y fácilmente causaban infecciones. Me dirigió en cómo usar un cuchillo para limpiar el bam­bú. Me metí de plano en mi trabajo. Cuando don Juan empezó a hablarme, tuve que dejar de trabajar para pres­tarle atención. Me dijo que ya había trabajado bastante y que debíamos meternos en la casa.

Me dijo que me sentara en un sillón muy cómodo de su espaciosa sala, que estaba casi vacía. Me dio unas nue­ces, unos albaricoques secos y rodajas de queso, todo muy bien arreglado sobre un plato. Le dije protestando, que quería terminar de limpiar el bambú. No quería co­mer. Pero no me prestó atención. Me recomendó que comiera poco, lenta y cuidadosamente, porque necesita­ba alimento continuo para estar alerta y atento a lo que me iba a decir.

‑Tú ya sabes ‑empezó‑ que existe en el universo una fuerza perenne que los chamanes del México antiguo llamaban el oscuro mar de la conciencia. Estando ellos en su máxima capacidad de su poder de percepción, vieron algo que los hizo sacudirse en sus calzonzotes, si es que los traían puestos. Vieron que el oscuro mar de la conciencia no es solamente responsable por la conciencia de los organismos, sino también por la conciencia de aquellas entidades que carecen de organismo.

‑¿Qué es esto, don Juan, entes sin organismo que tienen conciencia? ‑le pregunté asombrado, ya que ja­más había hecho alusión a tal idea.

‑Los antiguos chamanes descubrieron que el uni­verso entero está compuesto de fuerzas gemelas ‑em­pezó‑, fuerzas que a la vez se oponen y que se complementan. Es irrefutable que nuestro mundo es un mundo gemelo. El mundo opuesto y complementario a él es uno que está poblado por entes que tienen conciencia, pero no un organismo. Por esta razón, los antiguos cha­manes los llamaban seres inorgánicos.

‑¿Y dónde está este mundo, don Juan? ‑pregunté mascando un albaricoque inconscientemente.

‑Aquí donde tú y yo estamos sentaditos ‑me con­testó como si se tratara de algo muy normal, pero riéndo­se abiertamente de mi nerviosismo‑. Te dije que es nuestro mundo gemelo, así es que está íntimamente re­lacionado con nosotros. Los chamanes del México anti­guo no pensaban como tú en términos de tiempo y espa­cio. Pensaban exclusivamente en términos de conciencia. Dos tipos de conciencia coexisten sin chocar una contra la otra porque cada tipo difiere totalmente de la otra. Los antiguos chamanes se enfrentaron a este problema de co­existencia sin preocuparse del tiempo y el espacio. Razo­naron que el grado de conciencia de los seres orgánicos y el grado de conciencia de los seres inorgánicos era tan dis­tinto que ambos podían coexistir sin la más mínima in­terferencia.

‑¿Podemos percibir esos seres inorgánicos, don Juan? ‑le pregunté.

‑Claro que sí ‑respondió‑. Los chamanes lo ha­cen a voluntad. Las personas comunes también lo ha­cen, pero no se dan cuenta de que lo están haciendo por­que no son conscientes de la existencia del mundo gemelo. Cuando piensan en el mundo gemelo, se entre­gan a toda forma de masturbación mental, pero nunca se les ha ocurrido que sus fantasías tienen origen en el co­nocimiento subliminal que tenemos todos nosotros: el de que no estamos solos.

Estaba clavado en las palabras de don Juan. De re­pente, me entró un hambre voraz. Sentía un vacío en el fondo de mi estómago. Lo único que podía hacer era es­cuchar muy atentamente y comer.

‑La dificultad de enfrentarse a las cosas en términos de tiempo y espacio ‑siguió‑, es que solamente te das cuenta si algo ha aterrizado en el espacio y tiempo que tienes disponible, el cual es muy limitado. Los chama­nes, en cambio, tienen un campo inmenso sobre el cual pueden darse cuenta si algo extraño ha aterrizado. Mu­chas entidades del universo en su totalidad, entidades que poseen conciencia, pero no organismo, aterrizan sobre el campo de conciencia de nuestro mundo, o el campo de conciencia de su mundo gemelo, sin que el ser humano común se dé cuenta. Las entidades que aterri­zan sobre nuestro campo de conciencia, o sobre el cam­po de conciencia de nuestro mundo gemelo, pertenecen a otros mundos que existen aparte de nuestro mundo y su gemelo. El universo extendido está lleno hasta el co­pete de mundos de conciencia, inorgánicos y orgánicos.

Don Juan siguió hablando y dijo que aquellos cha­manes sabían cuándo la conciencia inorgánica de otros mundos aparte de nuestro mundo gemelo había aterri­zado en su campo de conciencia. Dijo que igual a todo ser humano, aquellos chamanes hacían clasificaciones interminables de los diferentes tipos de esta energía que tiene conciencia. Los conocían por el término general de seres inorgánicos.

‑¿Tienen vida esos seres inorgánicos tal como noso­tros tenemos vida? ‑pregunté.

‑Si piensas que el tener vida es tener conciencia, en­tonces sí tienen vida ‑me dijo‑. Supongo que sería acertado decir que si la vida puede medirse por la intensidad, la agudeza, la duración de esa conciencia, enton­ces puedo decir, con toda sinceridad, que están más vi­vos que tú y yo.

‑¿Mueren esos seres inorgánicos, don Juan? ‑le pregunté.

Don Juan soltó una risita por un momento antes de contestar.

‑Si para ti la muerte es el final de la conciencia, sí, sí mueren. Termina su conciencia. Su muerte es un tanto como la muerte de un ser humano y a la vez, no lo es, porque la muerte del ser humano tiene una opción es­condida. Es algo así como una cláusula de un docu­mento legal, una cláusula escrita en letra tan pequeña que apenas puedes verla. Necesitas lupa para leerla y sin embargo es la cláusula más importante del documento.

‑¿Cuál es la opción escondida, don Juan?

‑La opción escondida de la muerte existe exclusiva­mente para los chamanes. Son los únicos, que yo sepa, que han leído la letra pequeña. Para ellos, la opción es pertinente y funcional. Para el ser humano común, la muerte significa el fin de su conciencia, de su orga­nismo. Para los seres inorgánicos, la muerte significa lo mismo: el final de su conciencia. En ambos casos, el im­pacto de la muerte es el acto de ser absorbido por el os­curo mar de la conciencia. Su conciencia individual, car­gada con sus experiencias vitales, rompe sus parámetros y la conciencia como energía se derrama en el oscuro mar de la conciencia.

‑¿Pero cuál es la opción escondida de la muerte que sólo recogen los chamanes, don Juan? ‑le pregunté.

‑Para un brujo, la muerte es un factor unificante. En vez de desintegrar el organismo como pasa normal­mente, la muerte lo unifica.

‑¿Cómo es posible que la muerte unifique algo? ‑protesté.

‑La muerte para el chamán ‑dijo‑ termina con el reino de estados emocionales en el cuerpo. Los antiguos chamanes creían que era el domino de diferentes partes del cuerpo los que reinaban sobre los estados y acciones del cuerpo total; partes que dejan de funcionar y arras­tran el cuerpo al caos, como por ejemplo, cuando te en­fermas por comer porquerías. En ese caso, el estado de tu estómago afecta todo lo demás. La muerte borra el dominio de las partes individuales. Unifica su concien­cia dentro de una sola unidad.

‑¿Quiere usted decir que después de morir los cha­manes todavía tienen conciencia? ‑pregunté.

‑Para los chamanes, la muerte es un acto de unifica­ción que emplea todo ápice de su energía. Tú estás pen­sando en la muerte como un cadáver que está delante de ti, un cuerpo que ya empieza a descomponerse. Para los chamanes, cuando ocurre el acto de unificación, no hay cadáver. No hay descomposición. Sus cuerpos en su to­talidad se vuelven energía, una energía que tiene con­ciencia, que no está fragmentada. Los límites que han sido impuestos por el organismo, límites que la muerte derriba, todavía siguen funcionando en el caso de los chamanes, aunque invisibles a simple vista.

»Sé que te mueres por preguntarme ‑continuó, con una gran sonrisa‑ si lo que estoy describiendo es el alma que va al infierno o al cielo. No, no es el alma. Lo que le pasa a los chamanes, cuando recogen esa opción escondida de la muerte, es que se convierten en seres in­orgánicos, muy especializados, seres inorgánicos de gran velocidad, seres capaces de maniobras estupendas de percepción. Los chamanes emprenden entonces lo que los chamanes del México antiguo llamaban su viaje defi­nitivo. El infinito llega a ser su reino de acción.

‑¿Quiere usted decir con todo esto, don Juan, que se vuelven eternos?

‑Mi sobriedad de brujo me dice ‑respondió‑ que su conciencia va a terminar de la manera en que termina la conciencia de los seres inorgánicos, pero nunca lo he visto. No lo sé. Los antiguos chamanes creían que la conciencia de este tipo de ser inorgánico duraría mientras viva la Tie­rra. La Tierra es su matriz. Mientras perdure, su concien­cia continúa. Para mí, ésta es la afirmación más razonable.

La continuidad y el orden de la explicación de don Juan habían sido, para mí, magistrales. No tenía en qué contribuir. Me dejó con una sensación de misterio y de expectativas no expresadas que esperaban cumplirse.

 

Al momento de llegar a mi próxima visita con don Juan, comencé mi conversación preguntándole ansiosa­mente algo que venía cavilando.

‑¿Hay posibilidad, don Juan, de que existan los fantasmas y las apariciones?

‑Lo que llamas fantasma o aparición ‑dijo‑, al ser examinado a fondo por un chamán, se reduce a una cosa: es posible que cualquiera de estas apariciones fan­tasmales pudiera ser una conglomeración de campos de energía que tiene conciencia, y que nosotros converti­mos en cosas que conocemos. Si es éste el caso, entonces las apariciones tienen energía. Los chamanes los llaman configuraciones‑generaradoras‑de‑energía. O no ema­nan energía, en cuyo caso son creaciones fantasmagóri­cas, por lo general de una persona muy fuerte en térmi­nos de conciencia.

‑Un cuento que me ha intrigado inmensamente ‑continuó don Juan‑, es el que me contaste una vez­ acerca de tu tía. ¿Te acuerdas?

Le había contado a don Juan que cuando tenía cator­ce años había ido a vivir a la casa de la hermana de mi padre. Vivía en una casa enorme de tres patios con habi­taciones entre cada uno de ellos ‑alcobas, salas, etc.‑. El patio de la entrada era muy austero, y estaba embal­dosado. Me dijeron que era una casa colonial y que este primer patio era donde habían entrado los carruajes ti­rados por caballos. El segundo patio era una hermosa huerta por la cual cruzaban caminitos de ladrillo de di­seños moriscos, y estaba lleno de frutales. El tercer pa­tio estaba cubierto de macetas que colgaban de los ale­ros del techo, jaulas de pájaros y en medio, un surtidor de estilo colonial, como también una gran parte cercada con tela de alambre donde se encontraban los preciados gallos de pelea de mi tía, la gran predilección de su vida.

Mi tía puso a mi disposición un apartamento entero justo en frente de la huerta de frutales. Pensé que me lo iba a pasar de lo mejor. Podía comerme toda la fruta que quería. Nadie de allí tomaba la fruta de esos árboles por razones que nunca me divulgaron. En la casa vivían mi tía, una mujer alta, rechoncha, de cara redonda que lindaba en los cincuenta, muy jovial y gran anecdotis­ta, llena de excentricidades que escondía detrás de un aspecto muy formal y la apariencia de un catolicismo muy devoto. Había un mayordomo, un hombre alto e imponente de unos cuarenta años de edad que había sido sargento mayor del ejército y que había sido atraído a este puesto de mayor pago, en que le hacía de mayor­domo, guardaespaldas y hombre de casa para mi tía. Su mujer, una bellísima joven, era la compañera, confidente y cocinera de mi tía. La pareja tenía una hija, una niña rechonchita que se parecía exactamente a mi tía. Tan fuerte era la semejanza que mi tía la había adoptado legalmente.

Estas cuatro eran las personas más tranquilas que ja­más había conocido. Llevaban una vida muy sosegada, alterada sólo por las excentricidades de mi tía, que de improviso decidía hacer un viaje, o comprar nuevos y prometedores gallos de pelea, entrenarlos y organizar peleas en las que se apostaban grandes sumas de dinero. Se ocupaba de sus gallos de pelea con gran cariño, a ve­ces dedicándoles todo el día. Para evitar que la hirieran de un espolonazo, se ponía guantes de cuero gruesos y mallas tiesas de cuero.

Me pasé dos meses estupendos en casa de mi tía. Me daba clases de música por la tarde y me contaba histo­rias interminables de mis antepasados. Mi situación era ideal porque podía salir con mis amigos y nunca tenía que rendirle cuentas a nadie de la hora de mi regreso. A veces me pasaba horas sin dormirme, acostado sobre mi cama. Dejaba abierta la ventana para que la habitación se llenara de la fragancia de los azahares. Cuando repo­saba allí despierto, podía oír a alguien que caminaba por el pasillo que corría a lo largo de la propiedad al lado norte, y que unía todos los patios de la casa. Este corre­dor tenía unos arcos hermosos y piso de baldosas. Ha­bía cuatro bombillas de bajo voltaje que apenas lo alum­braban, luces que a diario se encendían a las seis de la tarde y que se apagaban a las seis de la mañana.

Le pregunté a mi tía si alguien caminaba de noche y se acercaba a mi ventana, porque quien fuera el caminante siempre se detenía junto a mi ventana, daba la vuelta y re­gresaba a la entrada principal de la casa.

‑No te preocupes por tonterías, Bebé ‑me dijo sonriendo, mi tía.

‑Seguramente es mi mayordomo haciendo la ron­da. ¡No es nada! ¿Te asustó?

‑No, no me dio miedo ‑dije‑. Es que me entró la curiosidad de por qué tu mayordomo se acerca a mi ha­bitación todas las noches. A veces sus pasos me des­piertan.

Pasó por alto mi pregunta como si no fuera gran cosa, diciéndome que, como el mayordomo había sido militar, estaba acostumbrado a hacer sus rondas como centinela. Acepté su explicación sin más.

Un día le dije al mayordomo que sus pasos eran de­masiado fuertes y que hiciera su ronda por mi ventana con mayor cuidado para dejarme dormir en paz.

‑¡No sé a qué te refieres! -me dijo con una voz ronca.

‑Mi tía me dijo que haces la ronda de noche ‑le dije.

‑¡Nunca hago tal cosa! ‑me dijo, los ojos llenos de disgusto.

‑¿Pero, entonces quién pasa por mi ventana?

‑Nadie pasa por tu ventana. Te lo estás imaginan­do. Vete a dormir. No andes armando escándalo. Te lo digo por tu propio bien.

Lo peor que me pudieran decir en aquellos años era eso de «mi propio bien». Esa noche, tan pronto como oí los pasos, me levanté de la cama y me puse detrás de la pa­red que daba a la entrada de mi apartamento. Cuando, por mis cálculos, el caminante estaba junto a la segunda bom­billa, saqué la cabeza y me asomé al corredor. De pronto, los pasos se detuvieron y no había nadie a la vista. El co­rredor, apenas alumbrado, estaba vacío. Si alguien caminaba allí, no hubiera tenido tiempo para esconderse por­que no había dónde. Sólo había paredes vacías.

Mi susto fue tan inmenso que desperté a toda la casa con mis gritos. Mi tía y su mayordomo trataron de cal­marme diciéndome que me lo estaba imaginando, pero mi agitación era tan intensa que los dos confesaron fi­nalmente, con cierta vergüenza, que algo que ellos des­conocían recorría la casa de noche.

Don Juan había dicho que casi seguro que era mi tía la que caminaba de noche; es decir, algún aspecto de su con­ciencia sobre el cual no ejercía su voluntad. Él creía que este fenómeno obedecía a un sentido de juego o de miste­rio que ella cultivaba. Don Juan estaba seguro de que no era ningún disparate pensar que mi tía en algún nivel su­bliminal, no sólo hacía que se oyeran estos ruidos, sino que era capaz de manipulaciones de conciencia mucho más complejas. Don Juan también había dicho que para ser del todo justo tenía que reconocer que los pasos po­dían ser producto de la conciencia inorgánica.

Don Juan dijo que los seres inorgánicos que pobla­ban nuestro mundo gemelo eran considerados, por los chamanes de su linaje, como nuestros parientes. Los chamanes creían que era inútil hacer amistad con nues­tros familiares porque las exigencias que conllevaban ta­les amistades siempre eran exorbitantes. Dijo que ese tipo de ser inorgánico que es primo hermano nuestro, se comunica con nosotros incesantemente, pero que su co­municación no ocurre al nivel consciente de la concien­cia. En otras palabras, sabemos de ellos de manera subli­minal, mientras que ellos saben todo acerca de nosotros de manera deliberada y consciente.

‑¡La energía de nuestros primos hermanos no vale un pepino! ‑siguió don Juan‑. Están tan jodidos como nosotros. Digamos que los seres orgánicos y los seres inorgánicos de nuestros mundos gemelos son hijos de dos hermanas que viven una al lado de la otra. Son totalmen­te iguales aunque parezcan distintos. No pueden ayudar­nos, y no podemos ayudarlos. Quizá pudiéramos unir­nos y fundar una empresa familiar fabulosa, pero esto no ha sucedido. Ambas ramas de la familia son extremada­mente sensibles y de nada se ofenden, algo normal entre primos hermanos tan sensibles. Lo esencial del asunto, según los chamanes del México antiguo, es que tanto los seres humanos como los seres inorgánicos de los mundos gemelos son enormes egomaniáticos.

Según don Juan, otra clasificación que los chamanes del México antiguo habían hecho de los seres inorgánicos era el de los exploradores, y con esto se referían a seres in­orgánicos que surgían desde el fondo del universo y que poseían una conciencia infinitamente más aguda y veloz que la de los seres humanos. Afirmó don Juan que los an­tiguos chamanes habían perfeccionado sus esquemas de clasificación a lo largo de generaciones y que sus conclu­siones eran que ciertos tipos de seres inorgánicos proce­dentes de la categoría de exploradores, a causa de su viva­cidad, eran parecidos al hombre. Podían formar vínculos y establecer una relación simbiótica con los hombres. Los antiguos chamanes llamaban a este tipo de seres inor­gánicos los aliados.

Don Juan explicó que el error crucial de esos chama­nes, con referencia a este tipo de ser inorgánico, era el atribuir características humanas a esa energía imperso­nal y creer que podían utilizarla. Tomaban esos bloques de energía como sus ayudantes y contaban con ellos sin comprender que, siendo pura energía, no tenían el po­der de sostener el esfuerzo.

‑Te he dicho todo lo que hay que saber acerca de los seres inorgánicos ‑dijo don Juan de pronto‑. La única manera que puedes comprobarlo es a través de la experiencia directa.

No le pregunté lo que quería que hiciera. Un terror profundo me sacudió el cuerpo con espasmos nerviosos que brotaron como erupción volcánica desde el plexo solar y se extendieron hasta los dedos de los pies subien­do por la parte superior del tronco.

‑Hoy vamos a buscar unos seres inorgánicos ‑me anunció.

Don Juan me ordenó que me sentara sobre mi cama y que tomara de nuevo la postura que fomentaba el silencio interno. Seguí su orden con una facilidad inusitada. Nor­malmente me hubiera hecho el necio, no abiertamente quizás, pero aun así, hubiera tenido un momento de ne­cedad. Tuve el vago pensamiento que durante el tiempo que tardé en sentarme, había entrado ya en un estado de silencio interno. Ya no pensaba con claridad. Sentí que me rodeaba una oscuridad impenetrable, dándome la sen­sación de que me estaba durmiendo. Mi cuerpo estaba completamente inerte, o bien porque no tenía la menor intención de dar órdenes para que se moviera, o bien por­que no era capaz de formularlos.

Un momento después, me encontré con don Juan, ca­minando en el desierto de Sonora. Reconocí los alrede­dores; había estado allí tantas veces con él, que me sabía de memoria todos sus rasgos. Era el momento del atarde­cer y la luz del poniente me inundó en un estado de de­sesperación. Caminaba automáticamente, consciente de que mis pensamientos no acompañaban las sensaciones que sentía en mi cuerpo. No me estaba describiendo mi propio estado de ser. Quise decírselo a don Juan, pero el deseo de comunicarle mis sensaciones corporales se des­vaneció en un instante.

En voz lenta, grave y baja, don Juan dijo que el cauce seco en que caminábamos era un lugar muy propicio para lo que nos ocupaba y que tenía que sentarme solo sobre un canto pequeño, mientras que él se iba a sentar en otro como a quince metros de distancia. No le pre­gunté a don Juan algo que hacía normalmente ‑lo que tenía que hacer‑. Sabía lo que tenía que hacer. Enton­ces oí el susurro de los pasos de gente que caminaba por los arbustos escasos que por allí había. Carecía el lugar de la humedad suficiente para que fuera frondoso. Al­gunos arbustos fuertes crecían allí con una distancia de unos cinco metros entre uno y otro.

Vi que se acercaban dos hombres. Parecían ser del lo­cal, quizás yaquis de alguno de los pueblos yaqui de esos contornos. Se acercaron y se quedaron de pie junto a mí. Uno de ellos me preguntó despreocupadamente cómo me había ido. No había pensamientos. Todo estaba diri­gido por sensaciones viscerales. Me los quedé mirando lo suficiente para borrarles completamente las facciones y finalmente me quedé ante dos brillosos globos de lumi­nosidad que vibraban. Los globos de luminosidad no te­nían límites. Parece que se sostenían desde adentro de manera cohesiva. A veces se achataban. Entonces reco­braban otra vez una verticalidad de lo alto de un hombre.

De pronto sentí que el brazo de don Juan me agarra­ba del brazo derecho y me levantaba del canto. Me dijo que era hora de marcharnos. Al momento estaba de nue­vo en su casa en el centro de México, más desconcertado que nunca.

‑Hoy encontraste conciencia inorgánica y entonces la viste como de veras es ‑me dijo‑. La energía es el residuo irreductible de todo. Por lo que a nosotros se refiere, ver energía directamente es lo máximo para un ser humano. Quizás hay otras cosas más allá de eso, pero no están a nuestro alcance.

Don Juan me dijo todo esto una y otra vez y cuanto más me lo decía, sus palabras parecían solidificarme más y más ayudándome a regresar a mi estado normal.

Le conté a don Juan todo lo que había atestiguado, todo lo que había oído. Me explicó don Juan que ese día había lograda transformar la forma antropomórfica de los seres inorgánicos en su esencia: una energía imperso­nal consciente de sí misma.

‑Debes comprender ‑dijo‑, que es nuestra cog­nición, que es en esencia nuestro sistema de interpreta­ción, la que restringe nuestros recursos. Nuestro siste­ma de interpretación es lo que nos dice cuáles son los parámetros de nuestras posibilidades, y cómo hemos es­tado utilizando ese sistema de interpretación toda la vida, no nos atrevemos a ir contra sus dictámenes.

»La energía de los seres inorgánicos nos empuja ‑con­tinuó diciendo don Juan-, interpretamos ese empujón como fuera, según nuestro estado de ánimo. Lo más so­brio que se puede hacer, según el chamán, es relegar esas entidades a un nivel abstracto. Cuanto menos interpre­taciones haga el chamán, mejor.

-Desde ahora en adelante ‑continuó‑, cuando te enfrentes a la visión extraña de una aparición, manténte firme y quédate mirándolo desde una postura inflexible. Si es ser inorgánico, tu interpretación se va a caer como las hojas muertas. Si nada pasa, es una pendejada de aberra­ción de tu mente, que de todas maneras no es tu mente.

 

LA VISTA CLARA

 

Por primera vez en mi vida, me encontré ante el dile­ma de cómo comportarme en el mundo. El mundo que me rodeaba no había cambiado. Decididamente, había una falla dentro de mí. La influencia de don Juan y todas las actividades que procedían de las prácticas en las que me había involucrado tan profundamente, me estaban afectando y me hacían incapaz de tener trato con mis congéneres. Examiné mi problema y llegué a la conclu­sión de que mi falla consistía en que compulsivamente comparaba a todos con don Juan.

En mi estimación, don Juan era un ser que vivía su vida profesionalmente en todos los aspectos, es decir que cada uno de sus actos, no importaba cuán insignifi­cante fuera, tenía sentido. Yo estaba rodeado de gente que se creía inmortal, que se contradecía a cada paso; eran seres con los que no podía uno contar. Era un juego injusto; las cartas jugaban en contra de la gente que yo conocía. Estaba acostumbrado al comportamiento inal­terable de don Juan, a su falta total de importancia per­sonal, y al insondable ámbito de su intelecto; muy poca gente de la que yo conocía era consciente de que existía otro modo de comportamiento que fomentaba estas cualidades. La mayoría sólo conocía el modo de com­portamiento del auto‑reflejo, que deja al hombre débil y torcido.

Por consecuencia, tenía problemas con mis estudios académicos. Se me esfumaban. Traté desesperadamente de encontrar una razón para justificar mis tareas acadé­micas. Lo único que vino a mi ayuda y me dio un con­tacto, aunque frágil, fue la recomendación que alguna vez me había hecho don Juan, de que los guerreros‑via­jeros tenían que tener un romance con el conocimiento, no importaba la forma en que se presentara.

Había definido el concepto del guerrero‑viajero di­ciendo que se refería a chamanes, quienes por ser gue­rreros viajaban en el oscuro mar de la conciencia. Había añadido que los seres humanos eran viajeros en el oscuro mar de la conciencia, y que esta Tierra no es más que una estación en su viaje; por razones ajenas, que no que­ría divulgar en aquel momento, los viajeros habían inte­rrumpido su viaje. Dijo que los seres humanos estaban dentro de una especie de remolino, una contracorriente que les daba la impresión de moverse, cuando en esen­cia estaban fijos. Mantenía que los chamanes eran los únicos que se oponían a una fuerza, fuera la que fuera, que mantenía presos a los seres humanos, y que los cha­manes, por medio de su disciplina, se liberaron de las garras de esta fuerza y continuaron su viaje de la con­ciencia.

Lo que precipitó la caótica alteración final de mi vida académica fue mi falta de capacidad de enfocar mi inte­rés en temas de asuntos antropológicos que no me inte­resaban un pepino, no por su falta de interés en sí, sino porque en su mayoría la cuestión era manipular palabras y conceptos, como se hace en un documento legal, para obtener un resultado que establece precedentes. La discusión se basaba en que el conocimiento humano se construye de tal manera, y que el esfuerzo de cada indi­viduo es un ladrillo que contribuye a construir un siste­ma de conocimiento. El ejemplo que se me presentó fue el del sistema legal por el cual vivimos, y que es de im­portancia incalculable para nosotros. Sin embargo, mis nociones románticas de aquel momento me impidieron verme a mí mismo como un notario‑antropólogo. Esta­ba totalmente comprometido con el concepto de que la antropología debe ser la matriz de todo empeño huma­no, la medida del hombre.

Don Juan, un pragmatista consumado, un verdadero guerrero‑viajero de lo desconocido, me dijo que era un baboso. Me dijo que no importaba si los temas antropo­lógicos que me proponían eran maniobras de palabras y conceptos, lo que importaba era el ejercicio de la disci­plina.

‑No importa ‑me dijo una vez‑ qué tan bueno lector seas, y cuántos libros maravillosos puedas leer. Lo importante es que tengas la disciplina de leer lo que no quieres leer. El quid del ejercicio de los chamanes es asistir a la escuela a estudiar lo que rechazas, no lo que aceptas.

Decidí dejar los estudios por un tiempo y me fui a trabajar en el departamento de arte de una fábrica de calcomanías. El empleo ocupó mis esfuerzos y mis pen­samientos al máximo. Mi desafío era llevar a cabo los deberes que me presentaban, tan perfectamente y tan rá­pido como podía. El armar las hojas de vinícola con las imágenes para el proceso de serigrafía era un procedi­miento común que no permitía ninguna innovación, y la eficacia del trabajador se medía por su velocidad y exactitud. Me volví adicto al trabajo y me divertí enor­memente.

El director del departamento de arte y yo nos hicimos amigos. Llegó a ser mi protector. Se llamaba Ernest Lip­ton. Lo admiraba y respetaba inmensamente. Era buen artista y magnífico artesano. Su falla era su blandura; era de una consideración increíble con los demás, considera­ción que lindaba en la pasividad.

Un día, por ejemplo, salíamos del estacionamiento del restaurante donde habíamos almorzado. Muy cor­tésmente, esperó a que otro auto saliera del espacio de­lante de él. El chófer obviamente no nos vio y empezó a darle en reversa a extremada velocidad. Ernest Lipton fácilmente pudiera haber sonado la bocina para llamarle la atención. Al contrario, se quedó sentado, sonriendo como idiota mientras que el tipo le dio un tremendo golpe a su auto. Luego me miró y se disculpó conmigo.

‑Caramba, podría haber sonado la bocina ‑me dijo‑, pero la mierda hace un ruido espantoso y me da vergüenza.

El tipo que le había golpeado el auto estaba furioso y lo tuvimos que tranquilizar.

‑No se preocupe ‑dijo Ernest‑. Su auto no se dañó. Además, sólo acabó con los faroles del mío; los iba a reponer de todas maneras.

Otra día en el mismo restaurante, unos japoneses, clientes de la fábrica de calcomanías y sus invitados a almorzar, estaban conversando animadamente con nosotros y haciéndonos preguntas. Vino el mesero con el pedido y quitó de la mesa algunos de los platos de ensa­lada, haciendo lugar lo mejor que podía en la angosta mesa para el enorme plato principal. Uno de los japoneses necesitaba más espacio. Empujó su plato hacia ade­lante, haciendo que el de Ernest se moviera y empezará a caerse de la mesa. Nuevamente, Ernest podría haberle avisado al hombre pero no, se quedó allí con una gran sonrisa hasta que el plato terminó en su regazo.

En otra ocasión, fui a su casa para ayudarle a poner unos pares sobre su patio, donde iba a plantar una parra para dar un poco de sombra y fruta. Arreglamos los pa­res de antemano en un enorme bastidor, y luego lo pusi­mos a un lado y lo atamos a unas vigas. Ernest era un hombre alto y muy fuerte, y usando una viga como so­porte, levantó el otro punto para que yo colocara los pestillos en los agujeros que ya habíamos hecho en los soportes. Pero antes de que pudiera colocarlos, alguien tocó a la puerta con gran insistencia y Ernest me pidió que fuera a ver quién era, mientras soportaba el bastidor de pares con su cuerpo.

Su mujer estaba en la puerta con la compra. Empezó a conversar conmigo largamente y dejé de pensar en Er­nest. Hasta le ayudé a guardar la compra. Estaba colo­cando el apio, cuando me acordé que mi amigo estaba to­davía allí con el bastidor de pares, y como lo conocía, sabía que se guardaría allí, esperando que otra persona fuera tan considerada como él siempre lo era. Desespera­damente, corrí al jardín de atrás y allí estaba, en el suelo. Se había caído, exhausto de haber soportado el pesado bastidor de madera. Parecía un muñeco de hilachas. Tu­vimos que llamar a sus amigos para que vinieran a darnos una mano y levantar el bastidor de pares, pues él ya no era capaz de hacerlo. Tuvo que guardar cama. Pensó que en verdad había sufrido una hernia.

El relato más clásico acerca de Ernest Lipton tuvo que ver con el día que fue a hacer una excursión de fin de semana a las montañas de San Bernardino con unos amigos. Pasaron la noche acampando en las montañas. Mientras todos dormían, Ernest Lipton se levantó para hacer sus necesidades y se metió entre el matorral, y siendo un hombre tan considerado se alejó de donde dormían. En la oscuridad, se resbaló y rodó por la lade­ra de la montaña. Más tarde le dijo a sus amigos que es­taba seguro de que caería a su muerte, al fondo del valle. Tuvo suerte porque se agarró de la orilla con los dedos; estuvo allí colgado durante horas, buscando vanamente en la oscuridad algún apoyo para los pies y perdiendo fuerza en los brazos; pero iba a agarrarse hasta la muerte. Extendiendo las piernas cuanto pudo, dio con pequeñas protuberancias en la roca que le ayudaron sostenerse. Allí se quedó aplastado contra la roca, como las calco­manías que fabricaba, hasta que aclaró y se dio cuenta de que estaba a treinta centímetros de la tierra.

‑¡Ernest, nos podrías haber llamado! ‑se quejaron sus amigos.

‑Caramba, no creí que sirviera de nada ‑respon­dió‑. ¿Quién me hubiera oído? Además, creía que ha­bía rodado por lo menos kilómetro y medio hacia el va­lle. Y todos estaban dormidos.

El colmo para mí fue cuando Ernest Lipton, que pa­saba dos horas cada día de camino de su casa al trabajo, decidió comprarse un auto económico, un Volkswagen Escarabajo y empezó a medir cuántas millas hacía por galón de gas. Para mi enorme sorpresa, anunció una ma­ñana que había calculado unos ciento cincuenta kilóme­tros por galón. Como el hombre preciso que era, califi­có su pronunciamiento, al decir que no conducía mucho en la ciudad, sino en la autopista, aunque también a las horas de máxima circulación cuando había que acelerar y disminuir de velocidad frecuentemente. Una semana más tarde, anunció que había llegado a trescientos kiló­metros por galón.

Esta maravilla fue acelerando hasta que llegó a la in­creíble cifra de setecientos kilómetros por galón. Sus amigos le dijeron que tenía que mandar esa cifra a los ar­chivos de la empresa Volkswagen. Ernest Lipton estaba rebosante y se regocijaba, preguntando en voz alta qué haría si llegaba a la cifra de mil kilómetros. Sus amigos le dijeron que tendría que declarar un milagro.

La extraordinaria situación continuó hasta que una mañana encontró a uno de sus amigos, que durante cin­co meses andaba tomándole el pelo con la más vieja de las bromas, poniéndole gasolina al tanque sigilosamen­te. Cada mañana, le había añadido tres o cuatro tazas pa­ra que el indicador nunca marcara vacío.

Ernest Lipton casi llegó a enfadarse. Su pronuncia­miento más duro fue:

‑¡Caramba! ¿Andan bromeando, o qué?

Durante semanas, sabía yo que sus amigos le anda­ban tomando el pelo, pero no podía intervenir. Sentía que no era asunto mío. Los que lo hacían eran sus ami­gos de toda la vida. Yo era recién llegado. Cuando vi la cara de herido y decepcionado que puso, y su incapaci­dad de enfadarse, sentí una ola de ansiedad y culpa. Me enfrentaba de nuevo a un viejo enemigo. Odiaba a Er­nest Lipton y, a la vez, me gustaba inmensamente. Esta­ba indefenso.

La verdad de todo es que Ernest Lipton se parecía a mi padre. Sus lentes gruesos, su calvicie incipiente, su barbita gris que nunca se podía afeitar por completo, me traían a la mente las facciones de mi padre. Tenía el men­tón fino y la nariz recta y puntiaguda. Al ver su incapacidad de enfadarse y darles un moquete a los bromistas, vi con toda claridad el parecido que tenía con mi padre, y eso llevó el asunto hacia el peligro.

Recordé cómo mi padre se había enamorado loca­mente de la hermana de su mejor amigo. La vi un día en un pueblo veraniego, tomada de la mano de un joven. Su madre los acompañaba. La joven parecía estar feliz. Se miraban los dos, embelesados. A mi ver, era el amor jo­ven en su mejor momento. Cuando vi a mi padre le con­té, gozando cada detalle con toda la malicia de mis diez años, que su novia tenía un novio de verdad. Se sobre­saltó. No podía creerme.

‑Pero, ¿ha hablado usted alguna vez con la chica? ‑le pregunté atrevidamente‑. ¿Sabe ella acaso que us­ted la quiere?

‑¡No seas idiota, bestia enferma! ‑me espetó­-. Con las mujeres no hay que andar con esas mierdas. ‑Me contempló con aire de niño consentido, el labio temblando de rabia‑. ¡Es mía! ¡Debe saber que es mía sin que yo le diga nada!

Hizo esta declaración con la certeza de un niño que recibe todo en la vida sin tener que luchar por ello.

En la cima de mi forma, le di el golpe final:

‑Bueno ‑le dije‑. Creo que esperaba que alguien se lo dijera, y alguien acaba de llegar antes que usted.

Estaba preparado a saltar fuera de su alcance y echar a correr porque pensé que me iba a golpear con toda la furia del mundo, pero al contrario, sollozando, se des­moronó allí delante de mí.

Me pidió con llantos amargos que, como yo era ca­paz de hacer cualquier cosa, que por favor vigilara a la chica y que le contara todo.

Sentí un odio hacia él más allá de las palabras, y a la vez, lo amaba con una tristeza incomparable. Me maldi­je por haberle precipitado esa humillación.

Ernest Lipton me recordaba a mi padre a tal grado que dejé el trabajo, diciendo que tenía que regresar a la universidad. No quería llevar una carga mayor de la que ya llevaba sobre mis espaldas. Nunca había podido per­donarme el haberle causado a mi padre esa angustia y nunca lo había perdonado por ser tan cobarde.

Regresé a la escuela y empecé la gigantesca faena de reintegrarme a mis estudios de antropología. Lo que ha­cía tan difícil esta reintegración era el hecho de que si había alguien con quien hubiera trabajado con deleite y elegancia a causa de su toque admirable, su curiosidad aventurera, y su deseo de ampliar su conocimiento sin confundirse o defender posturas indefendibles, era al­guien fuera de mi departamento, un arqueólogo. Fue a causa de su influencia que me interesé desde un princi­pio en el trabajo de campo. Quizá porque iba al campo en verdad, literalmente a desenterrar información, su sentido práctico era un oasis de sobriedad para mí. Fue el único que me estimuló a seguir y hacer el trabajo de campo porque no tenía nada que perder.

‑Piérdelo todo y lo ganarás todo ‑me dijo una vez‑, el mejor consejo que jamás recibí en el mundo académico. Si seguía el consejo de don Juan y luchaba para corregir mi obsesión conmigo mismo, en verdad no tenía nada que perder y todo era ganancia. Pero esa posibilidad no existía para mí en aquel entonces.

Cuando le conté a don Juan la dificultad de encon­trar un profesor con quien trabajar, su reacción fue, a mi parecer, violenta. Dijo que era un verdadero pedo y cosas peores. Me dijo lo que ya sabía; que si no fuera tan tieso podría trabajar a gusto con cualquiera en el mundo académico o en el mundo de los negocios.

‑Los guerreros‑viajeros no se quejan ‑prosiguió don Juan‑. Toman todo lo que les da el infinito como de­safío. Un desafío es eso, un desafío. No es personal. No puede interpretarse como maldición o bendición. Un guerrero‑viajero o gana el desafío o el desafío acaba con él. Es mucho más excitante ganar, así es que ¡gana!

Le dije que era facilísimo que él lo dijera, pero que llevarlo a cabo era otro asunto y que mis tribulaciones eran insolubles porque se originaban en la incapacidad por parte de mis congéneres de ser consistentes.

‑Los que te rodean no tienen la culpa ‑me dijo­-. No tienen otra salida. La culpa es tuya, porque puedes contenerte, pero insistes en juzgarlos, desde un profun­do nivel de silencio. Cualquier idiota puede juzgar. Si los juzgas, sólo puedes recibir lo peor de ellos. Todos nosotros como seres humanos estamos presos y es esa prisión la que nos hace comportarnos de tan mísera ma­nera. Tu desafío es de aceptar a la gente como es. ¡Déja­los en paz!

‑Está usted totalmente equivocado esta vez, don Juan ‑le dije‑. Créame, no tengo ningún interés en juz­garlos o en involucrarme con ellos de ninguna manera.

‑Pero sí comprendes lo que te estoy diciendo ‑in­sistió con determinación‑. Si no eres consciente de que quieres juzgarlos ‑continuó‑, estás en peor estado de lo que me imaginaba. Ésa es la falla del guerrero‑viajero cuando empieza a emprender su viaje. Se pone arrogan­te, fuera de quicio.

Tuve que admitir que mis quejas eran de una mezquindad extrema. Eso, por lo menos, lo sabía. Le dije que me enfrentaba con sucesos cotidianos, sucesos que tenían la característica nefaria de quitarme toda mi decisión, y que me daba vergüenza contarle a él los aconte­cimientos que tanto me pesaban.

‑Ya ‑me dijo en tono urgente‑. ¡Dilo! No andes con secretos conmigo. Soy un tubo vacío. Lo que me di­gas saldrá directamente al infinito.

‑Lo único que traigo son míseras quejas ‑le dije­-. Soy exactamente como la gente que conozco. No hay manera de hablarle a ninguno sin oír una queja abierta o velada.

Le conté a don Juan la manera en que el diálogo más sencillo mis amigos hacían por introducir innumerables quejas como en este diálogo:

‑¿Cómo te va, Jim?

‑Oh, bien, bien, Cal ‑seguido por un larguísimo silencio.

Me sentía obligado a decir:

‑Pero, ¿te pasa algo, Jim?

‑¡No! Todo está de maravilla. Tengo un problemita con Mel, pero ya sabes cómo es de egoísta, una mierda. Pero hay que aceptar a los amigos tal como son, ¿no? Claro que podría ser un poco más considerado. Pero qué carajo, así es. Siempre te echa la carga encima: acéptame o déjame. Lo ha hecho desde que teníamos doce años, así es que es culpa mía. ¿Por qué carajo lo tengo que aguantar?

‑Bueno, tienes razón, Jim. Sabes, Mel es muy difí­cil, no cabe duda.

‑Pero hablando de jodidos, tú le puedes dar leccio­nes a Mel, Cal. Nunca puedo contar contigo, etc., etc.

Otro diálogo clásico era:

‑¿Cómo te va, Alex? ¿Cómo te va en tu vida matri­monial?

‑Oh, muy bien. Por primera vez, estoy comiendo a tiempo, como comida casera, pero estoy engordando. No hago nada más que ver la tele. Antes parrandeaba con ustedes, pero ahora no puedo. No me deja Teresa. Claro que podría decirle que se vaya al carajo, pero no quiero herirla. Me siento feliz, pero a la vez, miserable.

Y Alex había sido el tipo más miserable antes de ca­sarse. Su chiste clásico era decirles a sus amigos cada vez que nos veía:

‑Oye, ven a mi auto, quiero presentarte a mi perra puta.

Estaba encantado cuando nuestras expectativas se fueron por los suelos y vimos que lo que traía en su coche era una perra. Presentaba a su «perra puta» a todos sus amigos. Nos asombramos cuando se casó con Teresa, una atleta de maratón. Se habían conocido en un maratón cuando Alex se desmayó. Estaban en la montaña y Tere­sa tuvo que revivirlo como podía, y le echó una meada en la cara. Después de eso, Alex era su prisionero. Había marcado su territorio. Sus amigos le decían «mamón meado». Sus amigos creían que era una verdadera perra que había convertido al raro de Alex en un perro gordo.

Don Juan y yo nos reímos un rato. Entonces me miró con una expresión seria.

‑Éstos son los vaivenes de la vida cotidiana ‑dijo don Juan‑. Ganas y pierdes, y no sabes cuándo ganas y cuándo pierdes. Éste es el precio que se paga por vivir bajo el domino del auto‑reflejo. No hay nada que te pueda decir, y no hay nada que puedas decirte a ti mis­mo. Sólo te recomiendo que no te sientas culpable por­que eres un culo, pero que trates de terminar con el do­minio del auto‑reflejo. Regresa a la universidad. No te des por vencido todavía.

Mi interés en quedarme en el mundo académico de­clinó más y más. Empecé a vivir en piloto automático. Me sentía pesado, deprimido. Sin embargo, eso no afec­taba mi mente. No hacía cálculos y no tenía metas o ex­pectativas de ninguna índole. Mis pensamientos no eran obsesivos, pero sí mis sentimientos. Traté de conceptua­lizar la dicotomía entre la mente quieta y los sentimien­tos alborotados. Fue que con este ánimo de un vacío men­tal y sentimientos abrumados que salí un día de Haines Hall, donde se encontraba el departamento de antropo­logía, camino de la cafetería, a almorzar.

De pronto me acosó algo que sacudió todo mi cuerpo. Pensé que me iba a desmayar y me senté en unos escalones de ladrillo. Delante de mí, vi unas manchas amarillas. Te­nía la sensación de que estaba girando. De seguro, pensé, voy a enfermarme del estómago. Se me borró la vista hasta que no pude ver nada. Mi incomodidad física fue tan total y tan intensa que no daba lugar a ningún pensamiento. Sólo sentía sensaciones de terror y ansiedad mezcladas con alegría y un sentimiento de que estaba al borde de un suceso gigantesco. Eran sensaciones sin contrapunto de pensamiento. En un momento dado, no supe si estaba de pie o sentado. Estaba rodeado de la negrura más impene­trable que se pudiera imaginar, y entonces vi energía tal como fluye en el universo.

Vi una sucesión de esferas luminosas que caminaban hacia mí o que se alejaban de mí. Las vi, una por una tal como me había dicho don Juan que siempre se ven. Sa­bía que se trataba de individuos diferentes por los tama­ños. Examiné los detalles de sus estructuras. Su lumi­nosidad y su redondez consistía en fibras que estaban pegadas una a la otra. Eran delgadas y gruesas. Cada una de estas figuras luminosas tenía encima una cobertura gruesa y lanosa. Parecían extraños animales peludos y luminosos, o gigantes insectos redondos cubiertos de pelo luminoso.

Lo más asombroso es que me di cuenta de que había visto estos insectos peludos toda mi vida. Cada ocasión que don Juan deliberadamente me hizo verlos, se me hizo en aquel momento, como un desvío que había to­mado con él. Recordé cada instancia en que me había ayudado a ver a la gente como esferas luminosas, y to­das esas instancias se apartaban de la masa de ver, a lo que ahora tenía acceso. Supe entonces, sin duda alguna, que había percibido energía tal como fluye en el univer­so, toda mi vida, yo solo, sin la ayuda de nadie.

Tal comprensión me abrumó. Me sentí frágil, vulne­rable. Busqué acobijarme, esconderme en alguna parte. Era exactamente como uno de esos sueños que todos te­nemos en un momento u otro en que nos encontramos desnudos y no sabemos qué hacer. Me sentía más que desnudo; me sentía desamparado, débil y aterrado de regresar a mi estado normal. De manera vaga sentí que estaba acostado. Me esforcé para regresar a la normali­dad. Concebí la idea de que me iba a encontrar tirado sobre un camino de ladrillo, en estado convulsivo, ro­deado de una rueda de espectadores.

La sensación de estar acostado creció. Sentí que po­día mover los ojos. Podía ver luz detrás de los párpados, pero me aterraba abrirlos. Lo raro es que no oía a nadie de los que imaginaba que me rodeaban. No oía ningún ruido. Por fin, tuve el valor de abrir los ojos. Estaba en mi cama, en mi despacho‑apartamento en la esquina de los boulevares de Wilshire y Westwood.

Me puse bastante histérico al encontrarme en la cama. Pero por alguna razón fuera de mi alcance, me tranquilicé casi inmediatamente. Mi histeria pasó a ser una indiferen­cia corporal, o un estado de satisfacción corporal, semejan­te a lo experimentado después de una excelente comida. Pero mi mente seguía inquieta. Había sido terriblemente asombroso darme cuenta de que había percibido energía di­rectamente toda mi vida. ¿Cómo era posible que no lo su­piera? ¿Qué me había prevenido tener acceso a esa faceta de mi ser? Don Juan había dicho que todo ser humano tiene la potencia de ver energía directamente. Lo que no había dicho es que todo ser humano ya ve energía direc­tamente, pero no lo sabe.

Le presenté esa pregunta a un amigo psiquiatra. No pudo aclarar mi dilema. Pensó que mi reacción era el re­sultado de la fatiga y de una sobrecarga de estímulos. Me recetó Valium y me dijo que descansara.

No me atreví a contarle a nadie que había despertado en mi casa sin poder rendir cuentas de cómo había llega­do allí. Por lo tanto, mi ansia por ver a don Juan esta­ba más que justificada. Volé a la Ciudad de México tan pronto como pude, alquilé un coche y me fui a donde él vivía.

‑Ya has hecho todo esto antes ‑me dijo riendo don Juan, cuando le conté mi sobresalto‑. Sólo hay dos cosas nuevas. Una es que ahora has percibido energía solo. Lo que hiciste es parar el mundo y entonces te dis­te cuenta que siempre habías visto energía tal como flu­ye en el universo, como lo hace todo ser humano, sin sa­berlo deliberadamente. Lo otro, es que viajaste desde tu silencio interno, solo.

»Tú bien sabes, sin que yo te lo diga, que todo es po­sible si uno toma el silencio interno como punto de partida. Esta vez, tu terror y tu vulnerabilidad hicieron po­sible que terminaras en tu cama, que en verdad no está muy lejos de UCLA. Si no le dieras rienda suelta a tu sorpresa, te darías cuenta de que lo que hiciste no tiene nada de extraordinario para el guerrero‑viajero.

»Pero la cuestión de suma importancia no es saber que siempre has percibido energía directamente o tu viaje desde el silencio interno, sino más bien un asunto doble. Primero, experimentaste algo que los chamanes del México antiguo llamaban la vista clara, o perder la forma humana: al momento cuando la mezquindad hu­mana se desvanece como si hubiera sido una nube de bruma sobre nosotros, una bruma que lentamente se aclara y se dispersa. Pero bajo ninguna circunstancia creas que esto es un hecho ya cumplido. El mundo de los chamanes no es un mundo inmutable como el mun­do cotidiano, donde te dicen que una vez alcanzada la meta eres campeón para siempre. En el mundo de los chamanes, llegar a cierta meta quiere decir que simple­mente has adquirido las herramientas más eficaces para continuar tu lucha, que, a propósito, nunca termina.

»La segunda parte es que experimentaste la pregun­ta más enloquecedora para el corazón humano. Lo ex­presaste tú mismo cuando te preguntaste: ¿Cómo es posible que no supiera que había percibido energía di­rectamente toda mi vida? ¿Qué me había prevenido te­ner acceso a esa faceta de mi ser?

 

SOMBRAS DE BARRO

 

Sentarse en silencio con don Juan era una de las ex­periencias más agradables que conocía. Estábamos có­modamente sentados en unas sillas tapizadas en la parte posterior de su casa, en las montañas de México central. Era de tarde. Soplaba una brisa placentera. El sol estaba detrás de la casa, a nuestras espaldas. Su luz se desvane­cía, creando exquisitas sombras verdes en los grandes árboles del patio. Enormes árboles crecían alrededor de la casa y aun más allá, tapando la vista de la ciudad don­de don Juan vivía. Me daba siempre la sensación de estar en una lugar salvaje, un lugar salvaje distinto del árido desierto de Sonora, pero agreste de todos modos.

‑Hoy vamos a discutir un tema muy serio de la bru­jería ‑dijo don Juan de manera abrupta‑, y vamos a co­menzar por hablar del cuerpo energético.

Me había descrito el cuerpo energético incontables veces, diciéndome que era un conglomerado de campos de energía que conforman el cuerpo físico cuando es vis­to como energía que fluye en el universo. Había dicho que era más pequeño, más compacto, y de apariencia más pesada que la esfera luminosa del cuerpo físico.

Don Juan me había explicado que el cuerpo y el cuerpo energético eran dos conglomerados de campos energéti­cos comprimidos y unidos por una extraña fuerza agluti­nante. Había enfatizado una y otra vez que la fuerza que une esos dos grupos de campos energéticos era, según los chamanes del México antiguo, la fuerza más misteriosa en el universo. Él estimaba que era la esencia pura de todo el cosmos, la suma total de todo lo que es.

Había asegurado que el cuerpo físico y el cuerpo ener­gético eran las únicas configuraciones de energía en con­trapeso en el reino humano. Por tanto, él no aceptaba ningún otro dualismo. El dualismo entre cuerpo y men­te, carne y espíritu, él los consideraba como una mera concatenación de la mente que surgía de ésta sin funda­mento energético alguno.

Don Juan había dicho que por medio de la disciplina es posible para cualquiera acercar el cuerpo energético hacia el cuerpo físico. Normalmente, la distancia entre los dos es enorme. Una vez que el cuerpo energético está dentro de cierto radio (que varía para cada uno de noso­tros individualmente), cualquiera, por medio de la disciplina, puede tomar de él una réplica exacta del cuerpo físico; es decir, un ser sólido, tridimensional. De allí la idea de los chamanes del otro o del doble. Del mismo modo, a través de los mismos procesos de disciplina, cualquiera puede forjar de su cuerpo físico sólido, tridimensional, una réplica exacta de su propio cuerpo energético, es decir, una carga de energía etérea invisible al ojo humano, tal como lo es toda energía.

Cuando don Juan me dio esta explicación, mi reac­ción había sido preguntarle si lo que él estaba descri­biendo era una proposición mítica. Él me había respon­dido que no hay nada mítico acerca de los chamanes.

Los chamanes eran seres prácticos, y lo que ellos descri­bían era siempre algo muy sobrio y muy realista. De acuerdo a don Juan, la dificultad de entender lo que los chamanes hacían estaba en que ellos procedían desde un sistema cognitivo diferente.

Aquel día, sentados en la parte trasera de su casa en el centro de México, don Juan dijo que el cuerpo energé­tico era de una importancia clave en todo lo que estaba ocurriendo en mi vida. Él veía como un hecho energéti­co el que mi cuerpo energético, en lugar de alejarse de mí (como sucede normalmente), se me acercaba a gran ve­locidad.

‑¿Qué significa el que se me esté acercando, don Juan? ‑pregunté.

‑Significa que algo te va a sacar la mugre ‑dijo don Juan sonriendo‑. Un grado tremendo de control va a aparecer en tu vida, pero no tu control; el control del cuerpo energético.

‑¿Quiere decir, don Juan, que una fuerza externa va a controlarme? ‑pregunté.

‑Hay montones de fuerzas externas controlándote ahorita mismo ‑don Juan replicó‑. El control al que me refiero es algo que está fuera del dominio del lengua­je. Es tu control pero a la vez no lo es. No puede ser clasi­ficado, pero sí puede ser experimentado. Y, por cierto y por sobre todo, puede ser manipulado. Recuerda: puede ser manipulado, por supuesto, para tu beneficio total, que no es, claro, tu propio beneficio sino el beneficio del cuerpo energético. Sin embargo, el cuerpo energético eres tú, así es que podríamos continuar indefinidamente co­mo perros mordiéndose la propia cola, tratando de expli­car esto. El lenguaje es inadecuado. Todas estas experien­cias están más allá de la sintaxis.

La oscuridad había descendido muy rápidamente, y el follaje de los árboles, que momentos antes brillaba de color verde, estaba ahora muy oscuro y denso. Don Juan dijo que si yo prestaba atención intensamente a la oscuri­dad del follaje, sin enfocar la mirada sino mirando como con el rabillo del ojo, vería una sombra fugaz cruzando mi campo de visión.

‑Ésta es la hora apropiada para hacer lo que te voy a pedir ‑dijo‑. Toma un momento en fijar la atención necesaria de parte tuya para lograrlo. No pares hasta que captes esa sombra fugaz negra.

Vi de hecho una extraña sombra fugaz negra proyec­tada en el follaje de los árboles. Era, o bien una sombra que iba de un lado al otro, o varias sombras fugaces mo­viéndose de derecha a izquierda o de izquierda a dere­cha, o hacia arriba en el aire. Me parecían peces negros y gordos, peces enormes. Era como si gigantescos peces­ espada volaran por el aire. Estaba absorto en la visión. Luego, finalmente, la visión me asustó. Estaba ya muy oscuro para ver el follaje, pero aun así veía las sombras fugaces negras.

‑¿Qué es, don Juan? ‑pregunté‑. Veo sombras fugaces negras por todos lados.

‑Ah, es el universo en su totalidad -dijo‑, incon­mensurable, no lineal, fuera del reino de la sintaxis. Los chamanes del México antiguo fueron los primeros que vieron esas sombras fugaces, así es que las siguieron. Las vieron como tú las viste hoy, y las vieron como energía que fluye en el universo. Y, sí, descubrieron algo tras­cendental.

Paró de hablar y me miró. Sus pausas encajaban per­fectamente. Siempre paraba de hablar cuando yo pendía de un hilo.

‑¿Qué descubrieron, don Juan? ‑pregunté.

‑Descubrieron que tenemos un compañero de por vida ‑dijo de la manera más clara que pudo‑. Tene­mos un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El predador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos. Si que­remos protestar, suprime nuestras protestas. Si quere­mos actuar independientemente, nos ordena que no lo hagamos.

Estaba ya muy oscuro a nuestro alrededor, y eso pa­recía impedir cualquier expresión de mi parte. Si hubie­ra sido de día, me hubiera reído a carcajadas. En la oscu­ridad, me sentía bastante inhibido.

‑Hay una negrura que nos rodea ‑dijo don Juan‑, pero si miras por el rabillo del ojo, verás todavía las fuga­ces sombras saltando a tu alrededor.

Tenía razón. Aun las podía ver. Sus movimientos me marearon. Don Juan prendió la luz, y eso pareció disi­parlo todo.

‑Has llegado, a través de tu propio esfuerzo, a lo que los chamanes del México antiguo llamaban el tema de temas ‑dijo don Juan‑. Me anduve con rodeos to­do este tiempo, insinuándote que algo nos tiene prisione­ros. ¡Desde luego que algo nos tiene prisioneros! Esto era un hecho energético para los chamanes del México an­tiguo.

‑¿Pero, por qué este predador ha tomado posesión de la manera que usted describe, don Juan? ‑pregun­té‑. Debe haber una explicación lógica.

‑Hay una explicación ‑replicó don Juan‑, y es la explicación más simple del mundo. Tomaron posesión porque para ellos somos comida, y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. Así como noso­tros criamos gallinas en gallineros, así también ellos nos crían en humaneros. Por lo tanto, siempre tienen comi­da a su alcance.

Sentí que mi cabeza se sacudía violentamente de lado a lado. No podía expresar mi profundo sentimiento de incomodidad y descontento, pero mi cuerpo se movía haciéndolo patente. Temblaba de pies a cabeza sin voli­ción alguna de mi parte.

‑No, no, no, no ‑me oí decir‑. Esto es absurdo, don Juan. Lo que usted está diciendo es algo monstruo­so. Simplemente no puede ser cierto, para chamanes o para seres comunes, o para nadie.

‑¿Por qué no? ‑don Juan preguntó calmadamen­te‑. ¿Por qué no? ¿Por qué te enfurece?

‑Sí, me enfurece ‑le contesté‑. ¡Esas afirmacio­nes son monstruosas!

‑Bueno ‑dijo‑, aún no has oído todas las afirma­ciones. Espérate un momento y verás cómo te sientes. Te voy a someter a un bombardeo. Es decir, voy a some­ter a tu mente a tremendos ataques, y no te puedes ir porque estás atrapado. No porque yo te tenga prisione­ro, sino porque algo en ti te impedirá irte, mientras que otra parte de ti de veras se alocará. Así es que, ¡ajústate el cinturón!

Sentí que había algo en mí que exigía ser castigada. Don Juan tenía razón. No podría haberme ido de la casa por nada del mundo. Y aun así, no me gustaban para nada las insensateces que él peroraba.

‑Quiero apelar a tu mente analítica ‑dijo don Juan‑. Piensa por un momento, y dime cómo explica­rías la contradicción entre la inteligencia del hombre‑in­geniero y la estupidez de sus sistemas de creencias, o la estupidez de su comportamiento contradictorio. Los chamanes creen que los predadores nos han dado nuestro sistemas de creencias, nuestras ideas acerca del bien y el mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expecta­tivas, nuestros sueños de triunfo y fracaso. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaniá­ticos.

‑¿Pero de qué manera pueden hacer esto, don Juan? ‑pregunté, de cierto modo más enojado aún por sus afirmaciones‑. ¿Susurran todo esto en nuestros oídos mientras dormimos?

‑No, no lo hacen de esa manera, ¡eso es una idio­tez! ‑dijo don Juan, sonriendo‑. Son infinitamente más eficaces y organizados que eso. Para mantenernos obedientes y dóciles y débiles, los predadores se involu­craron en una maniobra estupenda (estupenda, por su­puesto, desde el punto de vista de un estratega). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quien la sufre. ¡Nos dieron su mente! ¿Me escuchas? Los pre­dadores nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente. La mente del predador es barroca, contradicto­ria, mórbida, llena de miedo a ser descubierta en cual­quier momento.

»Aunque nunca has sufrido hambre ‑continuó‑, sé que tienes unas ansias continuas de comer, lo cual no es sino las ansias del predador que teme que en cual­quier momento su maniobra será descubierta y la comi­da le será negada. A través de la mente, que después de todo es su mente, los predadores inyectan en las vi­das de los seres humanos lo que sea conveniente para ellos. Y se garantizan a ellos mismos, de esta manera, un grado de seguridad que actúa como amortiguador de su miedo.

‑No es que no pueda aceptar esto como válido, don Juan ‑dije‑. Podría, pero hay algo tan odioso al res­pecto que realmente me causa rechazo. Me fuerza a to­mar una posición contradictoria. Si es cierto que nos co­men, ¿cómo lo hacen?

Don Juan tenía una sonrisa de oreja a oreja. Rebosaba de placer. Me explicó que los chamanes ven a los niños humanos como extrañas bolas luminosas de energía, cu­biertas de arriba a abajo con una capa brillante, algo así como una cobertura plástica que se ajusta de forma ceñi­da sobre su capullo de energía. Dijo que esa capa brillan­te de conciencia era lo que los predadores consumían, y que cuando un ser humano llegaba a ser adulto, todo lo que quedaba de esa capa brillante de conciencia era una angosta franja que se elevaba desde el suelo hasta por en­cima de los dedos de los pies. Esa franja permitía al ser humano continuar vivo, pero sólo apenas.

Como si hubiera estado en un sueño, oí a don Juan Matus explicando que, hasta donde él sabía, la humani­dad era la única especie que tenía la capa brillante de conciencia por fuera del capullo luminoso. Por lo tanto, se volvió presa fácil para una conciencia de distinto or­den, tal como la pesada conciencia del predador.

Luego hizo el comentario más injuriante que había pronunciado hasta el momento. Dijo que esta angosta franja de conciencia era el epicentro donde el ser humano estaba atrapado sin remedio. Aprovechándose del único punto de conciencia que nos queda, los predadores crean llamaradas de conciencia que proceden a consumir de manera despiadada y predatorial. Nos otorgan proble­mas banales que fuerzan a esas llamaradas de conciencia a crecer, y de esa manera nos mantienen vivos para alimen­tarse con la llamarada energética de nuestras seudo‑pre­ocupaciones.

Algo debía de haber en lo que don Juan decía, pues me resultó tan devastador que a este punto se me revol­vió el estómago.

Después de una pausa suficientemente larga para que me pudiera recuperar, le pregunté a don Juan:

‑¿Pero por qué, si los chamanes del México anti­guo, y todos los chamanes de la actualidad, ven los pre­dadores no hacen nada al respecto?

‑No hay nada que tú y yo podamos hacer ‑dijo don Juan con voz grave y triste‑. Todo lo que pode­mos hacer es disciplinarnos hasta el punto de que no nos toquen. ¿Cómo puedes pedirles a tus semejantes que atraviesen los mismos rigores de la disciplina? Se reirán y se burlarán de ti, y los más agresivos te darán una pa­tada en el culo. Y no tanto porque no te crean. En lo más profundo de cada ser humano, hay un saber ancestral, visceral acerca de la existencia del predador.

Mi mente analítica se movía de un lado a otro como un yo‑yo. Me abandonaba y volvía, me abandonó de nuevo y volvía otra vez. Lo que don Juan estaba afir­mando era absurdo e increíble. Al mismo tiempo, era algo de lo más razonable, tan simple. Explicaba cada contradicción humana que se me pudiera ocurrir. ¿Pero cómo podría cualquier persona haber tomado esto con seriedad? Don Juan me empujaba al paso de una avalan­cha que me derribaría para siempre.

Sentí otra ola de una sensación amenazante. La ola no provenía de mí, y sin embargo estaba unida a mí. Don Juan estaba haciéndome algo, algo misteriosamen­te positivo y a la vez terriblemente negativo. Lo sentí como un intento de cortar una fina lámina que parecía estar pegada a mí. Sus ojos estaban fijos en los míos, me miraba sin parpadear. Alejó sus ojos de mí y comenzó a hablar sin volver a mirarme.

‑Cuando las dudas te asalten hasta el punto de que corras peligro ‑dijo‑, haz algo pragmático al respecto. Apaga la luz. Perfora la oscuridad. Averigua qué pue­des ver.

Se levantó para apagar la luz. Lo frené.

‑No, no, don Juan ‑dije‑, no apague la luz. Es­toy bien.

Lo que sentía era algo fuera de lo normal, un inusual miedo a la oscuridad. El solo pensar en ella me producía jadeos. Definitivamente sabía algo visceralmente, pero ni loco lo tocaría o lo traería a la superficie, ¡por nada del mundo!

‑Viste las sombras fugaces contra los árboles ‑dijo don Juan, reclinándose en su silla‑. Estuviste muy bien. Ahora me gustaría que las vieras en esta habitación. No es­tás viendo nada. Simplemente estás captando imágenes fu­gaces. Tienes suficiente energía para hacerlo.

Temía que don Juan se levantara y apagara la luz de la habitación, y así lo hizo. Dos segundos más tarde yo estaba gritando a grito pelado. No sólo capté la visión de esas imágenes fugaces, sino que las oí zumbando en mis oídos. Don Juan prendió la luz mientras se doblaba de risa.

‑¡Qué tipo temperamental! ‑dijo‑. Un completo incrédulo, por un lado, y por el otro un pragmatista. Tienes que arreglar esta lucha interna. Si no, vas a hin­charte y a reventar como sapo.

Don Juan continuó hincándome su púa más y más profundo.

‑Los chamanes del México antiguo ‑dijo‑ vieron al predador. Lo llamaron el volador porque brinca en el aire. No es nada lindo. Es una enorme sombra, de una oscuridad impenetrable, una sombra negra que salta por el aire. Luego, aterriza de plano en el suelo. Los chama­nes del México antiguo estaban bastante inquietos con saber cuándo había hecho su aparición en la Tierra. Ra­zonaron que era que el hombre debía haber sido un ser completo en algún momento, con estupendas revela­ciones, proezas de conciencia que hoy en día son leyen­das mitológicas. Y luego todo parece desvanecerse y nos quedamos con un hombre sumiso.

Quería enojarme, llamarlo paranoico, pero de algún modo mi rectitud inflexible que por lo general se escon­día justo por debajo de la superficie de mi ser, no estaba allí. Algo en mí estaba más allá de hacerle mi pregunta favorita: ¿Qué pasa si lo que él dice es verdad? Aquella noche, al tiempo que me hablaba, de todo corazón sentí que lo que me decía era verdad, pero al mismo tiempo y con igual fuerza, sentí que todo lo que me estaba dicien­do era completamente absurdo.

‑¿Qué me está diciendo, don Juan? ‑pregunté dé­bilmente. Mi garganta estaba constreñida. Apenas podía respirar.

‑Lo que estoy diciendo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organiza­do. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcan­zar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un ani­mal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.

Las palabras de don Juan estaban provocando una extraña reacción corporal en mí, comparable a la sensa­ción de náusea. Era como si nuevamente me fuera a en­fermar del estómago. Pero la náusea provenía del fondo de mi ser, desde los huesos. Me convulsioné involunta­riamente. Don Juan me sacudió de los hombros. Sentí mi cuello bamboleándose hacia delante y hacia atrás bajo el impacto de su apretón. Su maniobra me calmó de inmediato. Me sentí mejor, más en control.

‑Este predador ‑dijo don Juan‑, que por supues­to es un ser inorgánico, no nos es del todo invisible, como lo son otros seres inorgánicos. Creo que de niños sí los vemos, y decidimos que son tan terroríficos que no queremos pensar en ellos. Los niños podrían, por su­puesto, decidir enfocarse en esa visión, pero todo el mundo a su alrededor lo disuade de hacerlo.

»La única alternativa que le queda a la humanidad ‑continuó‑ es la disciplina. La disciplina es el único repelente. Pero con disciplina no me refiero a arduas ru­tinas. No me refiero a levantarse cada mañana a las cin­co y media y a darte baños de agua helada hasta ponerte azul. Los chamanes entienden por disciplina la capaci­dad de enfrentar con serenidad circunstancias que no están incluidas en nuestras expectativas. Para ellos, la disciplina es un arte: el arte de enfrentarse al infinito sin vacilar, no porque sean fuertes y duros, sino porque es­tán llenos de asombro.

‑¿De qué manera sería la disciplina de un brujo un repelente? ‑pregunté.

‑Los chamanes dicen que la disciplina hace que la capa brillante de conciencia se vuelva desabrida al vola­dor ‑dijo don Juan, escudriñando mi cara como que­riendo encontrar algún signo de incredulidad‑. El re­sultado es que los predadores se desconciertan. Una capa brillante de conciencia que sea incomible no es parte de su cognición, supongo. Una vez desconcertados, no les queda otra opción que descontinuar su nefasta tarea.

»Si los predadores no nos comen nuestra capa bri­llante de conciencia durante un tiempo ‑continuó‑, ésta seguirá creciendo. Simplificando este asunto en ex­tremo, te puedo decir que los chamanes, por medio de su disciplina, empujan a los predadores lo suficiente­mente lejos para permitir que su capa brillante de con­ciencia crezca más allá del nivel de los dedos de los pies. Una vez que pasa este nivel, crece hasta su tamaño natu­ral. Los chamanes del México antiguo decían que la capa brillante de conciencia es como un árbol. Si no se lo poda, crece hasta su tamaño y volumen naturales. A me­dida que la conciencia alcanza niveles más altos que los dedos de los pies, tremendas maniobras de percepción se vuelven cosa corriente.

»El gran truco de esos chamanes de tiempos antiguos ‑continuó don Juan‑ era sobrecargar la mente del vo­lador con disciplina. Descubrieron que si agotaban la mente del volador con silencio interno, la instalación fo­ránea saldría corriendo, dando al practicante envuelto en tal maniobra la total certeza del origen foráneo de la mente. La instalación foránea vuelve, te aseguro, pero no con la misma fuerza, y comienza un proceso en que la huida de la mente del volador se vuelve rutina, hasta que un día desaparece de forma permanente. ¡Un día de lo más triste! Ése es el día en que tienes que contar con tus propios recursos, que son prácticamente nulos. No hay nadie que te diga qué hacer. No hay una mente de origen foráneo que te dicte las imbecilidades a las que estás ha­bituado.

‑Mi maestro, el nagual Julián, les advertía a todos sus discípulos -continuó don Juan‑, que éste era el día más duro en la vida de un chamán, pues la verdadera mente que nos pertenece, la suma total de todas nuestras experiencias, después de toda una vida de dominación se ha vuelto tímida, insegura y evasiva. Personalmente, pue­do decirte que la verdadera batalla de un chamán comien­za en ese momento. El resto es mera preparación.

Me puse verdaderamente agitado. Quería saber más, y sin embargo, un extraño sentimiento en mí imploraba que parara. Aludía a oscuros resultados y a castigos, algo así como la ira de Dios descendiendo sobre mí por meter­me con algo velado por Dios mismo. Hice un esfuerzo supremo para permitir que mi curiosidad prevaleciera.

‑¿Qué‑qué‑qué significa usted ‑me escuché de­cir‑, con eso de agotar la mente del volador?

‑La disciplina definitivamente agota la mente forá­nea ‑contestó don Juan‑. Entonces, a través de su dis­ciplina, los chamanes se deshacen de la instalación fo­ránea.

Estaba abrumado por sus afirmaciones. O bien don Juan estaba verdaderamente loco, o lo que me estaba di­ciendo era tan asombroso que me había congelado por completo. Noté, sin embargo, con qué rapidez junté la energía para negarlo todo. Después de un instante de pánico, comencé a reír, como si don Juan me hubiera contado un chiste. Incluso me escuché decir:

‑¡Don Juan, don Juan, es usted incorregible!

Don Juan parecía entender todo lo que estaba suce­diéndome. Movió su cabeza de lado a lado y alzó sus ojos a los cielos, en un gesto de fingida desesperación.

‑Soy tan incorregible ‑dijo‑, que voy a darle a la mente del volador, que llevas dentro de ti, una sacudida más. Te voy a revelar uno de los secretos más extraordinarios de la brujería. Te voy a describir un hallazgo que les tomó a los chamanes miles de años para verificar y consolidar.

Me miró y sonrió de manera maliciosa.

‑La mente del volador huye para siempre cuando un chamán logra asirse a la fuerza vibradora que nos mantiene unidos como conglomerado de fibras energé­ticas. Si un chamán mantiene esa presión durante sufi­ciente tiempo, la mente del volador huye derrotada. Y eso es exactamente lo que vas a hacer: agarrarte a la ener­gía que te mantiene unido.

Tuve la reacción más inexplicable que jamás hubiera imaginado. Algo en mí literalmente tembló, como si hu­biese recibido una sacudida. Entré en un estado de mie­do injustificado, el que inmediatamente relacioné con mi entrenamiento religioso.

Don Juan me miró de la cabeza a los pies.

‑Temes la ira de Dios, ¿verdad? ‑dijo‑. Quédate tranquilo, ése no es tu miedo. Es el temor del volador, que sabe que harás exactamente como te digo.

Sus palabras no me calmaron en absoluto. Me sentí peor. Comencé a convulsionarme de manera involunta­ria, sin poder evitarlo.

‑No te preocupes ‑dijo don Juan de manera cal­ma‑. Sé, de hecho, que esos ataques se extinguen de lo más pronto. La mente del volador no tiene concentra­ción alguna.

Después de un momento, todo paró, como lo había previsto don Juan. Decir nuevamente que estaba abru­mado es un eufemismo. Ésta era la primera vez en mi vida, con o sin don Juan, que no sabía si iba o venía. Que­ría levantarme de la silla y caminar por la habitación, pero estaba mortalmente asustado. Estaba lleno de aserciones racionales, y a la vez repleto de un miedo infantil. Comencé a respirar profundo, mientras un sudor frío me cubría todo el cuerpo. De alguna manera se había desata­do en mí una horrenda visión: sombras negras, fugaces brincando a mi alrededor, dondequiera que mirara.

Cerré los ojos y me recliné sobre el brazo de la silla.

‑No sé para dónde mirar, don Juan ‑dije‑. Esta noche ha logrado realmente que me pierda.

‑Estás desgarrado por una lucha interna ‑dijo don Juan‑. Muy en lo profundo, sabes que eres incapaz de rechazar el acuerdo de que una parte indispensable de ti, tu capa brillante de conciencia, servirá de alimento in­comprensible a unas entidades, naturalmente, también incomprensibles. Y otra parte de ti se opondrá a esta si­tuación con toda su fuerza.

»La revolución de los chamanes ‑continuó‑, es que se rehúsan a honrar acuerdos en los que no han partici­pado. Nadie me preguntó si consentía ser comido por seres de otra clase de conciencia. Mis padres me trajeron a este mundo para ser comida, sin más, como lo fueron ellos; fin de la historia.

Don Juan se levantó de la silla y estiró los brazos y las piernas.

‑Llevamos horas aquí sentados. Es hora de entrar en la casa. Yo voy a comer. ¿Quieres comer conmigo?

Le dije que no. Mi estómago estaba revuelto.

‑Mejor vete a dormir ‑dijo‑ El bombardeo te ha devastado.

No necesité que me insistiera. Me derrumbé en mi cama y caí dormido como un tronco.

Ya en casa, a medida que pasaba el tiempo, la idea de los voladores se volvió una de las principales fijaciones de mi vida. Llegué a pensar que don Juan tenía toda la razón. Por más que intentara, no podía rechazar su lógi­ca. Mientras más lo pensaba, y mientras más me observaba y hablaba con mis prójimos, la convicción era más y más intensa de que algo nos impedía toda actividad o interacción o pensamiento que no tuviese como punto focal, el yo. Mi preocupación, como la preocupación de cualquiera que yo conociera o con el que yo hablara, era el yo. Como no encontraba explicación para tal homo­geneidad universal, concluí que la línea de pensamiento de don Juan era la más apropiada para elucidar el fenó­meno.

Me sumergí tanto como pude en lecturas de mitos y leyendas. Al leer, experimenté algo que nunca antes ha­bía sentido: cada uno de los libros que leí era una inter­pretación de mitos y leyendas. En cada uno de esos li­bros, una mente homogénea se hacía patente. Los estilos diferían, pero el impulso detrás de las palabras era ho­mogéneamente el mismo: a pesar de ser el tema algo tan abstracto como los mitos y las leyendas, los autores se las arreglaban siempre para encajar afirmaciones acerca de ellos mismos. El impulso común detrás de cada uno de estos libros no era el tema que anunciaban; era, en su lugar, autoservicio. Nunca antes me había dado cuenta de esto.

Atribuí mi reacción a la influencia de don Juan. La pregunta inevitable que me hacía a mí mismo era: ¿Será que don Juan me está influyendo para verlo de esta ma­nera, o hay realmente una mente foránea dictándonos todo lo que hacemos? Viraba otra vez, obligadamente, a la negación, e iba como loco de negación a aceptación a negación. Algo en mí sabía que don Juan quería llegar a un hecho energético, pero algo de igual importancia en mí sabía que era todo un disparate. El resultado final de mi lucha interna vino bajo la forma de un presentimien­to, la sensación de que algo peligroso e inminente se acercaba.

Hice una gran cantidad de estudios antropológicos en el tema de los voladores en otras culturas, pero no encontré referencia alguna. Don Juan parecía ser la úni­ca fuente de información sobre el tema. La siguiente vez que lo vi, me apresuré a hablarle de los voladores.

‑He hecho lo posible por ser racional sobre el tema ‑dije‑, pero no puedo. Hay momentos en que estoy totalmente de acuerdo con usted acerca de los preda­dores.

‑Enfoca tu atención en las sombras fugaces que puedes ver ‑dijo don Juan con una sonrisa.

Le dije a don Juan que esas sombras fugaces termi­narían con mi vida racional. Las veía por todas partes. Desde que me había ido de su casa, era incapaz de dor­mirme en la oscuridad. Dormir con las luces encendidas no me molestaba en absoluto. Sin embargo, en cuanto las apagaba todo a mi alrededor comenzaba a dar saltos. Nunca veía figuras o formas completas. Todo lo que veía eran sombras fugaces negras.

‑La mente del volador no te ha abandonado ‑dijo don Juan‑. Ha sido seriamente injuriada. Está hacien­do lo posible por restablecer su relación contigo. Pero algo en ti se ha roto para siempre. El volador lo sabe. El verdadero peligro está en que la mente del volador te puede vencer agotándote y forzándote a abandonar ju­gando con la contradicción entre lo que ella te dice y lo que yo te digo.

»Te digo, la mente del volador no tiene competido­res ‑continuó don Juan‑. Cuando propone algo, está de acuerdo con su propia proposición, y te hace creer que hiciste algo de valor. La mente del volador te dirá que lo que don Juan Matus te está diciendo es puro dis­parate, y luego la misma mente estará de acuerdo con su propia proposición. "Sí, por supuesto, es un disparate", dirás. Así nos vencen.

»Los voladores son una parte esencial del universo ‑continuó‑, y deben tomarse como lo que son real­mente: asombrosos, monstruosos. Son el medio por el cual el universo nos pone a prueba.

»Somos sondas creadas por el universo ‑siguió, como si yo no estuviera presente‑, y es porque somos poseedores de energía con conciencia, que somos los medios por los que el universo se vuelve consciente de sí mismo. Los voladores son los desafiantes implacables. No pueden ser considerados de ninguna otra forma. Si lo logramos, el universo nos permite continuar.

Quería que don Juan siguiera hablando. Pero sólo dijo:

‑El bombardeo terminó la última vez que estuviste aquí; no hay más qué decir acerca de los voladores. Es tiempo de otra clase de maniobra.

Esa noche no pude dormir. Caí en un sopor liviano a la madrugada, hasta que don Juan me sacó de la cama, y me llevó a una caminata por las montañas. Donde él vi­vía, la configuración de las montañas era muy distinta a la del desierto de Sonora, pero me dijo que no me entre­gara a comparar, ya que después de caminar un kilóme­tro, todos los lugares del mundo son iguales.

‑Disfrutar del panorama es para gente que pasea en automóviles ‑dijo‑. Van a gran velocidad sin ha­cer ningún esfuerzo. Los panoramas no son para cami­nantes.

»Por ejemplo, cuando vas en coche puedes ver una montaña gigantesca que te abruma con su belleza. La vista de esa montaña no te va a abrumar de la misma for­ma si la ves mientras vas de a pie; te va a abrumar de otra forma, especialmente si debes escalarla o rodearla.

La mañana estaba muy calurosa. Caminamos por el lecho seco de un río. Una cosa en común entre este valle y el desierto de Sonora eran los millones de insectos. Los mosquitos y las moscas a mi alrededor parecían bombarderos suicidas que apuntaban a mi nariz, a mis ojos y a mis orejas. Don Juan me dijo que no les presta­ra atención a sus zumbidos.

‑No trates de espantarlos con tus manos ‑me lan­zó en tono firme‑. Intenta que se alejen. Forma una barrera energética a tu alrededor. Estáte en silencio, y desde ese silencio se construirá la barrera. Nadie sabe cómo se hace. Es una de esas cosas que los chamanes lla­man hechos energéticos. Para tu diálogo interno. Eso es todo lo que se necesita.

»Quiero proponerte una idea un poco rara ‑conti­nuó don Juan mientras caminaba delante de mí.

Yo tenía que acelerar mis pasos para mantenerme cerca de él, y así no perderme nada de lo que él decía.

‑Tengo que insistir en que es una idea rara que en­contrará en ti infinita resistencia ‑dijo‑. Debo adver­tirte que no la aceptarás con facilidad. Pero no por el he­cho de que es rara debes rechazarla. Eres un científico social. Por lo tanto, tu mente está siempre abierta a la in­vestigación, ¿verdad?

Don Juan se estaba burlando de mí desvergonzada­mente. Yo lo sabía, pero no me molestaba. Quizá por­que él caminaba tan rápido y yo debía seguirle el paso haciendo tremendos esfuerzos, su sarcasmo se deslizaba sobre mí, y en lugar de molestarme, me hacía reír. Mi atención total estaba enfocada en lo que él decía, y los insectos, o bien dejaron de molestarme porque había in­tentado una barrera a mi alrededor, o porque estaba tan ocupado escuchando a don Juan, que ya no me molesta­ban sus zumbidos.

‑La idea rara ‑dijo lentamente, midiendo el efecto de sus palabras‑ es que todo ser humano en esta Tierra parece tener las mismas reacciones, los mismos pensa­mientos, los mismos sentimientos. Parecen responder de la misma manera a los mismos estímulos. Esas reac­ciones parecen estar en cierto modo nubladas por el len­guaje que hablan, pero si escarbamos esa superficie son exactamente las mismas reacciones que asedian a cada ser humano en la Tierra. Me gustaría que esto te causara curiosidad como científico social, por supuesto, y que veas si puedes explicar esta homogeneidad.

Don Juan recolectó una serie de plantas. Algunas apenas eran visibles. Parecían ser algas, musgos. Mantuve abierta su bolsa y dejamos de hablar. Cuando tuvo suficientes plantas, se encaminó hacia su casa y comenzó a caminar a toda velo­cidad. Dijo que quería limpiar y separar esas plantas y orde­narlas antes de que se secaran demasiado.

Yo me encontraba absorto pensando en la tarea que él me había delineado. Comencé por pensar si conocía algún artículo o trabajo sobre el tema. Supuse que debía investigarlo, y decidí que comenzaría por leer todo lo escrito sobre «carácter nacional». Me entusiasmé de ma­nera fortuita con el tema, y quería volver en seguida a mi casa y emprender la tarea con seriedad; sin embargo, an­tes de llegar a su casa, don Juan se sentó en una saliente alta que daba sobre el fondo del valle. No dijo nada por un rato. No le faltaba el aire. Yo no comprendía por qué se había detenido a sentarse.

‑La tarea del día, para ti ‑dijo abruptamente, en tono de presagio‑, es una de las tareas más misteriosas de la brujería, algo que va más allá del lenguaje, más allá de las explicaciones. Hoy nos fuimos de caminata, ha­blamos, porque el misterio de la brujería debe ser amor­tiguado con lo mundano. Debe partir de la nada, y debe volver nuevamente a la nada. Ése es el arte del guerrero-­viajero: pasar por el ojo de una aguja sin ser notado. Por tanto, prepárate acomodando tu espalda contra esta pa­red de roca, lo más lejos posible del borde. Estaré cerca de ti, en caso de que te desmayes o te caigas.

‑¿Qué está tramando, don Juan? ‑pregunté, y mi alarma era tan patente que en seguida bajé la voz.

‑¿Quiero que cruces las piernas y entres en un esta­do de silencio interno ‑dijo‑. Digamos que quieres averiguar qué artículos podrías buscar para desacreditar o comprobar lo que te he pedido que hagas en tu medio académico. Entra en el silencio interno, pero no te duer­mas. Éste no es un viaje al oscuro mar de la conciencia. Esto es ver desde el silencio interno.

Me era bastante difícil entrar en un estado de silencio interno sin quedarme dormido. Luché contra el casi in­vencible deseo de dormir. Logré evitarlo, y me encontré mirando el fondo del valle desde la impenetrable oscuri­dad que me rodeaba. Y luego vi algo que me estremeció hasta los huesos. Vi una sombra gigantesca, quizá de un ancho de cinco metros, saltando en el aire y luego aterri­zando con un golpe ahogado y silencioso. Sentí el golpe en mis huesos, pero no lo oí.

‑Son verdaderamente pesados ‑don Juan me dijo al oído. Me estaba agarrando del brazo izquierdo, lo más fuerte que podía.

Vi algo, como una sombra de barro meneándose en el suelo, y luego dio otro salto, quizá de unos quince metros, y volvió a aterrizar con el mismo silencioso gol­pe. Estaba aterrorizado más allá de todo lo que racional­mente pudiera usar como descripción. Mantuve mis ojos fijos en la sombra saltando en el fondo del valle. Luego escuché un zumbido peculiar, una mezcla entre el sonido de un batir de alas, y el sonido de una radio que no ha sintonizado la frecuencia de una estación, y el golpe que siguió fue algo inolvidable. Nos sacudió a don Juan y a mí hasta los huesos ‑una gigantesca som­bra de barro negra acababa de aterrizar a nuestros pies.

‑No te asustes ‑dijo don Juan en tono imperati­vo‑. Mantén tu silencio interno y la sombra se irá.

Yo temblaba de pies a cabeza. Tenía la clara impre­sión de que si no mantenía mi silencio interno activo, la sombra de barro me envolvería como una frazada y me sofocaría. Sin perder la oscuridad a mi alrededor, grité con toda mi fuerza. Nunca había sentido tanto enojo, tanta frustración. La sombra de barro dio otro salto, claramente hacia el valle. Continué gritando mientras sacudía mis piernas. Quería deshacerme de lo que fuera que viniera a comerme. Mi estado nervioso era tal, que perdí la noción del tiempo. Quizá me desmayé.

Cuando recuperé el sentido, estaba recostado en mi cama en casa de don Juan. Tenía una toalla, empapada de agua helada, envuelta sobre la frente. Ardía de fiebre. Una de las compañeras de don Juan me frotaba la espal­da, el pecho y la frente con alcohol, pero no sentía nin­gún alivio. El calor que sentía provenía de mí mismo. La impotencia y la ira lo generaban.

Don Juan reía como si lo que me sucedía fuera lo más gracioso en el mundo. Sus carcajadas resonaban una tras otra.

-Jamás se me hubiera ocurrido que tomarías el ver a un volador tan a pecho ‑dijo.

Me tomó de la mano y me llevó a la parte posterior de su casa, donde me sumergió en un enorme tanque de agua, completamente vestido, con zapatos, reloj, y todo.

‑¡Mi reloj, mi reloj! ‑grité.

Don Juan se contorsionaba de risa.

‑No deberías usar reloj cuando vienes a verme ‑dijo‑. ¡Ahora lo chingaste por completo!

Me saqué el reloj y lo puse a un lado de la bañera. Recordé que era a prueba de agua y que nada le hubiera sucedido. Estar sumergido en el tanque me ayudó in­mensamente.

Cuando don Juan me ayudó a salir del agua helada, yo había recuperado cierto grado de control.

‑¡Esa visión es absurda! ‑no hacía yo otra cosa que repetir, incapaz de decir nada más.

El predador que don Juan había descrito no era bené­volo. Era enormemente pesado, vulgar, indiferente. Sen­tí su despreocupación por nosotros. Sin duda, nos había aplastado épocas atrás, volviéndonos, como don Juan había dicho, débiles, vulnerables y dóciles. Me quité la ropa húmeda, me cubrí con un poncho, me senté en la cama, y lloré desconsoladamente, pero no por mí. Yo te­nía mi ira, mi intento inflexible, para no dejarme comer. Lloré por mis semejantes, especialmente por mi padre. Nunca supe, hasta ese momento, que lo quería tanto.

‑Nunca tuvo la opción ‑me escuché repetir una y otra vez, como si las palabras no fueran realmente mías. Mi pobre padre, el ser más generoso que conocía, tan tierno, tan gentil, tan indefenso.

 

EMPRENDIENDO EL VIAJE DEFINITIVO

 

EL SALTO AL ABISMO

 

Un solo sendero subía a la plana meseta. Después de llegar, me di cuenta de que no era tan extensa como pa­recía al contemplarla a la distancia. La vegetación de la meseta no difería de la vegetación de abajo; arbustos verduscos y de tallo leñoso que tenían la apariencia am­bigua de árboles.

A primera vista no vi el abismo. Sólo al conducirme allí don Juan, tuve conciencia de que la meseta termina­ba en precipicio; en verdad, no era meseta, sino la cima plana de una montaña. Era redonda y las laderas al este y al sur estaban desgastadas; sin embargo, los lados que daban al oeste y al norte parecían haber sido partidos por un cuchillo. Desde el borde del precipicio podía ver el fondo del abismo, quizás a una distancia de unos dos­cientos metros. Estaba cubierto de las mismas plantas leñosas que crecían por todas partes.

Una cordillera de pequeñas montañas al sur y al nor­te de la meseta daban la clara impresión de que habían sido parte de un cañón gigantesco hace millones de años, excavado por un río que ya no existía. Las orillas de ese cañón habían sido borradas por la erosión. En algunas partes estaban al nivel de la tierra. La única parte que quedaba era donde estaba yo parado.

‑Es roca pura ‑dijo don Juan como si leyera mis pensamientos. Señaló con el mentón hacia el fondo del abismo‑. Si algo se cayera desde esta orilla hasta el fon­do, se haría mil pedazos en la roca de allá abajo.

Ése fue el diálogo inicial entre don Juan y yo ese día sobre la montaña. Antes de llegar allí, me había dicho que su tiempo sobre la tierra había llegado a su fin. Par­tía en su viaje definitivo. Sus pronunciamientos fueron devastadores para mí. Perdí el dominio sobre mí mismo, y entré en un estado de éxtasis fragmentado, quizá se­mejante a lo que experimenta la gente que sufre una cri­sis mental. Pero quedaba de mí un fragmento central cohesivo: el yo de mi niñez. Lo demás era vaguedad, incertidumbre. Había estado fragmentado por tanto tiempo que el regresar a ese estado fragmentado era la única salida de mi devastación.

Una interacción muy peculiar entre distintos niveles de mi conciencia se llevó a cabo después. Don Juan, su cohorte don Genaro, dos de sus aprendices, Pablito y Néstor, y yo, habíamos ascendido a esa montaña. Pabli­to, Néstor y yo estábamos allí para hacernos cargo de nuestra última tarea como aprendices: saltar al abismo, un asunto muy misterioso que don Juan me había expli­cado en varios niveles de conciencia pero que sigue sien­do un enigma para mí hasta hoy día.

Don Juan dijo bromeando que debía sacar mi libro de apuntes y empezar a tomar nota de nuestros últimos momentos juntos. Me dio un codazo y me aseguró, es­condiendo su risa, que hubiera sido lo debido ya que había emprendido el camino del guerrero‑viajero to­mando apuntes.

Don Genaro interrumpió, diciendo que otros gue­rreros‑viajeros anteriores a nosotros también habían estado sobre esta misma meseta antes de emprender su viaje a lo desconocido. Don Juan me miró y en voz baja dijo que pronto entraría yo en el infinito con la fuerza de mi poder personal, y que don Genaro y él estaban allí sólo para despedirse de mí. Don Genaro de nuevo inte­rrumpió y dijo que yo también estaba allí para despedir­me de ellos.

‑Una vez que entres en el infinito ‑dijo don Juan‑, no puedes depender de nosotros para regresar. Se necesi­ta tu decisión. Sólo tú puedes decidir si regresas o no. Debo también advertirte que pocos guerreros‑viajeros sobreviven este tipo de encuentro con el infinito. El infi­nito es seductor hasta no más. Un guerrero‑viajero des­cubre que el regresar a un mundo de desorden, compul­sión, ruido y dolor es algo muy desagradable. Tienes que saber que tu decisión de quedarte o regresar no es cues­tión de selección racional, sino cuestión de intentarlo.

»Si eliges no regresar ‑continuó‑, desaparecerás como si la tierra te hubiera tragado. Pero si eliges regre­sar, tienes que amarrarte el cinturón y esperar como un verdadero guerrero‑viajero hasta que termines tu tarea, fuese la que fuese, en éxito o en fracaso.

Un cambio muy sutil empezó a llevarse a cabo en mi conciencia. Empecé a recordar caras de personas, pero no estaba seguro de haberlas conocido jamás; un senti­miento extraño de angustia y afecto me empezó a afectar. La voz de don Juan ya no se oía. Extrañaba a personas que sinceramente dudaba haber conocido. De pronto, vino sobre mí un cariño insoportable por esas personas, quienes fueran. Mis sentimientos hacia ellos iban más allá de las palabras, y a la vez no podía decir quiénes eran. Solamente sentía su presencia, como si hubiera vivido ante­riormente, o como si tuviera sentimientos para personas en un sueño. Presentí que sus formas exteriores cambia­ban: empezaron siendo altas y terminaron bajitas. Lo que quedaba intacto era su esencia, la cosa misma que me producía este sentimiento insoportable por ellos.

Don Juan vino a mi lado y me dijo:

‑El acuerdo era que te quedaras en la conciencia del mundo cotidiano. ‑Su voz era brusca y autoritaria-. Hoy vas a cumplir con una faena concreta ‑siguió‑, el últi­mo eslabón de una larga cadena; y lo tienes que hacer en tu máximo estado de razón.

Nunca había oído a don Juan dirigirse a mí en ese tono. Era un hombre distinto en ese instante, y a la vez, me era totalmente conocido. Sumisamente, lo obedecí y regresé a la conciencia del mundo cotidiano. No sabía, sin embargo, que lo estaba haciendo. A mí me pareció, ese día, que me había sometido a don Juan por temor y respeto.

En seguida, don Juan se dirigió a mí en el tono al que estaba acostumbrado. Lo que me dijo fue algo que tam­bién me era muy conocido. Dijo que el sostén del gue­rrero‑viajero es la humildad y la eficacia, el actuar sin expectativas y el resistir cualquier cosa que le surja en el camino.

En aquel momento me sobrevino otro cambio en mi nivel de conciencia. La mente se me enfocó en un pensa­miento, o en un sentimiento de angustia. Supe entonces que había hecho un pacto con unas personas para morir con ellas, y no podía recordar quiénes eran. Sentí, sin duda alguna, que estaba mal que muriera solo. Mi an­gustia se volvió insoportable.

Don Juan volvió a hablarme.

‑Estamos solos ‑me dijo‑. Ésa es nuestra condi­ción, pero el morir solo no es morir en un estado de so­ledad.

Empecé a respirar profundamente, sorbiendo aire para borrar la tensión. Al respirar, se me aclaró la mente.

‑La gran cuestión con nosotros los machos es nuestra fragilidad ‑siguió‑. Cuando empieza a acre­centarse nuestra conciencia, crece como una columna, justo en el punto medio de nuestro ser luminoso, desde abajo hacia arriba. Esa columna tiene que llegar a bas­tante altura antes de poder uno contar con ella. En este momento preciso de tu vida, como chamán, fácilmen­te puedes perder dominio sobre tu nueva conciencia. Cuando haces eso, se te olvida todo lo que has hecho y visto en el camino del guerrero‑viajero, porque tu con­ciencia regresa a la conciencia de tu vida cotidiana. Te he explicado que la faena de todo chamán es de reclamar para él todo lo que ha hecho y lo que ha visto en el ca­mino del guerrero‑viajero cuando entraba en otros ni­veles nuevos de conciencia. El problema con cada cha­mán es que se olvida fácilmente, porque su conciencia pierde el nuevo nivel y se cae al suelo en un abrir y ce­rrar de ojos.

‑Comprendo exactamente lo que me está diciendo, don Juan ‑le dije‑. Quizás sea ésta la primera vez que he llegado a la plena realización de por qué me olvido de todo y recuerdo todo después. Siempre creía que mis cambios eran debidos a una condición patológica perso­nal. Ahora sé por qué suceden esos cambios, pero no puedo expresar en palabras lo que sé.

‑No te preocupes por las palabras ‑dijo don Juan‑. Tendrás, al momento debido, todas las palabras que quieras. Hoy tienes que actuar desde tu silencio interior, desde lo que sabes sin saberlo. Sabes a la perfección lo que tienes que hacer, pero este conocimiento todavía no lo tienes completamente formulado en tus pensa­mientos.

Al nivel de sensaciones o pensamientos concretos, sólo sentía la vaga sensación de que sabía algo que no formaba parte de la mente que tenía. Tuve, en seguida, el sentimiento más claro de haber dado un enorme paso hacia abajo; algo pareció caerse dentro de mí. Fue casi como una sacudida. Supe en ese instante que había en­trado en otro nivel de conciencia.

Don Juan me dijo que era obligatorio que un guerre­ro‑viajero se despidiera de todos los que dejaba atrás. Debe decir sus adioses en una voz fuerte y clara para de­jar grabados su grito y sentimientos en esas montañas para siempre.

Permanecí en espera durante mucho tiempo, no por vergüenza, sino porque no sabía a quién incluir en mis agradecimientos. Había absorbido interiormente el con­cepto de la brujería de que el guerrero‑viajero no le pue­de deber nada a nadie.

Don Juan había metido en mí un axioma de chamán: Los guerreros‑viajeros pagan elegante, generosamente y con una ligereza sin par, cualquier favor, cualquier servi­cio que se les ha rendido. Así se deshacen de la carga de llevar deudas.

Les había pagado, o estaba en proceso de pagarles, a todos lo que me habían honrado con su atención o cui­dado. Había recapitulado mi vida a tal extremo que no había dejado piedra sobre piedra. Creía en verdad en aquel tiempo que no le debía nada a nadie. Le comenté a don Juan mis creencias y mi vacilación.

Dijo don Juan que indudablemente había recapitulado mi vida totalmente, pero añadió que estaba muy lejos de estar libre de toda deuda.

‑¿Y qué de tus fantasmas ‑siguió‑, los que ya no puedes tocar?

Sabía a lo que se refería. Durante mi recapitulación, le había contado cada incidente de mi vida. De los cien­tos de incidentes que le había relatado, había extraído tres como muestras de deudas que había contraído muy temprano, y había añadido a esos tres la deuda que tenía con la persona gracias a la cual había conocido a don Juan. Le había agradecido a mi amigo profusamente, y tuve la sensación de que algo había reconocido mi agra­decimiento. Los otros tres sucesos habían quedado den­tro del reino de los relatos, relatos de mi vida y de gente que me había otorgado un obsequio inconcebible, y a quienes nunca les había dado las gracias.

Uno de esos relatos tenía que ver con un hombre que había conocido de niño. Se llamaba el señor Lean­dro Acosta. Era el archi‑enemigo de mi abuelo, su ver­dadera némesis. Mi abuelo lo había acusado repetidas veces de robarse los pollos de su granja. El hombre no era un vagabundo, sino simplemente alguien que no te­nía empleo firme ni definido. Era un tipo inconformista, jugador, dominador de muchas artes, hábil curandero, según él, cazador y proveedor de especímenes de insec­tos y plantas para los hierberos y curanderos locales, y de cualquier ave o animal para los taxidermistas o tien­das especialistas en animales vivos.

Según lo que decía la gente, hacía muchísimo dine­ro, pero no podía ni guardarlo ni invertirlo. Tanto sus detractores como sus amigos, creían que podía haber puesto el mejor negocio de esa región, haciendo lo que mejor hacía: buscar plantas y cazar animales, pero estaba maldito con una rara enfermedad del espíritu que lo hacía inquieto, incapaz de dedicarse a nada por largo tiempo.

Un día, al hacer un paseo a la orilla de la granja de mi abuelo, vi que alguien me espiaba desde el espeso matorral de la orilla del bosque. Era el señor Acosta. Estaba de cu­clillas dentro del matorral de la selva misma, y no hubiera podido verlo sino por mis ojos agudos de ocho años.

Con razón mi abuelo cree que le roba los pollos, pen­sé. Creí que nadie más que yo se habría percatado; estaba completamente camuflado por su quietud. Lo que había captado, y lo sentí en vez de verlo, fue la diferencia entre el matorral y su silueta. Me le acerqué. El hecho de que la gente lo rechazaba tan violentamente o gustaba de él tan apasionadamente, me intrigaba sobremanera.

‑¿Qué está haciendo aquí, señor Acosta? ‑le pre­gunté osadamente.

‑Estoy haciendo mi caca mientras contemplo la granja de tu abuelo ‑me dijo‑. Así es que vete antes de que me levante, a menos que te guste el olor a mierda.

Me alejé a unos pocos pasos. Quería saber si en ver­dad estaba ocupado en lo que había dicho. Lo estaba. Se levantó. Creí que iba a abandonar el matorral, pasar al terreno de mi abuelo y quizás de allí pasar al camino, pero no lo hizo. Comenzó a caminar hacia adentro, ha­cia la selva.

‑¡Oiga, señor Acosta! ‑le grité‑. ¿Puedo acom­pañarlo?

Advertí que se había quedado parado; otra vez, era más bien una sensación corporal que de la vista misma, pues el matorral estaba muy espeso.

‑Claro que puedes, pero sólo si le encuentras una entrada a la maraña ‑me dijo.

Eso no presentaba ninguna dificultad para mí. Du­rante mis horas de ocio, había marcado una entrada con una piedra de buen tamaño. Después de un proceso in­terminable de ensayo y error había encontrado que exis­tía un pequeño espacio, y si lo seguía a lo largo de tres o cuatro metros, llegaba a un sendero donde podía poner­me de pie y caminar.

El señor Acosta se me acercó y dijo:

‑¡Bravo, mocito, lo lograste! Sí, ven conmigo, si quieres.

Fue el principio de mi asociación con el señor Lean­dro Acosta. A diario íbamos de cacería. Nuestra asocia­ción se hizo patente, ya que me iba de la casa desde la primera hora de la mañana hasta la puesta del sol, sin que nadie supiera dónde andaba, y un día mi abuelo me reprimió con severidad.

‑Tienes que saber elegir a tus conocidos ‑me di­jo‑, o vas a terminar como ellos. Yo no tolero que este hombre te afecte de ningún modo. Claro que te va a pa­sar su ímpetu. Y tu mente se volverá como la de él: inú­til. Te lo digo, si no pones fin a todo esto, lo haré yo. Le echo encima las autoridades por haberse robado mis pollos, porque sabes, carajo, que viene a diario y me los roba.

Hice todo por mostrarle a mi abuelo que lo que decía era absurdo. El señor Acosta no tenía que robarse los po­llos. Tenía a su alcance la vastedad de la selva. Podía sacar de allí cuanto él quería. Pero mi postura enfureció más a mi abuelo. Me di cuenta de que lo que pasaba es que mi abuelo le envidiaba al señor Acosta su libertad, y esa rea­lización lo transformó para mí, de un cazador afable, a la expresión máxima de algo que es a la vez deseado y pro­hibido.

Traté de limitar mis encuentros con él, pero era de­masiada la atracción. Luego un día, el señor Acosta y tres de sus amigos me propusieron algo que él nunca ha­bía hecho: cazar un buitre, vivo y sin haberlo herido. Me explicó que los buitres de esa región, que eran enor­mes y llegaban a tener una envergadura de dos metros, tenían siete tipos diferentes de carne en el cuerpo y que cada uno de esos siete tipos tenía un propósito «específi­co para la curación. Dijo que lo deseable era que el bui­tre no se hiriera. El buitre tenía que ser muerto por tran­quilizante, pero no con violencia. Era fácil matarlos con escopeta, pero en ese caso la carne perdía su valor cura­tivo. Así es que el arte era cazarlos vivos, algo que él nunca había hecho. Había llegado a una solución con mi ayuda y la ayuda de tres de sus amigos. Me aseguró que su conclusión era la más debida ya que estaba basada en cientos de ocasiones de haber observado el comporta­miento de los buitres.

‑Necesitamos un burro muerto para llevar a cabo esta faena, algo que ya tenemos ‑me declaró alegre­mente.

Me miró, esperando que le preguntara qué se haría con el burro muerto. Como no le hice la pregunta, con­tinuó:

‑Le sacamos los intestinos y le metemos allí unos palos para mantener la redondez de la panza.

»El líder de los buitres es el rey; es el más grande y el más inteligente ‑siguió‑ No existen ojos más agudos. Es lo que lo hace rey. Él es el que va a ver al burro muerto y va a ser el primero en aterrizar. Aterrizará con el viento en contra para confirmar, por el olor, que el burro de ve­ras está muerto. Los intestinos y los órganos que le sa­quemos los vamos a amontonar a su trasero, por afuera. Así parece que un gato montés ya se ha comido una parte. Entonces, lentamente, el buitre se acercará al burro. No tendrá prisa. Vendrá saltando‑volando, y entonces ate­rrizará sobre la cadera del burro y empezará a mecer el cuerpo del burro. Lo tumbaría si no fuera por las cuatro estacas que le vamos a meter como parte de la armadura. El buitre quedará parado sobre la cadera durante un tiempo; esto servirá de aviso a los otros buitres para que lleguen y aterricen por allí. Sólo cuando ya tenga tres o cuatro de sus compañeros a su alrededor, comenzará a hacer su trabajo el buitre rey.

‑¿Y cuál va a ser mi papel en todo esto, señor Acos­ta? ‑le pregunté.

‑Tú te escondes dentro del burro ‑me dijo inex­presivo‑. Fácil. Te doy un par de guantes de cuero de diseño específico, y te sientas allí y esperas a que el rey de los buitres rasgue con su enorme pico poderoso el ano del burro y meta la cabeza para empezar a comer. Entonces lo agarras del pescuezo con las dos manos y no lo dejas suelto por nada.

»Mis tres amigos y yo vamos a estar a caballo, escon­didos en una barranca profunda. Yo estaré vigilando el asunto con lentes de distancia. Y cuando vea que has agarrado al rey de los buitres por el cuello, venimos a galope tendido, nos echamos encima del buitre y lo do­minamos.

‑¿Puede usted dominar a ese buitre, señor Acosta? ‑le pregunté. No que dudara de su destreza, sólo que­ría que me lo asegurara.

‑¡Claro que puedo! ‑dijo con toda la confianza del mundo‑. Todos vamos a llevar guantes y polainas de cuero. Las garras del buitre son muy poderosas. Pue­den romperle a uno la tibia como si fuera una ramita.

No tenía salida. Estaba atrapado, clavado por una excitación exorbitante. Mi admiración por el señor Leandro Acosta no tenía límites en ese momento. Lo vi como verdadero cazador, de gran ingenio, sabio y as­tuto.

‑¡Bien, hagámoslo! ‑dije.

‑¡Macho! ¡Así me gusta! ‑dijo el señor Acosta‑. No es menos de lo que esperaba de ti.

Había puesto una manta gruesa detrás de su silla de montar y uno de sus amigos simplemente me levantó y me sentó sobre el caballo del señor Acosta, justo detrás de la silla, sobre la manta.

‑Agárrate de la silla ‑dijo el señor Acosta‑, y al agarrarte, agarra también de la manta.

Salimos a trote corto. Cabalgamos como una hora hasta llegar a unas tierras planas, secas y desoladas. Nos detuvimos junto a una tienda de campaña, parecida a las de los vendedores de mercado. Tenía un techo plano para dar sombra. Debajo del techo había un burro muerto, co­lor marrón. No parecía haber sido muy viejo; parecía un burro adolescente.

Ni el señor Acosta ni sus amigos me explicaron si habían encontrado el burro o lo habían matado. Esperé a que me lo dijeran pero no iba a preguntarles. Mientras hacían los preparativos, el señor Acosta me explicó que la tienda estaba allí porque los buitres vigilaban desde grandes distancias, dando vueltas en lo alto, fuera de vis­ta pero ciertamente capaces de ver todo lo que por allí pasaba.

‑Estas criaturas son criaturas sólo de vista ‑dijo el señor Acosta‑. Tienen un oído miserable y el olfato no lo tienen tan bueno como la vista. Tenemos que rellenar todos los agujeros del cadáver. No quiero que te asomes por ningún agujero, porque si te ven el ojo nunca baja­rán. No deben ver nada.

Metieron unos palos dentro de la panza del burro y los cruzaron, dejándome lugar para meterme. En un momento dado, hice finalmente la pregunta que me te­nía intrigado.

‑Dígame, señor Acosta, este burro seguramente se murió de alguna enfermedad, ¿no? ¿Cree usted que me pueda afectar?

El señor Acosta levantó los ojos al cielo:

‑¡Carajo! No puedes ser así de tonto. Las enferme­dades de los burros no pueden ser transmitidas al hom­bre. Vamos a vivir esta aventura y no preocuparnos por los pinches detalles. Si yo fuera más bajo, estaría yo den­tro de la panza del burro. ¿Sabes lo que es cazar al rey de los buitres?

Le creí. Sus palabras eran suficientes para crear una capa de confianza sin par sobre mí. No me iba a descom­poner y a perderme el suceso de sucesos.

El momento aterrador vino cuando el señor Acosta me metió dentro del burro. Luego estiraron la piel sobre la armadura y le hicieron costuras para cerrarla. Dejaron, sin embargo, una parte abierta contra el suelo para dejar circular el aire. El momento horrendo para mí fue cuan­do se cerró por completo la piel sobre mi cabeza, como la tapa de un ataúd. Respiré profundamente, pensando solamente en la excitación de agarrar el rey de los bui­tres por el cuello.

El señor Acosta me dio instrucciones de último mo­mento. Dijo que me avisaría en el momento en que el buitre se viera volar por allí y cuando aterrizara, por un silbido que parecía llamada de ave, para informarme y para prevenir que me moviera o impacientara. Entonces oí que desarmaban la tienda, y que sus caballos se aleja­ban. Mejor que no dejaran ningún espacio para poder espiar porque es precisamente lo que hubiera hecho. La tentación de mirar hacia arriba y ver lo que pasaba era casi irresistible.

Pasó largo tiempo sin que pensara en nada. Entonces oí el silbido del señor Acosta y supuse que daba vueltas el buitre rey. Mi suposición se volvió certeza cuando oí el aleteo de unas poderosas alas y, de pronto, el cadáver del burro empezó a sacudirse como si estuviera experi­mentando un huracán. Entonces sentí un peso sobre el cadáver y supe que el buitre rey había aterrizado sobre el burro y ya no se movía. Oí el aleteo de otras alas y el silbido del señor Acosta, a la distancia. Me preparé para lo inevitable. El cadáver empezó a mecerse mientras algo hacía pedazos la piel.

Luego, de pronto, una enorme cabeza feísima con una cresta roja, un pico enorme y un penetrante ojo abierto, entró violentamente. Grité de susto y le agarré el cuello con las dos manos. Creo que por un instante sorprendí al buitre rey porque no hizo nada y me dio oportunidad de agarrarle el cuello con más fuerza, y en­tonces la cosa se puso fea. El buitre salió de su sorpresa y empezó a tirar con tal fuerza que me dio un golpe con­tra la armadura, y al instante quedé medio fuera del ca­dáver del burro, armadura y todo, agarrado del cuello de la bestia invasora con toda la fuerza de mi vida.

Oí a la distancia el galope del caballo del señor Acos­ta. Oí que gritaba:

‑¡Suéltalo, chico, suéltalo, que te va a llevar volando!

El buitre rey ciertamente o iba a llevarme con él o iba a hacerme pedazos con la fuerza de sus garras. No me pudo agarrar del todo porque su cabeza estaba metida entre la víscera y la armadura. Sus garras se resbalaban sobre los intestinos y no llegaban a tocarme. Otra cosa que me salvó fue que la fuerza del buitre estaba concen­trada en liberarse de mi agarre, y no podía mover las ga­rras hacia adelante lo suficiente para herirme. En seguida, en el momento preciso en que se me zafaron los guantes de cuero, el señor Acosta aterrizó encima del buitre.

Estaba rebosante de alegría.

‑¡Lo logramos, chico, lo logramos! ‑me dijo­-. La próxima vez ponemos estacas más largas para que el buitre no dé un tirón y te atamos a la armadura.

Mi asociación con el señor Acosta había durado lo suficiente para cazar un buitre. Luego, mi interés en se­guirlo desapareció tan misteriosamente como había aparecido al principio, y nunca tuve la oportunidad de agradecerle por todo lo que me había enseñado.

Don Juan dijo que me había enseñado la paciencia del cazador en el mejor momento para aprenderla; y so­bre todo, me había enseñado a sustraer de la soledad todo el alivio que necesita el cazador.

‑No puedes confundir la soledad con estar solo ‑me explicó don Juan una vez‑. La soledad para mí es psicológica, es un estado mental. El estar solo es físico. Uno debilita, el otro da alivio.

Por todo esto, don Juan había dicho, tenía yo una gran deuda para siempre con el señor Acosta, compren­diera o no el estar agradecido de la manera que lo com­prende un guerrero‑viajero.

La segunda persona con la cual don Juan pensaba que tenía que estar agradecido era con un niño de mi misma edad que conocí a los diez años. Se llamaba Ar­mando Velez. Tal como su nombre, era extremadamente elegante, tieso, en resumen, un niño viejo. Me gustaba porque era seguro en lo que hacía y a la vez muy amiga­ble. Era alguien a quien no se lo podía intimidar fácil­mente. Se metía a pelearse con cualquiera si era necesa­rio y sin embargo no era para nada un bravucón.

Los dos salíamos a pescar juntos. Pescábamos peces muy pequeños, de los que vivían bajo las piedras, y te­níamos que agarrarlos con las manos. Los poníamos a secar al sol y nos los comíamos crudos, algunas veces todo el día.

Me gustaba además el hecho de que era muy inge­nioso y listo, a la vez que ambidiestro. Podía lanzar una piedra con la izquierda más lejos que con la derecha. Sa­bía de incontables juegos competitivos en los que, para mi desilusión, siempre me ganaba. Me ofrecía una espe­cie de disculpa, diciéndome: «Si voy más lento y te dejo ganar, me vas a odiar. Lo verás como un insulto a tu hombría. Así es que esfuérzate más”.

Debido a su comportamiento extremadamente dig­no, lo llamábamos «Señor Velez», pero el «Señor» se abreviaba a «Sho», una costumbre típica de la región de Sudamérica de donde vengo.

Un día Sho Velez me preguntó algo fuera de lo común. Empezó como siempre, desde luego, como un desafío.

‑Te apuesto lo que quieras ‑me dijo‑, que yo sé algo que no te atreverías a hacer.

‑¿De qué hablas, Sho Velez?

‑¿A que no te atreves a bajar por el río en una balsa?

‑Por supuesto que lo haría. Lo hice una vez en un río acrecentado. Me quedé varado una vez durante ocho días. Tuvieron que flotarme alimentación.

Era la verdad. Mi otro mejor amigo era un niño que llevaba el mote de Pastor Loco. Nos quedamos varados en una inundación sobre una isla sin que hubiera manera de rescatarnos. La gente del pueblo esperaba que el agua subiera y nos matara a los dos. Flotaron cestas de alimentación por el río con la esperanza de que llegaran a la isla y así fue. Así nos mantuvieron vivos hasta que bajó el agua lo suficiente para que llegaran a nosotros con una balsa y nos subieran a la ribera del río.

‑No, esto es otro asunto ‑continuó Sho Velez con su aire de erudito‑. Esto implica bajar en balsa a un río subterráneo.

Me recordó que una enorme parte del río local pasa­ba por debajo de un monte. Esa parte subterránea siem­pre me había intrigado sobremanera. Su entrada al mon­te era una terrible cueva de buen tamaño, siempre llena de murciélagos y de olor a amoníaco. A los niños de la región se les decía que era la boca del infierno: azufre, humos, calor, olor.

‑¡Te apuesto tu culo pestífero que no me voy a acercar a ese río mientras esté vivo, Sho Velez! ‑le gri­té‑. Aunque viva diez vidas. Tienes que estar loco del todo para hacer algo así.

La cara seria de Sho Velez se volvió aún más seria.

‑Ah ‑dijo‑ Entonces tendré que hacerlo yo solo. Pensé por un instante que podía empujarte a ir conmigo. Me equivoqué. La pérdida es mía.

‑Ey, Sho Velez, ¿qué te pasa? ¿Por qué demonios quieres ir a ese lugar infernal?

‑Tengo que hacerlo ‑dijo en su vocecita baja y ronca‑. Ves, mi padre es tan loco como tú, pero es pa­dre y esposo. Hay seis personas que dependen de él. De otra manera, sería tan loco como una cabra. Mis dos hermanas, mis dos hermanos, mi madre y yo depende­mos de él. Él es todo para nosotros.

No sabía quién era el padre de Sho Velez. Nunca lo había visto. No sabía a qué se dedicaba para ganarse la vida. Sho Velez me reveló que su padre era un hombre de negocios y que todo lo que tenía estaba en riesgo.

‑Mi padre ha construido una balsa y quiere ir. Quiere hacer esa expedición. Mi madre dice que es puro humo, pero yo no me fío ‑continuó Sho Velez‑. Le he visto esa mirada de loco en los ojos. Uno de estos días lo va a hacer, y estoy seguro de que va a morir. Así es que voy a tomar la balsa para ir al río yo mismo. Sé que voy a morir, pero mi padre no morirá.

Sentí que me pasaba como una corriente eléctrica por el cuello, y me oí decir en el tono más agitado que uno pueda imaginar:

‑¡Lo hago, Sho Velez, lo hago! ¡Sí, sí va a ser estu­pendo, yo voy contigo!

Sho Velez hizo una mueca. La comprendí como una mueca de alegría porque iba con él, no porque él había conseguido convencerme. Expresó ese sentimiento en su siguiente frase:

‑Sé que si tú me acompañas voy a sobrevivir.

No me importaba que sobreviviera Sho Velez o no. Lo que me había galvanizado era su valor. Sabía que Sho Velez tenía tripas de acero para hacer lo que decía. Él y Pastor Loco eran los únicos del pueblo con tripas de acero. Los dos poseían algo que yo consideraba único y desconocido: valor. Nadie más en el pueblo lo tenía. Los había puesto a todos a prueba. A mi manera de ver, todos estaban muer­tos, incluyendo el amor de mi vida, mi abuelo. Sabía esto sin duda alguna a la edad de diez años. La valentía de Sho Velez fue una comprensión abrumadora para mí. Quería estar con él hasta el fin, fuera como fuera.

Hicimos planes para encontrarnos al primer rayo, que es lo que hicimos, y los dos cargamos la ligera balsa de su padre por cuatro o cinco kilómetros fuera del pue­blo, a unas montañas bajas y verdes a la entrada de la cueva, donde el río se volvía subterráneo. El olor a gua­no era insoportable. Nos subimos a la balsa y empuja­mos dentro de la corriente. La balsa llevaba linternas eléctricas que tuvimos que encender inmediatamente. Dentro de la montaña todo era negrura, y estaba húme­do y caluroso. La profundidad del agua era suficiente para que la balsa flotara, y la corriente bastante rápida pa­ra no tener que remar.

Las linternas creaban sombras grotescas. Sho Velez me susurró al oído que lo mejor sería no ver porque era más que aterrador. Tenía razón; era nauseabundo, opresivo. Las luces despertaron a los murciélagos, que comenzaron a volar alrededor de nosotros, aleteando caóticamente. Al penetrar más profundamente en la cueva, ya ni había mur­ciélagos, sólo un pesado aire fétido, difícil de respirar. Des­pués de lo que me parecieron horas, llegamos a una especie de estanque de gran profundidad; casi no se movía. Parecía como si la corriente mayor hubiera sido represada.

‑Estamos atascados ‑me susurró de nuevo Sho Velez al oído‑. No hay manera de que pase la balsa, y no hay manera de regresar.

La corriente estaba demasiado fuerte para intentar un viaje de regreso. Decidimos que teníamos que en­contrar salida. Me di cuenta de que si nos parábamos encima de la balsa podíamos alcanzar el techo de la cue­va, lo cual significaba que el agua estaba represada casi hasta el techo. La entrada se parecía a una catedral, y te­nía unos quince metros de tamaño. Mi conclusión fue que estábamos encima de un estanque como de quince metros de profundidad.

Atamos la balsa a una roca y empezamos a nadar hacia abajo, buscando movimiento de agua, una corriente. Todo estaba húmedo y caluroso en la superficie, pero muy frío hacia abajo. Mi cuerpo sintió el cambio de temperatura y me asusté, un extraño terror animal que nunca había experimentado. Sho Velez debió haber sen­tido lo mismo. Chocamos al llegar a la superficie.

‑Creo que nos acercarnos a la muerte ‑me dijo con solemnidad.

No compartía yo ni su solemnidad ni su deseo de mo­rir. Frenéticamente, busqué una apertura. Las aguas de las inundaciones debían haber llevado rocas que forma­ron la represa. Encontré un agujero de suficiente apertu­ra para que pasara mi cuerpo de diez años. Agarré a Sho Velez y se lo mostré. Era imposible que pasara por allí la balsa. Sacamos la ropa de la balsa, la hicimos una bola y nadamos hacia abajo cargándola hasta que volvimos a encontrar el agujero y pasamos por él.

Terminamos en un tobogán de agua, como los que hay en los parques de diversión. Rocas cubiertas de alga y musgo nos permitieron deslizarnos por una enorme distancia sin hacernos daño. Entonces llegamos a una cueva como catedral, donde continuaba fluyendo el agua hasta el nivel de la cintura. Vimos la luz del cielo al final de la cueva y salimos a pie. Sin decir ni una palabra, extendimos la ropa al sol para que se secara, y regresa­mos al pueblo. Sho Velez estaba casi inconsolable por haber perdido la balsa de su padre.

‑Mi padre hubiera muerto allí ‑reconoció final­mente‑. Su cuerpo nunca hubiera podido pasar por el agujero por donde pasamos nosotros. Es demasiado grande. Mi padre es un hombre gordo y grande -dijo‑. Pero hubiera sido suficientemente fuerte para volver ca­minando a la entrada.

Lo dudaba. Mi recuerdo era que por momentos, a causa de la inclinación, la corriente era brutalmente fuerte. Reconocí que, posiblemente, un hombre grande y desesperado podría haber caminado hacia fuera final­mente con la ayuda de cables y un gran esfuerzo.

La cuestión de si el padre de Sho Velez hubiera muer­to allí o no no se resolvió entonces, pero no me importa­ba. Lo que me importó por primera vez en mi vida, es que sentí el veneno de la envidia. Sho Velez era la primera per­sona a quien había envidiado yo en toda mi vida. Él tenía alguien por quien dar la vida y me había comprobado que lo haría. Yo no tenía a nadie, y no había comprobado nada.

De forma simbólica, le otorgué todos los laureles a Sho Velez. Su triunfo era total. Yo me retiré. Ése era su pueblo, ésa era su gente, y él era el mejor de todos ellos. Cuando nos despedimos ese día, di voz a una banalidad que resultó ser la profunda verdad cuando dije:

‑Sé el rey de todos ellos, Sho Velez. Eres el mejor.

Nunca volví a hablar con él. A propósito terminé con nuestra amistad. Sentía que era el único gesto con que podía demostrar cuán profundamente él me había afectado.

Don Juan creía que mi deuda con Sho Velez era im­perecedera porque él era el único que me había enseña­do que tenemos que tener algo por qué morir antes de pensar que tenemos algo por qué vivir.

‑Si no tienes nada por qué morir ‑me dijo don Juan una vez‑, ¿cómo puedes sostener que tienes algo por qué vivir? Los dos van mano a mano y la muerte lle­va el timón.

La tercera persona con quien don Juan pensaba que estaba yo endeudado más alla de mi vida y mi muerte era mi abuela por parte de mi madre. En mi afecto ciego por mi abuelo, el macho, me había olvidado de que la verdadera fuente de fuerza en esa casa era mi muy ex­céntrica abuela.

Muchos años antes de que yo llegara a su casa, ella había salvado de ser linchado a un indio del lugar. Lo habían acusado de ser brujo. Unos jóvenes coléricos ya lo tenían colgado de un árbol del terreno de mi abuela. Ella los vio y los paró. Todos los linchadores, al parecer, eran sus ahijados y no se hubieran atrevido a desafiarla. Bajó al hombre y lo llevó a casa a curarle las heridas. La soga ya le había dejado una profunda herida en el cuello.

Se sanó de sus heridas pero nunca dejó a mi abuela. Sostenía que su vida terminó el día del linchamiento y que cualquier nueva vida que tenía ya no era de él; le pertenecía a ella. Como hombre de palabra, dedicó su vida a servir a mi abuela. Era su camarero, su mayordo­mo, su consejero. Mis tías decían que él le había aconse­jado a mi abuela que recogiera como suyo a un huérfano recién nacido y a criarlo como su propio hijo, algo que resentían amargamente.

Cuando llegué a la casa de mis abuelos, el hijo adop­tivo de mi abuela ya lindaba en los finales de los treinta. Lo había mandado a estudiar a Francia. Una tarde, ines­peradamente, un hombre recio, sumamente elegante, se bajó de un taxi delante de la casa. El chófer llevó sus ma­letas de piel al patio. El hombre recio le dio una bue­na propina. Me fijé de inmediato que las facciones del hombre recio eran de gran atractivo. Tenía pelo rizado y largo, las pestañas rizadas. Era muy guapo sin ser física­mente bello. Su mejor característica, sin embargo, era su radiante sonrisa abierta con que se dirigió a mí.

‑¿Puedo saber su nombre, joven? ‑me dijo con la voz de actor de teatro más bella que jamás había escu­chado.

El hecho de que me dijera «joven» le ganó mi simpa­tía de inmediato.

‑Me llamo Carlos Aranha, señor ‑le dije‑. ¿Y me permite saber a quién tengo el gusto de saludar?

Hizo un gesto de disimulada sorpresa. Abrió los ojos y saltó hacia atrás como si alguien lo hubiera atacado. Entonces se echó una enorme carcajada. Al oír la carcaja­da, mi abuela salió al patio. Cuando vio al recio hombre, gritó como una niña y lo abrazó con enorme afecto. Él la levantó como si no pesara nada y le dio de vueltas. Entonces me di cuenta de que era muy alto. Su peso escondía su altura. Tenía el físico de un peleador profe­sional. Se dio cuenta de que lo estaba mirando. Dobló los bíceps.

‑Conozco algo de boxeo, señor ‑dijo plenamente consciente de lo que yo pensaba.

Mi abuela me lo presentó. Dijo que era su hijo, An­toine, su bebé, la luz de sus ojos; dijo que era dramatur­go, director de teatro, escritor, poeta.

El hecho de ser buen atleta era lo que me importaba. No comprendí al principio que era hijo adoptivo. Me di cuenta, sin embargo, de que no se parecía a los demás fa­miliares. Mientras que los otros de la familia eran cadáve­res ambulantes, él estaba vivo con una vitalidad que venía desde adentro. Nos llevamos muy bien. Me gustaba que entrenara todos los días, dándole de puñetazos a un saco de arena. Me gustaba inmensamente que no sólo le daba puñetazos sino también patadas, una mezcla asombrosa de boxeo y patada. Tenía el cuerpo duro como una roca.

Un día Antoine me confesó que su único ferviente deseo en la vida era ser un escritor notable.

‑Lo tengo todo ‑dijo‑. La vida ha sido suma­mente generosa conmigo. Lo único que no tengo es lo único que deseo: genio. Las musas no me quieren. Ten­go aprecio por lo que leo, pero no puedo crear nada que me guste leer. Ése es mi tormento; me falta la disciplina o la simpatía para atraer a las musas, así es que mi vida está tan vacía que no se lo puede uno imaginar.

Antoine continuó diciéndome que la única realidad que tenía era su madre. Dijo que mi abuela era su apoyo, su baluarte, su alma gemela. Terminó diciéndome algo muy perturbador:

‑Si no tuviera a mi madre ‑dijo‑ no podría vivir.

Me di cuenta entonces de cuán profundamente esta­ba atado a mi abuela. Todas las horrendas historias que me habían contado mis tías acerca del mimado Antoine se hicieron verdaderas. Mi abuela en verdad lo había mi­mado más allá de la salvación. A la vez, parecían estar muy contentos juntos. Los veía sentados durante horas; él, su cabeza en el regazo de ella como si fuera todavía niño. Nunca había escuchado a mi abuela conversar con nadie durante tan largas horas.

De repente, un día, Antoine empezó a producir mu­cha obra escrita. Empezó a dirigir una obra dramática en el teatro local, una obra que él mismo había escrito. Cuando se estrenó, fue un éxito instantáneo. Sus poe­mas se publicaron en el periódico local. Parecía haber entrado en un estado creativo. Pero pocos meses des­pués todo terminó. El director del periódico del pueblo abiertamente denunció a Antoine; lo acusó de plagio y publicó en el periódico la prueba de su culpa.

Mi abuela, desde luego, no quiso oír nada acerca del comportamiento de su hijo. Explicó que se trataba de una gran envidia. Cada una de esas personas del pueblo estaba envidiosa de la elegancia, del estilo de su hijo. Es­taban envidiosos de su personalidad, de su gracia. Ciertamente, era la personificación de la elegancia y del savoir faire. Pero era un plagiador; no cabía la menor duda.

Antoine nunca defendió su comportamiento ante nadie. Me gustaba demasiado para preguntarle del asun­to. Además, no me importaba. Sus razones eran sus ra­zones en lo que a mí me concernía. Pero algo se rompió; desde aquel momento, nuestras vidas iban de salto en salto, por así decir. Las cosas cambiaban tan dramática­mente en la casa de un día para el otro que me acostum­bré a que pudiera pasar cualquier cosa, lo mejor y lo peor. Una noche, mi abuela entró de la forma más dra­mática a la habitación de Antoine. Tenía una dureza en los ojos que nunca le había visto. Le temblaban los la­bios al hablar.

‑Algo terrible ha sucedido, Antoine ‑empezó.

Antoine la interrumpió. Le rogó que le dejara expli­carle todo.

Lo calló abruptamente.

‑No, Antoine, no ‑dijo con firmeza‑. Esto no tie­ne nada que ver contigo. Tiene que ver conmigo. En este momento tan difícil para ti, algo de mayor importancia ha sucedido. Antoine, hijo de mis entrañas, se me ha aca­bado el tiempo.

»Quiero que comprendas que esto es inevitable ‑si­guió‑. Tengo que irme, pero tú debes quedarte. Tú eres la suma total de todo lo que he hecho en mi vida. Por bien o por mal, Antoine, eres todo lo que soy. Dale una opor­tunidad a la vida. Al final, estaremos juntos de nuevo de todas maneras. Entretanto, debes hacer, Antoine, debes hacer. Lo que sea no importa, con tal de que hagas.

Vi el cuerpo de Antoine estremecerse de angustia. Vi cómo contrajo su ser total, todos sus músculos, toda su fuerza. Era como si cambiara de velocidades, desde su problema que era como un río, al mismo océano.

‑¡Prométeme que no te vas a morir hasta que mue­ras! ‑le gritó.

Antoine asintió.

Al día siguiente, siguiendo el consejo de su conseje­ro‑brujo, mi abuela vendió todas sus pertenencias, que eran bastantes, y le dio todo el dinero a su hijo, Antoine. Y al día siguiente, muy temprano, se llevó a cabo la esce­na más extraña que jamás habían presenciado mis ojos de diez años; el momento en que Antoine se despidió de su madre. Fue una escena tan irreal como la de un set de filmación; irreal en el sentido que parecía haber sido in­ventada, escrita en alguna parte, creada por una serie de ajustes que el escritor hace y que el director lleva a cabo.

El patio de la casa de mis abuelos era el decorado. El protagonista era Antoine, su madre la primera actriz. Antoine viajaba ese día. Iba al puerto. Iba a abordar un crucero italiano y cruzar el Atlántico a Europa, un viaje de placer. Estaba tan elegantemente vestido como siem­pre. Lo esperaba fuera de la casa, un taxista, sonando la bocina imperiosamente.

Yo había sido testigo de la última febril noche de An­toine, queriendo desesperadamente escribirle un poema a su madre.

‑Es pura mierda ‑me dijo‑. Todo lo que escribo es una mierda. Soy un don nadie.

Le aseguré, aunque yo tampoco era nadie para ase­gurárselo, que lo que escribiera sería maravilloso. En un momento dado me sobrevino el entusiasmo, y crucé ciertos parámetros que nunca debería haber cruzado.

‑¡Créemelo, Antoine! ‑le grité‑. Yo soy un peor don nadie que tú. Tú tienes mamá. Yo no tengo a nadie. Lo que escribas, sea lo que sea, va a estar muy bien.

Muy cortésmente, pidió que me fuera de su habita­ción. Había logrado que se sintiera un idiota al tener que tomar consejos de un nene que era un don nadie. Amar­gamente, sentí mi arrebato. Hubiera querido que siguie­ra siendo mi amigo.

Antoine tenía su abrigo perfectamente doblado y lo llevaba sobre su hombro derecho. Llevaba un traje de un verde precioso, de cachemir inglés.

Se oyó la voz de mi abuela:

‑Tenemos que apresurarnos, amor -dijo‑ El tiem­po apremia. Tienes que irte. Si no te vas, esta gente te va a matar por el dinero.

Se refería a sus hijas y a sus maridos, que estaban fú­ricos cuando se enteraron de que su madre muy callada­mente las había desheredado, y que el horrendo Antoi­ne, su archi‑enemigo, se iba a ir con todo lo que tenía que haber sido de ellas.

‑Siento tener que hacerte pasar por todo esto ‑di­jo mi abuela en tono de disculpa-. Pero como bien sabes, el tiempo marcha a otro compás que el de nuestros deseos.

Antoine se dirigió a ella con su grave voz, preciosa­mente modulada. Parecía, más que nunca, un actor de teatro.

‑Sólo te pido un minuto, madre ‑dijo‑. Quisiera leerte algo que escribí para ti.

Era un poema de agradecimiento. Cuando terminó la lectura, hizo una pausa. Había una riqueza de senti­mientos en el aire, una vibración.

‑Que hermosura, Antoine ‑dijo mi abuela con un suspiro‑. El poema expresa todo lo que me querías decir. Todo lo que yo quería oír de ti. ‑Hizo una pausa por un instante. Entonces sus labios se abrieron en una sonrisa exquisita.

‑¿Plagiado, Antoine? ‑le preguntó.

La sonrisa de Antoine era igualmente radiante:

‑Por supuesto, madre ‑dijo‑, por supuesto.

Se abrazaron, hechos un mar de lágrimas. La bocina del taxi sonó con mayor impaciencia. La mirada de An­toine cayó sobre mí, escondido debajo de la escalera. Asintió como para decir: «Adiós. Cuídate”. Entonces dio la vuelta y sin mirar de nuevo a su madre, corrió ha­cia la puerta. Tenía treinta y siete años pero aparentaba sesenta; parecía llevar una carga tan gigantesca sobre sus hombros. Se detuvo antes de llegar a la puerta al oír la voz de su madre advirtiéndole por última vez:

‑No mires hacia atrás, Antoine ‑dijo‑. Nunca mires hacia atrás. Sé feliz y hazlo. ¡Hazlo! Allí está el truco. ¡Hazlo!

La escena me llenó de una extraña tristeza que per­dura hasta hoy día: una melancolía inexplicable que don Juan dijo tenía que ver con mi primer conocimiento de que sí se nos acaba el tiempo.

Al día siguiente, mi abuela se fue con su consejero/camarero/criado a emprender un viaje a un lugar mítico llamado Rondonia, donde su ayudante‑brujo iba a bus­carle una curación. Mi abuela estaba enferma de muerte, aunque yo no lo sabía. Nunca regresó, y don Juan me explicó que la venta de sus pertenencias y el dárselas a Antoine fue una maniobra maravillosa de brujería que su consejero llevó a cabo para desligarla del cuidado de su familia. Estaban tan fúricos con mamá por su acción que no les importaba si regresaba o no. Yo tenía la idea de que ni se dieron cuenta de que se había ido.

Encima de esa plana meseta, recordé todos esos suce­sos como si hubieran pasado hacía un instante. Cuando les expresé mi agradecimiento, logré que regresaran a esa cima. Al terminar mis gritos, mi soledad era algo inexpre­sable. Estaba llorando desconsoladamente.

Don Juan me explicó con gran paciencia que la sole­dad es inadmisible para un guerrero. Dijo que los gue­rreros‑viajeros pueden contar con un ser sobre el cual pueden enfocar todo su afecto, todo su cariño: esta tie­rra maravillosa, la madre, la matriz, el epicentro de todo lo que somos y de todo lo que hacemos; el mismo ser al cual todos regresamos; el mismo ser que permite a los guerreros‑viajeros emprender su viaje definitivo.

Entonces don Genaro ejecutó un acto de intento mágico para mi beneficio. Acostado sobre el estómago, hizo una serie de movimientos deslumbrantes. Se con­virtió en un globo de luminosidad que parecía estar na­dando como si la tierra fuera una alberca. Don Juan dijo que era la manera en que Genaro abrazaba la inmensa tierra y a pesar de la diferencia de tamaño, la tierra reco­nocía ese gesto de Genaro. La visión de los movimien­tos de Genaro y la explicación de don Juan transforma­ron mi soledad en una felicidad sublime.

‑No soporto la idea de que se vaya, don Juan ‑me oí decir‑. El sonido de mi voz y lo que había dicho me aver­gonzó. Cuando empecé a sollozar involuntariamente, de­bido a mi autocompasión, me sentí aún peor. ‑¿Qué me pasa don Juan? ‑murmuré‑. No soy así de costumbre.

‑Lo que te pasa es que tu conciencia está de nuevo al nivel de tus talones ‑me replicó, riéndose.

Entonces perdí el último ápice de dominio y me en­tregué por completo a mis sentimientos de decaimiento y desesperanza.

‑Me voy a quedar solo ‑dije en una voz chillan­te‑. ¿Qué va a pasar conmigo?

‑Veámoslo de esta manera ‑dijo don Juan tranqui­lamente‑. Para que yo deje esta tierra y me enfrente a lo desconocido, necesito de toda mi fuerza, de todo mi dominio, de toda mi suerte; pero sobre todo, necesito cada ápice de los cojones de acero de un guerrero‑viaje­ro. Para quedarte aquí y batallar como un guerrero‑via­jero necesitas todo lo que yo mismo necesito. Aventu­rarse allí afuera adonde vamos nosotros no es broma, pero tampoco lo es quedarse aquí.

Tuve un arranque de emoción y le besé la mano.

‑¡So, so, so! ‑me dijo‑. ¡No más falta les vas a hacer un altar a mis guaraches!

La angustia que me sobrevino cambió mi estado de autocompasión a un sentimiento de pérdida sin igual.

‑¡Se va usted! ‑murmuré‑. ¡Se va para siempre!

En aquel momento don Juan me hizo algo que me había hecho repetidas veces desde el día en que lo cono­cí. Se le infló la cara como si el profundo suspiro que to­maba lo hubiera inflado. Me dio un toque fuerte en la espalda, con la palma de su mano izquierda y dijo:

‑¡Levántate de tus talones! ¡Levántate!

Al instante, estaba yo de nuevo coherente, completo, con total dominio. Sabía lo que me esperaba. Ya no ha­bía vacilación por mi parte, ni preocupación por mí mis­mo. No me importaba lo que me iba a pasar cuando se fuera don Juan. Sabía que su partida era inminente. Me miró, y en esa mirada me lo dijo todo.

‑Nunca más estaremos juntos ‑me dijo callada­mente‑. Ya no necesitas mi ayuda; y no te la ofrezco, porque si vales como guerrero‑viajero, me escupirás en la cara por ofrecértela. Más allá de ciertos parámetros, la única felicidad de un guerrero‑viajero es su estado soli­tario. No quisiera que tú trataras de ayudarme tampoco. Una vez que me vaya, estaré ido. No pienses más en mí porque yo no voy a pensar más en ti. Si eres un guerre­ro‑viajero que vale lo que pesa, ¡sé impecable! Cuida tu mundo. Hónralo; vigílalo con tu vida.

Se alejó de mí. El momento estaba más allá de la autocompasión o de las lágrimas o de la felicidad. Mo­vió la cabeza como para despedirse o como si recono­ciera lo que yo sentía.

‑Olvídate del Yo y no temerás nada, no importa el nivel de conciencia en que te encuentres ‑me dijo.

Tuvo un arranque de levedad. Me hizo una última broma sobre esta tierra.

‑¡Ojalá encuentres amor! ‑me dijo.

Levantó su palma hacia mí y estiró los dedos como un niño, contrayéndolos luego contra la palma.

Ciao ‑dijo.

Sabía que era inútil sentir tristeza o lamentarme y que era tan difícil quedarme como para don Juan irse. Los dos estábamos dentro de una maniobra energéti­ca irreversible que ninguno de los dos podía detener. Sin embargo, quería unirme con don Juan, seguirlo a donde fuera. Se me ocurrió la idea de que si me moría él me lle­varía con él.

Entonces vi cómo don Juan Matus, el nagual, con­ducía a sus quince compañeros videntes, sus protegidos, sus deleites, a desaparecer uno por uno en la bruma de aquella meseta hacia el norte. Vi cómo cada uno de ellos se convertía en un globo luminoso y juntos ascendían y flotaban encima de la cima de la montaña como luces fantasmas en el cielo. Dieron una vuelta sobre la cima de la montaña tal como había dicho don Juan que lo harían; su última vista, la que es sólo para sus ojos; su últi­ma vista de esta tierra maravillosa. Y luego se desvane­cieron.

Supe lo que tenía que hacer. Se me había acabado el tiempo. Eché a correr a toda velocidad hacia el precipi­cio y salté al abismo. Sentí el viento en mi cara por un momento, y luego, la negrura más piadosa me tragó como un pacífico río subterráneo.

 

EL VIAJE DE REGRESO

 

Tenía vaga conciencia del fuerte ruido de un motor que parecía correr una carrera estacionado. Pensé que los empleados del estacionamiento que estaba detrás del edificio de mi despacho/apartamento estaban compo­niendo un auto. El ruido se hizo tan intenso que final­mente me despertó por completo. Los maldije en silen­cio, por hacer sus composturas debajo de mi ventana. Tenía calor, cansancio, y estaba sudando. Me senté en la orilla de mi cama, y sentí los calambres más dolorosos en las pantorrillas. Me masajeé por un momento. Esta­ban tan contraídas que temía que el resultado serían unos horrendos moretones. Automáticamente, me dirigí al baño a buscar ungüento. No podía caminar. Estaba mareado. Me caí, algo que nunca me había sucedido ante­riormente. Cuando recuperé un mínimo de control, me di cuenta de que ya no me preocupaban los calambres. Siempre había estado al borde de ser hipocondríaco. Un dolor como el que sentía en las pantorrillas usualmente re­sultaba en un estado caótico de ansias.

Me acerqué a la ventana para cerrarla, aunque ya no oía el ruido. Me di cuenta de que estaba cerrada con llave y de que afuera estaba oscuro. ¡Era de noche! El cuar­to estaba cerrado. Abrí las ventanas. No podía com­prender por qué las había cerrado. El aire de la noche estaba fresco. El estacionamiento estaba vacío. Se me ocurrió que el ruido había venido de algún coche que aceleraba en el callejón entre el estacionamiento y mi edificio. Dejé de pensar en ello y regresé a mi cama para dormirme. Me acosté a través de la cama, los pies en el suelo. Quería dormirme así para ayudar a la circulación en las pantorrillas que estaban tan doloridas, pero no es­taba seguro si sería mejor tenerlas hacia abajo o quizás levantarlas sobre una almohada.

Empezaba a descansar cómodamente y a dormirme de nuevo, cuando me vino un pensamiento con tanta fuer­za que me puse de pie de un simple movimiento. ¡Había saltado a un abismo en México! En seguida, llegué a una deducción casi lógica. Como había saltado al abismo de­liberadamente para morir, tenía que ser un fantasma. Qué extraño, pensé, que regresara como fantasma a mi despacho/apartamento en la esquina de Westwood y Wilshire en Los Ángeles después de muerto. Con razón mis sentimientos no eran los mismos. Pero si era fantas­ma, razoné, ¿por qué sentía la ráfaga de aire fresco en la cara, o el dolor en las pantorrillas?

Toqué las sábanas de la cama; eran reales. También el armazón de hierro. Entré en el baño. Me miré al espejo. Mi semblante sí podía ser de fantasma. Me veía como el mismo demonio. Tenía los ojos hundidos, con círculos negros alrededor. Estaba deshidratado, o muerto. En una reacción automática, bebí agua directamente de la llave. La tragué. Tomé trago tras trago, como si no hu­biera tomado agua durante días. Sentí mis profundas in­halaciones. ¡Estaba vivo! ¡Por Dios, estaba vivo! Lo sabía sin la menor duda, pero no estaba rebosante de gus­to como debiera haber estado.

Un pensamiento raro cruzó mi mente: había muerto y revivido antes. Estaba acostumbrado a eso; no signifi­caba nada para mí. La intensidad del pensamiento, sin embargo, lo hizo un cuasi‑recuerdo. Era un cuasi‑re­cuerdo que no se originaba en las situaciones en que mi vida había estado en peligro. Era algo muy distinto. Era, más bien, el conocimiento nebuloso de algo que nunca había sucedido y que no tenía razón ninguna de estar en mis pensamientos.

No había duda ninguna en mi mente que había salta­do al abismo en México. Estaba ahora en mi apartamen­to en Los Ángeles a una distancia de cuatro mil kilóme­tros de donde había saltado, sin recuerdo alguno de cómo había regresado. De manera automática, llené la tina de agua y me senté. No sentía el calor del agua; tenía los huesos helados. Don Juan me había enseñado que en momentos de crisis como éste, debía usar el agua co­rriente como factor purificante. Me acordé y me metí bajo la ducha. Dejé que el agua caliente corriera por todo mi cuerpo durante una hora.

Quería pensar racional y tranquilamente acerca de lo que me pasaba, pero no podía. Los pensamientos pare­cían haberse borrado de mi mente. Estaba sin pensa­mientos, y a la vez lleno hasta más no poder de sensacio­nes que me sobrevenían y que era incapaz de examinar. Todo lo que podía hacer era sentir sus golpes y dejar que pasaran por mí. La única elección conciente que hice fue vestirme y salir. Me fui a desayunar, algo que siempre hacía a cualquier hora del día o de la noche, en el restau­rante Ships, que quedaba sobre Wilshire, a una cuadra de mi despacho/apartamento.

Había caminado tantas veces desde mi despacho a Ships que me sabía cada paso del camino. Esa misma ca­minata, esta vez fue una novedad. No sentía mis pasos. Era como si hubiera un cojín debajo de mí o como si la banqueta estuviera alfombrada. Casi me deslizaba. Me encontré de pronto en la puerta del restaurante después de lo que pensé que habían sido dos o tres pasos. Sabía que podía tragar alimentación porque había tomado agua en mi apartamento. También sabía que podía ha­blar porque me había limpiado la garganta y maldicho mientras corría el agua sobre mí. Entré en el restaurante como siempre. Me senté a la barra y la mesera que me conocía se me acercó.

‑Te ves malísimo hoy, corazón ‑me dijo‑. ¿Estás con gripe?

‑No ‑le contesté, aparentando estar de buen hu­mor‑. He estado trabajando demasiado. Estuve des­pierto durante veinticuatro horas escribiendo un ensayo para una clase. A propósito, ¿qué día es hoy?

Miró su reloj y me dio la fecha, explicándome que tenía un reloj especial con calendario, un regalo de su hija. También me dio la hora: 3.15 a.m.

Pedí huevos con biftec, papas y pan blanco tostado con mantequilla. Cuando se alejó a traerme el pedido, otra ola de horror me sobrevino. ¿Era una ilusión el ha­ber saltado al abismo en México al anochecer del día an­terior? Pero aunque el salto hubiera sido simplemente una ilusión, ¿cómo era que había regresado a Los Ánge­les desde un lugar tan remoto sólo diez horas después? ¿Había dormido durante diez horas? ¿O era, que me había tomado diez horas para volar, deslizar, flotar o lo que fuera a Los Ángeles? El haber viajado a Los Ángeles por vías normales desde el lugar donde había saltado al abismo no era posible porque tomaba dos días de viaje para llegar a la Ciudad de México desde el lugar donde había saltado.

Otro pensamiento extraño me sobrevino. Tenía la misma calidad de mi cuasi‑recuerdo de haber muerto y revivido antes, y la misma calidad de serme totalmente ajeno. Mi continuidad estaba ahora rota sin posibilidad de repararse. En verdad había muerto de una forma u otra en el fondo de aquel barranco. Era imposible com­prender el hecho de estar vivo y desayunando en Ships. Era imposible mirar hacia atrás a mi pasado y ver la lí­nea ininterrumpida de sucesos continuos que todos ve­mos cuando echamos la vista hacia el pasado.

La única explicación a mi alcance era que había se­guido las órdenes de don Juan. Había movido mi punto de encaje a una posición que me previno la muerte, y desde el silencio interno, había hecho el viaje de regreso a Los Ángeles. No había otra base en la que me pudiera apoyar. Por la primerísima vez, esta línea de pensamien­to me era totalmente aceptable y totalmente satisfacto­ria. No me explicaba nada en verdad, pero sí señalaba un procedimiento pragmático que había comprobado de una forma sencilla cuando encontré a don Juan en el pue­blo de nuestra elección, y este pensamiento pareció cal­mar mi estado de ánimo.

Intensos pensamientos empezaron a aparecer en mi mente. Tenían la cualidad única de aclarar problemas. El primero que surgió tenía que ver con algo que me había molestado siempre. Don Juan lo había descrito como algo que ocurre usualmente entre chamanes hombres: mi incapacidad de recordar sucesos que habían teni­do lugar mientras estaba en estados de conciencia acre­centada.

Don Juan había explicado que la conciencia acrecen­tada era un desplazamiento mínimo de mi punto de enca­je que él lograba, cada vez que yo lo visitaba, al darme un golpecito en la espalda. Con tales desplazamientos me ayudaba a atraer campos de energía que usualmente esta­ban en la periferia de mi conciencia. En otras palabras, los campos de energía que usualmente estaban a la orilla de mi punto de encaje estaban al centro durante ese despla­zamiento. Un desplazamiento de esta naturaleza tenía dos resultados para mí: una agudeza extraordinaria de pensamiento y percepción, y la incapacidad de recordar, una vez que volvía a mi estado de conciencia normal, lo que había ocurrido durante el otro estado.

Mis relaciones con mis cohortes era un ejemplo de ambos resultados. Tenía cohortes, los otros aprendices de don Juan, mis compañeros para mi viaje definitivo. Había tenido interacción con ellos sólo durante estados de conciencia acrecentada. La claridad y el ámbito de nuestra interacción era magnífico. La única falla para mí era que en mi vida cotidiana existían como cuasi‑recuer­dos conmovedores que me llenaban de desesperación, de ansiedad y expectativas. Podría decir que en mi vida nor­mal andaba siempre en busca de alguien que iba a apare­cer de pronto delante de mí, quizá saliendo de un edificio de oficinas, quizá dando la vuelta en una esquina y cho­cando contra mí. Adondequiera que fuera, mis ojos iban de aquí a allá, involuntariamente y sin cesar, buscando a gente que no existía pero que sí existía más que nadie.

Sentado aquella mañana en Ships, todo lo que me había ocurrido en estado de conciencia acrecentada du­rante los años con don Juan, desde el más pequeño deta­lle se convirtió otra vez en un recuerdo continuo sin in­terrupción. Don Juan había lamentado el hecho de que un chamán hombre que es por fuerza el nagual, tuviera que ser fragmentado a causa del bulto de su masa ener­gética. Dijo que cada fragmento vivía un rango específi­co de un ámbito total de actividad, y que los sucesos que experimentaba en cada fragmento tenían que unirse al­gún día para formar una visión completa, consciente, de todo lo que había pasado en su vida total.

Mirando directamente a mis ojos, me dijo que esa unificación lleva años y que le habían contado de algu­nos casos de naguales que nunca llegaron al ámbito total de sus actividades de manera consciente y que, a conse­cuencia, vivían fragmentados.

Lo que experimenté esa mañana en Ships fue algo más allá de lo imaginado en mis más aberradas fantasías. Don Juan me había dicho repetidas veces que el mundo de los chamanes no es un mundo inmutable, donde la palabra es final, sin cambio, sino que es un mundo de fluctuación eterna donde nada puede darse por hecho. El salto al abismo había modificado mi cognición tan drásticamente que ahora permitía la entrada de posibili­dades indescriptibles y portentosas.

Pero todo lo que podría decir acerca de la unifica­ción de mis fragmentos cognitivos no es nada en com­paración con su realidad. Esa mañana fatal en Ships, ex­perimenté algo infinitamente más poderoso que lo que experimenté el día que vi energía tal como fluye en el universo por primera vez, el día que me encontré en cama en mi despacho/apartamento después de haber es­tado en el campo de UCLA, sin realmente ir a casa de la manera en que mi sistema cognitivo lo exigía para que el suceso entero fuera real. En Ships, integré todos los fragmentos de mi ser. Había actuado en cada uno con certeza y perfecta consistencia, y sin embargo no tenía idea alguna de cómo lo había hecho. Era yo en esencia, un gigantesco rompecabezas; y encajar cada pieza en su lugar, produjo un efecto que no tenía nombre.

Estaba en la barra de Ships, sudando profusamente, ca­vilando inútilmente, haciendo preguntas que no podían te­ner respuesta. ¿Cómo era todo esto posible? ¿Cómo llegué a estar fragmentado de tal manera? ¿Quiénes somos, en ver­dad? Ciertamente no las personas qué nos han hecho creer que somos. Tuve recuerdos de sucesos que nunca ocurrie­ron, en lo que a un centro mío concernía. Ni siquiera podía llorar.

‑El chamán llora cuando está fragmentado ‑me había dicho don Juan una vez‑. Cuando está completo, lo sobrecoge un escalofrío que puede, por ser tan inten­so, acabar con su vida.

Estaba experimentando tal escalofrío. Dudaba volver a encontrarme con mis cohortes. Se me hacía que todos se habían ido con don Juan. Estaba solo. Quería reflexionar, llorar la pérdida, dejarme ir en esa tristeza, complaciente como siempre había sido. No podía. No había nada que la­mentar, nada para entristecerse. No importaba nada. To­dos nosotros éramos guerreros‑viajeros y a todos nos ha­bía tragado el infinito.

Todo ese tiempo, había escuchado a don Juan hablar del guerrero‑viajero. Me había gustado la descripción inmensamente, y me había identificado con ella de ma­nera puramente emotiva. Sin embargo, nunca había sen­tido lo que verdaderamente quería decir con eso, no obstante las muchas veces que me había explicado el sentido. Esa noche, en la barra de Ships, supe de lo que hablaba don Juan. Yo era guerrero‑viajero. Para mí sólo eran válidos los hechos energéticos. Lo demás eran ador­nos sin importancia alguna.

Esa noche, al esperar mi comida, otro intenso pensa­miento irrumpió en mi mente. Sentí una ola de empatía, una ola de identidad con las premisas de don Juan. Ha­bía llegado finalmente a la meta de sus enseñanzas: era uno con él como nunca lo había sido. Nunca había sido cuestión de que luchara contra don Juan o sus concep­tos porque me eran revolucionarios o porque no cum­plían con la linealidad de mis pensamientos como hom­bre occidental. Era, más bien, que la precisión de la presentación de los conceptos por don Juan siempre me asustaban a muerte. Su eficacia parecía ser dogmatismo. Era esa apariencia lo que me había impulsado a buscar aclaraciones y hacerme actuar a lo largo de sus enseñan­zas, como si hubiera sido un creyente reacio.

Sí, había saltado al abismo, me dije a mí mismo, y no me morí porque antes de llegar al fondo del barranco, dejé que el oscuro mar de la conciencia me tragara. Me entregué a él sin temores y sin remordimientos. Y ese mar oscuro me había proveído con lo que me era necesa­rio para no morir y para terminar en mi cama en Los Ángeles. Esta explicación no me hubiera aclarado nada dos días atrás. A las tres de la mañana en Ships, era mi todo.

Di un golpe sobre la mesa como si estuviera solo en la sala. La gente me observó y sonrió a sabiendas; no me importaba. Tenía la mente enfocada sobre un dilema in­soluble. Estaba vivo a pesar de que había saltado a un abismo hacia mi muerte, hacía diez horas. Sabía que tal dilema nunca podría resolverse. Mi cognición normal requería una explicación lineal para satisfacerla y las ex­plicaciones lineales no eran factibles. Ése era el quid de la interrupción de la continuidad. Don Juan había dicho que esa interrupción era brujería. Sabía esto ahora con toda la claridad que tenía a mi alcance. ¡Cuánta razón ha­bía tenido don Juan al decir que para quedarme atrás ne­cesitaba toda mi fuerza, todo mi control, toda mi suerte y, sobre todo, los cojones de acero del guerrero‑viajero!

Quise pensar en don Juan, pero no pude. Además, no me importaba don Juan. Parecía haber una barrera gigantesca entre nosotros. Sinceramente, creí en aquel momento que el pensamiento extranjero que se me ha­bía estado insinuando desde que había despertado era verdad: sí era otro. Un cambio se había efectuado al mo­mento de mi salto. De otra manera, me hubiera encanta­do pensar en don Juan; hubiera sentido anhelo por él. Hasta hubiera sentido un momento de resentimiento porque no me había llevado consigo. Ése hubiera sido mi ser normal. En verdad, no era el mismo. Ese pensa­miento aumentó hasta que invadió todo mi ser. Cual­quier residuo de mi antiguo ser que hubiera retenido se desvaneció en ese momento.

Me sobrevino un nuevo estado de ánimo. ¡Estaba solo! Don Juan me había dejado dentro de un sueño como su agente provocador. Sentía que mi cuerpo per­día su rigidez; empezó a hacerse flexible, grado por gra­do hasta que pude respirar profunda y libremente. Solté una carcajada. No me importaba que la gente me mirara y que esta vez no me sonrieran. Estaba solo y no había nada que pudiera hacer.

Tuve la sensación física de entrar realmente en un pa­saje, un pasaje con fuerza propia. Me tiró hacia dentro. Era un pasaje silencioso. Don Juan era el pasaje, quieto e inmenso. Ésta fue la primera vez que sentí que don Juan estaba vacío de fisicalidad. No cabía ni el sentimentalis­mo ni el anhelo. No podía extrañarlo porque estaba allí como una emoción despersonalizada que me atraía.

El pasaje me desafió. Tuve una sensación de ebulli­ción, de ligereza. Sí, podía viajar por ese pasaje, solo o acompañado, quizás para siempre. Y el hacerlo no era ninguna imposición para mí, tampoco era placer. Era más como el principio del viaje definitivo, el destino ine­ludible del guerrero‑viajero, era el principio de una nue­va era. Debería haber estado llorando con la compren­sión de haber encontrado ese pasaje, pero no. ¡Estaba enfrentándome al infinito en Ships! ¡Qué extraordina­rio! Sentí un escalofrío correr por mi espalda. Oí la voz de don Juan diciendo que el universo es en verdad in­sondable.

En ese momento, se abrió la puerta de atrás del res­taurante, la que conducía al estacionamiento, y entró un personaje extraño; un hombre, quizá de cuarenta años, desarreglado y demacrado, pero de buenas facciones. Durante años, yo lo había visto vagando por UCLA, interactuando con los estudiantes. Alguien me había dicho que era un paciente externo del hospital de vete­ranos de guerra que quedaba cerca. Parecía estar desqui­ciado. Lo había visto repetidas veces en Ships, amonto­nado sobre una taza de café, siempre en el mismo rincón de la barra. También había observado cómo esperaba afuera, siempre mirando por la ventana, vigilando a ver cuándo se desocupaba su banca predilecta, si alguien la ocupaba.

Al entrar, se sentó en su lugar de costumbre y enton­ces me miró. Los dos nos miramos. Al momento, lanzó un grito despavorido que me dio escalofríos a mí y a to­dos los que estaban allí presentes. Todos me miraron con ojos abiertos, algunos, con la comida sin masticar cayéndoseles de la boca. Obviamente, pensaban que era yo el que había gritado. Había habido precedentes, el golpe sobre la barra y la carcajada en voz alta. El hom­bre saltó de su banca y salió corriendo del restaurante, mirando hacia atrás, hacia mí, mientras hacía gestos agi­tados con las manos encima de su cabeza.

Me entregué a un impulso y corrí detrás del hombre. Quería que me dijera lo que había visto en mí que lo ha­bía hecho gritar. Lo alcancé en el estacionamiento y le pregunté que me dijera por qué había gritado. Se tapó los ojos y gritó aún con más fuerza. Estaba como un niño, aterrado por una pesadilla, gritando a voz pelada. Lo dejé y regresé al restaurante.

‑¿Qué te pasó, corazón? ‑me dijo la mesera con una mirada preocupada‑. Pensé que nos habías aban­donado.

‑Fui a ver a un amigo ‑dije.

La mesera me contempló e hizo un gesto de fingido enojo y sorpresa.

‑¿Ese tipo es tu amigo? ‑me preguntó.

‑El único amigo que tengo en el mundo ‑dije, y era la verdad, si podía definir «amigo» como alguien que ve a través del barniz que nos cubre y que sabe de dónde venimos realmente.

 

FIN